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Tout va très bien madame la marquise…

En 1935, cuando Paul Misraki (1908-1998) compuso en una noche esta canción humorística para la banda de Ray Ventura y sus Colegiales (Ray Ventura et ses collégiens) mientras se comía una horma de queso camembert, posiblemente no sabía que se convertiría en un gran éxito internacional, divertido, sarcástico y emblemático del engaño y la manipulación informativa. Pero así fue la cosa.

La primera actuación de la orquesta en una gira por el sur de Francia, en 1935, había sido un fracaso. La famosa banda de jazz bailable de Ventura[i] no había conseguido arrancar ni un aplauso al público en Nîmes. Los músicos preocupados se devanaban el seso en busca de algún procedimiento para relanzar el espectáculo a la noche siguiente.

Lic. Fernando Britos V.

Según Misraki, uno de ellos (Coco Aslan) propuso montar un sketch basado en un viejo relato. La versión se basaba en un sketch del dúo cómico francés de la época, Bach y Laverne, que en 1931 habían grabado para Odeon “Tout va bien” y el diálogo le sirvió a Misraki para la letra de la canción. Por esa razón, Ventura, que fue el productor del disco aceptó que los nombres de los cómicos figuraran como letristas.  Misraki[ii] puso manos a la obra en la madrugada, y terminó la letra y la partitura al amanecer, al otro día ensayaron y en la velada siguiente el tema se transformó en un éxito espectacular.

La canción da cuenta de una conversación telefónica entre una aristócrata (la marquesa) que llama desde París a sus sirvientes en la mansión de donde ella ha estado ausente por una quincena. Ante la pregunta de ¿cómo va todo James? Recibe la respuesta de “todo va bien señora marquesa” (Tout va très bien Madame la Marquise), excepto que… ha muerto la yegua gris pero salvo eso todo va bien. A medida que la marquesa en un ataque pregunta cómo ha sucedido el valet le dice que las caballerizas se han incendiado pero, salvo eso, todo va bien. Sucesivamente la señora empingorotada se entera por otros sirvientes (el jardinero, el chofer) que las caballerizas ardieron porque el castillo se incendió, que su esposo el marqués se suicidó pero, en definitiva todo va bien.

Se trata de un diálogo antecronológico en el que, a partir de la muerte de la yegua gris hasta el suicidio de su marido, cada uno de los hechos catastróficos se encadena como consecuencia directa del anterior en una progresión de gravedad creciente. Hoy en día es posible ver en Youtube una o varias desopilantes versiones de “Tout va très bien Madame la Marquise” aunque la francesa original de Ray Ventura et ses collégiens (en blanco y negro) es la más recomendable.

En la Francia de entreguerras (especialmente entre 1935 y 1939) el tema satirizaba a los políticos del centro y de la derecha francesa que o bien se obstinaban en no ver el peligro de la Italia fascista y el ascenso del nazismo en Alemania o veían con indiferencia cómplice su belicosidad. El “tout va très bien” aparecía como la negación ante la catástrofe que suponía una guerra mundial.

A los mentirosos suele preocuparles mucho la verdad para ocultarla. Los mentirosos suelen reconocer que ocultar la verdad, que ellos creen distinta de lo que ellos dicen, puede alimentar su poder, su prestigio y/o mantenerles a salvo de la condena o de la justa atribución de responsabilidades

La canción encajó perfectamente para que los franceses se burlaran del espíritu conciliador de los gobiernos conservadores de Gran Bretaña y Francia que, en 1938, habían “apaciguado” a Hitler entregándole Checoeslovaquia en Munich, como ya lo habían hecho bloqueando a la República Española con la “política de no intervención” que había hecho la vista gorda a la decisiva ayuda de Hitler y Mussolini a Franco.

De este modo, la entradora tonada de Misraki se cantaba popularmente como “Tout va très bien monsieur Herriot” (el primer ministro francés que, junto con el inglés Chamberlain, habían pactado con Hitler en Munich).

El ingenio popular no solamente interpretó la anécdota como la negación de las catástrofes por venir sino como el intento malintencionado por ocultar las malas noticias y manipular a la opinión pública. En la década de 1930 se había popularizado un dicho atribuido a Lord Ponsonby, un noble inglés pacifista que había sido secretario de la Reina Victoria, o bien a un senador estadounidense Hiram Johnson, que había sido periodista. Ambos, palabras más palabras menos, habían sostenido que en una guerra la primera víctima es la verdad.

Arthur Ponsonby (1871-1946) fue más explícito. En 1928 escribió un libro titulado “Falsedad en tiempos de guerra” [iii] donde expone las formas engañosas en que la propaganda en la Primera Guerra Mundial (PGM) manipuló a la población para justificar sus decisiones y encubrir los errores. El libro de Ponsonby siguió siendo un manual sobre la hipocresía y el engaño aplicable a las guerras que superarían los horrores de la que lo inspiró.

Durante la Segunda Guerra Mundial se popularizó la tonada con “Tout va très bien Mussolini” y “Tout va très bien mon Fuehrer” (este último estribillo desde las ondas de la BBC). La verdad es que el tema del sketch francés es de vieja data. Algunas pistas lo remontan a los Exempla y Dialogi (en latín ) de Pedro Alfonso (en el siglo XII) [iv]. En Exemplum de Maimundo servo, el esclavo le cuenta a su amo que la perra Bispella ha muerto, después de haber sido pateada por la mula espantada que ha caído en un pozo, después de haberse espantado la mula por la muerte del hijo del amo, después que la madre hubiera muerto de pena por la pérdida del hijo, después que la casa se hubiera incendiado por una vela encendida durante el velorio de la esposa y después que el sirviente murió tratando de apagar el fuego.

Versiones similares de estos diálogos satíricos antecronológicos se difundieron por toda Europa durante la Edad Media y en distintas formas han llegado incluso a nuestros días en frases geniales como la de Mario Moreno, Cantinflas (1911-1993): “Estamos peor pero estamos mejor, porque antes estábamos bien pero era mentira. No como ahora que estamos mal pero es verdad. Algo malo debe tener el trabajo o los ricos ya lo habrían acaparado”.

Que la cúspide de las manipulaciones informativas se alcance durante las guerras no quiere decir que las falsedades y el escamoteo de la verdad no se produzca en situaciones que se asimilan o se consideran asimilables a una guerra. La pandemia de Covid-19 ha sido un ejemplo en todo el mundo y si se analiza con detenimiento, tanto lo que se dice como lo que no se dice, es posible percibir que el apotegma de Ponsonby mantiene toda su vigencia, también en Uruguay.

Lo que no se dice está directamente vinculado con el ocultamiento y la tergiversación. Sin embargo, vayamos un poco más a fondo. La mentira funciona porque en una comunidad humana la veracidad es la regla y el buen mentiroso aprovecha esta circunstancia basal de la convivencia. La mentira supone la violación de una expectativa de la gente: la de que, en ausencia de razones, la gente es sincera en sus afirmaciones. La mentira injustificada viola nuestra confianza y al hacerlo el mentiroso manipula.

Según el filósofo Michael P. Lynch [v], la mentira es un ejercicio muy básico del poder. Para vivir en sociedad debemos confiar en el conocimiento ajeno. Por ejemplo al tratarse de una pandemia, como la del Covid-19, los daños mortales del tabaquismo o los riesgos de la ingesta de alcohol para los conductores, debemos confiar en el conocimiento que aportan los científicos. Sin embargo, al mentir el mentiroso acrecienta su propio poder y reduce el de la gente por un procedimiento que consiste en ocultar lo que realmente cree de modo que resulta sabiendo algo que los demás ignoran. Cuando le creemos al mentiroso y consideramos que está diciendo sinceramente lo que cree que es verdad, estamos cediendo parte de nuestra libertad.

El mentiroso manipula al hacernos pensar que las cosas son lo que no son. Kant tenía razón cuando decía que el mentiroso trata al engañado no como un fin sino como un medio para acrecentar su poder. Mentirle a alguien supone faltarle al respeto como ser humano [vi]. Hoy en día estamos llenos de flagrantes ejemplos, como el de la senadora Bianchi mintiendo sistemáticamente. Desde su sillón del parlamento, le falta al respeto a toda la ciudadanía, sobre todo a quienes votaron al partido político que integra.

El efecto pernicioso de la mentira, de la falta de transparencia, se vuelve patético ante tragedias como la del hogar de ancianos de Fray Bentos, librados a su suerte a pesar de las advertencias sobre el gran riesgo que corrían formuladas con antelación: el Covid-19 ocasionó la muerte de 27 de los 40 residentes, hasta ahora (con una tasa de mortalidad superior al 67%). Cuando las personas empiezan a morir en la calle o más precisamente en la cola en espera de la vacuna o cuando mueren en la casa sin recibir atención salvo telefónica, o cuando se exhorta a agendarse para recibir una vacuna y después nunca aparecen las debidas citaciones, nos encontramos ante signos inocultables de que hay verdades que han sido ocultadas, errores que han sido enmascarados, negligencias que han sido disipadas, charlatanerías que han reemplazado a la sinceridad.

Hablar de la mentira conduce a referirse a su opuesto más escurridizo, la sinceridad. Ser sincero no significa solamente decir lo que uno cree. El Presidente Lacalle Pou y sus ministros suelen eludir las preguntas incisivas repitiendo vaguedades que podrían llegar a interpretarse como verdaderas. Aunque las conferencias de prensa están rigurosamente planificadas y coreografiadas para evitar poner a los jerarcas en cualquier aprieto, las vaguedades o las frases hechas (como las famosas “perillas”, la superambigua “libertad responsable” o el misterioso “calendario de vacunación”) sirven para confundir a quienes las escuchan para que piensen que las autoridades han respondido con la verdad.

Ser franco, sincero, transparente no es cuestión de jactancia (dime de que te jactas y te diré que es lo que te falta) sino estar dispuesto a decir lo que uno cree con la intención de no engañar ni confundir. La sinceridad es una disposición necesaria para la vida en sociedad. Para funcionar en sociedad, mucho más cuando se tienen responsabilidades cívicas, se debe tener la capacidad de decir la verdad. La sinceridad es la capacidad de decirnos la verdad unos a otros, compartir información, para actuar juntos como colectividad.

La sinceridad es buena – sostiene Lynch – porque las creencias verdaderas son buenas pero la sinceridad requiere preocuparse por la verdad como un fin en si misma. Como ocurre con la integridad intelectual, el interés por la verdad es un componente imprescindible de la sinceridad. Quien se desentiende por completo de la verdad puede llegar a decir la verdad sobre un asunto u otro cuando le conviene pero no será sincero. Esto, inevitablemente, genera descreimiento y otras reacciones como la indiferencia.

A los mentirosos suele preocuparles mucho la verdad para ocultarla. Los mentirosos suelen reconocer que ocultar la verdad, que ellos creen distinta de lo que ellos dicen, puede alimentar su poder, su prestigio y/o mantenerles a salvo de la condena o de la justa atribución de responsabilidades.

El efecto pernicioso de la mentira, de la falta de transparencia, se vuelve patético ante tragedias como la del hogar de ancianos de Fray Bentos, librados a su suerte a pesar de las advertencias sobre el gran riesgo que corrían formuladas con antelación: el Covid-19 ocasionó la muerte de 27 de los 40 residentes, hasta ahora (con una tasa de mortalidad superior al 67%). Cuando las personas empiezan a morir en la calle o más precisamente en la cola en espera de la vacuna o cuando mueren en la casa sin recibir atención salvo telefónica, o cuando se exhorta a agendarse para recibir una vacuna y después nunca aparecen las debidas citaciones, nos encontramos ante signos inocultables de que hay verdades que han sido ocultadas, errores que han sido enmascarados, negligencias que han sido disipadas, charlatanerías que han reemplazado a la sinceridad.

Precisamente, hay otra forma de ser insincero que, en realidad, es un signo de falta de interés por la verdad. Se trata de lo que el filósofo Harry G. Frankfurt [vii] llama bullshit, un término directamente intraducible pero que, para estos propósitos, podemos equiparar con la mentira en el sentido de charlatanería o boludez.

Decir boludeces no supone necesariamente mentir sino desentenderse de la verdad (“hay vacunas que son más eficientes y son más demandadas y hay vacunas menos eficientes que son menos demandadas”). El boludo [viii] o charlatán se diferencia tanto del mentiroso como del sincero porque no pretende decir lo que cree u ocultarlo, aunque en cualquiera de los dos casos podría hacerlo. No le interesa como son las cosas, no le interesa la verdad sino otras cuestiones como el poder, el prestigio personal o aparecer como que sabe o que es responsable.

Al no prestarle atención a la verdad, la charlatanería, la boludez, el bullshit, el negacionismo, son peores enemigos de la verdad que la mentira. Quien se encarga de publicar u ocultar los hechos – dice Frankfurt – parte de la base de que son realmente hechos que pueden conocerse. ¿Por qué hay tanta charlatanería? se pregunta el filósofo pensando en la proliferación de las llamadas redes sociales y enseguida alude a una razón fundamental: la charlatanería es inevitable siempre que las circunstancias exigen de alguien que hable sin saber de qué está hablando.

Por el Lic. Fernando Britos V.

 

NOTAS al final

[i]  Raymond Ventura (1908 – 1979) fue un músico francés, pianista y director de grandes bandas de jazz bailable. Jugó un gran papel en la popularización del jazz en Francia en las décadas de 1920 y 1930. Su sobrino e integrante de sus bandas fue el guitarrista y cantante Sacha Distel. Su alineación más famosa fue “Ray Ventura et ses collégiens” y con ellos el éxito más grande fue precisamente “Tout va tres bien Madame la Marquise”. Ventura era de origen judío y debió abandonar Europa ante la ocupación de Francia por los nazis. Llegó a Río de Janeiro con su banda el 24 de diciembre de 1941. En junio de 1942 la banda desembarcó en Montevideo donde tuvo varias actuaciones muy exitosas. En julio viajó a Buenos Aires donde actuó en los grandes teatros de la Avenida Corrientes y en el cabaret Tabaris. Hicieron muchas grabaciones para el sello Odeón pero cuando el trabajo disminuyó la banda se desintegró. Sus miembros siguieron tocando en conjuntos argentinos de jazz. Louis Vola (1902-1990), por ejemplo, el gran contrabajista que había acompañado a Django Reinhardt en el Quinteto del Hot Club de Francia  formó un conjunto similar a este. Ventura formó otra orquesta combinando músicos y repertorios de Europa y América Latina. Actuó nuevamente en Río de Janeiro y finalmente, cuando terminó la guerra, volvió a Francia pasando por Estados Unidos. Ventura había sido, desde la década de 1930, compositor de música de películas, productor teatral y guionista. Retomó esas actividades en Europa. Desde 1951 se desempeñó como actor y productor en varias películas hasta su retiro.

[ii]   Paul Misraki, era intérprete y compositor. En 1942 llegó al Río de la Plata con la banda de Ventura. En la Argentina produjo la música para siete películas entre 1942 y 1944. Compuso la música y la letra de canciones muy conocidas, como por ejemplo el bolero “Una mujer” (“La mujer que al amor no se asoma no merece llamarse mujer…”). En Hollywood fue autor de la banda sonora de más de 145 películas y en Europa 20 o 30 más. Trabajó con directores como Renoir, Chabrol, Goddard, Vadim, Orson Welles, Luis Buñuel, entre otros.

[iii] Ponsonby, Arthur (2018) Falsedad en tiempos de guerra: Mentiras propagandísticas de la Primera Guerra Mundial. Ed. Athenaica, Madrid. Ponsonby se refirió a las mentiras propagandísticas más difamatorias de la Primera Guerra Mundial. Investigó y analizó cómo funciona la creación de la propaganda en tiempos de guerra y cómo afecta a la población que la recibe, asume, y crea nuevas mentiras animada por los gobiernos. El libro – tardíamente traducido al español – fue un verdadero clásico en los países anglosajones. Contiene casos memorables producidos por el gobierno inglés contra el enemigo alemán durante la PGM. Desenmascaró las acusaciones más notorias y se apoyó en asuntos concretos, como la “fábrica de cadáveres” donde se extraían aceites a partir de los cuerpos de los soldados muertos; la niña belga cuyas manos fueron cortadas por las bestias alemanas; el soldado canadiense crucificado; el hundimiento del crucero de pasajeros Lusitania y hasta una treintena de otros casos de propaganda fraudulenta, junto a las mentiras de los gobiernos y parlamentos europeos, informes manipulados, tratados ocultos, fotografías falseadas y la fabricación de noticias, para demostrar la forma devastadora en que los políticos y periodistas engañaron y mintieron para incitar a la guerra. Este repertorio de técnicas fue bien estudiado por Mussolini, por Goebbels, después por los cerebros de la Guerra Fría y actualmente por los promotores de fake news.

[iv]  Hay pocos datos acerca de la vida de Pedro Alfonso. El más seguro de todos ellos es el que se refiere a su conversión del judaísmo al cristianismo, que él mismo relata en los Dialogi. El 29 de junio de 1106, fiesta de San Pedro, Moisés Sefardí fue bautizado en la catedral de Huesca por el obispo de la misma ciudad, don Esteban. Su padrino fue el rey Alfonso I el Batallador. A partir de esa fecha, se llamó Petrus Alfonsi, adoptando el nombre del santo del día de su bautismo y de su padrino.

[v]Lynch, Michael P. (2005) La importancia de la verdad para una cultura pública decente. Paidós, Barcelona.

[vi]   Kant formuló el imperativo categórico de varias maneras. Su formulación de la humanidad como un fin en sí misma exige que los humanos nunca sean tratados meramente como un medio para un fin, sino también como un fin en sí mismos. Kant también distinguió entre deberes perfectos e imperfectos. Un deber perfecto, como el deber de no mentir, es siempre verdadero; uno imperfecto, como hacer donaciones caritativas, puede flexibilizarse para aplicarse en un tiempo y espacio particulares.

[vii]Frankfurt, Harry G. (2006) On bullshit. Sobre la manipulación de la verdad. Ed. Paidós, Barcelona.

[viii]Ateniéndonos al Diccionario de la Real Academia Española, boludo, en el Río de la Plata y la República Dominicana, estúpido o necio.

 

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