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El fascismo imperial y el pasado criminal del japón

EL FASCISMO IMPERIAL Y EL PASADO CRIMINAL DEL JAPÓN
Lic. Fernando Britos V.

Durante la Segunda Guerra Mundial, la propaganda agrupó despreocupadamente al Japón imperial con sus socios del Eje, Alemania nazi e Italia Fascista. Hoy en día la enorme mayoría de los historiadores consideran que el Japón imperial fue una forma distinta de fascismo: fascismo “desde arriba” que más precisamente puede ser considerado como “fascismo imperial”, tan brutal y criminal como sus aliados alemanes e italianos.

Josef Mengele/ Nueva Helvecia

El fascismo imperial no fue suficientemente conocido para los rioplatenses, no solamente por desarrollarse en las antípodas sino por la carencia de vínculos con migrantes o expatriados, como si sucedió con los europeos que vinieron a radicarse en estas tierras como inmigrantes en la posguerra, tanto perseguidos y víctimas sobrevivientes como colaboradores y aún perpetradores de crímenes de lesa humanidad que anduvieron por aquí (recordar que el casamiento de Josef Mengele [i] se celebró en Nueva Helvecia, en 1958).

La propaganda estadounidense había calificado a los japoneses como malvados y traicioneros, especialmente desde diciembre de 1941 cuando se produjo el ataque a Pearl Harbor, pero la información de las acciones de los nipones en China, desde 1931, había sido superficial y escasa. En el Uruguay se vivía pendiente de los acontecimientos bélicos en Europa y la opinión pública se había volcado masivamente hacia los Aliados [ii]. El mayor volumen informativo sobre Asia estaba en manos de las agencias estadounidenses [iii]. En los únicos países donde hubo colectividades japonesas influyentes, por ende algún interés por los acontecimientos del Lejano Oriente, fue en Perú y en Brasil [iv], donde además esas colectividades fueron reprimidas por los gobiernos (racistas de antemano) que se habían alineado con los Estados Unidos.

Hasta ahora la academia se ha centrado en la percepción que en el Uruguay se tenía de los fenómenos ocurridos en Europa, a través de los informes diplomáticos de embajadores y también por testimonios de viajeros, periodistas o ensayistas. Teniendo en cuenta que en 1910, los primeros inmigrantes de Japón llegaron a Uruguay y se establecieron principalmente en el Departamento de Montevideo (Paso de la Arena) y que, en 1921, ambas naciones establecieron relaciones diplomáticas, es de esperar que el acceso a los archivos del Ministerio de Relaciones Exteriores le proporcione a los historiadores elementos más sustanciosos acerca de la visión que se tuvo en las esferas del gobierno uruguayo acerca del implantamiento del fascismo imperial y su sangrienta trayectoria. Durante la Segunda Guerra Mundial, Uruguay cortó las relaciones con Japón en 1942 pero las relaciones diplomáticas se restablecieron en 1952 [v].

Este artículo de divulgación no pretende aportar a la exigua investigación de la academia sobre los crímenes de lesa humanidad en el Lejano Oriente ni abordar la
totalidad de las acciones del fascismo imperial nipón. Por esa razón, a partir de una somera introducción sobre el regimen que desató el expansionismo belicista del Japón, me concentraré en la Masacre de Nankín, sus secuelas y el desarollo de las investigaciones históricas hasta la actualidad.

Los experimentos con seres humanos en la Unidad 731; el papel del emperador Hirohito en todos los crímenes que se cometieron durante su reinado y la política exculpatoria que adoptó Estados Unidos y el saqueo que por toda Asia llevaron a cabo los príncipes imperiales serán tema de sucesivos artículos posteriores.

Introducción al “fascismo imperial”

Japón había dado algunos pasos hacia la democracia en la década de 1920. La cámara alta del parlamento y el consejo privado del emperador eran nombrados por este y el ejército no estaba sometido a control parlamentario pero en 1926 se concedió el derecho a voto a todos los varones adultos y el gabinete ministerial estaba dirigido por el jefe del partido más votado en la cámara baja.

Esas tímidas medidas democráticas no sobrevivieron a la crisis mundial del capitalismo que se desató en 1929 a partir de la debacle de Wall Street. En Japón la crisis produjo una aguda pobreza en el campo y una gran agitación política. El traspaso del poder político del Parlamento y los partidos a los funcionarios civiles y militares y a la alta burguesía se produjo rápidamente.

Hamaguchi Osachi se impuso como Primer Ministro en los comicios de febrero de 1930. Pudo imponer la aceptación de la limitación del tamaño de la flota de guerra que supuso el Tratado Naval de Londres, pese al rechazo de parte de los mandos de la Armada. Para la oposición, Hamaguchi era conciliador con las grandes potencias anglosajonas (Gran Bretaña y Estados Unidos) y eso perjudicaba al país.

Los mandos militares eran contrarios a la actitud del Primer Ministro. Este resultó herido de muerte en un atentado perpetrado por un joven derechista; la Presidencia del Gobierno pasó entonces a Wakatsuki Reijiro pero el asesinato de su antecesor no cambió la política de austeridad fiscal y monetaria con la que trataron de resolver la crisis económica que había desatado la Gran Depresión.

Kita Ikki

La insistencia en las medidas deflacionarias, la vuelta al patrón oro, el rigor presupuestario y la reducción del gasto público no pudieron, en efecto, solventar la miseria rural ni detener la concentración de riqueza en los gigantes bancarios e industriales. La incapacidad gubernamental para resolver la grave situación económica y las supuestas amenazas en Manchuria produjeron varias conjuras para derrocar al gobierno. Jóvenes oficiales, enfurecidos por los intentos del parlamento de limitar la expansión militar y en algunos casos bajo la influencia de Kita Ikki [vi], considerado el auténtico fascista japonés, crearon sociedades secretas con nombres como Asociación de la Flor de Cerezo o Cuerpo de la Promesa de la Sangre que promovían gobiernos autoritarios y las conquistas militares.

Hay que tener en cuenta que el expansionismo japonés había absorbido Taiwan y a Corea, desde 1910, y se proyectaba económicamente hacia el continente. En setiembre de 1931 un grupo de mandos militares decidió actuar por su cuenta en Manchuria, inventaron un pretexto, invadieron el noreste de China y Mongolia interior e implantaron un estado títere [vii].

Desde 1932, Japón fue manejado por gobiernos de “unidad nacional” dominados por altos mandos militares (del Ejército y la Armada) y por altos funcionarios del séquito imperial. En junio de 1937, el príncipe Konoe Fumimaro (1891-1945)[viii] un aristócrata que se oponía al gobierno de partidos políticos, llegó a ser Primer Ministro. Al mes siguiente los militares japoneses provocaron un incidente en China e iniciaron ocho años de guerra total en el continente. Fumimaro movilizó al país para la guerra y volvió a ser Primer Ministro en 1940. Estableció un “Nuevo Orden” que se proponía hacer de Japón la cabeza y puntero de lo que se dio en llamar la “Gran Esfera de Prosperidad del Asia Oriental”.

Konoe Fumimaro

Robert Paxton [ix] advierte que, a la dictadura militarista y expansionista – que fue consolidándose gradualmente entre 1931 y 1940 – hay quien la califica de fascista debido a que se trataba de un gobierno de emergencia producto de la alianza entre el emperador, el gran capital, los funcionarios de alto rango y los jefes militares para defender intereses de clase amenazados. A pesar de los modelos fascistas que aplicó y de los rasgos importantes que compartía con los regímenes alemán e italiano, la variante japonesa, el “fascismo imperial”, fue impuesto por los gobernantes sin que hubiera un solo partido de masas o movimiento popular que los respaldara. Incluso – dice Paxton – los gobernantes desdeñaron y se opusieron a los intelectuales japoneses influenciados por el fascismo europeo y citando a Gavan McCormack señala “fue como si se hubiese instaurado el fascismo en Europa después de liquidar a Mussolini y Hitler” [x].

Por otra parte, hay un aspecto revelador de diferencias idiosincráticas entre el régimen japonés y sus aliados del Eje, que tuvo importancia a la hora de ocultar responsabilidades del emperador y de consolidar la transición del Japón de posguerra hacia un régimen controlado por los partidos de derecha y a su alineamiento en la Guerra Fría. Se trata del sintoísmo estatal, la ideología nipona que propendía a la divinización del emperador.

El sintoísmo estatal (Kokka Shintō) fue promovido por el gobierno desde comienzos de la era Meiji hasta su derrota en la Segunda Guerra Mundial. Se basaba inicialmente en la práctica del sintoísmo (un tipo de religión animista) con la fusión de la liturgia de la Corte Imperial y la realizada en los santuarios. Esta ideología se transformó en la religión de Estado del Imperio. Tuvo un carácter ultranacionalista con la reconstrucción de antiguas costumbres anteriores a la llegada de los sistemas de creencias extranjeros (budismo, confucianismo, taoísmo, cristianismo). El sintoísmo estatal no era una religión independiente porque se centraba en el encuadramiento social de tipo moral y de respeto por el poder con rasgos místicos.

El dogma del Emperador tratado como deidad entre los hombres consideraba que la admiración hacia él no era una acción religiosa sino una obligación cívica, que se desarrollaba en el contexto de los ritos sintoístas. La admiración por el Emperador, era interpretada como una especie de culto familiar extendido, en donde el Tenno y su familia tenían linaje divino, y él era visto como un padre para el pueblo japonés. Cada japonés debía obedecer y debía acudir a los santuarios para participar en las ceremonias.

El Emperador Shōwa (Hirohito)[xi] era el sumo sacerdote del sintoísmo estatal, un ser sagrado e inviolable. Se había establecido que el Imperio del Japón sería regido y gobernado por una línea de Emperadores ininterrumpida a través de los siglos. Las críticas provenientes de otros grupos religiosos en Japón se silenciaron completamente desde 1937. Posteriormente cuando la guerra con los Estados Unidos y el Imperio Británico, el 7 de diciembre de 1941 se celebraría en todos los santuarios de Japón con importantes ceremonias. En ellas se esperaba que al menos un representante de cada familia japonesa asistiera. Estas fiestas militaristas y ultranacionalistas desarrollaban una liturgia con la presencia de figuras notables del gobierno y príncipes imperiales porque el apoyo a la guerra era un deber sagrado.

Sin embargo, el continuo aporte de testimonios, correspondencia y documentos en las últimas décadas prueba que esa divinización del Emperador, favorecida por las características peculiares del fascismo imperial y por las manipulaciones estadounidenses para alinear al Japón durante la Guerra Fría, fue lo que mantuvo vivo a Hirohito, es decir lo que impidió que rindiera cuentas por sus crímenes o que su cuerpo terminara carbonizado en una zanja como el de Hitler o colgado cabeza abajo, como el de Mussolini.

 El historiador estadounidense Sterling Seagrave (1937- 2017)[xii] es de los que más documentó e investigó estos temas. Naturalmente ha recibido reconocimientos y también se ensarzó en polémicas de todos modos enriquecedoras. Su introducción a la cuestión del número de víctimas que ocasionaron los japoneses en Asia dice lo siguiente: “ llegar a un número probable de la cantidad de víctimas de los japoneses que murieron por la guerra es difícil por varias e interesantes razones que tienen que ver con las percepciones occidentales (se refiere naturalmente a los norteamericanas y europeas)”.

“Tanto los estadounidenses como los europeos caen en el hábito desafortunado de ver a la Primera y la Segunda Guerra Mundial como guerras separadas y fracasan en comprender que ambas estuvieron entrelazadas en multitud de formas (no meramente porque una fuera consecuencia de la otra o a causa de la conducta descuidada o irreflexiva de los vencedores después de la PGM). Completamente al margen de esta concepción falsa, la mayoría de los estadounidenses piensan que la SGM en Asia comenzó con Pearl Harbor, los británicos con la caída de Singapur y así sucesivamente. Los chinos corregirán eso al identificar el incidente del Puente Marco Polo como el comienzo o la ocupación japonesa de Manchuria. En realidad  todo empezó en 1895 cuando los japoneses asesinaron a la reina coreana Min[xiii] e invadieron Corea para absorber ese país al Japón, seguido rápidamente por la captura de Manchuria del sur, etc”.

Masacre de Nankín

Establecido esto resulta que Japón estuvo en guerra desde 1895 a 1945. El Japón había invadido brevemente a Corea durante el Shogunato, mucho antes de la Restauración Meiji pero fracasó. “Por lo tanto, la estimación de Rummel de 6 a 10 millones de muertos entre 1937 (Masacre de Nankín) y 1945, puede ser a grosso modo el corolario del marco temporal del Holocausto Nazi pero se queda corto en cuanto a los números concretos de los muertos por la máquina guerrera del Japón. Si se agregan, digamos, 2 millones de coreanos, 2 millones de manchúes, chinos, rusos y muchos judíos del Este de Europa (tanto sefaraditas como ashkenazis) y otros asesinados por Japón entre 1895 y 1937 (con cifras conservadoras) el total de víctimas japonesas se eleva a algo más parecido a entre 10 y 14 millones, de los cuales yo sugeriría que entre 6 y 8 millones eran chinos, independientemente de donde vivieran”.

El escritor estadounidense Chalmers Johnson ha escrito que tratar de establecer cuál de los dos, Alemania o Japón, fue el más brutal hacia los pueblos que persiguió no tendría sentido. Los alemanes mataron a seis millones de judíos y veinte millones de soviéticos; los japoneses masacraron a treinta millones de filipinos, malayos, vietnamitas, camboyanos, indonesios y birmanos comprendiendo, por lo menos, a 23 millones de chinos. Ambas naciones saquearon los países que conquistaron a una escala monumental, aunque Japón robó más durante un periodo más prolongado que los nazis. Ambos regímenes esclavizaron a millones de seres y los explotaron como mano de obra y, en el caso de los japoneses, como esclavas sexuales, “mujeres de consuelo” en los burdeles militares. En el caso de los prisioneros de guerra de los nazis, los procedentes Gran Bretaña, Estados Unidos, Australia, Nueva Zelanda o Canadá, la tasa de mortalidad fue del 4 %; en el caso de los prisioneros soviéticos la tasa de mortalidad fue diez veces superior. Los prisioneros de guerra en poder de los japoneses tuvieron una tasa de mortalidad de casi un 30%.

Seagrave sostiene que las matanzas que se produjeron con tanta frecuencia durante las campañas japonesas por toda el Asia indican que la agresión no era una simple operación militar. “La explicación la encontramos – dice Seagrave – en las sombras que se escondían detrás del ejército. Pocos libros de historia consideran el papel desempeñado por el mundo del hampa, porque los especialistas rara vez se dedican a estudiar a los proscritos. Con Japón debemos siempre tener en cuenta ese mundo del crimen organizado porque impregna la estructura del poder, como satirizan sombríamente las películas de Itami Juzo” [xiv]. Esta última característica, la participación del mundo del hampa, debe agregarse a la caracterización del fascismo imperial.

Testimonios de la Masacre de Nankín

 A finales de 1936, el gobierno japonés estaba listo para la conquista de China y un comandante en Fengtai, cerca del Puente de Marco Polo, ordenó a sus soldados abrir fuego contra un cuartel chino. Los altos mandos le dijeron a Hirohito que la guerra con China podría durar dos o tres meses y por el lado de los chinos, el generalísimo Chiang Kai-shek (1897-1975) líder autoritario y corporativista del Partido Nacionalista Chino y su ejército, el Kuomingtang también calculó que los japoneses serían rápidamente derrotados, pero ambas partes se equivocaron la guerra duró ocho años y representó millones de muertes sobre todo entre la población civil.

Con el fin de preservar su ejército, que era el único medio que poseía para mantenerse en el poder, Chiang Kai-shek cruzó el río Yangtsé, abandonó el norte y dejó expuestas las grandes ciudades del sur a un ataque nipón. En agosto de 1937, el generalísimo atacó a los japoneses en Shangai pero su falta de decisión y errores de todo tipo le llevaron a una situación difícil. A principios de noviembre, Chiang Kai-shek resolvió repentinamente trasladar su cuartel general y retirarse a unos 300 kilómetros al oeste de Shangai para establecerse en Nankín, la capital de la República China. Cuando los japoneses que le perseguían empezaron a rodear Nankín, el generalísimo volvió a abandonar a la población civil y a muchos de sus soldados y se retiró sin combatir, primero hasta Wuhan y luego otros 800 kilómetros hasta Chungking en la motañosa provincia de Szechuan.

Justo antes que el ejército japonés iniciara el asalto a Nankín, Hirohito mandó a su tío, el príncipe Asaka Yasuhiko para asumir el mando. Asaka se creía un semidios y sentía un enorme desprecio por los chinos, coreanos y demás pueblos asiáticos. Además era un borracho, violento y rencoroso. Relevó temporariamente al general Iwane Matsui que era el comandante. Los japoneses no encontraron resistencia, el ejército del Kuomintang había huído y entre diciembre de 1937 y febrero de 1938 la desventurada población fue sometida a las atrocidades más tremendas.

Según Iris Chang (1997)[xv] Nankín debiera ser recordada no solamente por la cantidad de personas asesinadas, entre 250.000 y 300.00, sino por la horrenda crueldad con que las víctimas encontraron la muerte. La gran mayoría fueron civiles y algunos soldados desarmados que habían sido abandonados por sus oficiales y se habían deshecho de sus uniformes. Los hombres fueron utilizados para practicar el ataque con bayoneta y en campeonatos de decapitación entre oficiales del ejército imperial [xvi].

Entre 20.000 y 80.000 mujeres fueron violadas y los nipones fueron más allá, cortando los senos, abriéndoles el vientre o clavándolas vivas a las paredes. Hubo padres obligados a violar a sus hijas e hijos a sus madres, en presencia de sus familias. No solamente hubo enterrados vivos, castraciones y extirpación de órganos sino que muchas personas fueron asadas a las brasas o sometidas a torturas diabólicas como colgarlas de la lengua clavada en un gancho de hierro o enterrarlas hasta la cintura para contemplar como las despedazaban los perros. Tan enfermizo era el espectáculo que hasta el representante alemán de la Siemens, John Rabe, un nazi reconocido, dijo que la masacre era el trabajo de una máquina bestial.

Los asesinados en Nankín fueron más que todos los muertos sumados de Hiroshima y Nagasaki a causa de las bombas atómicas y más que las bajas sufridas por ingleses, franceses y belgas en toda la Segunda Guerra Mundial. Los diplomáticos extranjeros organizaron una Zona de Seguridad en la ciudad en la que se refugiaron muchos ciudadanos chinos y los japoneses fueron contenidos por el propio Rabe, mostrando la esvástica para impedir que entraran persiguiendo a los chinos.

Uno de los diplomáticos que participó en el mantenimiento de dicha Zona de Seguridad fue el abogado alemán Georg Rosen (1895-1961) que trabajó para el Ministerio de Relaciones Exteriores del Tercer Reich entre 1933 y 1938 (finalmente, como su abuela paterna era judía Rosen debió renunciar y huyó a Londres y después a los EEUU; después de la guerra volvió a Alemania y retomó el servicio diplomático de la RFA; fue embajador en Londres y en Montevideo).

Masacre de Nankín

Hoy en día, el fenómeno más importante es la lucha entre el negacionismo y la denuncia respecto a la Masacre de Nankín. Esto se ha desarrollado particularmente en Japón. Sucede que si bien muchos extranjeros huyeron de Nankín antes de la llegada de los japoneses, veinte o treinta no lo hicieron. Eran diplomáticos, agentes comerciales, misioneros y muchos de ellos tenían cámaras fotográficas, registraron las atrocidades, las montañas de cadáveres insepultos, las fosas comunes y después dieron testimonio de los horrores que habían presenciado.

Relatos de testigos presenciales tanto occidentales como chinos dieron cuenta que, en el transcurso de seis semanas después de la caída de la ciudad, las tropas japonesas participaron en una ola de violaciones, asesinatos, robos, saqueos, incendios y otros crímenes de guerra. Prueba de ello quedan los diarios de algunos extranjeros como el alemán John Rabe y la estadounidense Minnie Vautrin, que optaron por quedarse con el fin de proteger a los civiles chinos de tales daños.

Otros relatos incluyen los testimonios en primera persona de los supervivientes de la masacre de Nankín, informes de testigos que llegaron después como los periodistas (occidentales y japoneses), así como los diarios de campo del personal militar. El misionero estadounidense John Magee filmó una película de 16 mm y tomó fotografías de primera mano de la masacre. En general muchos extranjeros tomaron fotos que, hoy en día, son el testimonio gráfico más aterrador de las atrocidades cometidas, la colección más grande de imágenes de los muchos crímenes cometidos por los japoneses en Asia.

El 22 de noviembre, un grupo de expatriados extranjeros encabezados por Rabe se habían encargado de formar el Comité Internacional de 15 miembros y el trazado de la Zona de Seguridad de Nankín con el fin de proteger a los civiles en la ciudad. Rabe y el misionero estadounidense Lewis SC de Smythe, secretario del Comité Internacional y profesor de sociología en la Universidad de Nankín, registró la actuación de las tropas japonesas y las quejas presentadas a la embajada de Japón.

Tras la captura de la ciudad, el 13 de diciembre de 1937, la masacre llevó a la muerte a más de 250.000 residentes. La cifra es difícil de calcular debido a los muchos cuerpos quemados deliberadamente, enterrados en fosas, o depositados en el río. La Masacre de Nankín se ha calificado como un genocidio, porque los residentes fueron asesinados en masa, a pesar de que la ciudad ya había sido ocupada.

El cirujano estadounidense Robert O. Wilson (1904-1967), dijo “la masacre de la población civil es terrible. Podría seguir narrando páginas de los casos de violación y brutalidad casi más allá de lo creíble. Dos cadáveres bayoneteados es lo único que queda de siete barrenderos que estaban sentados en su sede, cuando los soldados japoneses llegaron sin previo aviso y mataron a cinco de sus miembros e hirieron a dos, que pudieron dirigirse al hospital”. En otra testimonio da cuenta que los soldados japoneses, hirieron con bayoneta a un niño, causando su muerte. “Pasé una hora y media de esta mañana intentando curar a otro niño de ocho años que tenía cinco heridas de bayoneta, una de las cuales penetró en el vientre, haciendo que una porción del epiplón quedara fuera del abdomen”.

El misionero John G. Magee, que había filmado las atrocidades, le escribió a su esposa: “no sólo mataron a todos los prisioneros que podían encontrar, también a un gran número de civiles de todas las edades”. El 13 de diciembre de 1937, John Rabe escribió en su diario: “no fue hasta recorrer la ciudad que nos enteramos de la magnitud de la destrucción. Nos encontramos con cadáveres cada 100 a 200 yardas. Los cuerpos de los civiles que he examinado tenían agujeros de bala en la espalda. Estas personas habían sido presuntamente fusiladas por la espalda mientras estaban huyendo. Los japoneses marchan por la ciudad en grupos de diez a veinte soldados y saquean las tiendas(…) lo he visto con mis propios ojos, ya que saquearon la cafetería de nuestro panadero alemán Kiessling”.

Hiroki Kawano, ex fotógrafo militar japonés relató: “Vi toda clase de escenas espantosas… cuerpos decapitados de niños tendidos en el suelo. Ellos hacían que los prisioneros cavaran un hoyo y que se arrodillaran en el borde antes de ser decapitados. Algunos soldados japoneses eran muy hábiles en su trabajo y tenían el cuidado de cercenar la cabeza completamente, pero dejando una pequeña tira de piel entre la cabeza y el cuerpo, de modo que al desplomarse la cabeza arrastraba el cuerpo hacia el hoyo”. (Revolutionary Document, Vol. 109 – History Committee for the Nationalist Party, Taipéi, China – 1987, p. 79; Yin, James and Young, Shi, p. 132).

“A partir del 13 de diciembre, la gente fue atravesada con bayonetas, rajada con espadas o quemada. Nada sin embargo era más despiadado que enterrarlas vivas. Esos miserables aullidos, esos desesperados alaridos esparcidos en el aire que vibraba. Todavía podíamos oírlos a siete millas de distancia” (Three Months of Nanking’s Ordeal, autor Jiang Gong-gu).

“Las víctimas enterradas vivas (tipo de enterramiento solo con la cabeza afuera) morían mucho antes que comenzaran los efectos de la inanición y el agusanamiento, sin embargo algunos eran usados como blancos para el lanzamiento de bayonetas, otros eran pisoteados por caballos, algunos eran regados con agua hirviendo y otros eran aplastados con las orugas de los tanques”. (Bergamini, David. Japan’s Imperial Conspiracy, William Morrow Company, Inc. New York, 1971, p. 36).

“En esa época la compañía a la que yo pertenecía estaba acuartelada en Xiaguan. Nosotros usábamos alambre de púas para atar a los chinos capturados en fardos de diez y tenerlos unidos en el camino. Luego les echábamos gasolina y los quemábamos vivos. Me sentía como si estuviera matando cerdos” (Kozo Tadokoro, First-hand Experience of the Nanking Massacre).

Según el veterano de la marina Sho Mitani, “el Ejército utilizaba un toque de trompeta que significaba “matar a todos los chinos que huyen”. A miles se les llevó lejos y fueron ejecutados en masa en una excavación conocida como “Reguero de los diez mil cadáveres”, una zanja de unos trescientos metros de largo por cinco metros de ancho. Dado que no se conservan registros, las estimaciones sobre el número de víctimas enterradas en la zanja van desde 4.000 a 20.000. La mayoría de los estudiosos e historiadores consideran que el número será de alrededor de 12.000 cadáveres.

Después de la rendición de Japón, unos pocos oficiales a cargo de las tropas japonesas en Nankín fueron llevados a juicio. El General Iwane Matsui fue acusado ante el Tribunal Penal Militar Internacional para el Lejano Oriente por ignorar “deliberada y temerariamente” su deber legal de “adoptar medidas adecuadas para velar por el cumplimiento y prevenir las violaciones” dadas en la Convención de La Haya y ahorcado en 1948. Tani Hisao, el Teniente General de la Sexta División del ejército, fue juzgado por el Tribunal de Crímenes de Guerra de Nankín y fusilado en 1947 aunque antes Chiang Kai-shek lo había indultado y lo tenía como asesor.

Otros jefes militares a cargo ni siquiera fueron juzgados. El príncipe Kan’in Kotohito, mariscal de campo y jefe del Estado Mayor del Ejército Imperial Japonés durante la masacre, había muerto en mayo de 1945, en su residencia de verano víctima de una infección a partir de sus hemorroides inflamadas. Al príncipe Asaka se le concedió inmunidad por su condición de miembro de la familia imperial. Isamu Cho, el ayudante de Asaka que algunos historiadores creen que fue quien emitió la orden de “matar a todos los cautivos”, cometió suicidio ritual (seppuku) en Okinawa.

La historia de la responsabilidad: la masacre de Nankín después de la guerra

La masacre de Nankín sigue siendo objeto de polémica en Japón entre los negacionistas derechistas y la mayoría de los historiadores. Los primeros niegan que haya existido crimen alguno, intentan descalificar los testimonios existentes e incluso desarrollan acciones violentas contra los periodistas, investigadores e historiadores que aportan documentos y testimonios sobre los crímenes. El historiador Takashi Yoshida sostiene que el debate en torno a la masacre cristaliza un conflicto más profundo acerca de cual debería ser la percepción ideal del Japón: una nación que reconoce su pasado y se disculpa por sus crímenes de guerra o un Japón que se mantiene firme contra las presiones extranjeras y enseña a la juventud acerca de los valientes mártires que lucharon en una guerra justa para salvar Asia de la agresión occidental.

Naturalmente no son solamente los nacionalistas derechistas japoneses los que niegan la masacre de Nankín. El Presidente de Taiwán Lee Teng-hui (1923-2020) decía que la masacre era un invento de los comunistas. Este controvertido personaje había promovido la unión Taiwán-Japón pero nunca se lo tomó muy en serio en virtud de las múltiples acusaciones de corrupción en su contra (en el 2011, por ejemplo, fue acusado de lavar 7.800.000 de dólares pero consiguió ser absuelto).

La historiografía de la masacre se ha ido abriendo camino en Japón tardíamente. En 1967 Tomio Hora refutó a los negacionistas. En 1980, las investigaciones de campo en China corroboraron el altísimo número de víctimas. En esa década se conocieron diarios y testimonios de generales, oficiales y soldados del Ejército Imperial. En la década de 1990 casi todos los historiadores japoneses estuvieron de acuerdo en que las atrocidades habían ocurrido pero la táctica de los negacionistas se empeñó en negar la magnitud del número de víctimas, habían sido unos pocos casos aislados cometidos por descontrolados. Entonces se había llegado a la cifra de 377.400 muertos, sumando las fosas comunes y los 150.000 casos referidos por el mayor japonés Ohta Hisao. [xvii]

Por esos años, ministros y altos funcionarios niegan que se hubiera producido la masacre. El general Shigeto Nagano, ministro de justicia en 1994, dijo que la Masacre de Nankín era un invento y debió renunciar producto del escándalo que se desató por esa declaración. Los periodistas e investigadores japoneses formaron el Nankin Jiken Chosa Kenyukai (Grupo de Investigación sobre el Incidente de Nankín) que reunió gran cantidad de material de archivo y testimonios de chinos y japoneses.

La primera disculpa oficial sobre los crímenes se produjo el 15 de agosto de 1995. El Primer Ministro Tomichi Murayama la profirió y el mismo día el Emperador Akihito ofreció condolencias y expresó la esperanza de que jamás volviera a ocurrir algo así.

Desde 1996, se movilizó el Tsukurukai (la Sociedad Japonesa para la Reforma de los Libros de Texto) que procura eliminar “las versiones masoquistas”, es decir la mención en los textos de estudio a los crímenes de guerra y de lesa humanidad cometidos por el Ejército Imperial.  Desde entonces también existen dos grupos que abogan por el reconocimiento de los crímenes. En 1984 se había establecido el Grupo de Estudio sobre el Incidente de Nankín) y en 1993 Yoshiaki Yoshimi creó el Centro de Investigación y Documentación sobre la Responsabilidad de Guerra del Japón.

En 1997 empezó a hacer campaña Nippon Kaigi (Conferencia Japón) una organización de lobistas de extrema derecha (se decía que contaba con 40.000 integrantes) con influencias a nivel gubernamental: Shinzo Abe, por ejemplo, el ex Primer Ministro (2006/2007 y 2012/2020) fue el asesor especial de campaña.

En el 2004, el Ministro de Educación de la época expresó el deseo de superar los relatos de “autotortura” y al año siguiente se produjeron grandes manifestaciones en China precisamente por las modificaciones exculpatorias incluidas en los libros de texto nipones.

En el 2007, un grupo de abogados del derechista Partido Liberal Democrático (PLD) denunciaron la Masacre de Nankín como un invento destinado a afectar la imagen de Japón. Sin embargo, ese mismo año, Xia Shuqin ganó un juicio por difamación que entabló contra los negacionistas nipones. El video de su testimonio puede verse en: iwitness  -. La anciana relata como los soldados japoneses irrumpieron en su hogar y asesinaron a sus padres, a sus abuelos, a cuatro de sus hermanas y la dejaron mal herida dándola por muerta cuando era una niña de ocho años; un hermanito más chico se salvó porque permaneció escondido mientras se producía la matanza.

Fue precisamente el historiador japonés Shudo Higashinakano uno de los que dijo que la Masacre de Nankín era un fraude y que no existían testigos de ejecuciones ilegales o asesinatos. Así lo sostuvo en su columna del Sankei Shimbun, señaló que los alegatos en el Tribunal de Crímenes de Guerra de Tokio habían sido falsificaciones y atacó 90 errores que dijo haber descubierto en las primeras páginas del libro de Iris Chang [xviii].

En el 2006 Higashinakano publicó un libro con las mismas tesis y sostuvo que Xia Shuqin no era la niña que aparecía en la película que filmó el misionero John Magee. Ahí fue donde el historiador negacionista se pisó el palito porque Xia lo demandó en China y probó con numerosos testimonios que ella era la pequeña que filmó Magee. El proceso continuó ante la justicia japonesa y finalmente, el 5 de febrero de 2009, la Corte Suprema obligó al historiador a pagar 4 millones de yenes a Shuqi como reparación por haberla difamado.

Como desde hace ocho años, en cada aniversario del comienzo de la masacre, el 13 de diciembre, la población de Nankín se concentra en la plaza del memorial de las víctimas, las banderas ondean a media asta, se sueltan palomas blancas y a pesar del frío del invierno muchos miles de personas con vestimenta oscura lucen flores blancas y participan de la ceremonia. Entre los presentes figuran los sobrevivientes, la enorme mayoría eran niños entonces, como Xia Shuqi, que hoy tiene 91 años. A las 10 y un minuto suenan las sirenas y la ciudad se paraliza, los trenes, los vehículos y los peatones se detienen.

La Masacre de Nankín y el nacimiento del Lirio Dorado

Cuando el ejército japonés cruzó el Yangtsé y se dirigió a Nankín, fueron tantas las unidades desplegadas en un frente tan extenso que la cúpula imperial corrió el riesgo de perder el control de los “aspectos financieros” de la campaña. Los mandos de cada división y regimiento rivalizaban en echarle mano al botín. El alto mando temía que los oficiales de la infantería y de la armada se apropiaran en su beneficio personal del oro y de las obras de arte que saqueaban y que lo mismo sucediera con los robos que perpetraba la tropa. Según Seagrave, diversos grupos de la mafia, los yakuza, se movían en los territorios ocupados y establecían su propio reino del terror.

Para mantener toda la operación bajo control, el Cuartel General Imperial creó el Lirio Dorado (Kin no yuri) cuyo nombre se inspiraba en una poesía de Hirohito. Era una organización palaciega secreta integrada por especialistas financieros y expertos en todo tipo de obras de arte, metales preciosos, gemas y antiguedades, asistidos por contadores, especialistas en transporte y oficiales del ejército y la armada. El Lirio Dorado fue puesto bajo el mando supremo del Príncipe Chichibu, hermano de Hirohito.

En Nankín, los primeros integrantes del Lirio Dorado que llegaron a la ciudad tomada pertenecían al kempeitai (que era al mismo tiempo la policía militar y secreta). Sus unidades empezaron a recorrer sistemáticamente la ciudad para apoderarse de los bancos y empresas, forzar las cajas fuertes y destripar bóvedas blindadas. También asaltaron las casas de los ricos para apoderarse de todo lo de valor que encontraran, incluso los muebles y porcelanas, pero con especial apetencia por el oro, las piedras preciosas, las obras de arte y las joyas.

Nankín había sido una ciudad opulenta durante más de mil años y muchos chinos acaudalados mantenían mansiones en la ciudad y casas de descanso en los alrededores. Por otra parte, era frecuente que los ricos mantuvieran escondrijos en sus viviendas o en depósitos ocultos. Los kempeitai fueron metódicos, profanaron las tumbas de los cementerios y extrajeron las coronas de oro de las bocas de los cadáveres y también de los vivos.

Seagrave señala que en esa primera etapa por lo menos seis mil toneladas de oro fueron reunidas por los kempeitai. Las investigaciones históricas prueban que esas declaraciones en realidad representaban una pequeña parte de lo robado. Además, mientras embalaban muebles, espejos, alfombras, estatuas y todo tipo de bienes para enviarlos a Japón, ciertas unidades especiales del Lirio Dorado se dedicaron a los ciudadanos que eran banqueros, a los dueños de las casas de empeño y de casinos, a los que ocupaban cargos jerárquicos en la organización de los clanes y en especial a los jefes de las tríadas, la mafia china, porque aunque muchos de esos personajes habían escapado de la ciudad, buscaban a los familiares para utilizarlos como rehenes y reclamar rescates.

En forma similar a lo que sucedía con los saqueos que los nazis llevaron a cabo en Europa, el Lirio Dorado era una organización movida por la codicia pero también por la necesidad. El mantenimiento y desarrollo de la maquinaria militar había reducido a la mitad las reservas de oro de Japón.

Varios fueron los príncipes que intervinieron en las acciones del Lirio Dorado y pasaron la guerra dedicados al pillaje en lugar de participar en acciones de combate, más riesgosas y menos elegantes. Además de Asaka (1887-1981) y de Chichibu (1902-1953), el príncipe Takeda (1909-1992) también estuvo en Nankín. Chichibu y Takeda confesaron a amigos suyos que sufrían pesadillas por las atrocidades que vieron cometer. Se dice que el hermano menor de Hirohito, el príncipe Mikasa (1915-2016) también estuvo en Nankín pero esa versión no ha sido confirmada. Lo que si es seguro es que Mikasa estuvo presente en los depósitos subterráneos del Lirio Dorado en Filipinas.

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Por el Lic. Fernando Britos V.

 

[i]   Josef Mengele llegó a Buenos Aires en julio de 1949. Vivió en la casa de un simpatizante nazi en el barrio Florida y trabajó como agente comercial para la empresa de maquinaria agrícola de su familia. Desde 1951 viajó con frecuencia a Paraguay. En 1956, obtuvo copia de su partida de nacimiento a través de la embajada de Alemania Occidental (RFA) y pasaporte con su nombre auténtico. Anduvo de vacaciones en Suiza con su hijo Rolf — que llamaba a su padre “tío Fritz” — y con su cuñada viuda Martha Will, además de pasar una semana en la casa de su familia en Gunzburgo (Baviera). Después de regresar a Argentina, Martha y su hijo Karl Heinz se reunieron con él. En 1958 Josef y Martha se casaron durante unas vacaciones en Nueva Helvecia (8 días en el Hotel Nirvana) y adquirieron una casa en la capital argentina. Sus negocios incluían parte de la propiedad de Fadro Farm, una compañía farmacéutica. También en 1958, Mengele y otros médicos fueron interrogados y después exculpados de la sospecha de practicar la medicina sin licencia después de que una adolescente falleciera durante un aborto. Preocupado porque este caso descubriera su pasado nazi y sus actividades criminales, se fugó a Paraguay. En 1959 consiguió la ciudadanía argentina y regresó a Buenos Aires en varias ocasiones para atender sus negocios y visitar a su familia. Martha y Karl Heinz regresaron a Alemania en diciembre de 1960.

[ii]Moraes Medina, Mariana (2020), “En busca del enemigo oculto: intelectuales y revistas antinazis en el Uruguay

de la Segunda Guerra Mundial”, Revista Letral, n.o 24, 2020, pp. 1-21. ISSN 1989-3302.

Cyjon Stolovicz, Roberto (2017) Diplomacia y política exterior en el Uruguay (1937-1940): cuatro diplomáticos uruguayos en la encrucijada de la Segunda Guerra Mundial. Tesis de Maestría en Historia Política. Facultad de Ciencias Sociales. Universidad de la República, Montevideo.

[iii]   Cfr. Demaría, J. (2020.). Guerra fría cultural y americanización en el Uruguay. El caso de la revista “Mundial” (1940-1957). Tesis de maestría. Universidad de la República (Uruguay). Facultad de Ciencias Sociales.

[iv]   Se estima que en la actualidad dos millones y medio de latinoamericanos son descendientes de japoneses. El país con el mayor número de descendientes de japoneses es Brasil, con más de 2 millones. De ellos, más de un millón vive en San Pablo. Son descendientes, que han vivido un proceso de aculturación y ya no se le puede llamar japoneses en sentido estricto. A Brasil le siguen Perú (más de 100 mil); Argentina (más de 65 mil); México (20 mil); Bolivia (14 mil); Paraguay (5.800) y Chile, con casi 2.700. El resto de los países son Colombia, Cuba, Venezuela, República Dominicana y Uruguay.

[v]   Cfr. Clemente Batalla, Isabel (2005) Política exterior de Uruguay, 1830-1895. Tendencias, problemas, actores y agenda. Documento de Trabajo Nº69, Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de la República, Montevideo.

[vi]   Kita Ikki produjo en 1919 una obra titulada “Bosquejo general de medidas para la reconstrucción de Japón” que proponía un Estado que limitara el poder de los industriales y terratenientes, a quienes consideraba un obstáculo para la reunificación y regeneración de su país para convertirlo en una gran potencia capaz de liberar a Asia de la dominación europea. Ikki (1883-1938) fue el padre del fascismo e inspirador de la extrema derecha. En febrero de 1936, en un golpe de Estado que pretendía instaurar una dictadura bajo la dirección de Hirohito, los oficiales conjurados mataron al Ministro de Finanzas y a otros funcionarios. Cuando el levantamiento fue aplastado, Ikki fue detenido y ejecutado como instigador. Según Paxton, el propio emperador puso fin a lo que se ha dado en llamar “fascismo desde abajo” en Japón.

[vii]  El Manchukuo, fue denominado Estado de Manchuria hasta 1934 y después de ese año como Imperio de Manchuria. Los japoneses entronizaron como gobernante títere a Puyi, el último emperador chino de la derrocada dinastía Quing. La ocupación se derrumbó en 1945 cuando el Ejército Rojo derrotó a los japoneses en Manchuria.

[viii]   Konoe Fumimaro jugó un papel destacado hasta el final. Según parece le propuso a Hirohito que buscara la paz con los Estados Unidos, en 1944, pero el emperador no le hizo caso porque esperaba una gran victoria (tennosan) que le permitiera negociar desde una posición favorable. Fumimaro, cuando esperaba para ser juzgado y temiendo se condenado a muerte, se suicidó con una cápsula de cianuro.

[ix]   Paxton, Robert O. (2005) Anatomía del fascismo. Ed. Península, Barcelona. pp. 234/235.

[x]   El problema de esta interpretación es que no parece tomar en cuenta el verdadero papel que jugó Hirohito en todo el proceso de fascistización y desde luego en la comisión de los crímenes de lesa humanidad en los que tuvo responsabilidad primordial. Hitler y Mussolini murieron pero Hirohito siguió siendo el emperador hasta su tranquila muerte por causas naturales muchas décadas después.

[xi]Hirohito (1901-1989) ocupó el trono nipón desde 1926 hasta su muerte.

[xii]   Seagrave, Sterling y Peggy Seagrave (2005) Los guerreros del oro. El tesoro de Yamashita y la financiación de la guerra fría. Ed. Crítica, Barcelona.

[xiii]   En la noche del 8 de octubre de 1895, treinta sicarios japoneses asaltaron el palacio real de Seul. Irrumpieron en las dependencias privadas de la reina, asesinaron a dos damas de honor y acorralaron a la reina Min. Cuando un ministro intervino para protegerla, uno de los sicarios le cercenó las manos con su sable. A la indefensa soberana la cosieron a puñaladas , la arrastraron hasta el jardín, la arrojaron a una pira con querosene y le prendieron fuego.

[xiv]  Juzo Itami fue un actor y director de cine japonés. En mayo de 1992, seis días después del estreno de su sátira contra la mafia japonesa Minbo no Onna fua atacado, golpeado y tajeado en el rostro por cinco integrantes de Goto-gumi, un clan de yakuza enfurecidos por la representación de los miembros de la mafia hecha por Itami. En diciembre de 1997 fue asesinado por la mafia arrojándolo desde una azotea y fingiendo un suicidio. 

[xv]Chang, Iris (1997) The Rape of Nanking. Ed. Basic Books, Nueva York.

[xvi]El 13 de diciembre de 1937, el periódico Osaka Mainichi Shimbun y su análogo el Tokyo Nichi Nichi Shimbun publicaron artículos con fotos de dos oficiales Toshiaki Mukai y Tsuyoshi Noda, ambos de la 16a División del Ejército Imperial Japonés, en los que se describe como compiten entre sí para ser el primero en matar por decapitación a 100 personas con una katana antes de la toma de Nankín. Noda había matado a 105 personas, mientras que Mukai asesinó a 106. Como técnicamente era un empate se decidió iniciar otro concurso, con el objetivo de llegar a las 150 decapitaciones. Después de la rendición de Japón, Mukai y Noda, fueron detenidos y fusilados en Nankín.

[xvii]Ohta Hisao produjo una confesión de 44 páginas mientras esperaba ser juzgado en Fushun en 1954. El documento fue publicado por el Mainichi Shimbun en 1990. Ohta aseguraba que su unidad había arrojado 19.000 cadáveres al Yangtsé en tres días a partir del 15 de diciembre de 1937, una unidad vecina había arrojado 81.000 y en diversos puntos de Nankin otras habían hecho lo mismo con 50.000 cuerpos.

[xviii]El ya citado libro de Iris Chang (Cfr. nota 15) arroja luz no solamente sobre lo que sucedió durante la ocupación japonesa sino sobre la forma en que los japoneses, como pueblo, se las arreglan para cultivar su amnesia histórica colectiva y aún la negación. Los críticos de Chang no solamente son nipones: su compatriota David Kennedy se quejó de que Chang hizo énfasis en la “política del sufrimiento” en lugar de hacer un esfuerzo para entender “la psicología del mal” y con la misma mala leche dice que la autora se basó en “acusación y rabia” en lugar de “análisis y comprensión”.

 

 

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