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LOS MALOS Y LOS PEORES

Lic. Fernando Britos V.

 

En materia de producción de mitos y mentiras los criminales no suelen ser originales. En particular, los perpetradores de crímenes de lesa humanidad siempre han apelado a una versión predilecta: “nosotros somos los buenos, pobres de ustedes si hubieran caído en manos de los malos”.

 En el Río de la Plata, aunque hermanados estrechamente en el Plan Cóndor, los represores uruguayos muchas veces se las dieron de salvadores: los malos eran sus

Massu

colegas argentinos. Se jactaban de ser buena gente, los peores eran los argentinos, esos si eran los especialistas de los vuelos de la muerte, los más aprovechados discípulos de la Gestapo, de los paracaidistas de Massu, de los asesores ustachis traídos de Croacia.

No costaba mucho darse cuenta de que entre esos criminales todos fueron lo peor de lo peor y que en la Escuela de las Américas[i] se cultivaron todas las técnicas criminales de la llamada contrainsurgencia. Bajo otro nombre esa institución fue y sigue siendo el nido de la serpiente de la doctrina de la seguridad nacional.  En 1996, el Pentágono se vio obligado a publicar los manuales de capacitación de la Escuela de las Américas, y quedó en evidencia que promovían la tortura, la extorsión, el chantaje y el ataque a la población civil. La publicación de estos manuales demostró que el dinero de los contribuyentes estadounidenses se utilizó para enseñar a los militares y policías latinoamericanos cómo torturar y reprimir a sus pueblos. Este organismo se ha especializado últimamente en entrenar las patrullas fronterizas de los Estados Unidos.

Con una formación proveniente de la misma escuela, los resultados no podían ser diferentes pero el mito de “los malos son los milicos argentinos” servía para embaucar y autoembaucarse, en el sentido que la tortura, la violación, el robo y el botín de guerra era algo que no se daba entre los militares uruguayos encargados de la represión. Esa mentira no era original y ahora nos vamos a referir a otra que se gestó desde antes del fin de la Segunda Guerra Mundial.

Veremos cómo surgió y se desarrolló el llamado mito de “italiani brava gente”, es decir: los italianos buena gente. Mediante esa mentira se contraponía a los fascistas y a las Reales Fuerzas Armadas de Italia con los nazis y la Wehrmacht. Los genocidas, los creadores de Auschwitz y el holocausto, los responsables del asesinato de millones de personas por hambre, agotamiento, fusilamiento, gaseamiento, fueron los alemanes. Los italianos se presentaron como humanitarios e inclusive como los que habían salvado a muchos judíos de perecer en los campos de exterminio.

Antes de ver con mayor detenimiento el funcionamiento de este mito hay que decir que fue exitoso. El trabajo de los historiadores ha ido haciendo jirones las mentiras pero la “historia oficial” sigue teñida por ellas y los investigadores señalan que son difíciles de exterminar. De hecho, la primeras listas de criminales de guerra levantadas por las Naciones Unidas incluían a 1.500 altos jefes y oficiales italianos. Sin embargo solamente tres o cuatro mandos medios fueron juzgados sumariamente y ejecutados por los angloestadounidenses desde su desembarco en Italia, porque los reos habían asesinado a algún oficial de los aliados que tenían prisionero.

El funcionamiento de los tribunales para juzgar crímenes de guerra fue absolutamente restringido y leniente. Aparte de los Juicios de Nuremberg, al que fueron sometidos unas pocas docenas de jerarcas del Tercer Reich, y del juicio a un puñadito de altos jefes nipones (sin tocar al emperador criminal Hirohito), hubo algunos juicios posteriores, todos signados por la absolución, la rápida conmutación de las penas, temas sobre los que he incursionado en artículos anteriores.

La Guerra Fría comenzó de hecho antes del fin de la Segunda Guerra Mundial. El 24 de julio de 1943 los italianos habían sufrido serias derrotas, los aliados habían invadido Sicilia y Mussolini convocó al Gran Consejo Fascista. Sus compinches le retiraron la confianza y al otro día fue depuesto por el Rey y arrestado. Víctor Manuel III nombró a Pietro Badoglio [ii] como Primer Ministro. El 13 de octubre Italia declaró la guerra a Alemania. Esta operación contó con el beneplácito de los británicos y estadounidenses y blanqueó de hecho a algunos de los principales criminales de la Italia fascista.

La paradoja histórica y las mentiras exculpatorias – Desde hace setenta años varios historiadores se han mostrado intrigados por lo que se ha dado en llamar “la paradoja histórica”. Esta consiste en la búsqueda de una explicación al hecho que un régimen como la Italia fascista, que había instaurado leyes de persecución antisemita y perseguido a judíos italianos y extranjeros desde 1938 y en alianza con los nazis desde 1939, se había negado a entregar a miles de judíos que residían en territorios ocupados por Italia.

Autores como León Poliakov y Jacques Sabille hablaron de un “rescate humanitario en los Balcanes”. Hannah Arendt, como parte de sus intentos por despegar al fascismo del nazismo, especuló livianamente, en la década de 1960, que eso se debía a que el humanismo de vieja data de los italianos rechazaba las leyes antisemitas.

Según Davide Rodogno [iii] la mayoría de los historiadores italianos del siglo pasado se mantuvieron silenciosos mientras que investigadores extranjeros sobrevivientes de la Segunda Guerra Mundial se mostraron agradecidos hacia los italianos que los habían rescatado. De este modo, el mito de que los italianos habían sido bondadosos protectores de los judíos y que el antisemitismo no había sido practicado por ellos se extendió por Italia y el resto de Europa, por los Estados Unidos e Israel.

La verdad demoró décadas en abrirse paso y el mito empezó a derrumbarse. El punto de partida parece ubicarse en investigaciones del recientemente fallecido Johnatan Steinberg  (1934 – 4/3/2021). Este profesor emérito de Historia Europea de Cambridge y de la Universidad de Pennsylvania había cuestionado la “paradoja” en sus estudios sobre fascismo y nazismo. Después, desde mediados de la década de 1990, los historiadores – sobre todo los italianos [iv] – han demostrado que, aunque el antisemitismo italiano no es idéntico al alemán, no debe ser presentado como carente de objetivos. En verdad, el antisemitismo italiano y en particular el fascista tuvo un desarrollo independientemente y no fue impuesto por los nazis.

Al presentar al fascismo como un régimen de opereta, se favorecía la impresión de que la no entrega de judíos balcánicos había sido una falla de la Italia mussoliniana producto de que los italianos eran buenos y no racistas. Sin embargo, las investigaciones más recientes han demostrado que la política fascista hacia los judíos no debe verse en relación con el genocidio sino con las políticas que desarrolló el régimen en los territorios ocupados (los Balcanes, Grecia). El fascismo se planteaba como objetivo excluir a los judíos del spazio vitale, terminar con la vida ciudadana de los judíos y promover su emigración, en forma bastante similar a lo que llevó adelante el nazismo en Alemania hasta 1940.

Los historiadores empezaron a formularse preguntas que rasgaban el velo del mito. La promulgación de las leyes antisemitas de 1938 no le había quitado apoyo popular al fascismo. Por su parte, el Real Ejército Italiano era antisemita. Los jefes militares consideraban que los judíos eran seres inferiores [v]. Aunque eran aliados y compartían la ocupación de los Balcanes y de Grecia, el ejército italiano y el alemán se movían en universos morales algo diferentes. Los altos mandos italianos inclusive se consideraban superiores a sus colegas de la Wehrmacht y desde luego muy superiores a los otros pueblos de las zonas ocupadas (eslovenos, croatas, serbios, bosnios, albaneses, griegos y montenegrinos).

Desde hacia muchas décadas las ambiciones coloniales de la monarquía italiana (en Libia, Abisinia, Somalia y Etiopía) habían dado pie a la creación de una identidad racial inspirada en el Imperio Romano, en la cual la guerra y la violencia eran esenciales. Los jefes militares preconizaban que contra las minorías eslavas, los italianos debían ser violentos, no bondadosos y sentimentales. De este modo consideraban a los eslavos como primitivos y a los alemanes como bárbaros (aquellos bárbaros que habían enfrentado las legiones de los Césares). El fascismo se apropió de todo ese nacionalismo histórico rápidamente (el fascio mismo era un símbolo del poder de la antigua Roma). Ya puestos a combatir juntos, la dirigencia fascista trataba de colocarse por encima de los alemanes haciendo énfasis en “la justicia y el humanismo”: los fascistas tenían alma, los alemanes no.

Además los fascistas eran oportunistas, cuando la suerte de las armas empezó a cambiar y las cosas se pusieron feas para el Eje en el frente germano-soviético y en el norte de África, el general Pièche, por ejemplo, que era el Comandante de Carabineros,  se empeñó en distinguir a los italianos de los croatas y los alemanes. Luca Pietromarchi (1895-1978) [vi], un diplomático fascista, escribía en su diario que las atrocidades cometidas por los ustachis contra los judíos de Mostar “eran un ejemplo de regresión humana”. En otra página dice que “los alemanes, con su brutalidad y violencia, se han hecho odiosos en todos lados”. El 1º de enero de 1943, Pietromarchi que ya veía perdida la guerra, se entrevistó con el Papa Pío XII y se dedicó a justificar el papel de los italianos: “nuestros soldados rechazaban las atrocidades por su espíritu cristiano”, sus instintos humanitarios debían ser reconocidos.

El astuto administrador recomendó a sus colegas conservar con todo cuidado los documentos en que los nazis les criticaban por su leniencia hacia los judíos o les reclamaban mayor empeño en las deportaciones hacia los campos de exterminio. “Son pruebas irrefutables de nuestro modus operandi y un registro histórico invalorable que demuestra que no fuimos cobardes”. Sabía que “el mito del humanitarismo italiano” permitiría que los perpetradores de crímenes de lesa humanidad pudieran sacar la pata del lazo.

El mito y la resurrección – La “paradoja histórica”, después de servir para salvar a los criminales de ser juzgados por los Aliados, fue una pieza del operativo de la Guerra Fría. Como dice Richard Paxton, el mayor obstáculo para la resurrección del fascismo clásico después de 1945 fue la repugnancia que había llegado a inspirar (Hitler provocó náuseas cuando se difundieron las imágenes de los campos de exterminio, Mussolini provocó burlas y la tremenda devastación atestigüó el fracaso del Eje). “El cuerpo carbonizado Hitler en las ruinas de su búnker de Berlín y el cadáver de Mussolini colgado de los tobillos en una sucia gasolinera de Milán señalaron la mísera extinción de su carisma”. [vii]

Pero la utilidad de las mentiras exculpatorias iba más allá de la protección de los criminales, se dirigía a la reivindicación de los métodos fascistas para la Guerra Fría y hasta nuestros días. La mayoría de los europeos resultaron inoculados contra el fascismo original por la vergüenza de 1945 pero esa especie de inmunidad (como posiblemente pase con las vacunas contra el Covid-19) fue intrínsecamente temporal. La inmunidad de 1945 se debilitó inexorablemente por dos razones: por la desaparición de las generaciones que fueron testigos presenciales de los crímenes y porque los mitos (como el de “italiani brava gente”) fueron fogoneados durante la Guerra Fría como cobertura política para “la nueva derecha” [viii].

Lo que los historiadores han hecho para desenmascarar los verdaderos móviles del fascismo italiano, en su actitud hacia los judíos en los Balcanes, ha sido  aplicar interrogantes acerca de la paradoja histórica e investigar las razones que operaron en su política de ocupación. Por ejemplo: ¿realmente no entregaron a los judíos para protegerlos o lo hicieron por otras razones?, ¿en realidad rescataron  algunos judíos y en qué condiciones lo hicieron?, ¿esa protección fue igual para todos?, ¿qué participación les cupo a los italianos en limpieza étnica en los Balcanes?

En general la política de los fascistas durante la ocupación de los Balcanes condicionó su antisemitismo. Por ejemplo las relaciones italo-alemanas  y los cálculos políticos de Roma se desarrollaban en el contexto local de las ocupaciones. En todo caso, que algunos soldados rasos actuaran sin demasiado empeño en la persecución a los judíos, prueba el fracaso del régimen en la fascistización de la tropa y demuestra que algunos individuos, independientemente de su nacionalidad, eran de hecho buenas personas. En la Wehrmacht el proceso de nazificación de la tropa fue más profundo y aún así imperfecto.

Sin embargo, la actitud de los oficiales superiores del Regio Esercito Italiano era, como se ha dicho, muy distinta. Los oficiales y altos mandos estaban profundamente compenetrados con el fascismo y  habían participado en sus cruentas aventuras coloniales. Prácticamente toda la oficialidad había participado a sangre y fuego en las guerras sucias en Libia, Somalía, Etiopía y en la Guerra Civil Española (la Legión Cóndor de Hitler había arrasado Guernica pero los bombarderos italianos habían causado miles de muertos entre la población civil de Barcelona).

Para entender la “paradoja histórica” y responder a sus interrogantes hay que considerar, en primer lugar, la relación de alianza entre el Tercer Reich y la Italia fascista. Desde 1939 Italia estaba subordinada a Alemania, de hecho fue el primero de sus satélites. Mussolini y los suyos tenían clarísima su dependencia militar, económica y diplomática del Tercer Reich. Roma no tenía autonomía en ninguna de las regiones ocupadas pero sin embargo no había renunciado a sus ambiciones imperialistas en el sentido de establecer su control sobre el Mediterráneo. Por su parte los nazis se aseguraron de que el control de todas las zonas ocupadas se mantuviera en sus manos. La Wehrmacht intervino en Yugoslavia y después en Grecia, en Creta y en otros escenarios no solamente para salvar a los italianos del atolladero en que se habían metido sino para que estos tuvieran claro quien mandaba [ix].

En este contexto, los judíos se volvieron una ficha para negociar entre los socios del Eje. Los fascistas manejaban tres escenarios posibles: si Alemania ganaba la guerra, los judíos de las zonas ocupadas servirían para demostrar que los fascistas eran distintos que los nazis y por ende para granjearse aliados entre los monárquicos balcánicos y otros colaboracionistas. Por otra parte, ante la insistencia del Tercer Reich en la “solución final”, los judíos servirían para obtener más recursos a cambio de su entrega. Finalmente, mantener bajo su control a los judíos en los territorios ocupados podía servir para negociar un trato benévolo con los Aliados.

La comprobación de cómo jugaron estas razones en el contexto local resulta esclarecedora. En Yugoslavia y Grecia, los comandantes fascistas tenían prioridades distintas que el exterminio de los judíos. Después de la rápida intervención en la región que se dio en los primeros meses de 1941, los nazis trasladaron casi la totalidad de sus fuerzas para el ataque a la Unión Soviética. Desde mayo de 1941 dejaron a sus satélites italianos encargados de mantener el orden y pacificar los Balcanes y Grecia.

Los mandos italianos enfrentaban una situación crítica. Su prioridad era eliminar la Resistencia y en particular el movimiento más activo y aguerrido que encabezaban los comunistas dirigidos por Josip Broz, el Mariscal Tito [x]. Los judíos no representaban un riesgo  y además entregarlos a los alemanes habría perjudicado su prestigio y alarmado a los Chetniks cuya colaboración militar necesitaban desesperadamente. En este contexto también importaba la cuestión de los refugiados. A los judíos no se los rechazaba y se los internaba por razones raciales sino porque la mayoría eran refugiados que venían huyendo de los regímenes fascistas. Los refugiados planteaban varios problemas: económicos, logísticos, religiosos, sanitarios, de higiene.

Las autoridades italianas de ocupación fueron incapaces de contener el flujo de refugiados y apelaron a las medidas más simples: cerraron las fronteras y expulsaban a los que intentaban ingresar. El 12 de diciembre de 1940 el Ministerio de Relaciones Exteriores había establecido el cese de permisos de entrada a judíos y personas sin nacionalidad. Esa disposición se mantuvo hasta el fin de la guerra pese a las gestiones que efectuaron distintos países que concedían asilo, al pedido de autoridades religiosas y a solicitudes de reunificación familiar. Los perseguidos provenientes de países donde imperaban leyes racistas, como Hungría, Rumania, Eslovaquia, Bulgaria, Francia, Holanda, Bélgica, Dinamarca y Croacia, no podían ingresar a territorios controlados por los italianos.

Las escasas decisiones oficiosas tomadas por algunos individuos para asistir a judíos y no judíos perseguidos deben ser analizadas. No fue una política oficial sino que puede atribuirse a la desintegración y relajamiento gradual del régimen fascista que se produjo notoriamente después de Stalingrado y de la derrota del Eje en el norte de África. Para los militares italianos, conscientes de la inminencia de la derrota, la guerra pasó a un segundo plano y su propio destino personal pasó a ser lo más importante. Esta actitud iba acompañada de la actitud de evitar responsabilidades mayores, de un atenerse a los procedimientos en forma puramente burocrática y al conocido recurso de echarle la culpa a otros si las cosas salían mal.

Las convulsiones finales del régimen fascista afectaron en forma parecida a oficiales y soldados: desorganización, insubordinación y falta de compromiso. Esto facilitó la evasión de las reglas por parte de muchos perseguidos. En realidad lo que se ha pretendido presentar como un acto humanitario ha sido nada más que el resultado de la pereza o de la corrupción de oficiales y soldados porque en los archivos italianos no existe la más mínima evidencia de un plan para proteger a los judíos o para desobedecer las órdenes del Duce.

Por otro lado, desde mediados de 1942, los fascistas italianos estaban plenamente informados sobre las acciones de exterminio de los nazis pero Italia no protegió a los judíos extranjeros. El gobierno fascista quería que las zonas ocupadas estuvieran libres de judíos (Judenrein). El gobernador de Dalmacia, Giuseppe Bastianini [xi], rechazó expresamente a todos “los italianos indeseables”. Alemanes y croatas acordaron deportar a los judíos que habían sobrevivido a los ustachis sin que los italianos hicieran nada al respecto. Los jefes italianos sabían que los campos de Dachau y Buchenwald eran “confortables” comparados con Jasenovac[xii]. Por otra parte hay testimonios de que, en Trieste, se pedían sumas exorbitantes por ayudar a refugiados.

En 1941, el 40% de Yugoslavia se había convertido en el Estado Independiente de Croacia, regido por el poglavnik Ante Pavelic [xiii]. A mediados de ese año los ustachis masacraron a miles de serbios y judíos, los campesinos serbios se rebelaron y a raíz de eso todo el Estado fue ocupado. Para controlar la insurrección los italianos ordenaron a los ustachis detener las masacres indiscriminadas y ofrecieron protección a las poblaciones locales a condición de que colaboraran con ellos. También cerraron las fronteras.

Los fascistas tenían sus “razones de naturaleza general” para no entregar judíos a los croatas. Por un lado, los generales Roatta y Pièche no querían aparecer como sometidos a los croatas que ya eran títeres de los alemanes. La política de Zagreb generaba problemas a los italianos, entre otras cosas porque si los judíos descubrían que serían entregados a los croatas se habrían producido levantamientos apoyados por la Resistencia yugoslava. Las autoridades de ocupación querían evitar esto a toda costa. Por otra parte  tenían problemas de abastecimiento.

El 18 de agosto de 1942, el Ministerio de Relaciones Exteriores informó a Mussolini acerca de la intención de los alemanes de efectuar una solicitud oficial para que los militares entregaran los judíos a los croatas para enviarlos a los campos de exterminio. La cuestión judía en Croacia había entrado en fase de solución final. El embajador plenipotenciario alemán Otto von Bismarck lo anunció al Duce y este puso “nulla obsta”. En octubre de 1942 , 20.000 Chetniks anticomunistas combatían junto a los italianos contra la Resistencia.

En febrero de 1943 había un total de 2.661 internados, de los que  283 eran judíos europeos y croatas 2.378. De estos últimos a 893 se les permitió solicitar la ciudadanía italiana pero 1.485 fueron entregados a los croatas. Asimismo, el Campo de Arbe, en el Fiume, nunca fue una operación de rescate. El 27 de abril de 1943 el Alto Mando del Ejército ordenó que el ingreso a las zonas ocupadas fuera bloqueado.

Gral. Pièche

En Albania, los italianos hacían censos y expulsaban a judíos, serbios y montenegrinos. El general Pièche abría el paraguas y sostenía que las familias deportadas a Polonia “sarebbero state sopprese” (habrían sido suprimidas) y los búlgaros eran brutales. “Nosotros no estamos involucrados en esas atrocidades – proclamaba – que algún día dejarán su huella sangrienta en la historia”.

En 1940 y 1941 había 80.000 judíos en Grecia (56.000 de ellos en Salónica, zona de ocupación alemana). Las autoridades militares italianas desconfiaban de los sefarditas y de los gitanos aunque ninguna de esas comunidades les había causado problema alguno. De 1943 en adelante, a partir de la deportación de los judíos griegos por los nazis, los italianos desarrollaron una política diferente. El 3 de febrero de 1943  los alemanes pidieron a los italianos que tomaran las mismas medidas de deportación. Galeazzo Ciano, el yerno de Mussolini que todavía era Ministro de Relaciones Exteriores, le escribió a Pellegrino Ghigi, el embajador en Atenas, indicándole que efectuara arreglos para que los judíos griegos fueran enviados a un campo de concentración en las Islas Jónicas. Ghigi le contestó 5 días después que lo veía políticamente contraproducente y difícil de ejecutar: no podían dedicar soldados a detener civiles porque la actividad de la Resistencia griega (los Andartes) aumentaba día a día.

El 24 de abril de 1943, Lucillo Merci, el oficial de enlace con el comando alemán en Salónica, escribía “el tiempo se está acabando, los trenes hacia Polonia siguen rodando y nosotros tratamos de salvar tantos judíos italianos con nacionalidad griega como sea posible”. En suma 322 judíos escaparon de la deportación a Auschwitz desde Salónica: 217 eran italianos y 92 tenían residencia. Sin embargo, esa salvación no le fue ofrecida a todos sino solamente a los que presentaban algún interés económico para Italia.  Intervinieron porque temían que los alemanes o los griegos confiscaran  sus propiedades y grandes fortunas que los fascistas consideraban italianas.

Un mito nacional bien desarrollado – Como vimos la paradoja histórica no fue tal: los italianos impidieron que algunos cientos de judíos fueran deportados a los campos de exterminio por razones puramente pragmáticas. Así que ahora veremos como se consolidó el mito exculpatorio.  A fines de la década de 1940, los políticos e intelectuales embarcados en la Guerra Fría, decididos a desmontar el anti fascismo y a impedir a toda costa el acceso de la izquierda, especialmente de los comunistas al gobierno, desarrolló el mito “italiani brava gente”. Algunos de esos políticos, los democristianos, deseosos de reconstruir el país y con el apoyo de los servicios de inteligencia de E.E.U.U. y Gran Bretaña, contribuyeron decididamente al ocultamiento de los crímenes fascistas y su historia negra. Después de la Segunda Guerra Mundial, la República Italiana [xiv] no extraditó a los criminales de guerra reclamados por otros países, fundamentalmente por Yugoslavia.

Durante las décadas de 1950 y 1960, el criminal colonialismo italiano en África comenzó a ser presentado, abiertamente, como civilizatorio; las masacres en Libia y en Etiopía fueron ocultadas y el antisemitismo fascista se atribuyó a una imposición de los nazis. En particular no solo se promovió la imagen de los invasores italianos como salvadores de judíos en los Balcanes sino que la persecución racial en Italia se había mantenido inoperante porque el propio régimen y la población rechazaban el antisemitismo. En forma paradojal, esas mentiras fueron reforzadas por algunos dirigentes políticos que prefirieron resaltar los méritos de los partisanos antes de profundizar en las responsabilidades criminales del fascismo.

La magnitud de los crímenes nazis proporcionaba una especie de coartada atenuante perfecta para el olvido de los crímenes perpetrados por los fascistas. En ese clima películas y novelas insistían en la bondad de los italianos [xv]. Que algunos miles de judíos no fueran entregados a los nazis o a los croatas fue una excepción, probablemente significativa, pero como vimos no fue la regla y tuvo motivaciones políticas que encajaban con un beneficio económico, con razones de prestigio y de poder y con las condiciones que debieron de enfrentar los fascistas en los territorios ocupados.

Tampoco es de recibo el destacar ciertas acciones individuales  para demostrar un humanitarismo inherente al carácter nacional italiano o para esatblecer a priori que el hecho de ser italiano impidiera actos de antisemitismo o de crueldad hacia la población civil. El hecho es que hasta mediados de 1943, los burócratas y mandos


militares siguieron fielmente las órdenes del Duce. En los territorios de Yugoslavia ocupados o anexados, las autoridades civiles y militares italianas deportaron y confinaron por lo menos a 100.000 civiles yugoslavos. Casi 12.000 griegos sufrieron la misma suerte en la zona ocupada de Grecia.

A fines de la década de 1930 había unos 74.000 judíos en Yugoslavia (un tercio eran sefarditas y otros cuatro o cinco mil eran refugiados de Alemania, Austria, Checoeslovaquia y Polonia. 38.000, incluyendo refugiados terminaron en manos de los ustachis. Las dos comunidades judías más numerosas, Zagreb (12.000) y Sarajevo (8.000) quedaron en las zona de ocupación alemana. Entre tanto, en la zona ocupada por Italia, Dubrovnik, Mostar, Crikvenica, los judíos no llegaban a 500.

Los historiadores contra el mito – Angelo Del Boca [xvi] pertenece a la generación de los testigos presenciales y participante de la Resistencia (nació en 1925). Es profesor de Historia Contemporánea de la Universidad de Turín y prolífico autor. Nació en Novara en mayo de 1925. Angelo fue obligado a enrolarse en las tropas de la República Social Italiana de Mussolini para evitar el arresto de su anciano padre. Fue enviado a Alemania para su adiestramiento militar y asignado a la 4ta División Alpina Monterosa de la que desertó apenas su unidad volvió a Italia, a mediados de 1944. Inmediatamente se unió a la Resistencia y formó parte de la 7ma Brigada Alpina Justicia y Libertad.  Su participación en la Resistencia la recogió en su libro Nella notte ci guidano le stelle, en el que describe el terror fascista, el incendio de los pueblos y la violencia de las tropas nazi-fascistas.

Quince o veinte años después, Del Boca abandonó su profesión de periodista y se concentró en la investigación del colonialismo italiano. Mediante un trabajo historiográfico profundo y sostenido se convirtió en el más importante de los historiadores autodidactas de su país. Publicó cuatro volúmenes acerca de la colonización de África Oriental.

El interés que despertaron sus investigaciones en el ámbito académico motivó a una nueva generación de historiadores italianos, africanos y europeos. Al mismo tiempo se desarrollaron nuevas polémicas y debates en torno a cuestiones cuyas claves no eran solamente historiográficas o culturales sino políticas y diplomáticas.

Después de la Segunda Guerra Mundial, muy poco se había hecho en Italia para documentar y enfrentar el pasado colonial e imperialista. Del Boca fue un precursor, capaz de conjugar el rigor de sus investigaciones con la capacidad para hacer públicos sus resultados. En las últimas dos décadas del siglo XX muchas decenas de miles de lectores y de telespectadores accedieron a conocer y criticar el pasado colonial italiano que, hasta esos momentos estaba ligado a la experiencia de unos pocos militares y colonos.

La enorme mayoría del público había percibido la experiencia colonial a través de la propaganda fascista que, en la posguerra, fue rápidamente olvidada. Del Boca fue entonces un precursor de esa mirada crítica a un pasado sangriento y fundamental para entender, por ejemplo en la actualidad, la relación entre Italia y los migrantes africanos. Fue uno de los primeros en denunciar las atrocidades cometidas por las tropas italianas en Libia y Etiopía mediante bombardeos terroristas sobre la población civil con armas químicas. Documentó la instalación  de campos de concentración y las deportaciones masivas.

Las denuncias de Del Boca fueron atacadas por la prensa de derecha y las asociaciones de militares y prófugos italianos de África. Por ejemplo, un ex-ministro de la colonia negaba terminantemente que hubieran utilizado gases venenosos y apoyado por algunos nostálgicos y ex-militares consiguió un puesto senatorial en Florencia representando al neofascista Movimiento Social Italiano. Durante los años 80, el tenaz historiador fue insultado y agredido pero sus trabajos de reconstrucción de los crímenes cometidos por los fascistas se extendió a los territorios ocupados del Mediterráneo y no se detuvo.

Expuso ante el gran público el mito “italiani brava gente” que utilizaba la derecha y los neofascistas y dejó al descubierto a ciertos sectores que, aunque no eran neofascistas, consideraban que había acciones que era mejor mantener ocultas porque los italianos eran intrínsecamente buenos y había que dar vuelta esas páginas.

Indro Montanelli

Los interesados en explorar el uso público de las mentiras y mitos pueden recurrir a la polémica que Del Boca sostuvo, en 1995, con el periodista Indro Montanelli (1909-2001) [xvii]. Montanelli sostenía con obstinación que el colonialismo italiano había sido moderado y benéfico y que en África lo había desarrollado un ejército caballeresco, incapaz de cometer brutalidades, respetuoso de sus enemigos y de la población indígena. En permanentes intervenciones públicas rechazó terminante que se hubiesen utilizado armas químicas por parte de la aviación en Etiopía.

Montanelli se presentaba como un autorizado testigo directo, “él había estado allí”. Sin embargo, Del Boca, documentos en mano, demostró que las armas químicas habían sido profusamente utilizadas y que el aparato militar italiano había levantado un estricto secreto acerca de estas acciones. Por un lado habían alejado a los periodistas y cualquier otro testigo potencial del sitio de los bombardeos y por otro habían empleado equipos de limpieza para eliminar del terreno los rastros del empleo de gases venenosos (iperita, gas mostaza, arsénico). Más aún, Del Boca demostró que durante los primeros episodios de bombardeos químicos, Montanelli estaba hospitalizado en Asmara y que cuando le dieron de alta volvió a Italia por lo que no podía haber sido testigo ocular de nada.

El debate se cerró definitivamente en 1996 cuando el entonces Ministro de Defensa, general Domenico Corcione (1929-2020), admitió expresamente en el Parlamento que en Etiopía se habían realizado bombardeos aéreos y de artillería con gases tóxicos. Montanelli se retiró de la polémica pidiendo disculpas a Del Boca y reconociendo el uso de armas químicas en la guerra colonialista.

Este sistemático investigador tiene el mérito de haber expuesto otros crímenes que habían cometido los gobiernos italianos, como la reconquista de Libia en 1930; la tremenda matanza de civiles en Addis Abeba desatada en febrero de 1937 como represalia por el atentado sufrido por el Virrey general Rodolfo Graziani; la masacre de monjes coptos en la ciudad-convento de Debra Libanós, en mayo de 1937, dirigida por el general Pietro Maletti pero ordenada y reivindicada por el propio Graziani; las operaciones de policía colonial que mediante la represión y el terrorismo buscaron “pacificar” Etiopía.

En el año 2010 esos operativos policiales fueron motivo de un artículo de Federica Saini Fasanotti [xviii], una historiadora joven vinculada a la derecha católica y a los ejércitos de los EEUU y de Italia. En realidad era otra artillería pesada apuntada a relativizar la historia negra del fascismo y del imperialismo en África. Se trataba de Etiopia: 1936-1940. Le operazioni di polizia coloniale nelle fonti dell’esercito italiano, donde condenaba la agresión y reconocía las atrocidades cometidas por el ejército italiano pero citaba como un ejemplo un telegrama de Graziani en el cual el Virrey, poco antes de retirarse en 1937, proponía que se aplicase un amplio y generoso perdón a los guerrilleros. A partir de esa pieza, la Fasanotti desarrolló un juicio positivo acerca de la capacidad del sucesor del propio Graziani, el Duque de Aosta, para establecer buenas relaciones con los etíopes y para combatir a los guerrilleros en forma eficaz de modo que su lucha se extinguiese paulatinamente.

Del Boca expresó un acuerdo apenas parcial con esas tesituras; reconoció que el Duque de Aosta había establecido relaciones más llevaderas con los jefes tribales etíopes pero advirtió que bajo el nuevo Virrey, las represalias contra la población civil y el uso de gases tóxicos no habían cesado, de modo que, en 1939, la resistencia en Etiopía había resurgido con fuerza.

Por el contrario, señaló que el telegrama de Graziani, lejos de ser visto como un gesto benevolente hacia los etíopes, era un recurso que buscaba mejorar la imagen del mariscal empañada por su responsabilidad en las masacres de civiles inocentes y las despiadadas represalias que había ordenado en forma directa. Lejos de haber “pacificado” el país, la continuidad de esas políticas coloniales produjo el efecto contrario.

Graziani había caído en desgracia ante el Duce por la torpeza e ineficiencia con que se había manejado como jefe supremo en el África Oriental y el telegrama era parte de los gestos de magnanimidad que usó para volver a acomodarse. Esto lo consiguió puesto que acompañó a Mussolini en su estado títere en el norte de Italia hasta abril de 1945 como Ministro de Defensa y colaborador de la Wehrmacht. Después de entregarse a los Aliados que lo sacaron de Italia para preservarlo, fue juzgado por un tribunal  militar italiano y condenado a 19 años de cárcel por traición y complicidad con los nazis; sin embargo la pena fue conmutada por la Suprema Corte y no alcanzó a estar sino 120 días preso. Después se dedicó a la organización del Movimiento Social Italiano (MSI), el partido neofascista, del que fue dirigente hasta su muerte.

Otros historiadores, como Matteo Dominioni [xix], han descrito las investigaciones de la Fasanotti como un intento de reivindicación neocolonialista que pone el acento en la crueldad de los guerrilleros para justifiar los crímenes cometidos por el ejército fascista invasor hacia un pueblo de “salvajes” opuesto a la gloriosa y elevada “misión civilizadora” de los italianos. Dominioni, como Del Boca, no niega que los etíopes eran pueblos belicosos y tribus capaces de gestos brutales pero señala que una verdadera investigación histórica no puede basarse únicamente en los documentos italianos de la época fascista. Es necesario considerar el punto de vista de los etíopes y otros pueblos agredidos.

Filippo Foccardi [xx]es uno de los jóvenes historiadores italianos que ha expuesto los estereotipos del mito: el alemán malo es bárbaro, sanguinario, empapado de ideología nazi, racista y dispuesto a cumplir órdenes con brutalidad. El italiano es bueno, pacífico, empático, contrario a la guerra, cordial y generoso aun siendo un invasor.

Foccardi sostiene que esos dos estereotipos han marcado la memoria pública de tal modo que han conseguido formar una zona de sombras. En dicha zona se esconden los aspectos agresivos y criminales de la guerra que la Italia monárquico-facista libró junto al Tercer Reich. Las diferencias entre alemanes e italianos ya eran parte de la propaganda de los Aliados. No hacían recaer la responsabilidad de la guerra sobre el pueblo sino sobre Benito Mussolini y su régimen. Los italianos no tenían la culpa, los verdaderos enemigos eran los alemanes.

Este argumento fue retomado después del 18 de setiembre de 1943 por el Rey y su Primer Ministro Badoglio para bienquistarse con los ingleses. También lo emplearon las fuerzas antifascistas, empeñadas en movilizar a todos contra el opresor nazi y los traidores fascistas. Después de 1945 el argumento se extendió para reivindicar un país confiado en una paz no punitiva como salida a una situación de virtual guerra civil.

La justa exaltación de los méritos conseguidos en la guerra de liberación no fue acompañada del reclamo de una rendición de cuentas exigible a los fascistas y los monárquicos por los años de plomo vividos por más de cuatro décadas (1922 – 1943). De este modo, el mito de los buenos italianos terminó por opacar las responsabilidades (no solo de los fascistas y los militares sino de la iglesia católica y el Vaticano) y fue desarrollado junto con una imagen autocomplaciente que endosó a los alemanes todos los crímenes de guerra cometidos por el Eje.

Naturalmente el mito fue recibido con gran beneplácito por todos los individuos e instituciones que apoyaron y acompañaron la trágica aventura del fascismo. Hay que tener en cuenta que la identidad colectiva de los pueblos se conforma también a través del olvido. Es cierto que tenemos necesidad de reformular los criterios de selección de la memoria porque de lo que estamos hablando es de un conjunto de mitos. Junto con “italiani brava gente” opera el del “primer fascismo bueno” o bien que  la alianza entre Hitler y Mussolini fue un pacto privado.

Todos esos mitos encubren veinte años de dictadura sangrienta. Esconden el hecho que las fuerzas italianas participaron activamente en la limpieza étnica que se llevó a cabo en Yugoslavia. El general Mario Roatta dio instrucciones precisas para eliminar a la población eslovena y sus tropas igualaron a los alemanes con las ejecuciones sumarias, toma y matanza de rehenes, represalias, internamientos en los campos de concentración (Rab[xxi]  o Gonars), y quema de casas y pueblos. Roatta [xxii] exigía que las órdenes se ejecutaran con la máxima energía y sin falsa compasión: “si es necesario, no rehuyan el uso de la crueldad. Debe ser una limpieza completa . Necesitamos internar a todos los habitantes y poner a las familias italianas en su lugar”.

En su Circolare Nº.3 ordenó matar rehenes, demoler casas y pueblos enteros: su idea era deportar a todos los habitantes de Eslovenia y reemplazarlos por colonos italianos. Siguiendo esas órdenes uno de sus soldados escribió a su casa, el 1º de julio de 1942: “hemos destruido todo de arriba abajo sin perdonar a los inocentes. Matamos a familias enteras todas las noches, golpeándolas hasta matarlas o disparándoles”.

La forma en que Roatta se manejó con los Chetniks (guerrilleros monárquicos serbios) es muy elocuente respecto a la forma en que esas relaciones incidieron sobre la “paradoja histórica” que antes consideramos.  En efecto, el 6 de marzo de 1942, en un informe al Estado Mayor General, expuso su política de cuatro puntos respecto a los guerrilleros anticomunistas: 1) apoyar a los Chetniks lo suficiente para que combatan a los comunistas pero no tanto como para permitirles mucha autonomía en sus acciones; 2) exigirles y asegurarase de que los Chetniks no lucharían contra los croatas (ustachis) y sus jefes; 3) permitir que combatan a los comunistas por su propia iniciativa (de modo que puedan exterminarse entre si) y 4) permitirles combatir en forma paralela a las fuerzas alemanas e italianas como lo hacen las bandas nacionalistas (Chetniks y separatistas) en Montenegro.

Los promotores del mito derraman lágrimas de cocodrilo por las víctimas de las Foibe, una serie de asesinatos que se produjeron cerca de Trieste e Istria por los guerrilleros yugoslavos, tanto los comunistas como los Chetniks, contra civiles italianos que estaban radicados en Eslovenia. El número de personas que habrían sido arrojadas a estas profundas fosas cársticas, características de la región, no ha sido determinado y según distintos historiadores podría oscilar entre algunos cientos o varios miles de víctimas (hasta ahora se han rescatado 170 cadáveres). Lo cierto es que la tragedia de las Foibe no recibió atención por parte de los Aliados, que no querían antagonizar con Tito. Por otra parte, se dice que el gobierno italiano habría accedido a no efectuar reclamos a Yugoslavia si esta no insistía en la extradición de los criminales de guerra italianos [xxiii].

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Por el Lic. Fernando Britos V.

 

[i] El Instituto del Hemisferio Occidental para la Cooperación en Seguridad, (Western Hemisphere Institute for Security Cooperation), hasta 2001 llamado Escuela de las Américas, es una organización para instrucción militar del Ejército de los E.E.U.U. situada actualmente en Fort Benning, Georgia. La Escuela funcioó entre 1946 y 1984 en la Zona del Canal de Panamá. Se graduaron allí más de sesenta mil militares y policías de veintitrés países de América Latina, algunos de ellos muy conocidos como grandes criminales de lesa humanidad, como el general argentino Galtieri, el panameño Noriega, el chileno Contreras y el peruano Montesinos. Determinadas fuentes han denunciado que en este lugar se ha “adiestrado y entrenado en métodos de tortura, asesinato y represión a miles de represores de toda América”. Su actividad continúa hasta el día de hoy. En el 2013 se conoció una lista con cientos de militares uruguayos que pasaron por allí. Puede consultarse la lista con nombres, grado y fechas de estadía en : elorientalisabelino                     

[ii]   Pietro Badoglio, Duque de Addis Abeba y Marqués de Sabotino (1871-1956) se desempeñó como general en la Primera Guerra Mundial, fue Virrey del África Oriental Italiana y desarrolló campañas de exterminio en la “pacificación” de Libia y en la invasión a Etiopía donde se usaron gases venenosos, lanzallamas y bombardeos aéreos contra la población civil.

[iii]  Rodogno, Davide (2005) Italiani brava gente? Fascist Italy’s Policy Toward the Jews in the Balkans, April 1941 – July 1943. En : European History Quarterly, Vol. 35, Nº2, 2005 pp.213-240.

[iv]   Para no citar sino algunos: Sarfatti, Michelle (2000) Gli ebrei nell’Italia fascista. Maiocchi, Roberto (1999) Scienza italiana e razzismo fascista. Capogreco, Carlo (2004) I campi del duce. L’internamento civile nell’Italia fascista.

[v]  El general Vittorio Ambrosio, comandante del 2º Ejército y jefe del Comando Supremo en 1943 consideraba que la raza atacada en Croacia (los judíos) no se defendían ni reaccionaban. El general Renzo Dalmazzo, comandante del 6º Ejército prohibió todo contacto con “los elementos judíos”. El general Renato Coturri (5to Cuerpo de Ejército) sostenía que los judíos eran “parásitos negativos”, etc.

[vi]  Pietromarchi ocupó altos cargos ininterrumpidamente de 1923 a 1943. Enre 1941 y 1943 fue el jefe del Gabinetto armistizio e pace (GABAP), a cargo de la administración de los territorios ocupados por el Regio Esercito en Croacia, Dalmacia, Francia , Grecia, Montenegro y Eslovenia. En abril de 1943 fue el jefe del Ufficio studi e documentazioni, y participó con la cúpula militar en el armisticio celebrado el 3 de setiembre entre el Reino de Italia y los Aliados. No se plegó a la República Social Italiana de Mussolini y los nazis. Después de la guerra se dedicó a escribir sobre geopolítica y a retomar su carrera diplomática.

[vii]   Paxton, Richard (2005) Anatomía del fascismo; Península, Barcelona, pp. 204-205.

[viii]   Según Paxton (Op.Cit.) los dirigentes de la derecha han preferido mostrar un rostro moderado ante el público en general, “mientras dan la bienvenida en privado a los simpatizantes declarados del fascismo con mensajes en clave de que hay que aceptar la historia propia, restaurar el orgullo nacional o reconocer el valor de los combatientes de todos los bandos”. Advierte Paxton que los movimientos de ultra derecha actuales , para realizar las mismas funciones de movilización de masas a través de la reunificación, purificación y regeneración, se llamarán, sin la menor duda, de otro modo y se valdrán de símbolos nuevos (tampoco serían menos peligrosos). Un nuevo fascismo satanizaría inevitablemente a algún enemigo, externo e interno, pero ese enemigo no serían los judíos. Una década antes de Trump, Paxton advirtió que un fascismo estadounidense auténticamente popular sería piadoso, antinegro y, después del 11/9/2001, antiislámico (le faltó anticentroamericano y antimexicano); “los nuevos fascismos probablemente preferirán el atuendo patriótico general de su propio lugar y época”.

[ix]   En 1939, las presiones de Mussolini convirtieron Albania en un protectorado y obligaron al rey Zogú a exiliarse en Londres. En octubre de 1940, una fuerza italiana atacó Grecia, cuyo ejército, ayudado por la aviación británica, hizo frente a los invasores provocándoles 16.000 muertos y haciendo 24.000 prisioneros. Al cabo de un mes, la invasión italiana había fracasado y los griegos penetraban en Albania en tres direcciones. Los italianos contraatacaron el 9 de marzo, y sufrieron otra derrota. En los Balcanes, algunos Gobiernos profascistas se adhirieron al Pacto Tripartito: Hungría; Rumania, con el mariscal Antonescu, cabeza de un partido nacionalista y místico; Eslovaquia; Bulgaria y el príncipe Pablo, regente de Yugoslavia, pero un motín antinazi lo depuso y proclamó mayor de edad al rey Pedro. Hitler ordenó entonces la Operación Castigo: bombardeó Belgrado e hizo invadir Yugoslavia por tropas italianas, húngaras y búlgaras. El Ejército yugoslavo capituló en Bosnia el 17 de abril de 1941 y Pedro II formó un Gobierno en Londres. Yugoslavia fue disgregada: en Serbia se instauró un régimen militar alemán con un Gobierno colaboracionista; la Baja Estiria y Carniola pasaron al Reich; Laibach, la costa dálmata y Montenegro, a Italia; Drauwinkel y la mitad de la Batchka, a Hungría; Macedonia occidental, a Bulgaria. Con el resto se creó el Estado títere de Croacia gobernado por Ante Pavelic, jefe del partido fascista croata de los ustachis. La invasión de Grecia corrió a cargo del XII Ejército alemán (von List). El día 21 de abril de 1941, se rindió el Ejército griego.

[x] Después de que Yugoslavia fuera invadida por las fuerzas del Eje, los comunistas fueron de los primeros y de los más radicales en organizar un movimiento de resistencia antinazi. Como líder de la resistencia, Josip Broz, Tito, fue el principal blanco de las fuerzas del Eje. La Guerra por la Liberación de Yugoslavia es considerada, junto a la guerrilla albanesa encabezada por Enver Hoxha, una de las dos victorias de la Segunda Guerra Mundial logradas por fuerzas guerrilleras locales, aunque con una mínima ayuda externa. Los monárquicos yugoslavos por su parte, apoyados por los ingleses, se denominaban Chetniks y su principal objetivo no era combatir a los fascistas y nazis sino a los comunistas.

[xi]  Giuseppe Bastianini (1899-1961) fue un dirigente fascista de la linea dura (aunque después trató que Mussolini negociara con Hitler su salida anticipada de la guerra, en julio de 1943). En 1941 Bastianini, como gobernador de Dalmacia, supervisó la deportación de judíos a campos de concentración en Italia.  También promovió el cambio de nombre de localidades del croata al italiano y a los que rechazaban sus propuestas les indicó que emigraran.

[xii]   Jasenovac fue uno de los mayores campos de exterminio de toda Europa (210 kms.2) manejado por los fascistas croatas, los ustachis, a 100 kilómetros al sureste de Zagreb. Funcionó desde agosto de 1941 a abril de 1945. Fue el campo donde se practicó la violencia más brutal. Los prisioneros eran asesinados “manualmente” mediante garrotes, cuchillos, hachas y martillos. La mayoría de las víctimas fueron serbios, judíos, gitanos y resistentes. No existe acuerdo acerca del número de víctimas: las estimaciones oscilan entre 100.000 y 700.000. 

[xiii]  Ante Pavelic (1889-1959) fue el jefe del fascismo ustachi, que gobernó el estado títere  establecido en Croacia por los nazis. Tras la derrota de Alemania en la guerra, en mayo de 1945, Pavelic huyó refugiándose temporalmente en Austria e Italia. La Iglesia Católica lo ocultó a pesar de su condición de criminal de guerra. El centro de ayuda a los exiliados ustachis en Italia fue el Colegio de San Girolamo degli Illirici, dirigido por croatas. Llegó a Roma en 1946, disfrazado de monje y con pasaporte español. Los servicios secretos estadounidenses no estaban interesados en la detención de ningún anticomunista. En noviembre de 1948, huyó a la Argentina refugiado por la Cruz Roja con anuencia de Perón. Pavelic fue forzado por el gobierno de Frondizi a huir de Argentina para evitar la detención y la extradición y encontró refugio en la España franquista que albergaba a otros muchos exiliados fascistas y nazis de diferentes países. Murió en un hospital alemán en Madrid el 28 de diciembre de 1959.

[xiv]  El 2 de junio de 1946 nació la República Italiana como resultado de un referendum. Por primera vez votaban las mujeres. Los electores debían elegir la forma de Estado para el país de la posguerra: monarquía o república. Después del escrutinio resultó que el 54,3% de los ciudadanos se inclinó por la república y un 45,7% por la monarquía. Italia parecía dividida entre el Norte donde había triunfado la República y el Sur donde la mayoría correspondió a la Monarquía. Las causas de esta dicotomía fueron múltiples pero una de las más importantes es que después del armisticio del 8 de setiembre de 1943 ambas regiones de Italia vivieron historias diferentes. Para el Sur la guerra terminó en 1943 con la ocupación por los Aliados mientras que en el Norte se vivieron dos años de ocupación por los nazis y la lucha de los partisanos, tanto contra los alemanes como contra los fascistas de la República Social Italiana, el Estado títere de Mussolini. Las fuerzas más comprometidas en la guerra de los partisanos estaban constituídas por partidos francamente partidarios de un régimen republicano: los comunistas, los socialistas, el movimiento Justicia y Libertad. Por otra parte, el rey Víctor Emanuel III había sido cómplice y responsable de los horrores del fascismo y había huído de Roma cuando Italia abandonó el Eje.

[xv]  Por ejemplo, Mediterráneo, una película de 1991 dirigida por Gabriele Salvatores que recibió un Oscar en 1992 a la mejor película extranjera o La mandolina del capitán Corelli, una película del 2001, basada en una novela de 1994 del inglés Louis de Bernières, otra melopea, esta con Nicolás Cage y Penélope Cruz.

[xvi] Del Boca, Angelo (2020) Italiani brava gente? Un mito duro a morire. Ed. BEAT. 

[xvii] Indro Alessandro Raffaello Schizogene Montanelli fue un periodista, escritor y aventurero italiano, el niño mimado y condecorado de la derecha italiana. Inicialmente admirador de Mussolini, actuó como militar en Etiopía. Después abandonó el fascismo pero gustaba definirse como anarco-conservador y ferviente anticomunista. Se dedicó a escribir sobre historia y copiosas columnas periodísticas. Fue colaborador de Berlusconi por décadas, después opositor al mismo (poco antes de morir declaró que “había que taparse la nariz y votar por la democracia cristiana” para que no ganara Berlusconi). Era la artillería pesada para polemizar con Del Boca. Montanelli tenía “el pasado justo”, en la revista “Civiltà Fascista” había escrito decenas de artículos racistas que proclamaban la superioridad del hombre blanco y hacían el elogio del colonialismo, de lo cual nunca se arrepintió. Montanelli volvió a los titulares, postumamente, cuando su estatua en Milán fue pintada por manifestantes que lo denunciaron como racista y depredador sexual, el 8 de marzo del 2019. Esto provocó furiosos desagravios por parte de la derecha italiana. El hecho es que el propio Montanelli había escrito que durante su participación en la guerra, en Etiopía, había comprado una niña de 12 años a su padre por 350 liras, un caballo y un rifle. En una de sus columnas, en el año 2000, la describió como un animalito dócil cuyo hedor le repugnaba y cuyos genitales mutilados “se resistían a su ardor” hasta el punto de que el coito solamente fue posible después de una brutal intervención de la madre de la niña. Montanelli nunca demostró el más mínimo arrepentimiento; en una entrevista televisiva, en 1969, rechazó la crítica a sus acciones diciendo que las costumbres sexuales en África eran diferentes. El horror y la condena por el  “atentado” contra el bronce sedente provenía de un sector bien definido, la vieja burguesía italiana, hombres blancos que controlan el poder, el dinero y los medios de comunicación. Esos personajes se alarman ante la posibilidad que las mujeres y las minorías puedan opinar acerca de quienes pueden ser conmemorados en los espacios públicos y consiguientemente expresarse sobre los valores que imperan en la sociedad italiana.

[xviii]   Federica Saini Fasanotti (nacida en 1972), se doctoró en la Universidad de Milán en el 2004 y desde hace años es una figura no residente de la Brookings Institution, el mayor y más influyente think tank de la política gubernamental estadounidense. Federica se ha especializado en contrainsurgencia y guerras asimétricas. Su trabajo de campo e investigación ha tenido que ver con Afganistán, Libia y el Cuerno de África. Sus muchos libros incluyen títulos como “La alegría violada: crímenes contra los italianos 1940-1946” (2006); “Etiopía 1936-1940. Contrainsurgencia colonial a través de fuentes del Ejército Italiano” (escrito para la Oficina Histórica del Ejército Italiano en el 2010, seguido de “La contrainsurgencia italiana” para la misma oficina pero en 2012). Actualmente está trabajando en un libro que abordará la Doctrinas de la Contrainsurgencia del siglo XVII a la actualidad, para referirse a la historia, los métodos y los fundamentos de la contrainsurgencia en la era moderna. Esta reina de la “doctrina de la seguridad nacional” también publicó, en inglés,  “VINCERE! The Italian Royal Army’s Counterinsurgency Operations in Africa, 1922-1940” para la Escuela Naval de los EEUU en Anapolis. En el 2016 actuó como consultora del Departamento de Defensa de los EEUU sobre terrorismo en Libia.

[xix]   Dominioni ha estudiado a fondo las aventuras colonialistas de los italianos, comprendida la primera guerra etíope que se desarrolló entre 1896 y 1897 (I prigionieri di Menelik, 1896-97. Storie di soldati italiani nella guerra d’Abissinia. Ed. Mimesis Passato Prossimo, 2021) que se saldó con el desastre de Adua (en el ejército invasor revistaban 9.443 hombres; 4.224 resultaron muertos, 1.744 fueron hechos prisioneros por los etíopes y menos de la mitad de los invasores consiguieron llegar huyendo a Eritrea en condiciones desastrosas). El libro relata lo sucedido con los prisioneros que permanecieron en Etiopía durante un año en medio de tremendos sufrimientos, las vicisitudes legales de las tratativas de paz, las primeras misiones humanitarias y la forma en que la catástrofe influyó en la política colonial italiana hasta que el fascismo resolvió, en 1935, que había llegado la hora de una revancha.

[xx]  Foccardi, Filippo (2016) Il cattivo tedesco e il bravo italiano. La rimozione delle colpe della Seconda Guerra Mondiale. Ed. Laterza, Milán.

También: Foccardi, Filippo (2020) La guerra della memoria . La Resistenza nell dibattito politico italiano dal 1945 a oggi. Ed. Laterza, Milán.

[xxi] El campo de concentración de Rab (Campo di concentramento per internati civili di Guerra) fue establecido, en julio de 1942, en la isla de Rab ocupada por Italia (ahora en Croacia). Según los historiadores James Walston y Carlo Spartaco Capogeco, la tasa de mortalidad anual en el campo (18%) era más alta que la tasa de mortalidad promedio en el campo de concentración nazi de Buchenwald (15%). Según estimaciones yugoslavas de la Comisión para la determinación de los crímenes de los ocupantes, 4.641 detenidos murieron en el campo, incluidos 800 presos que murieron mientras eran transportados desde Rab a los campos de concentración de Gonars y Padua en Italia. En julio de 1943, después de la caída del régimen fascista en Italia, el campo fue cerrado, pero algunos de los judíos internados restantes fueron deportados por las fuerzas alemanas al campo de exterminio de Auschwitz. Yugoslavia , Grecia y Etiopía solicitaron la extradición de unos 1.200 criminales de guerra italianos, quienes, sin embargo, nunca fueron llevados ante un tribunal porque el gobierno británico, al comienzo de la Guerra Fría, vio en Pietro Badoglio un garante de un régimen anticomunista. En el otoño de 1943, los partisanos yugoslavos, liderados por el Partido Comunista de Yugoslavia, rescataron aproximadamente a 2.500 judíos de la isla.

[xxii]  Mario Roatta (1887-1968) fue un criminal de guerra responsable de la limpieza étnica en Eslovenia y Croacia durante la Segunda Guerra Mundial. Entre 1934 y 1936 fue el jefe sel servicio de inteligencia militar. Durante la Guerra Civil Española fue el comandante del Corpo Truppe Volontarie que intervino para ayudar a los generales sublevados. Fue subjefe y jefe del Estado Mayor del Real Ejército Italiano entre 1939 y 1942. Intervino en la preparación de la invasión a Yugoslavia y hasta febrero de 1943 fue el comandante del Segundo Ejército Italiano que operaba en el país invadido. Trabó relaciones con los ustachis croatas y estableció una estrecha colaboración con los Chetniks. En noviembre de 1943 los Aliados exigieron al Mariscal Badoglio que Roatta fuera destituido debido a los crímenes de lesa humanidad que había cometido. Yugoslavia solicitó su extradición pero nunca fue concedida debido a la intercesión de los ingleses acusados de proteger a los jefes fascistas para prevenir un gobierno de izquierda en la Italia de posguerra. En 1945, Roatta escapó de un hospital militar en Roma y huyó a España donde vivió bajo la protección de Franco. En Italia fue juzgado y condenado a prisión perpetua pero la sentencia fue revocada por la Corte Suprema en 1948. En 1964 empezaron a publicarse sus memorias y regresó a Roma donde vivió tranquilamente hasta su muerte en 1968.

[xxiii]   En los últimos años se han multiplicado las investigaciones que destruyen los mitos exculpatorios del fascismo. Entre otros:

Borgomaneri, Luigi (2006) Crimini di guerra. Il mito del bravo italiano tra repressione del ribbelismo e guerra ai civili nei territori occupati. Ed. Guerini (contiene un número importante de documentos secretos). Borgomaneri, nacido en 1945 es uno de los veteranos que ha investigado a fondo los mitos exculpatorios, tiene varias obras publicadas sobre el tema. Es investigador de la Fondazione Istituto per la Storia dell’Età Contemporanea (ISEC) de Sesto San Giovanni.

Di Sante, Constantino (2005) Italiani senza onore. I crimini in Jugoslavia e i processi negati (1941-1945). Ed. Ombre Corte. Di Sante es autor de numerosas investigaciones sobre las prácticas fascistas, sobre la ocupación de Yugoslavia y sobre el colonialismo italiano en Libia. Colabora con las Universidades de Teramo y Roma 3. Es Director del Istituto storico provinciale de Ascoli Piceno. Forma parte del Consejo Científico del Istituto Nazionale Ferruccio Parri. Sus conferencias pueden verse en Youtube.

Schlemmer, Thomas y Amedeo Osti Guerrazzi (2019) Invasori, non vittime. La campagna italiana di Russia, 1941-1943. Ed. Laterza. Los autores reunieron testimonios de participantes, evalúan las versiones de los propagandistas (que presentan la participación de los italianos como víctimas) y concluyen que se trató de una guerra ofensiva y en modo alguno defensiva. En esa campaña no hubo nada épico y critican versiones que dicen se apoyan en frases sacadas de historietas.

Osti Guerrazzi, Amedeo (2010) Noi non sapiamo odiare. L’esercito italiano tra fascismo e democrazia. Ed. UTET.

 

 

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