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Perder legitimidad en el mundo

Miles de personas marcharon el pasado miércoles 24 de marzo en Buenos Aires, recordando las cerca de 30 mil personas asesinadas o desaparecidas, en el 45º aniversario de golpe militar de 1976.

–Nunca he sentido a mi hijo más cerca que este año. Él fue parte de ese grupo, escasamente nombrado, de más de diez mil presos políticos, de miles de asesinados por una dictadura genocida, dijo Lita Boitano, presidente de la organización de Familiares de Desaparecidos o Detenidos por Razones Políticas en Argentina.

Documentos recientemente desclasificados del National Security Archive revelaron el compromiso del gobierno norteamericano con el golpe que derrocó a Isabel Perón el 24 de marzo de 1976.

Los documentos mostraron como el entonces director de la CIA –y luego presidente de los Estados Unidos–, George H. W. Bush, le informaba del golpe al presidente Gerald Ford, dos semanas antes de que ocurriera. El gobierno de los Estados Unidos aseguró a los militares argentinos que reconocerían al nuevo régimen. El Departamento de Estado señaló, en privado, que los militares gobernarían por un largo período y con una severidad sin precedentes. Como efectivamente ocurrió.

El mismo apoyo que habían prestado al golpe militar de 1964, en Brasil; al de Uruguay, en junio de 1973; y al de Chile, en septiembre del mismo año, todos responsables de miles de asesinatos, torturas y desapariciones de opositores políticos. Dictaduras que, también con apoyo norteamericano, crearon luego la “Operación Cóndor”, con la que coordinaban sus operaciones en el Cono Sur.

A los militares argentinos los apoyaron hasta 1983, después de que la dictadura, ya debilitada, intentara, con el asalto a las ocupadas (por los ingleses) islas Malvinas, despertar un sentimiento patriótico en el país. Entonces Washington prestó su apoyo a Inglaterra. Facilitó el hundimiento del crucero Belgrano –provocando la muerte de 323 marinos, de sus poco más de mil tripulantes– y el triunfo de su aliado.

La guerra duró dos meses y medio. La derrota precipitó el fin de la dictadura militar y consolidó el papel de la conservadora primera ministra Margaret Thatcher en Gran Bretaña.

Poco a poco se fue conociendo la tragedia que enfrentaron los argentinos en manos de los militares. Se fueron descubriendo los centros de tortura, el secuestro de bebés nacidos en cautiverio, los procedimientos usados para tirar al río de la Plata, a veces aún vivos, los cuerpos de opositores capturados.

Han pasado 45 años

Me imagino que hace 45 años –exactamente a la misma hora en que hoy, 45 años después, el presidente Joe Biden anunciaba, en conferencia de prensa en la Casa Blanca, que hará a China rendir cuentas por las violaciones a los derechos humanos–, un comité de crisis acompañaba de cerca el asalto al poder que habían contribuido a organizar en Argentina.

Estados Unidos no se va a callar ante los abusos a los derechos humanos, afirmó Biden en su conferencia de prensa. “El día en que nos apartemos de este compromiso con los derechos humanos, como hizo el último presidente, empezamos a perder nuestra legitimidad en el mundo”.

Conoce poco la historia de su país el presidente Biden. La barbarie de entonces se cometía siempre en nombre de la democracia y la libertad. Como hoy. Pero hay una diferencia fundamental: el relato es el mismo, pero el mundo ha cambiado.

En aquellos años de las dictaduras en América Latina no lo sabíamos todavía, pero el mundo caminaba hacia el fin de la Guerra Fría. En realidad, hacia el fin de la II Guerra Mundial, con el fin del socialismo en el este europeo y la disolución de la Unión Soviética. Comenzaba la época en la que Reagan y la Thatcher aseguraban no haber alternativas, en el mundo que empezaban a construir. Parecían tener razón.

Destruida la oposición, asesinados sus líderes, exiliados, encarcelados, poco a poco las dictaduras militares fueron perdiendo sentido. Se restauraron ciertas libertades, pero uno de los equipos estaba diezmado. El otro, extraordinariamente reforzado, tenía además al juez de su parte.

Hoy, ese mundo no existe más. Y el relato, carente de relación con el mundo existente, ha perdido su engañoso atractivo. Después de todo –decían, con acierto, en 2002, dos mediocres académicos norteamericanos– es la influencia, no el poder, lo más valioso.

Para el presidente norteamericano, la batalla que se libra ahora mismo es entre las democracias y las autocracias en el siglo XXI. Y dispara al cuerpo. El presidente ruso, Vladimir Putin, es un “asesino”. El chino, Xi Jinping, “no tiene ni un solo hueso democrático en su cuerpo”.

Estados Unidos –asegura– no se va a callar ante los abusos a los derechos humanos. Fue entonces cuando agregó: el día en que nos apartemos de este compromiso empezaremos a perder nuestra legitimidad en el mundo.

No deja de tener razón; solo se equivoca en la fecha, en los tiempos de esta historia.

La esperanza de las élites

José Olympio, presidente de Credit Suisse em Brasil, apoyó a Bolsonaro en las elecciones del 2018. Le preguntaron la semana pasada si lo volvería a apoyar y contestó: –En aquél momento él representó una esperanza. Desgraciadamente, no resultó como todo el mundo esperaba”.

¿Todo el mundo? ¿Una esperanza? Ya entonces se conocía la inútil trayectoria de Bolsonaro en sus 35 años como diputado; su expulsión del ejército siendo teniente, por alborotador; su exaltación de los abusos de la dictadura militar, incluyendo la tortura. En fin, un personaje al que Olympio, seguramente, no contrataría en su banco.

Quizás el apoyo militar que entonces le otorgó el comandante del ejército, el general Eduardo Villas-Boas, con el respaldo de todo el alto mando, les hizo soñar en la repetición de un gobierno con raíces similares a las de la década de los 60 del siglo pasado en Brasil.

Un apoyo público, expresado por el alto mando militar en una advertencia a los jueces del Supremo Tribunal Federal contra cualquier pretensión de adoptar medidas que hicieran viable la candidatura de Lula a la presidencia en 2018, entonces ampliamente favorita. Y otro vergonzoso, expresado en privado, en conversación secreta entre Villas-Boas y Bolsonaro, cuyo contenido –aseguraron– llevarían a la tumba.

Pero el mundo ha cambiado, como ya lo vimos. Hace 45, o más años, las esperanzas de esos grupos conservadores estaba puesta en Estados Unidos y en los militares, ejecutores de esas políticas. Era la influencia, más que el poder, lo que los anamaba.

No es posible una política similar hoy. Los primeros en saberlo son los militares. Entre otras cosas porque ese discurso de la libertad y la democracia no encuentra una realidad que le haga eco. Gobernar en nombre de la libertad y la democracia les daba un piso sólido, si se podía hacer creer en eso a un sector importante de la población.

Hoy, ¿qué tienen para ofrecer? Han intentado con la lucha contra la corrupción. Solo para terminar revelándose –ellos y sus aliados– privilegiados y más corruptos.

Entonces se produce el caos. Porque, aun diezmados, sin haber podido recomponer su discurso y su proyecto, los derrotados de hace medio siglo solo poco a poco, con dificultades, van reorganizando sus fuerzas. Mientras los vencedores de entonces ven derrumbar un proyecto que, tras medio siglo de aplicación, ha terminado por llevar el mundo a un grado de polarización insostenible. La pandemia de la Covid solo ha desnudado la perversidad del sistema, que hunde en la pobreza a millones, pero agrega a la riqueza de tres o cuatro, mil millones en solo un día.

No se trata de derechos humanos

No se trata de derechos humanos, sino de hegemonía, opinó el Global Times –un diario que expresa, de forma oficiosa, los puntos de vista del gobierno chino–.

En editorial comentaba la declaración de los cancilleres ruso, Serguei Lavrov, y chino, Wang Yi, emitida el 23 de marzo, luego de una reunión conjunta.

Es la primera vez –decía el artículo– que China y Rusia, dos países miembros del Consejo Permanente del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas– explicitan sus ideas sobre los temas en discusión: derechos humanos, democracia y orden internacional.

Hay muchas razones por las que el sistema internacional se enfrenta a graves turbulencias. Pero la más importante –agrega el artículo– es que Estados Unidos y sus aliados definen democracia y derechos humanos a su conveniencia.

“No se puede gestionar los asuntos en el mundo mediante sanciones y ultimatos, imponiendo a otros países una conducta que de ellos esperan”, dijo Lavrov. “Son inadmisibles tales métodos en la vida internacional. “Hemos manifestado en reiteradas ocasiones nuestra postura al respecto, inclusive en la declaración conjunta”, firmada con la parte china.

La declaración ya había criticado los “intentos de Occidente por promover su concepción de un ‘orden mundial basado en reglas’”, al que rusos y chinos contraponen el “sistema actual del Derecho Internacional”. Según ellos, decía, “el orden mundial no debe basarse en el Derecho Internacional sino en estas reglas. Las sanciones forman parte de tales reglas”, agregó Lavrov.

También la UE

El día anterior, la Unión Europea había anunciado sanciones a China, a la que acusa de genocidio contra la población uigur de Xinjiang. Para China la acusación de “genocidio” no es más que una “gran mentira”, y replicó, duplicando el número de sancionados en la Unión Europea, que replicó ofendida. El Parlamento Europeo amenazó con suspender la votación del Comprehensive Agreement on Investment (CAI) –negociado durante siete años y recientemente firmado por Beijing y Bruselas–, mientras estén vigentes las sanciones chinas.

Como si el acuerdo fuera una concesión europea a la economía china. Pero el Global Times les recordó que la postergación de la entrada en vigencia del acuerdo afectará a la industria europea, especialmente a la alemana de vehículos.

La Unión Europea se ha visto arrastrada por las nuevas políticas de la administración Biden hacia China. Trump había avanzado en la línea de las sanciones, sobre todo comerciales. Pero lo intentaba de forma aislada.

“El foco diplomático más importante para la administración Biden no es el manejo bilateral de las relaciones con China, sino su nueva apertura hacia los vecinos regionales, así como hacia sus socios europeos”, recordó el comentarista Ishaan Tharoor, en el Washington Post.

“Biden intenta reclutar la Unión Europea para formar una ‘alianza de democracias’” contra China, escribió, a su vez, la corresponsal del diario catalán La Vanguardia en Washington, Beatriz Navarro.

Pero Patrick Wintour, editor diplomático del diario británico The Guardia, ve las cosas de manera diferente. Según Wintour, Estados Unidos y Canadá siguen a la Unión Europea y a Gran Bretaña en su política de sanciones a funcionarios chinos sobre el caso de Xinjiang.

Solo una ingenuidad sin límites –o la mala fe– pueden explicar que el editor diplomático del Guardian pretenda alguna autonomía en la política europea frente a Washington en este caso (y en otros también, como en América Latina, donde las sanciones y las amenazas apuntan siempre a gobiernos enfrentados a Washington).

Como él mismo señala, la Secretaria de Estado “en la sombra”, del Partido Laborista, Lisa Nandy, describió las sanciones como “un intento sucio, cínico y desesperado de comprar votos”, ante un complicado debate parlamentario sobre un proyecto de ley que, muchos temen, podría criminalizar las protestas.Se refiere también a la firma del tratado de inversiones firmado con China y a la amenaza de su no ratificación por el Parlamento Europeo y afirma que Alemania, en particular, esta preocupada de que las sanciones desestabilicen las relaciones económicas con China.Como lo recordó la portavoz de la cancillería china, Hua Chunying, el acuerdo de inversiones no es un regalo que una parte hace a la otra. Esta es la dificultad mayor que la política de Biden tiene para arrastrar detrás de la suya a la de la Unión Europea.

 

Por Gilberto Lopes
Escritor y politólogo, desde Costa Rica para
La ONDA digital (
gclopes1948@gmail.com)

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