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Aglomeración: en busca del número mágico

 

Antes de fin de año, el Parlamento aprobó -sin los votos de la oposición- la reglamentación del Art. 38 de la Constitución limitando, de manera excepcional y fundado en evitar la propagación del Covid-19, el derecho de reunión entre los uruguayos. Algo que la oposición criticó entonces reclamando que se fuera por el lado del Art. 44 apelando a que fuera el Ministerio de Salud Pública -que tiene el cometido constitucional de ejercer la política sanitaria- el que dispusiera cuándo una aglomeración significa un riesgo sanitario, en cuyo caso habilite la intervención de la fuerza pública para disolverla. En definitiva, aquel viernes 18 de diciembre el oficialismo terminó votando la primera opción y así quedó plasmada la posibilidad, concretada luego, de limitar el fundamental derecho por parte del Poder Ejecutivo de manera excepcional y por el tiempo que fuera necesario. En medio de todo ese dilema constitucional en que se pone en juego uno de los derechos fundamentales de toda democracia, no es menor el punto de determinar claramente cuándo existe una aglomeración. Así, como si fuera un tesoro, todos intentamos deducir ese número mágico que convierte una reunión en una aglomeración peligrosa…

No se trata de arca alguna y mucho menos perdida, en todo caso, la única pérdida que está en juego es la de una libertad bien ganada por los uruguayos desde el retorno de la democracia. Años duros, y muy oscuros, en los que las libertades individuales se vieron cercenadas por mesiánicos que se creyeron los salvadores de la institucionalidad, esa que violentaron en pos de su pretendida defensa. Claro que por el camino no solo quedaron derechos vulnerados, también fueron desaparecidos, torturados y asesinados compatriotas que pensaban distinto a los profetas de entonces.

Hoy son otros tiempos y otras calamidades que se ciernen, ya no sobre este único rincón del sur del continente americano, sino que afectan a todo el planeta en mayor o menor medida. Son tiempos en que nos cayó la ficha sobre la «eficaz acción» de un promovido a Premio Nobel de la Paz por su gestión pandémica, que dejó de ser ejemplo mundial y -mucho menos- regional.

Tiempos en que dejamos de ser vistos como aquella isla de la fantasía que estaba a salvo de una pandemia mundial para ser los últimos de la fila que no lograron -siquiera- colarse en el continente sudamericano para anticipar la llegada de una vacuna. La sagacidad y velocidad de reacción con que inició el partido de su mandato, pronto dejó en evidencia la total ausencia de olfato político y una sobredosis de soberbia que le impidió aceptar manos tendidas solo porque representaban todo aquello que criticó durante mucho tiempo. La soberbia nunca fue buena consejera y siempre cobra su exceso de la peor manera.

En esa búsqueda por encontrar un rumbo que nos pusiera a resguardo se tomaron algunas decisiones acertadas como la constitución del GACH, a pesar que no siempre se consideren sus recomendaciones al pie de la letra y padezcamos en consecuencia. También es cierto que tuvimos la ventaja de conocer los resultados operados en otras regiones donde la pandemia actuó primero, y con esa ventaja pudimos tomar decisiones correctas que no supimos aprovechar lo suficiente, a estar por los resultados que pronto nos dibujaron un escenario de crecimiento exponencial de casos de Covid-19. El virus pronto demostró tener circulación comunitaria y «las perillas» se movieron al influjo intuitivo de su operador que abrió la canilla de la circulación social cuando todo indicaba lo contrario, emitiendo -además- contradictorias gestualidades que confundió a «jóvenes aglomerantes» que empezaron a ser objeto de cacería.

Allí es donde empieza a molestar ese concepto indefinido de aglomeración, que nadie supo definir ni explicar de manera convincente al punto que la dispersión policial de jóvenes reunidos sigue siendo noticia un día sí y otro también.

También resulta extraño que se hable de la aglomeración de 200, 300 o más de 2 mil personas, porque para llegar a esas cifras antes hubo 100, 250 o 1500. ¿Qué fue lo que no funcionó entonces para que se permitiera llegar a esos números? ¿Dónde estaban «los inspectores de aglomeración» que habilitó el oficialismo aquel viernes 18 de diciembre de 2020, que no vieron esa acumulación de gente permitiendo que sumaran y sumaran más miembros a la convocatoria? ¿No hay observadores en la Policía Nacional? ¿La administración anterior no les dejó una flota de helicópteros y aviones que cumplen -entre otros cometidos- el de la observación aérea que permite adelantarse a tamañas concentraciones no permitidas?

Y lo que es más preocupante todavía es que para «desaglomerar» una ¿espontánea? reunión de jóvenes que desafían a la pandemia y -es cierto- ponen en riesgo a la población- se convoque otra aglomeración igual o mayor a la que se pretende disolver. Me refiero al despliegue policial, absurdamente mediático, que se hizo en ocasión de la festividad de carnaval en La Pedrera (si se actúa a tiempo no se necesitan tantos policías).

Entonces volvemos -como una rueda- al principio de todo este problema y es la indefinición existente del concepto de aglomeración. No hay un número mágico que permita discernir cuándo existe una y cuando no. O quizás, y esta sea la razón de la permisividad policial, sea una decisión ministerial que se permita consolidar esos tipos de convocatorias hasta llegar a números que no dejen ninguna duda de que se trata de una aglomeración prohibida. De esa forma, se cubren de cualquier exceso de los que nos tuvieron acostumbrados algunos policías en plazas públicas disolviendo reuniones de pocas personas.

Como estrategia no es mala, eso sí, esperar a que sean más de 2 mil aglomerados parece una exageración, pero una que tal vez explique el por qué se exagera -también-  con disponer de tantos policías para desaglomerar.

En fin, una rueda que seguirá girando y repartiendo el juego entre aglomerados y desaglomeradores, hasta que algún día lleguen las vacunas…

el hombre contaba aglomerados,
el perro desaglomeradores…

Por Julio Fernando Gil Díaz – El Perro Gil

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