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Economía y crímenes de lesa humanidad

 

La relación entre el nazismo y las fuerzas económicas en Alemania es asunto muy debatido y ha marcado la historiografía contemporánea. El conocimiento empírico sobre la economía del Tercer Reich aumenta permanentemente y surgen o se amplían nuevos niveles de interpretación. Es tema de palpitante interés porque, aunque la Guerra Fría tal como se conoció en el siglo XX parece haber cesado, las diferentes visiones e interpretaciones siguen configurando la historia como campo de batalla en ideas y en análisis de políticas que gravitan sobre todos los pueblos del orbe, sin distinción.

1 – Antecedentes e historiografía

Las áreas centrales de preocupación han cambiado poco pero aparecen posturas que ayudan a comprender mejor la compleja relación entre las políticas económicas, la base material de los gobiernos autoritarios y los crímenes de lesa humanidad.

Lic. Fernando Britos V.

Cuestión esencial es determinar en qué grado el ascenso del nazismo fue producto de las características del capitalismo alemán y de las maquinaciones y objetivos políticos de los grandes dirigentes de la industria alemana. Ian Kershaw ha desarrollado como nadie la visión panorámica y crítica de la historiografía contemporánea sobre los antecedentes y características del nazismo [i].

Hay coincidencia en que la elite industrial alemana estaba en contra de la República de Weimar (antes de la llegada de Hitler al poder) y que, en cambio, estaba a favor de un gobierno autoritario que les asegurara rentabilidad mediante la represión del movimiento obrero.

En segundo lugar, en un sector industrial, dividido y desorientado por la crisis económica, había una tendencia dispuesta a tolerar la participación del nazismo en el gobierno para lograr un marco político que permitiese la recuperación capitalista. Sin embargo, para muchas ramas de la industria y el comercio, los nazis no eran la primera opción sino la última en el objetivo de lograr un gobierno favorable a sus intereses.

Otro gran asunto de la conexión entre capitalismo y nazismo es el grado en que las decisiones políticas, entre 1933 y 1945, fueron determinadas por consideraciones económicas. En la RDA, Dietrich Eichholtz (1969)  desarrolló la concepción acerca de una relación estructural más estrecha entre la industria alemana y las políticas nazis. Fue un paso importante para superar la idea simplista de que el Tercer Reich había sido un Estado supercentralizado que comandaba la economía.

Inclusive el Plan Cuatrienal regenteado por Goering, en 1936, estaba lejos de apuntar a una economía planificada. Lo que sucedía era que los intereses político-ideológicos de la dirigencia nazi coincidían con los intereses económicos del sector más poderoso del capitalismo alemán en el que predominaba el gran conglomerado químico IG Farben [ii].

Alan Milward (1965) demostró que las debilidades de la economía de guerra alemana hizo que la guerra relámpago fuera la única estrategia viable. Con Albert Speer en el control de la producción bélica (desde 1942) hubo una racionalización y centralzación de la economía cuando la Blitzkrieg ya se había agotado.

Tim Mason (1966) un historiador marxista inglés concluyó, mediante una análisis de las relaciones económicas del Tercer Reich, que tanto la política interior como internacional del nazismo, de 1936 en adelante, se volvió crecientemente independiente de la influencia de las cases dominantes al producirse una exclusión de los dirigentes industriales de los procesos directos de decisión; un crecimiento extraordinariamente rápido del papel del Estado en los pedidos a la industria y en la creación de mercados; la transformación de la competencia capitalista por mercados en una lucha por materias primas y fuerza de trabajo, al interior de una economía armamentística y por la imposibilidad de los dirigentes de la industria bélica en conseguir que se limitara el consumo de la población en aras de una mayor transferencia de recursos. En la actualidad esta visión ha adquirido mayor relevancia como veremos más adelante.

La primacía de la política o la economía siempre fue y sigue siendo un factor de controversia. La historiografía liberal-burguesa le otorgó predominancia a la política sobre la economía (Hitler no era un instrumento de los capitalistas). En el otro extremo algunos historiadores marxistas preconizaron que el nazismo era una expresión directa del capitalismo agresivo. En general, las visiones dicotómicas han tendido a hacerse más complejas y menos esquemáticas a medida que la investigación aporta nuevas evidencias.

El historiador derechista Ernst Nolte consideraba que los industrialistas estuvieron al margen de la política. Para el inglés Richard Overy, la industria pesada estaba subordinada al Partido Nacionalsocialista (NSDAP). Desde la izquierda se reconoce que el Estado Fascista tenía cierto grado de autonomía y capacidad de decisión en su relación con los grupos económicos.

El sociólogo e historiador Eike Henning se refirió a la división del trabajo entre el poder político y la dominación económica. El monopolio del poder por los nazis se habría derivado de su habilidad para cuidar los intereses de la burguesía, incrementando sus beneficios, en el marco de una aguda crisis del capitalismo. Esto se consiguió porque Alemania fue abandonando la economía internacional de mercado y dirigiéndose hacia una forma más absoluta de acumulación capitalista, basada en el rearme, en la guerra, la represión y el saqueo. Una vez que se emprendió este camino no hubo marcha atrás. Las elites económicas y los nazis estaban, como dijo Hjalmar Schacht [iii], “en el mismo barco”. El dominio político de los nazis tenía su fundamento en la posición crítica en que se encontraba la burguesía capitalista pero, al mismo tiempo, tal dominio político dependía de la dinámica de la explotación absoluta desatada por el gran capital.

Desde fines de la década de 1960, Nikos Poulantzas desarrolló la visión gramsciana del fascismo como forma más extrema de un Estado capitalista excepcional. Esto permitía diferenciar al fascismo de las dictaduras militares y de los regímenes bonapartistas. La condición de “Estado capitalista excepcional” está determinada por la naturaleza específica de la lucha de clases, las relaciones de producción y las formas peculiares de la crisis política. La relativa autonomía del Estado fascista deriva, por un lado de las contradicciones internas entre la alianza de fuerzas que respaldan al régimen y por otro de las contradicciones entre las clases dominantes y dominadas.

El debate en el último cuarto del siglo XX condujo a la actitud de evitar la sobresimplificación porque la reducción a alternativas “políticas” o “económicas” estrecha los conceptos y establece una dicotomía burda y esterilizante entre Estado y Sociedad.

Estos términos aparecen interpenetrados durante todo el periodo 1933-1945. Kershaw destaca que hay dos enfoques monolíticos que son erróneos: el modelo totalitario de economía centralizada y Estado como bloque homogéneo y el modelo del Estado nazi como representante directo y más agresivo del capital financiero. Ambos modelos fueron comunes y predominaron con fines propagandísticos durante la Guerra Fría.

2 – La coalición gubernamental alemana

El régimen nazi se apoyaba en una alianza, pacto o coalición no escrita, entre bloques de poder diferentes pero dependientes entre sí. Inicialmente se trató de una tríada compuesta por el bloque nazi y los distintos sectores del movimiento; los grandes capitales (la industria, la banca, el comercio y los terratenientes) y las fuerzas armadas. Según Kershaw, a partir de 1936, aparece e incrementa su poderío e influencia un cuarto bloque en la medida en que las SS, la policía y la Gestapo aumentaron su influencia y desarrollaron su propia dinámica de la represión y el terror.

El pacto inicial de los nazis con el ejército partía de la base de que este era la institución más importante del Estado. La clave de los coaligados era el rearme, el armamentismo como razón de ser excluyente de la fuerza armada y el fundamento de su prestigio, de sus privilegios y de los intereses personales y colectivos de sus componentes. Baste decir que los oficiales vivían en una estructura clasista extrema y si bien siempre debían conseguir anuencia de sus superiores para contraer matrimonio, solamente a partir de 1933 se empezó a autorizar el casamiento de jóvenes oficiales con mujeres de clase trabajadora. Este pacto recién se fue modificando a medida que el bloque SS/SD adquirió mayor poder. La Wehrmacht pasó de ser una de las patas de la alianza que sustentaba el régimen a ser una poderosa elite funcional (en el sentido señalado por Robert Michels y C. Wright Mills).

Aunque los nazis eran el elemento más dinámico de la coalición en el poder, no tenían en los primeros años un control directo, ni de la producción económica ni del poder militar. Esto fue evidente con la destrucción de las SA (la noche de los cuchillos largos: Nacht der langen Messer, que tuvo lugar entre el 30 de junio y el primero de julio de 1934). Además el régimen enfrentó una crisis grave, precisamente a mediados de 1934, complicada por las repercusiones económicas negativas que habían tenido en el exterior las primeras medidas adoptadas contra los judíos en el marco de una posición diplomática todavía endeble. El margen de maniobra del gobierno nazi en esos años no fue muy grande.

En esos momentos, el peso del gran capital se evidenciaba  a través del papel que jugó Hjalmar Schacht como Presidente del Reichsbank y Ministro de Economía. Esta fue una posición clave en relación con las divisas, el presupuesto y las materias primas esenciales para el rearme. También gravitaban sectores de la industria electro-química, centrada en IG Farben. Schacht gradualmente fue representando a un ala de la industria que no era la más poderosa pero si la más interesada en participar en el comercio internacional [iv].

A mediados de 1936 estalló una crisis de poder que empezó a alterar la forma original de la alianza. Hubo un choque entre quienes apoyaban a Schacht y los que promovían la autarquía y el rearme acelerado. Para ese entonces, el poder de Hitler y los suyos ya era mucho mayor que en 1933. En setiembre de 1936 se anunció el Plan Cuatrienal que puso a Alemania en una carrera armamentística acelerada y pretendía lograr la autosuficiencia del país [v].

Hitler justificó este Plan en un memorando secreto (se lo dio únicamente a Goering y a Blomberg el comandante en jefe del ejército pero no a Schacht). En ese momento la posición dominante en la economía había sido capturada por el gigante IG Farben que mantenía una relación privilegiada con Goering y la Luftwaffe y que proporcionó las directivas técnicas para el desarrollo del Plan Cuatrienal.

La industria pesada sufrió un revés transitorio pero no una derrota. En la siderurgia, por ejemplo, si bien se creó una corporación estatal, la Reichswerke-Hermann-Goering, los altos costos de producción condujeron a una pronta reprivatización. El gigante Acerías Unidas volvió a manos privadas.

Goering sustituyó a Schacht como figura dominante. Entonces resultó muy evidente que el gobierno nazi, aunque era muy partidario del mundo de los negocios y dependiente de él, tenía intereses propios y estaba preparado para alcanzarlos.

Tanto el Ministerio de Relaciones Exteriores como la Wehrmacht vieron disminuído su poderío. En el primero se fue produciendo la declinación del aristócrata von Neurath y el ascenso de Ribbentropp a la cancillería (que culminaría en febrero de 1938). También en 1938, las SS, la policía y el SD instigaron el escándalo Blomberg-Fritsch [vi] que fue el punto simbólico de inflexión en que la Wehrmacht pasó de ser un bloque de poder a convertirse en una elite funcional, como dijimos antes.

La influencia del gran capital siguió siendo importante . Con la anexión de Austria y Checoeslovaquia como paso lógico y necesario del expansionismo, las empresas alemanas obtuvieron enormes beneficios.

De 1936 en adelante, la economía alemana enfrentó una situación problemática crónica: escasez de divisas indispensables para las importaciones de materias primas, escasez de mano de obra, bloqueos, desequilibrios en balanza de pagos y déficit fiscal creciente, tendencias inflacionarias, etc. El expansionismo y por ende la guerra eran el tema central de la linea política de Hitler.

En agosto de 1939, semanas antes de la invasión a Polonia que desencadenó la Segunda Guerra Mundial (SGM), el Fuhrer reunió a sus generales y les dijo que Alemania no tenía nada para perder y todo para ganar. «A causa de nuestras limitaciones – aseguró – nuestra situación económica es tal que solamente podremos sostenernos unos pocos años más; debemos actuar».

Los feos pronósticos económicos venían de todos lados, desde la industria, desde la agricultura y desde la Inspección Económica de la Wehrmacht. Las presiones más grandes en pro del expansionismo provenían del gran capital. Sin embargo, las evidencias sugieren que dichas presiones no fueron decisivas para fijar la oportunidad o las razones que se dieron para desencadenar la guerra.

Los determinantes económicos siguieron siendo importantes y entrelazados con los factores ideológicos y militarmente estratégicos, contribuyeron a configurar el carácter y las modalidades de la agresión alemana. La guerra de agresión y pillaje era la necesidad lógica y crecientemente la única opción, visto el desarrollo del capitalismo alemán desde 1936. La obvia importancia de los factores económicos no es, sin embargo, sinónimo de que dichas orientaciones militares fueran percibidas como fundamentadas en las necesidades de los industriales alemanes.

Un historiador de izquierda de la RFA, Joachim Radkau, apoyándose en un minucioso estudio de las fuentes disponibles [vii], concluyó que contrariamente a lo esperado hay escasa evidencia de identidad de intereses entre el nazismo y el gran capital en la preparación del ataque a la URSS. Por el contrario, parece que al gran capital no le movía el anticomunismo a ultranza del régimen sino que coyunturalmente prefería una mejora en las relaciones entre el Tercer Reich y la Unión Soviética.

Por otra parte, el gran capital fue mayormente indiferente ante las primeras medidas antisemitas, exceptuando los casos en que los negocios en el exterior se vieron perjudicados por las reacciones negativas que suscitaban esas medidas en el extranjero. Esto cambió en 1937 y 1938 bajo la presión de la economía armamentística: el gran capital desarrolló un interés directo en adquirir capitales judíos y promovió la “arianización” de empresas [viii].

La industria alemana estuvo directamente implicada y colaboró con el saqueo y pillaje, la destrucción y el asesinato masivo, que las fuerzas armadas alemanas llevaron a cabo en los territorios ocupados. Muy pocos integrantes de la casta militar desarrollaron una antipatía hacia el nazismo – aunque no dejaron de cumplir las órdenes de Hitler – pero no hubo ni un solo dirigente empresarial que apoyara los endebles movimientos e resistencia en Alemania. Solamente en los meses agónicos del Tercer Reich, los dirigentes industriales tomaron distancia de la política de tierra arrasada promovida por Hitler [ix].

En enero de 1944 se había producido un acontecimiento simbólico cuando Hitler apoyó a Sauckel, el Plenipotenciario del Trabajo, en sus planes imposibles para deportar un millón de obreros franceses para trabajar en Alemania. Speer se opuso porque pretendía organizar un aumento de la producción en los territorios ocupados. Al final el plan de Sauckel no se aplicó.

El régimen nazi fue gran promotor de la actividad privada. Hasta el último día de la SGM, las ganancias de la industria y la banca alemanas vinculadas a la producción bélica fueron colosales. Los beneficios de las sociedades de responsabilidad limitada, por su parte, fueron cuatro veces más grandes en 1939 que en 1928. El primer lugar por lejos en las mega ganancias lo consiguió IG Farben: el conglomerado había visto caer sus ganancias entre 1933 y 1935 pero las mismas se duplicaron en 1936 (de 70 a 140 millones de Reichsmark) (RM). Se dispararon a 300 millones de RM en 1940 , que fue el último año en que se hicieron públicas las cifras y han de haber alcanzado guarismos siderales en 1945.

3 – La comunidad racial y el presupuesto

A principios del siglo XXI, la Alemania de Hitler se habría ubicado, según el PBI per capita a precios del 2005, a la par que Sudáfrica, Irán o Túnez en estos años. El estadígrafo australiano Colin Clark estimaba que, en 1938, el nivel de vida en Alemania era la mitad de los Estados Unidos y un tercio inferior al de Gran Bretaña. El desarrollo económico de Alemania era marcadamente desigual. Para profundizar en estos aspectos seguiremos la obra monumental del historiador inglés Adam Tooze [x]

La inferioridad alemana en relación con Gran Bretaña  no era el resultado de diferencias en productividad entre las industrias de ambos países. Se debía al gran tamaño y la enorme ineficiencia del sector agrícola alemán. En la década de 1930 la productividad per capita de la agricultura era la mitad de la productividad industrial y 9 millones de alemanes eran agricultores.

El poder adquisitivo de la clase media británica no tenía parangón en Alemania. Tomando en cuenta que hoy en día la nación germana es uno de los países más ricos del mundo, es difícil comprender la sensación de inferioridad que experimentaban los alemanes. Sin tomar en cuenta dicha sensación tampoco se puede entender el sentimiento de pobreza que afligía al público alemán en el periodo de entreguerras.

En los años 30, el salario horario de los trabajadores alemanes no se contaba en marcos (Reichsmarks – RM) sino en Pfennigs (centésimos). Los mecánicos calificados y los tipógrafos, que se encontraban entre los mejor pagos, ganaban más de un marco por hora. En el otro extremo de la escala, los hombres que trabajaban en aserraderos y en la industria textil percibían 59 Pfennigs. Las mujeres empleadas en el textil y las industrias alimenticias percibían poco más de 40 Pfennigs la hora.

En 1936, cuando había pleno empleo, 14 millones y medio de trabajadores (el 62% de quienes pagaban impuestos) tenían ingresos inferiores a 1.500 RM anuales (60 Pf. la hora). Otro 21% (oficinistas, y obreros) obtenían entre 1.500 y 2.400 RM al año y solamente el 17% de los contribuyentes ganaba más de 2.400 RM.

El verdadero significado de estas cifras  aparece cuando se compara con lo que debían pagar los hogares para atender sus necesidades básicas. Un kilo de pan negro costaba en 1930, 31 Pfennigs (equivalentes a una media hora de trabajo promedio). Las papas, el ingrediente clave de la dieta popular, costaban 10 Pf. el kilo. Por un kilo de tocino había que desembolsar 2,14 RM (medio día de trabajo de un obrero no calificado). La manteca era extraordinariamente cara, en 1936, 3,10 el kilo. Una barrita de medio kilo demandaba más de una hora de trabajo. Un litro de leche costaba 23 Pf. Los huevos, 1,44 la docena. La cerveza 88 Pf. por litro.

La mayoría de la población se las arreglaba con una monótona dieta de pan y mermelada, papas, col fermentado (chucrut), repollo y cerdo. Téngase en cuenta que los alemanes eran grandes bebedores de café y sustitutos (café de malta): 5 kilos per capita al año. Los cigarrillos a 3 Pf. c/u eran un lujo. En total, el consumo de comida, bebida y tabaco, hacía que los hogares de los trabajadores dedicaran entre el 43% y el 50% de los ingresos familiares a esos rubros.

En este marco es que hay que ubicar los planteos de Hitler para la Volksgemeinschaft (la comunidad popular). En la Alemania de los 30 solamente una pequeña minoría vivía en situación confortable. Para muchas familias trabajadoras, los 30 y los primeros años de los 40 fueron periodos de movilidad social real, no en el sentido de un ascenso a clase media, sino como mejora de su situación.

“No se necesitaba ser un ideólogo derechista radical o un paranoico antisemita – sostiene Tooze – para dudar de la eficacia de la doctrina liberal del progreso”. La doctrina de Hitler, en Mein Kampf, planteaba la vida económica como un campo de batalla. Hitler era un darwinista social [xi] y para él el único factor de progreso era una política exterior agresiva, expansionista, en procura de Lebensraum (espacio vital). El Tercer Reich se propuso usar la autoridad del Estado para estandarizar y simplificar los bienes de consumo para que la población accediese a un nivel de vida más elevado.

El epíteto agregado a esos objetivos era “Volk”: Volksempfaenger (radios), Volkswohnung (apartamentos), Volkswagen (autos), Volkskuehlschranz (refrigerador), Volkstraktor (tractor). En 1933, el flamante gobierno nazi debió limitar el uso de Volk porque a partir del 1º de enero cuando Hitler accedió al poder las promesas realizadas deberían ponerse en práctica y esto resultó muy difícil al confrontarlo con los enormes requerimientos del rearme militar. El expansionismo y el nivel de vida tenían una cierta contradicción intrínseca.

Cuando Hitler hizo su primer discurso radial, el 1º de febrero de 1933, con una población de 66 millones de habitantes, solamente existían 4.300.000 receptores de radio en el país. Los receptores más baratos costaban más de 100 RM. Los nazis se aplicaron de inmediato a mejorar esta ecuación para asegurar la penetración propagandística. En agosto de 1933, el Ministro de Propaganda Joseph Goebbels presentó el receptor VE 301 que costaba 76 marcos y que se podía comprar a crédito (7,25 RM de entrega inicial y 18 cuotas de 4,40 RM).

La oferta fue rápidamente aceptada por la población. En 1935 se habían vendido más de un millón y medio de los nuevos receptores. En el segundo semestre de 1938, la mitad de los hogares alemanes contaba con un aparato de radio ( 68% en Gran Bretaña y 84% en los Estados Unidos). En 1939 se lanzó un aparato mejor y más barato (35 RM) y en ese año se vendió más de un millón y medio.

Para Hitler, que era un amante de los lujosos Mercedes Benz, el auto era el símbolo de un estilo de vida superior. En 1932 había solamente 486.000 vehículos en Alemania (menos de 51.000 de ellos en Berlín que contaba con 4 millones de habitantes). En 1933 había un automóvil cada 37 hogares y la mayoría de las unidades no eran de uso particular. En ese mismo año, solamente la cuarta parte de las carreteras y caminos de Alemania estaban pavimentados. En 1934 comenzó el proyecto de construcción de autopistas. En abril de 1933 se eliminó la patente para vehículos nuevos. En 1938 ya había 1.271.000 vehículos automotores pero incluían todo tipo de ellos, para usos comerciales, militares y privados.

Los autos eran caros y la nafta también. Los impuestos duplicaban el precio de esta que era de 39 Pf. por litro. El Volkswagen, el proyecto que Hitler encargó a Ferdinand Porsche y al Frente Nacional del Trabajo, produjo muchas promesas con la idea de poner a disposición del público un auto por menos de 1.000 RM pero ninguna se concretó. Ni un solo escarabajo llegó a entregarse al público. Las exigencias del rearme, la escasez de divisas y la necesidad de preservar el petróleo para usos militares, hizo fracasar el proyecto. Al terminar la guerra 340.00 alemanes habían ahorrado 275 millones de RM para tener su coche, suma que se esfumó con la desaparición del Deutsche Arbeitsfront.

IG Farben impuso la política de combustibles [xii]. La nafta sintética producida en la planta de Leuna tenía un precio de costo de entre 15 a 17 Pf. por litro por lo que los impuestos a los combustibles importados eran imprescindibles. En 1936 esos impuestos fueron nada menos que la tercera parte de los ingresos aduaneros. En diciembre de 1936 se aplicó incluso un impuesto de 4 Pf. por litro a los sintéticos.

4 – El rearme alemán

El fracaso de los Volksprodukte no era porque se tratase de un objetivo secundario. Eran promesas destinadas a captar la adhesión de masas pero apuntando a un futuro próximo que Hitler vendía como brillante si se conseguía el espacio vital (el Lebensraum) mediante la conquista de territorios y la expulsión de sus habitantes. Los nazis no ocultaban que sin esas conquistas el futuro brillante del pueblo de señores (el Herrenvolk) no se alcanzaría  y que el único instrumento para lograrlo era la Wehrmacht.

La historia y los historiadores convencionales contraponen el rearme con los objetivos sociales del régimen como si fueran excluyentes: manteca o cañones. Esto apenas llegó a ser parcialmente cierto en cuanto a ciertas materias primas y a los impuestos para financiar el rearme pero la fórmula “ manteca o cañones” fue errónea y engañosa. En realidad los “cañones” eran el medio estratégico para conseguir “manteca” como pretendían demostrar por la conquista de Dinamarca, Francia, Bélgica, los Países Bajos y Europa oriental. Más adelante veremos el grado de participación y aquiescencia de la población hacia esos objetivos estratégicos que son la clave para una mejor comprensión del apoyo que mantuvo el nazismo hasta su fin y los efectos de este compromiso en la posguerra.

¿Qué significaba el rearme para los alemanes en la década de 1930? Se podría pensaar que el rearme fue una forma especial de consumo masivo y colectivo. En este nivel de análisis el gasto bélico no se ve como una forma de inversión productiva sino como un consumo público improductivo.Desde el punto de vista estrictamente económico, la reinstalación del servicio militar obligatorio en 1935 significó una especie de vacaciones colectivas para millones de jóvenes que fueron vestidos y alimentados sin que se aplicasen a la producción.

En paralelo se desarrollaron las organizaciones de masas del Partido Nacionalsocialista (NSDAP), las acciones de instrucción militar, las actividades recreativas masivas a través de Kraft durch Freude. La Wehrmacht jugó un papel central en todos los rituales multitudinarios del régimen, desfiles, fanfarrias, coreografías con banderas y estandartes. Tooze dice que aunque estos aspectos no han sido estudiados a fondo (es decir más allá de su efecto propagandístico) no hay duda acerca de que el rearme militarista de los 30 fue tanto un espectáculo popular como una carga en el nivel de vida alemán, fue una forma de consumo público espectacular.

Hubo entusiasmo en la forma como se recibió el reanudamiento de la conscripción en 1935 y también en el orgullo que mostraban los trabajadores alemanes hacia las armas que producían. Esto tenía que ver con el prestigio que rodeaba al trabajo de precisión, la experticia que requería la industria bélica, pero también con las armas en si mismas como símbolos tangibles de poder. No eran un producto cualquiera sino una expresión del vigor de la nación.

Este involucramiento colectivo en el rearme se planteaba con claridad en el manual que recibían los tripulantes de tanques. “Por cada cañonazo que dispares tu padre ha pagado 100 RM en impuestos, tu madre ha trabajado una semana en la fábrica… El Tigre cuesta en total 800.000 RM y ha demandado 300.000 horas de trabajo. Treinta mil personas han dado los salarios de una semana y 6.000 trabajadores una semana entera para que puedas tener un Tigre. Hombres del Tigre, todos trabajan para ti. ¡Piensa en lo que tienes en tus manos!”.[xiii]

El rearme alemán también fue un reflejo de la modernización incompleta que vivía Alemania. La mayoría de los soldados marcharon a pie; carros tirados por caballos eran los medios de transporte fundamentales empleados por la Wehrmacht. Las divisiones mecanizadas eran muy pocas y los soldados que se desplazaban sentados en largas filas de camiones fueron, sobre todo, imágenes propagandísticas. Esto fue particularmente notable cuando el ejército reunió todos sus recursos para lanzarlos contra la URSS en junio de 1941. El ejército alemán de los años 30 y 40 era “un ejército pobre” pero en tanto miembros de la Wehrmacht, los jóvenes se enrolaban en una organización que indudablemente era un vehículo para la modernización industrial.

Como había sucedido en la Primera Guerra Mundial, el ejército le dio a muchos jóvenes su primera experiencia con vehículos automotores. En la SGM lo hizo con los equipos de radio y la infraestructura electrónica. La Luftwaffe fue un caso especial. El ejército todavía se basaba en tecnologías del siglo XIX pero la fuerza aérea y sus industrias asociadas habían enrolado a cientos de miles de operarios. Aunque unos pocos miles eran tripulantes, cientos de miles estaban involucrados en la infraestructura necesaria para la aviación y para millones de alemanes la Luftwaffe era un punto de identificación imaginaria.

El Volksgemeinschaft era algo más que retórica. Alemania no se equiparaba con los EUA o Gran Bretaña en términos de consumo privado (autos, radios, heladeras y lavarropas por hogar) pero tenía una cantidad mayor de aviones de combate y tanques.

Esto hay que matizarlo con los errores estratégicos de los planificadores aéreos alemanes que hicieron que la Luftwaffe tuviera grandes limitaciones en materia de bombarderos pesados. Las ciudades inglesas fueron atacadas con bombarderos medianos (bimotores) mientras que los británicos les devolvieron los golpes con los Lancaster cuatrimotores. Lo mismo les sucedió en el frente germano soviético donde sus bombarderos medianos tenían serias dificultades para cumplir misiones estratégicas.

5 – Agrarismo nazi

El agrarismo nazi, con su retórica de “Sangre y Tierra” (Blut und Boden)no era un atavismo que se manifestaba en un moderno Estado industrializado sino el reflejo de una sociedad aún en transición. La obsesión de Hitler con la alimentación se sustentaba en una realidad contemporánea: las hambrunas de la PGM. En Alemania y Austria 600.000 personas murieron por desnutrición entre 1914 y 1919. De un modo u otro, cualquier alemán de la década del 30 tenía una experiencia personal y directa de hambre prolongada e insaciable.

La agricultura alemana era insuficiente para abastecer el consumo de alimentos y el país dependía de la importación y este era un asunto fundamental para la derecha nacionalista. Por eso en el primer gabinete de Hitler (en 1933) el Ministro de Agricultura fue Alfred Hugenberg que no mostraba entusiasmo por la creación de puestos de trabajo pero si por el levantamiento de barreras proteccionistas en beneficio del agronegocio. Comparado con Hugenberg hasta Schacht parecía un liberal.

A Hugenberg pronto lo sucedió Richard Walther Darré que desarrolló una versión extrema del racismo agrario. Fue Darré quien popularizó la frase Blut und Boden en la época del ascenso nazi. En 1930, escribió un libro titulado Neuadel aus Blut und Boden (Una nueva aristocracia basada en la sangre y el suelo), en el cual proponía un programa de eugenesia sistemática, bajo el argumento que la crianza era la panacea para todos los problemas del Estado. Darré fue un miembro influyente del nazismo y un teórico racista que hizo que el partido ganara apoyo entre los alemanes comunes fuera de las ciudades.

Desde junio de 1933 a mayo de 1942, Darré se convirtió en el ministro (Reichsminister) de Alimentación y Agricultura, director de la Oficina de la Raza y Reasentamiento (Rasse und Siedlungshauptamt o RuSHA), y Reichsbauernführer (líder de los campesinos). Intentó que los grandes terratenientes cedieran algo de sus propiedades para crear nuevas granjas y promovió el Erbhofgesetz, que reformó las leyes de herencia para impedir la división de granjas en unidades más pequeñas (minifundios).

En su paso por la Oficina de la Raza y el Reasentamiento (vinculada a las SS), desarrolló un plan para el Rasse und Raum (‘Raza y Espacio’, o ‘Territorio’) que proporcionó fundamentos ideológicos para la política expansiva nazi. Darré influenció fuertemente a su condiscípulo Himmler e hizo que el Ministerio de Agricultura fuera un dominio total de las SS. Finalmente dimitió en 1942, aparentemente por motivos de salud, pero en realidad fue porque discutió una orden de Hitler para reducir las raciones en los campos de trabajo.

La relación entre Himmler y Darré es esencial para comprender como los problemas paralelos de patrocinar al campesinado alemán y manejar el suministro de alimentos a la población fueron capaces de generar algunas de las políticas más extremas y criminales del Tercer Reich. La ideología agraria del nazismo es fundamental para entender su militancia.

El 1º de octubre de 1933, medio millón de campesinos se concentraron en Breckeberg (en las afueras de Hamelin, una pequeña ciudad de Baja Sajonia, en el medio de Alemania) con motivo del Primer Festival de la Cosecha, un fiesta nacional instaurada por los nazis en honor de los agraristas alemanes.

Llegaron en trenes desde todos lados, vistiendo trajes típicos y entonando cánticos. Fue un espectáculo de fuerza y dirección política autoritaria. El Fuhrerkult, la religión, el agrarismo y el militarismo se combinaron. En los años siguientes se fue perfeccionando el espectáculo, con simulacros de antiguas batallas, fanfarrias y saludos de 21 cañonazos, mientras el 13º Regimiento de Caballería en pleno evolucionaba a todo galope formando una esvástica que giraba sobre su eje. El otro gran paso que se dio desde el principio, en 1933, fue el Reichsnaehrstand un mecanismo centralizado para un férreo control de la producción y de los precios.

6 – Los alemanes y los crímenes de lesa humanidad

Llegados a este punto es imprescindible tomar en cuenta los aportes de Goetz Aly, un historiador alemán que ha investigado un asunto clave para la comprensión del nazismo, su ascenso y caída: el apoyo que le dio la gran mayoría del pueblo alemán [xiv]. Estos asuntos siguen estando en el centro de la polémica y del uso público y político de la historia. Aly no es único pero tal vez ha llegado a ser el más minucioso de los investigadores alemanes sobre el nazismo y de hecho el más controvertido, con razón o sin ella, lo que lo hace tambien el más interesante y productivo en uno de los temas de mayor vigencia y actualidad en todo el mundo.

Uno de los primeros interrogantes que se plantean al abordar estos asuntos desde la evidencia que aporta la economía es ¿quién estuvo detrás de los crímenes monstruosos cometidos por el nazismo? La aparición repetida de los grandes bancos suizos y alemanes, junto a conocidas empresas como Daimler Benz, Volkswagen, BMW, Allianz Insurance, Krupp y Bertelsmann, llevan a pensar que ellos pueden ser los principales culpables e instigadores detrás de Hitler y su elenco.

Muchos alemanes vieron con alivio que la atención del público y los investigadores se concentraba en los capitostes de las finanzas y la industria, de modo que la culpa de la barbarie nazi, además de recaer sobre un número reducido de los perpetradores lo hacía sobre un grupo también reducido de cómplices en tanto instigadores y beneficiarios de los doce años transcurridos entre 1933 y 1945.

Aly relata como en el curso de sus investigaciones fue descubriendo indicios que llamaron su atención. Por ejemplo, que los alemanes, que habían sufrido daños en sus viviendas y bienes a causa de los bombardeos aliados, fueron provistos con muebles, adornos, ropas, juguetes, que habían sido saqueados a judíos holandeses que fueron asesinados. La gama de bienes robados iba de lo común a lo lujoso. Por eso, en la Alemania de hoy – sostiene este autor – los muebles antiguos pueden ser el problemático legado de un pasado ominoso.

La campaña por el pleno empleo, entre 1933 y 1935, tuvo un éxito moderado pero se llevó a cabo incurriendo en una política fiscal irresponsable que finalmente desembocaría en una guerra no demasiado popular. Hitler fue capaz de mantener un apoyo masivo al transformar los ataques militares en una serie de campañas coordinadas de pillaje y saqueo de otros pueblos. La dirigencia nazi estableció un sistema para compartir los despojos de sus victorias militares con la mayoría de los alemanes.

Los beneficios provinieron del quebranto de las economías de los países ocupados, la explotación de la mano de obra de millones de trabajadores forzados y esclavos y la confiscación de bienes de los judíos asesinados y la deliberada muerte por hambre de millones de personas, especialmente en las zonas ocupadas de la URSS. Esos beneficios hicieron que quienes los recibieron fueran sensibles a la propaganda nazi y se comprometieran con el Tercer Reich.

Al intentar dilucidar la relación simbiótica entre el Volkstaat nazi (Estado del pueblo) y los crímenes de lesa humanidad del régimen, Aly se apartó del enfoque histórico habitual que solía separar los aspectos manifiestamente malignos del Nacionalsocialismo, por un lado, y los programas políticos que hicieron al régimen de Hitler tan atractivo para la mayoría de los alemanes, por otro.

El objetivo de Aly – como el de un número importante de historiadores alemanes entre los cuales fue pionero Martin Broszat – ha sido ubicar la barbarie nazi en el contexto más amplio de la historia del siglo XX. El génesis del Holocausto no había de ser explorado solamente en los archivos oficiales dedicados a «la cuestión judía».

Mi enfoque alternativo – sostiene Aly – en modo alguno disminuye o empaña lo logrado por los historiadores que se han centrado directamente en el fenómeno del genocidio. Por el contrario – aseguró – me he inspirado en un asunto fundamental planteado por ellos: en primer término ¿cuáles fueron las condiciones previas que hicieron posible el Holocausto y otros crímenes nazis? ¿Qué fue lo hizo posible que el común de los alemanes toleraran y aún cometieran crímenes de lesa humanidad sin precedentes históricos, particularmente el asesinato de millones de judíos europeos?

Sin lugar a dudas, el odio estatalmente propagado contra los pueblos «inferiores» (polacos, bolcheviques, eslavos, judíos, gitanos) fue un factor importante pero la ideología, por si sola, no alcanza a explicar lo que sucedió. El antisemitismo es de vieja data pero en las décadas anteriores al Tercer Reich los alemanes no se sentían más indispuestos o resentidos que otros pueblos hacia los judíos. De hecho, era en Alemania donde se había producido el mayor procentaje de asimilación de la colectividad judía a la nación germana.

El nacionalismo alemán no era más racista que otros nacionalismos. No hubo una desviación específicamente alemana del desarrollo normal de la cultura capaz de ponerla en una vía que la llevaría inexorablemente hasta Auschwitz. No existen fundamentos empíricos para proponer que un antisemitismo especialmente exterminador y xenofóbico tuviese sus raíces en la historia alemana [xv]. El nazismo surgió, creció y se consolidó debido a una constelación de factores ubicados en un contexto histórico específico. La mayoría de esos factores se encuentran en los años posteriores a 1914, no antes.

El antisemitismo fue una precondición necesaria pero no suficiente para el ataque de los nazis contra los judíos europeos. Los intereses materiales de millones de individuos debieron conjugarse previamente con la ideología antisemita antes de que el monstruoso crimen conocido como el Holocausto pudiese alcanzar su intensidad genocida.

Según esta tesitura, cualquier investigación sobre crímenes de lesa humanidad y en este caso el dominio de Hitler, debe examinar la relación dar/recibir entre la dirigencia nazi y la población. En sus primeros tiempos, la jerarquía nazi era extremadamente inestable. El misterio radica en cómo consiguió estabilizarse, aunque fuera temporalmente, y cómo logro el régimen sobrevivir durante doce años particularmente destructivos.

¿Cómo consiguió el nazismo persuadir a la gran mayoría de los alemanes de que el gobierno actuaba a su favor? Al mismo tiempo que los nazis aplicaban su ideología racista a los judíos, los discapacitados y otros «indeseables», sus políticas domésticas eran notoriamente favorables a las clases menos pudientes, extraían más impuestos de los ricos y redistribuían los beneficios de la guerra entre los menos privilegiados.

De este modo, aunque el Estado nazi llevó adelante la guerra más costosa de la historia, la mayoría de los alemanes no asumieron realmente los costos de la misma. Hitler consiguió preservar a «los arios», por lo menos en el frente interno, a costas del despojo despiadado de los medios de subsistencia de otros pueblos y sectores. Para mantener satisfechos a su pueblo, los nazis destruyeron la economía y envilecieron las monedas de otros países (especialmente el dracma en Grecia) al obligarlos a pagar exhorbitantes indemnizaciones, contribuciones de guerra y los costos brutalmente exagerados para el mantenimiento de sus tropas de ocupación.

La Wehrmacht saqueó millones de toneladas de alimentos para sus soldados y para enviar a Alemania. Los ocupantes pagaban sus compras con certificados de crédito (RKK) en una moneda local muy devaluada; de hecho era un dinero falso. Los mandos en Berlín se regían por el férreo principio de que si alguien debía pasar hambre y sufrir las penurias de la guerra, no sería en Alemania y no serían los alemanes; si la inflación generada por la guerra es inevitable que la sufrieran otros países.

El libro de Aly dedica unos documentados capítulos al análisis de las trampas y manipulaciones que desarrollaron los economistas y banqueros del Tercer Reich para saquear a otros países y mantener estable la economía alemana. Estos economistas y banqueros fueron una elite funcional que en estrecha conjunción con la Werhrmacht asoló Europa. Esta parte de la trama está muy bien explicada pero la profundización excede los alcances de este artículo.

7 – El uso político de la historia

La tesorería bélica del Tercer Reich fue alimentada con miles de millones de marcos (RM) reunidos mediante el despojo de los judíos. Asimismo se produjo el saqueo sistemático de los países ocupados. Estas políticas crearon oportunidades para el ascenso social en Alemania aunque como lo advertía Tooze no supuso la ampliación de la clase media sino una vida más confortable para las grandes mayorías.

Esto hizo que el régimen fuera, al mismo tiempo, popular y criminal. La catarata de riquezas y ventajas personales originadas en los crímenes de lesa humanidad hizo que la mayoría de los alemanes, que no participaron directamente como perpetradores, se aprovecharan alegremente de esos «beneficios» y pensaran que el régimen realmente se preocupaba por ellos.

La política genocida de los nazis adquirió impulso a partir de una mejora en el bienestar material del pueblo alemán. La insignificancia de la resistencia interna  contra el nazismo, así como la renuencia posterior de los alemanes comunes a reconocer cualquier tipo de culpa o responsabilidad personal por los crímenes cometidos, surgen de la misma constelación histórica.

La socialización de beneficios era una actitud calculada para mantener el apoyo y eludir cualquier oposición. Esta era una obsesión de la dirigencia nazi que, por cierto, no tenía nada de igualitarismo o espíritu redistributivo. Los dirigentes nazis eran invariablemente corruptos, grandes ladrones, cuyo ejemplo más notorio fue Hermann Goering.

Las complejidades que nos topamos, al intentar comprender como pudo haberse producido el nazismo, son tan grandes que la respuesta no se encuentra en consignas o en los museos. Es preciso enfocarse en los aspectos sociales del régimen, aunque sea para ir más allá de la proyección convencional de la culpa hacia la figura de Hitler, de su entorno, de los ideólogos racistas, de los banqueros y grandes capitalistas, de los generales y el cuerpo de oficiales, o de las unidades exterminadoras (Einsatzgruppen), las SS o la Gestapo.

El principal problema de las concepciones convencionales, del liberalismo, de la derecha moderada (o nueva derecha), de los centristas, es que atribuyen la culpa por los crímenes nazis a un grupo o grupos específicos de «otros». Esto encubrió a quienes siendo gentes del común, actuaron en forma calculadora en su propio beneficio y llegaron a ser cómplices en un programa gubernamental de genocidio y pillaje.

El mecanismo psicológico del desplazamiento, es decir de poner todo lo malo en otros, siempre ha servido para soslayar la omisión, la indiferencia, el egoísmo, para que funcione convenientemente la autocompasión y para librarse, con un pase de galera, de toda responsabilidad.

8 – El aparato estatal y las élites funcionales

Los gastos de guerra alcanzaron cifras fantásticas pero esos costos no están incluidos en los miles de millones de RM[xvi] que computan los estadígrafos. Los costos bélicos suelen incluir el costo para Alemania por concepto de armamento y municiones, fortificaciones, transporte, alimentos, vestimenta, energía, salarios y asignaciones familiares.

El costo que demandó a los pueblos defenderse de la agresión alemana, el causado por los veteranos inválidos y por la asistencia a la familia de los muertos, no puede ser tenido en cuenta. Las sumas que hubo que destinar a la reconstrucción de ciudades arrasadas, como Varsovia, Rotterdam, Jarkov, Stalingrado, Jarkov y decenas de millares de ciudades y pueblos en toda Europa, han sido omitidos. Así también el costo de la reparación de puentes, carreteras, canales, represas, vías férreas, fábricas, escuelas, hospitales y la recuperación de campos de labranza y bosques, tal vez nunca puedan ser estimados en su gigantesca magnitud. Es natural que la pérdida de vidas humanas sea esencialmente incalculable. Cualquier cifra en el entorno de los 50 millones de muertes y más no es otra cosa que una aproximación a un horror inestimable.

Los dirigentes nazis no tenían un aprecio especial por los abogados, los jueces, los diplomáticos, los  profesores y los generales de los regímenes anteriores (el Segundo Reich y la República de Weimar). Sin embargo, supieron darles tiempo y espacio para acomodarse al Nuevo Orden y contaron con su adhesión e incluso con su afiliación al NSDAP. Especialmente valiosa fue la colaboración de los funcionarios públicos, en particular los del Reichsbank y del Ministerio de Economía y Finanzas. Estos últimos eran astutos expertos que habían hecho su experiencia profesional y política en la época del Kaiser y después en la República de Weimar.

La gran mayoría habían participado en la Primera Guerra Mundial (PGM). Provenían de todos los ámbitos donde se reclutaban los servidores de la gran burguesía (universidades e institutos, centros privados y semi-privados, sociedades profesionales, periodismo y grandes bancos). Eran rancios clasistas conservadores pero habían tenido que lidiar con sus colegas franceses y británicos que buscaban exprimir de la Alemania derrotada las reparaciones de guerra establecidas en el Tratado de Versalles.

Estos expertos fueron cruciales para establecer la base material de los actos criminales de los nazis entre 1933 y 1945. Los nombres de estos personajes no son de conocimiento popular [xvii]. La enorme mayoría de estos funcionarios no sufrieron las consecuencias de sus actos, muy pocos fueron juzgados después de 1945 y de ellos la mayoría fueron absueltos. De este modo, como casi todas las elites funcionales que se desempeñaron durante el Tercer Reich, pasaron a ocupar altos cargos en la RFA, tanto en el sector público como en el privado, hicieron escuela entre los expertos neoliberales de los organismos internacionales y se retiraron después a disfrutar tranquilamente de sus fortunas personales. Ejemplar fue el caso de Hjalmar Schacht al que ya nos referimos (Cfr. Nota Nº3).

Bajo la dirección del Director Ministerial Gustav Schlotterer [xviii], un grupo de funcionarios de la Dirección III del Ministerio de Economía y Finanzas, saquearon a toda Europa en una forma tan absoluta que aún en día es difícil percibir sus verdaderos alcances. La División III había sido creada en 1920 para cumplir con las enormes obligaciones económicas que como reparaciones debía pagar Alemania, según el Tratado de Versalles, al terminar la Primera Guerra Mundial.

Incapaces de oponerse a las exigencias de los franceses, ingleses y belgas, esta generación de expertos hizo sus primeras experiencias en materia de sojuzgamiento, chantaje y extorsión. A partir de 1939 practicaron esas malas artes contra sus maestros en una forma reforzada por el talento alemán para la organización burocrática.

La agenda antisemita de los nazis también contó con la participación instrumental de estos funcionarios. Cuando Hitler proclamó las Leyes de Nuremberg, en setiembre de 1935,  que promovían la preservación de la «sangre alemana» contra la «amenaza judía», ni siquiera se había definido con precisión quién o quienes debían ser considerados judíos. La reglamentación fue obra de expertos abogados y juristas que le dieron una caracterización precisa a la «raza inferior» y a «la pureza de sangre» (bastaba un abuelo practicante de la religión).

Los funcionarios fueron esenciales para fijar el pago de la reparación (Judenbusse) de mil millones de marcos que Goering exigió a los judíos en 1938. La lógica económica del régimen fue el motor que condujo al Holocausto. Por ejemplo, los economistas recibieron el encargo de hacer un estudio de costo/beneficio del gueto de Varsovia. Las conclusiones del informe establecían que no se debían mantener áreas de residencia judía porque eran económicamente inviables.

Las reacciones impulsivas y a menudo improvisadas de los dirigentes nazis eran inmediatamente conformadas por funcionarios expertos. La mayoría eran conservadores, derechistas, pero pocos se afiliaron al Partido Nacionalsocialista aunque colaboraron con diligencia y eficacia sin abandonar sus puestos y los resortes con que contaban desde mucho antes de 1933.

La oficina del Auditor General del Reich y el sistema judicial, encabezado por el Tribunal Imperial, siguieron funcionando como siempre y mantuvieron un grado importante de autonomía [xix]. Los dirigentes distritales nazis (los Gauleiters), cuya forma ideal de gobierno era antiburocrática, se vieron frustrados muchas veces por el formalismo de esa elite de funcionarios públicos. Los choques y diferencias eran inevitables pero el aparato estatal probó ser muy eficiente y las confrontaciones no produjeron el caos.

Aunque precaria, la fortaleza del régimen nazi se sustentaba en la capacidad de resolver conflictos. Esa capacidad dependía, en gran medida, del aparataje del Estado y su elite funcional de modo que este no se trancó mientras se desarrollaban políticas cada vez más radicales. El Tercer Reich desarrolló una combinación entre el voluntarismo político y la racionalidad funcional.

Los nazis adoptaron una serie de medidas para eliminar algunas viejas tradiciones que consideraban un lastre. En 1941 se prohibió el uso de la tipografía gótica (que hace tan difícil la lectura), una reforma que se reclamaba desde 1854. La propiedad de tierras comunales, común en el noreste de Alemania, era un rezago medioeval que la República de Weimar no había conseguido eliminar. Hitler la liquidó de un plumazo el 6 de julio de 1938.

9 – Medidas populistas y expropiación de los judíos

Los nazis le dieron a los trabajadores alemanes la primera experiencia de vacaciones pagadas. Por decreto se duplicó el número de días de licencia anual y se empezó a promover el turismo colectivo en gran escala. La organización Fuerza por la Alegría (Kraft durch Freude, KdF), surgió como respuesta para compaginar, por una parte, la política de rearme y, por otra, las demandas de consumo. Uno de los proyectos de la KdF que más éxito tuvo, fue la organización de viajes y cruceros a bajo precio, que se diseñó especialmente para convencer a los alemanes de que el régimen mejoraba sus niveles de vida, al tiempo que evitaba poner en peligro la política de rearme dado el bajo costo de la iniciativa.

Los nazis también diseñaron un sistema de jubilaciones y pensiones que anticipaba el que se adoptó en la RFA en 1957. De lo que se trataba era de que las tasas de reemplazo de los jubilados más modestos se equiparara con los ingresos de los trabajadores activos. Asimismo se tomaron medidas para impedir los desalojos y para limitar la capacidad de ejecutar a los deudores morosos.

Más allá de la persecución e intolerancia de los nazis hacia los judíos, los izquierdistas y otros grupos considerados inconformistas, el pueblo alemán no veía a Hitler como alguien que dividía sino como un integrador. Hitler se presentaba siempre como el jefe de todos los alemanes, dentro y fuera de Alemania. Claro está que superó lo que él y su gobierno sabían acerca de la precariedad de la situación financiera con una fuga hacia adelante que condujo a las aventuras militares con terribles consecuencias.

Contrariamente a lo que sucedió al principio de la PGM, en el comienzo de la SGM no había un gran entusiasmo popular. Sin embargo había una sensación de conformismo y de esperanza por cuanto a pesar del rearme la estabilidad económica interna se había mantenido. A fines de 1937 los expertos del Ministerio de Economía habían llevado el crédito estatal al límite. Obligados a buscar nuevas fuentes de recursos para financiarse volvieron su atención hacia las propiedades de los judíos que rápidamente fueron confiscadas e incorporadas al Volksvermogen (bienes colectivos del pueblo alemán).

Antes de 1937, los judíos, profesionales y oficinistas, hombres de negocios y profesores, empleados y artesanos, habían sido sometidos a leyes discriminatorias. Muchos perdieron su trabajo, comercios e industrias establecidas fueron liquidadas y la participación en el comercio, en general, fue fuertemente restringida y permanentemente hostigada. Todas estas medidas estaban concebidas para que los judíos abandonaran Alemania y cuando esto sucedía se les sometía a un despojo y exacciones brutales. Debían vender o abandonar sus propiedades y sus bienes o dejarlos a «apoderados» o «curadores» nombrados por el Estado.

Hasta fines de 1937, los judíos todavía podían conservar sus pólizas de seguros y manejar sus acciones e inversiones pero entonces se enfrentaron con una serie de medidas sistemáticas destinadas a despojarles. Estas medidas contaron con el acuerdo y participación de decenas de miles de alemanes dispuestos a quedarse con los bienes de los perseguidos.

Gradualmente los judíos fueron despojados de todos sus bienes y se les entregaron bonos del tesoro  por valores muy inferiores a lo que se les quitaba. Cuando la persecución se transformó en genocidio esos bonos, que no habían sido comercialiazables en su momento, también les fueron quitados.

10 – El frente interno

Durante la PGM, el gobierno del Kaiser descuidó completamente el bienestar de las familias de los soldados en la retaguardia. Tenían fondos a su disposición pero los aristócratas prusianos carecían de la imaginación y la sensibilidad política para hacer uso de ellos. La idea de que la guerra con ejércitos masivos requería equidad en la distribución de los recursos era extraña a los aristócratas que gobernaban el Segundo Reich.

Muy tardíamente, en setiembre de 1918, el Secretario de Prensa del Kaiser se dio cuenta de que la falta de un techo, la falta de abrigo y sobre todo el hambre no podían superarse con adoctrinamiento o con consignas patrioteras.

Durante el Tercer Reich las asignaciones pagadas a las familias de bajos recursos se abonaban puntualmente. Las familias recibían dinero para pagar el alquiler, para carbón, para papas y para otras necesidades cotidianas. Las familias con muchos hijos tenían beneficios especiales. También había asignaciones para costear la atención odontológica y la educación. Esas asignaciones estaban exentas de impuestos y las consultas médicas en los seguros de salud eran gratuitas.

A raíz de esto muchas mujeres trabajadoras pudieron abandonar su puesto en la fábrica, lo que desde 1939 generó una gran presión para la contratación de trabajadores extranjeros y finalmente para el uso generalizado del trabajo esclavo por prisioneros de los campos de concentración y prisioneros de guerra.

Las subvenciones a las familias de los soldados debieron ser topeadas para evitar que sus ingresos superaran los que habían recibido antes de la guerra. El tope se estableció en un 85% de lo que percibía el hombre incorporado a la Wehrmacht.

Aunque el ingreso por hogar fue, en general, más bajo que el que existía antes de la guerra, la estabilización de precios, la congelación de los alquileres y la posibilidad de acceder a bienes requisados hicieron que se viviera confortablemente.

Si se establece una relación entre la paga de los soldados y sus raciones alimenticias, se comprueba que muchas familias alemanas tenían más disponibilidad de dinero durante la guerra que en tiempos de paz.

La generosidad de estos programas a veces operaba en contra de sus objetivos porque, por ejemplo, promovía la envidia entre vecinos y la angurria por obtener más bienes a cualquier costo. Algunos beneficiarios se quejaban de las escasez de mercaderías ofrecidas a los compradores. Sin embargo, los programas fueron exitosos para neutralizar la oposición política en el frente interno que estaba conformado en lo esencial por las mujeres. La base de la estabilidad del Volkstaat hitleriano radicó en una especie de soborno continuado a la población mediante un sistema asistencial.

En 1943, cuando el curso de la guerra se volvía contra las armas alemanas, la necesidad de aumentar los recursos hizo que Walther Funk, el Ministro de Economía, sugiriera eliminar algunas de las subvenciones y reestablecer algunos impuestos a la asistencia social. La propuesta fue rechazada por Hitler, Goering y Goebbels, quienes junto con los Gauleiters se consideraban los garantes de la moral popular en el frente interno.

Durante la PGM la población alemana había sufrido hambre y desabastecimiento pero aún en esas condiciones solamente un 5% de los prisioneros de guerra rusos murieron en los campos de concentración alemanes. Durante la SGM, la Wehrmacht rompió con cualquier compromiso humano. El 4 de octubre de 1942, cuando ya estaba instalada una sistemática política de muerte por hambre de los prisioneros soviéticos, los judíos y la población civil de la URSS, Goering hizo un discurso con motivo de la Fiesta de la Cosecha de ese año y declaró que «todas nuestras fuerzas armadas se están alimentando íntegramente en los territorios ocupados» y anunció que en adelante las raciones alimenticias aumentarían en Alemania, particularmente más en las zonas que sufrían bombardeos aéreos.

Goering se jactó de que la Wehrmacht se había apropiado de enormes extensiones de tierras fértiles donde el acopio de huevos, manteca y harina era tan inmenso que ni siquiera se podía imaginar. Por su parte, Hitler dijo que el espacio vital ganado en el Frente Oriental permitiría alcanzar la victoria sin que el pueblo alemán debiera hacer sacrificios. Estos anuncios hicieron que vastos sectores sintieran que «lo peor había quedado atrás».

De hecho, recién en febrero de 1945, menos de tres meses antes del colapso final, se elevaron quejas de las madres berlinesas de que no estaban recibiendo leche regularmente. Testimonios posteriores de mujeres alemanas dieron cuenta que durante la guerra no se pasó hambre y los servicios básicos funcionaron «hasta el final». Lo malo sobrevino después de terminada la guerra.

En aquellos años en que la población alemana no sufrió desabastecimiento y por el contrario se permitió hacer pichinchas, había ciudades como Leningrado donde, en enero de 1942, entre 3.500 y 4.000 personas por día morían de hambre. Los soviéticos debían enterrar los cadáveres en fosas comunes que los zapadores abrían a punta de dinamita en el suelo helado de los cementerios.

El OKW había dispuesto que el sitio de Leningrado no tenía un objetivo militar sino el de eliminar por hambre a sus 3 o 4 millones de habitantes civiles. No les interesaba tomar la ciudad sino aniquilar a su población.

11 – El saqueo de europa

Para comprender mejor cómo los economistas y militares alemanes procedieron a saquear los países ocupados o aliados al Tercer Reich hay que empezar por considerar los salarios mensuales pagados por la Wehrmacht. Un coronel percibía 800 RM + 150 RM por compensación del frente. Un Capitán 430 RM + 96 por revistar en el frente.  Un Teniente 290+81. Un Sargento 205+54.Un Cabo 1º 185+45. Un soldado de primera 105 + 36. Un soldado 90+36. Todos los grados percibían compensaciones adicionales idénticas; estas eran: 18 RM por hijo, 37,5 RM para vestuario y 1 RM diario por cada día en el frente. Al enrolarse, los soldados percibían una asignación de 750 RM por una sola vez.

Los ingresos de los mandos superiores eran harina de otro costal. El Mariscal Hermann Goering tenía ingresos mensuales de 30.000 RM. En 1941, el Gran Almirante Erich Raeder cumplió 65 años y como regalo de cumpleaños recibió 250.000 RM en efectivo. Al Mariscal Wilhelm von Leeb le tocó el mismo regalo (250.000 RM) en 1942. Los generales von Kleist y Guderian, que ya eran latifundistas, recibieron extensas tierras como regalo. Mariscales y almirantes percibían 4.000 Rm por mes y por ellos pagaban impuestos ínfimos. En cuanto al Wehrsold (salario del frente) era congelado cuando caían prisioneros.

Los soldados alemanes eran pagados en la moneda del país donde estaban y para reducir las presiones inflacionarias en Alemania se habían ideado dos recursos: por un lado se les incitaba a consumir en el país que ocupaban (sin perjuicio de que lo adquirido era enviado generalmente a sus familias) y por otro lado se les ofrecía la posibilidad de que la paga se les depositara, toda o en parte, en una cuenta de ahorro de un banco alemán. Este último procedimiento fue poco utilizado porque, como veremos, se privilegiaba el consumismo.

De todos modos, los soldados que habían ahorrado (como los que depositaban cuotas para conseguir un Volkswagen) resultaron defraudados porque los bancos quebraron cuando cayó el Tercer Reich y los ahorros se esfumaron. Además, a las familias de los soldados se les recomendaba enviarles dinero por medio del servicio postal militar para que les compraran todo tipo de mercaderías en el exterior y las remitieran al hogar en encomiendas.

Las autoridades del Reichsbank se oponían a que los soldados enviasen dinero a su familia porque eso aumentaría las presiones inflacionarias en Alemania. En cambio, para estimular las compras en el extranjero habían fijado unas tasas de cambio en los países ocupados que resultaban muy favorables para los miembros de la Wehrmacht que se manejaban con marcos y aún más para los que empleaban certificados de crédito (RKK) que solamente se podían usar en un país ocupado y no tenían convertibilidad fuera del mismo.

De este modo se trasladaba la inflación a los países sometidos, se destrozaba su economía con tasas de cambio rapaces y se mantenía estable la economía del Tercer Reich. Esas prácticas se desarrollaron en Polonia y Checoeslovaquia desde 1939 y especialmente en Francia a partir de junio de 1940.

Cuando los nazis atacaron a la URSS, en junio de 1941, resultó que muchas unidades militares no tenían oportunidad de gastar su salario en compras suntuarias o de alimentos porque estos últimos eran requisados centralmente para alimentar a las tropas y para enviar a Alemania. Entonces, los cerebros financieros del Tercer Reich encontraron el remedio: aduciendo que los soldados en el frente germano-soviético estaban sometidos a condiciones muy duras (lo cual era cierto y no por el clima sino por la tenacidad de la resistencia que encontraron) montaron un mecanismo de rotación por el cual las unidades eran enviadas periódicamente a Francia para descansar y reponer sus efectivos.

Esto hacía que los miembros de las tres armas gastaran sumas enormes en los burdeles y con prostitutas callejeras, en festines y borracheras monumentales y también en un desenfreno de compras de casi cualquier cosa para ser enviada desde Francia a su familia en Alemania.

Cuando los alemanes ocupaban un país trataban de no recurrir a requisas compulsivas sino que pagaban con los mencionados certificados de crédito (RKK) emitidos por el Reichsbank. Parecían papel moneda pero no tenían curso legal y de hecho operaban como una especie de constancia de requisa que quienes los recibían después utilizaban para pagar los impuestos, aportes y contribuciones, que los alemanes extorsionaban en los países ocupados.

Extraían grandes sumas por concepto de «gastos de ocupación» dado que los países subyugados debían mantener a las tropas alemanas en su territorio y los nazis facturaban por cinco o diez veces más ocupantes de los realmente estacionados. Asimismo exigían reparaciones de guerra: los países vencidos debían pagar lo que supuestamente le había costado a la Wehrmacht derrotarlos.

Los certificados de crédito estaban continuamente en circulación pero no dejaban huella documental que permitiera rastrearlos, a diferencia de los tradicionales recibos de confiscación o requisa de bienes. Esta política tenía límites. Por ejemplo, en Francia, en julio de 1943, las autoridades alemanas de ocupación reclamaron que no se siguiera introduciendo esos certificados en el país porque el volumen era tal que haría implosionar la economía francesa y desaparecer el franco.

Si bien los RKK servían para esos manejos, en cierto sentido complicaban la disponibilidad de oro y divisas que era la única forma que tenía Alemania de comprar materias primas y piezas fundamentales para la industria bélica en países neutrales (Suecia, Suiza, España y Portugal).

12 – Los soldados como mulas

Al principio de la guerra, Heinrich Boll [xx] que entonces era un soldado raso de la Wehrmacht le escribía a su familia en Colonia que había sido capaz de comprar media libra de café en Rotterdam por ínfimos 50 Pf. El café era suntuario en Alemania. Al principio los soldados podían recibir hasta 50 RM por mes de sus familias. El dinero les era entregado en la moneda del país en que estaban estacionados.

Pronto esa suma fue elevada a 100 RM y antes de la Navidad de 1939 a 200 RM «para que los soldados tengan por lo menos la oportunidad de comprar los regalos habituales». Los economistas alemanes comprobaron con sorpresa que durante el primer año de ocupación en Bélgica, los parientes les habían enviado a los militares de la Wehrmacht 34 millones de RM por medio del servicio postal. Advirtieron que el total debía ser mucho mayor porque les faltó computar lo recibido por dos ejércitos, el 5º y el 6º y que eso afectaría el presupuesto de ocupación del país si tenían que hacer efectivas esas transferencias. El Ministro de Economía no les dio bolilla.

A pesar de las reglamentaciones, a los soldados se les permitía llevar con ellos todo el dinero que quisieran, tanto al entrar como al salir de Alemania, con motivo de los frecuentes permisos y franqueos. Los controles aduaneros en las fronteras provocaban choques y peleas, de modo que pronto dejaron de hacerse.

Los soldados alemanes vaciaron totalmente las estanterías de los comercios en toda Europa. Enviaron millones de encomiendas a sus familias. Quienes las recibieron eran mayoritariamente mujeres. Goetz Aly recogió testimonios, en el año 2003, sobre recuerdos de aquellas épocas. Muchas respuestas señalaban que lo que se recibía dependía de si se tenía la suerte de tener parientes generosos.

Amigos y parientes desenvolvían orgullosamente lo que les habían enviado en las encomiendas. La gente mostraba mayor respeto y aprecio por los remitentes, en comparación con los que no habían mandado nada. Los que habían recibido prendas y objetos de lujo se burlaban de los que solamente habían recibido cartas. Aly destaca que las mujeres solían recordar, 60 años después, lo que habían recibido. En tanto, los hombres negaban haber enviado encomiendas.

El 1º de octubre de 1940, la aduana entre Alemania y el Protectorado de Bohemia y Moravia fue suprimida y el Protector del Reich (Konstantin von Neurath) se quejó acerca del frenesí de compras que los soldados desarrollaban en la ex-Checoeslovaquia. Los compartimentos de equipajes de los trenes expresos – decía – están atiborrados hasta el techo con pesadas valijas, voluminosos paquetes y bolsos rellenos. Aún los oficiales y altos funcionarios llenan su equipaje con los bienes de consumo más extraordinarios y en cantidades inimaginables: pieles, relojes, medicamentos, zapatos. Las compras en el extranjero incluían muebles y antiguedades, esculuras y pinturas, que se consideraban inversiones para negociar en Alemania.

En la correspondencia intercambiada entre los militares y sus familias se formulaban pedidos y ofertas de los más diversos tipos. Desde alimentos y bebidas hasta artículos de tocador, perfumes, telas de tapicería, brocados, cortinados, adornos, bisutería, joyas, cosméticos y como en un cambalache, cebollas y manteca.

En una de sus cartas, Boll anuncia que está desarrollando una exhaustiva expedición de compras en París para conseguir algo para llevar para él y para sus familiares. Pocas semanas después le cuenta a su madre que, después de ir a misa, volvió al cuartel y transpiró profusamente haciendo paquetes: once encomiendas en total, dos para un camarada, una para su sargento y ocho para él y su familia. Este tráfico incesante iba acompañado de múltiples formas de corrupción, mercado negro, estafas y escasez que afectaba a los franceses.

En todos los países pasó lo mismo. Las tasas de cambio fueron manipuladas para favorecer el saqueo. En las repúblicas bálticas, por ejemplo, los soldados recibían cuatro veces más rublos por marcos que al cambio oficial. Todo les resultaba baratísimo.

Aún en pleno invierno de 1943, cuando la Wehrmacht venía sufriendo fuertes contrastes en el frente germano-soviético, los soldados del Decimoctavo Ejército, que sitiaban Leningrado, se las arreglaron para mandar a sus casas más de tres millones de paquetes. Las encomiendas contenían objetos robados o comprados a precios irrisorios y también excedentes de las raciones que recibían. Los paquetes provenientes de Alemania eran muchísimos menos.

Para entonces los nazis ya estaban tratando de ocultar el grado en que los alemanes se habían enriquecido mediante el pillaje de otros pueblos. De acuerdo con la versión que dio en sus Memorias el Intendente General de la Wehrmacht, general Karl Ziegler, su departamento recibió una orden del Alto Mando (OKW) de quemar todos los registros y estadísticas recopiladas por el servicio postal militar.

Aún en áreas donde la situación militar estaba muy comprometida los oficiales responsables del bienestar de la tropa comprobaban la existencia de una especie de codicia terminal de los soldados. En abril de 1943, las divisiones cercadas en el Kuban y al borde del Mar Negro pidieron un millón de estampillas para el envío de otros tantos paquetes postales. En el invierno 1944/1945 a pocos meses de la capitulación incondicional de la Wehrmacht, el comandante de 6.000 hombres rodeados en la Isla de Rodas distribuyó 25.000 estampillas para otras tantas encomiendas.

En octubre de 1940, Goering había abolido completamente las limitaciones bastante liberales que se habían establecido para las compras de los soldados en el extranjero. Los soldados deben poder llevar consigo todo lo que puedan cargar – dijo el Reichsmarschall – en la medida en que sea para su uso personal o el de sus dependientes. Las propuestas siempre esgrimían el pretexto de «los regalos navideños» pero los nazis sabían que ese tráfico era continuo y que buena parte de los cargamentos tenían como destino el mercado negro.

Las órdenes de Hitler que Keitel trasmitió, acerca de la eliminación de controles al gigantesco bagallo transportado por los militares hacia Alemania, iban acompañadas por aumentos salariales: 50% para los que se encontraban en Polonia, Noruega y Holanda, 20% para los estacionados en Francia y Dinamarca, 25% para los de Bélgica. Esos aumentos tenían como propósito aumentar la capacidad de compra. Los soldados que actuaban como mulas fueron autorizados a usar correas, atados y bolsas y eximidos de «mantener una postura militar».

En julio de 1942, Hitler le dijo al Almirante Raeder «lo que los soldados traen a casa desde el Frente Oriental es un bono que beneficia a la patria». También señaló que un soldado en permiso debía ser considerado como el más simple e ideal medio de transporte y se le deben proporcionar cuantos víveres sea capaz de transportar consigo.

De este modo, en agosto de 1943, las compras privadas en Francia ocupada totalizaron 125 millones de RM, lo cual dependiendo de la equivalencia histórica empleada podría representar la friolera de entre 800 a 1.600 millones de dólares de hoy en día. El número de encomiendas enviadas desde Francia por medio del correo militar se quintuplicó entre setiembre y diciembre de ese año y se situó en un promedio de 3.100.000 paquetes por mes.

Una bibliotecaria de Hamburgo, Gertrud Seydelmann, escribió en su autobiografía «nosotros no sufrimos privaciones (…) nuestra comida, nuestra vestimenta, nuestro calzado, estaban asegurados. Nuestros hombres seguían trayendo carne, vino, telas, tabaco, desde los territorios ocupados». Tan tardíamente como en diciembre de 1944, el hermano de Seydelmann, que había recibido un permiso de último momento, fue capaz de traer a la casa un ganso, medio lechón y una gran porción de tocino.

El Alto Mando estimuló este furor de contrabando hormiga, contribuyó a degradar la moral de sus tropas y a comprometerlas en el pillaje porque promovía el mercado negro, el vaciamiento de los comercios, las estafas. La corrupción de soldados y oficiales devino en pillaje, robos violentos, extorsión y chantaje generalizado, especialmente en el Este, en Polonia, Bohemia y Moravia y particularmente en la URSS donde lo que se promovía no era solamente el robo sino el matar de hambre a la población civil y a los prisioneros.

En el frente germano-soviético, bajo las órdenes directas de sus oficiales, los miembros de la Wehrmacht cometieron incontables crímenes de lesa humanidad, asesinaron a judíos, gitanos, resistentes polacos y soviéticos y a millones de prisioneros de guerra desarmados que mataron de hambre. Lo que no pudieron llevarse para Alemania o comerse en el frente lo destruyeron, incendiaron o volaron con explosivos.

En general, cuando los militares empiezan a participar en actos de pillaje, bajo la forma de «botín de guerra», se produce una inevitable degradación moral acompañada por formas cada vez más organizadas de criminalidad y corrupción. El contrabando y el mercado negro asumieron proporciones fantásticas. A veces estas actividades eran desarrolladas por cierto espíritu aventurero pero por lo común la motivación era la codicia que acompañaba a los bienes robados o contrabandeados y que en esa forma contaminaba a sus familiares y comunidades en la patria chica.

Estos fenómenos no deberían resultarnos sorprendentes. Siempre que los ejércitos violan las leyes y se apoderan de bienes como botín de guerra, caen inevitablemente en formas de corrupción y desenfreno. Los perpetradores de delitos de lesa humanidad, también en Uruguay, Argentina, Chile o Brasil, cometieron actos de pillaje, robos y apropiaciones que beneficiaron a los jefes, a sus familiares directos y a sus amigos.

Esto creó redes de complicidad y encubrimiento, aquí como en el Tercer Reich. No se trata solamente de un fenómeno de degradación moral que mina la eficacia de una organización sino también de un efecto de encubrimiento de larga duración que alcanza a los privilegios incontrolados que se autoconfirieron. Lo último que suele descubrirse es que los torturadores, los asesinos y los que impartieron las órdenes, fueron también vulgares ladrones, mercachifles de bienes robados y usufructuarios de privilegios indebidos.

No fueron los militares los únicos contrabandistas y mercachifles. Muchas empresas alemanas se dedicaron al contrabando, encubrieron el tráfico bajo la denominación «material bélico de alta prioridad». Se trató de fenómenos complementarios del fantástico negocio que hicieron las grandes empresas del complejo industrial-militar, encabezados por IG Farben.

Actualmente existen documentos abundantes que muestran la criminalidad organizada que afectó a las fuerzas armadas alemanas. Se trata de los registros de la Abehrstelle Briefpost (ABP), la censura postal que examinaba cada pieza de correspondencia que se intercambiaba, entre soldados y sus corresponsales domésticos y también entre civiles, empresarios y empresas.

Los testimonios de la ABP sobre el mercado negro que organizaron en Ucrania los oficiales y soldados alemanes son alucinantes. El único interés, obsesivo en la gran mayoría de las cartas, es obtener ganancias comprando y vendiendo. Los trenes y aviones trasladaban cargamentos de deshechos, desde Alemania a Ucrania. Aparatos rotos, objetos inservibles, cerámica y adornos dañados, ropa vieja, zapatos destrozados, todo tipo de cosas en desuso que los guerreros arios pedían a sus familiares para cambiarlas o venderlas a los campesinos. Otros bienes, aún utilizables o bien falsificados, integraban los pedidos, como esmalte de uñas, lápiz labial, ropa interior usada, carteras, sacarina, polvo de hornear y cepillos de dientes, llegaban en millones de paquetes desde Alemania. En las cartas se reiteraba que Ucrania era el «mercado de las pulgas» de Alemania: la «pichiferia» en términos vulgares.

En las cartas que recibían los soldados, junto con el dinero y trastos viejos se reiteraba la misma consigna: compra lo que sea, no te preocupes por el dinero, todo servirá para ganar más aquí. Este comercio no se limitaba al trueque o al negocio en pequeña escala. Toneladas de sal, millones de docenas de huevos, miles de barriles de miel, cientos de miles de pieles ovinas, miles de pinturas y esculturas, muebles y espejos, alfombras y tapices, cientos de miles de aves de corral y de cerdos, millones de litros de vodka, se transportaron desde Ucrania en los casi tres años que duró la ocupación alemana.

Estas transacciones iban acompañadas de coimas y chantajes porque se hacía en medios oficiales. Trenes ferroviarios enteros fueron desviados hacia el Reich con intervención de compañías de transporte y ferroviarios corruptos. Los «contactos» preferidos para el tráfico en gran escala se encontraban entre el personal de la Luftwaffe y los ferroviarios. También surgió un servicio postal paralelo. Los «faisanes dorados» eran soldados que en lugar de cargar en sus espaldas jamones, manteca, telas y bebidas, llevaban sacas con miles y miles de cartas que después distribuían con ayuda de organismos locales, eludiendo así el control de la ABP.

La corrupción en el ejército se extendió a la población civil o interactuó con ella. Los familiares de los contrabandistas recibían alimentos y bienes en cantidades tan enormes  que debieron organizar depósitos clandestinos. Muchos viajaban al campo para esconder cientos de litros de aceite. Lo recibido también servía para sobornar y pagar coimas con el objeto de evitar que algún familiar fuera reclutado para el frente.

13 – Saqueo y aceleración del genocidio

Otro asunto importante al interior del Tercer Reich fue la necesidad de asistir a quienes habían sufrido pérdidas a causa de los bombardeos aliados. Ya en 1941, el Gauleiter de Hamburgo, Karl Kaufmann, refiriéndose a los grandes bombardeos de setiembre, se dirigió directamente al Fuehrer para que se evacuara a los judíos de la ciudad con el fin de darle su vivienda a quienes habían quedado sin techo.

En enero de 1942, durante la Conferencia de Wannsee [xxi], Heydrich destacó la importancia de apropiarse de las viviendas y los bienes de los deportados hacia los campos de exterminio para atender «situaciones sociales». En ese mismo mes, Alfred Rosenberg, ordenó confiscar definitivamente los efectos hogareños de los judíos y nombró para hacerlo al Director de la Cruz Roja Alemana, el barón Kurt von Behr[xxii].

El gobierno colaboracionista de Vichy, se dirigió reiteradamente a las autoridades alemanas para conseguir su tajada en el gigantesco operativo de despojo y apropiación que tuvo lugar en Francia. Los colaboracionistas no deseaban recuperar lo robado sino que se tuviese en cuenta que esos valores debían ser considerados como un aporte de Vichy a la lucha contra el comunismo y por ende deducidos de los gastos de ocupación que se habían comprometido a pagar a la Wehrmacht.

El 17 de noviembre de 1943, Rosenberg en su carácter de Ministro del Reich para los Territorios Ocupados del Este, informó personalmente a Hitler que la operación de requisa de mobiliario y enseres de 250.000 hogares judíos había conseguido que 47.000 de esos lotes fueran entregados a los jefes regionales para ser asignados a los perjudicados por los bombardeos. A fines de ese año se había obtenido casi un millón de metros cúbicos de mobiliario para cuyo traslado a Alemania se necesitaron más de 24.000 vagones de ferrocarril.

En Bélgica, von Behr y su banda confiscaron los enseres de 3.868 apartamentos de propiedad o arrendados por judíos. El contenido de 1.576 de los mismos fueron a parar a familias de ferroviarios; 500 fueron para las SS y muchos otros asignados como premio a oficiales y altos funcionarios cuyos nombres aparecen en los formularios de envío que se conservan.

A fines de febrero de 1943, la arianización de Praga dio como resultado 4.817 juegos de dormitorio, 3.907 muebles de cocina, 18.267 armarios y roperos,  25.460 sillones, 1.321.741 utensilios del hogar y de cocina, 778.195 libros, 34.568 pares de zapatos y 1.264.999 prendas de ropa. Todo estaba minuciosamente inventariado y guardado en grandes depósitos para su envío a Alemania.

La bibliotecaria Gertrud Seydelmann[xxiii] – citada por Goetz Aly – se refirió al efecto que produjeron los grandes cargamentos de bienes robados que llegaron a Hamburgo para ser subastados en los barrios populares. De repente aparecían amas de casa luciendo lujosos abrigos de piel, vendían café y alhajas y poseían magníficos muebles antiguos y alfombras de Holanda y Francia. Eran bienes robados a los judíos. Algunos de los lectores que concurrían a la biblioteca que atendía Gertrud le decían que se acercara al puerto donde se podía hacer pichinchas con poco dinero al subastar bienes lujosos. La bibliotecaria asegura que ella no quería esos bienes pero que, al negarse, debía tener cuidado porque estaba rodeada de gente codiciosa, especialmente mujeres que estaban enriqueciéndose con esos trapicheos, y no podía mostrar su repudio so pena de ser denunciada.

El 6 de agosto de 1942, Goering anunció la Operación Navidad, ordenando extraer el máximo de los territorios ocupados para que el pueblo alemán disfrutara de una navidad feliz. A principios de noviembre empezó una emisión de cartillas de racionamiento extraordinarias. El público respondió con gratitud. Los anuncios sobre un cupo extra de vino y licores fue muy bien recibido y, al decir de Goebbels se trataba de «estómagos llenos y corazones contentos».

Pero esa cascada de suministros no fue gratuita. Lo regalos se basaban en los presupuestos de ocupación que pagaban los países sometidos. Los alemanes que gozaron de esos privilegios también pagaron y contribuyeron a mantener contenida la inflación interna al drenar el exceso de capacidad de compra que existía en el Reich.

14 – Trabajo esclavo

Nadie sabe exactamente cuántos trabajadores forzados fueron conducidos al Tercer Reich. Las estimaciones oscilan entre 8 y 12 millones de seres. En 1944, el jurista Raphael Lemkin[xxiv], señaló que en lo fundamental, el trabajo forzado era una gigantesca estafa. Los países ocupados no solamente financiaron las exportaciones hacia Alemania sino que pagaban los salarios de su propia gente reclutada para trabajar en el Reich. Desde 1940, el Misterio de Economía y Finanzas utilizó cualquier pretexto para desviar el pago de los trabajadores extranjeros hacia la Tesorería del Reich.

Este fenómeno se dio en todos lados. En Italia, por ejemplo, cuando la Wehrmacht ocupó todo el norte del país en 1943, más de medio millón de prisioneros de guerra italianos (sus antiguos aliados) fueron llevados a Alemania como trabajadores forzados con la anuencia de Mussolini. Buena parte del salario de estos hombres nunca fue devuelto a Italia. Se conservó en Berlín «a disposición del gobierno italiano» (el Estado títere encabezado por Mussolini conocido como República de Saló).

El sistema de superexplotación y de sustitución de trabajadores alemanes por extranjeros, por prisioneros de guerra o presos de los campos de concentración llevaba en su propio seno la semilla de su fracaso. En general, el sistema desalentaba la productividad y deterioraba la fuerza de trabajo o la destruía en el caso de los trabajadores esclavos de los campos de concentración. También multiplicaba los actos de omisión deliberada y de sabotaje.

Los reclutadores  se debatían en contradicciones insolubles. En 1943, la Oficina Central de Seguridad del Reich (Reichssicherheitshauptamt RSHA) exigió que «todas las instancias de discriminación contra los trabajadores polacos debían ser evitadas por el momento». Los trabajadores forzados enrolados en los territorios de Polonia y la URSS eran sometidos a descuentos e impuestos confiscatorios. De un salario nominal de 40 RM por semana solamente les quedaban 10 RM, después de pagar por alimentos, vestimenta y alojamiento.

El sistema de cobrarle a los presos por las condiciones inhumanas de detención fue diseñado y perfeccionado por los economistas del Tercer Reich. Los carceleros de la dictadura uruguaya (1973-1985) no habían inventado nada.

Los promotores del trabajo esclavo eran monetaristas, como los neoliberales. Si en lugar de apelar a trabajadores forzados y esclavos se hubiera aumentado la participación de las mujeres alemanas y se hubiera ampliado el horario de trabajo, se abría introducido en la economía doméstica miles de millones de RM. Si se hubiera aumentado el poder adquisitivo en Alemania por esta vía se habría generado una sobre demanda sobre los bienes de consumo, habría aumentado la escasez y se habría desatado la temida inflación de tiempos de guerra y un mercado negro absolutamente incontrolable. Protegieron el mercado interno mediante un control del gasto público, la promoción del pillaje en el exterior y el despojo a los judíos.

Pocos documentos han sobrevivido para dar cuenta de la gigantesca estafa de salarios y beneficios a los trabajadores extranjeros y de la forma como eso se trasladó en favor de la población alemana. Aly utilizó como respaldo los datos sobre subsidios estatales a los programas de seguridad social entre 1938 y 1943.

15 – El oro de los muertos

En 1942, Walther Funk, el Presidente del Reichsbank, y Heinrich Himmler, el todopoderoso Reichsfuehrer SS acordaron que todo el oro, las piedras preciosas y divisas en efectivo de los que se despojaba a los exterminados en Belzec, Sobibor, Treblinka, Maidanek y Auschwitz sería entregado al banco que pagaría el oro y las gemas a precio de mercado y depositaría los fondos y las divisas en una cuenta especial bajo el nombre ficticio de Max Heiliger (Max el hombre santo).

Las coronas de oro arrancadas de la boca de los muertos (y también de los vivos), los anillos, medallas y monedas, debían tener ese destino pero los hombres de las SS solían robar parte de ese siniestro botín [xxv] que sirvió para financiar la fuga de criminales nazis después de la guerra y para montar lucrativos negocios en el extranjero [xxvi].

Los banqueros suizos le suministraron al Tercer Reich miles de millones de francos suizos que les permitieron comprar materias primas que necesitaban para la producción bélica. Los enormes beneficios que produjo esta operación han servido, después, para consolidar y aumentar el gran poderío helvético y para suministrar fondos secretos a los criminales de guerra y participar en operativos de la Guerra Fría. Los servicios secretos estadounidenses y británicos, que sabían de esas operaciones, documentaron la complicidad activa de los banqueros suizos (y de los marchantes de arte, agentes fiduciarios, joyeros y abogados), que manejaron para los nazis los despojos de las víctimas de los campos de exterminio.

Al mismo tiempo que el gobierno suizo se enriquecía con el producto de la rapiña hitleriana, expulsaba de sus fronteras a decenas de miles de refugiados judíos, que fueron a caer directamente en manos de los verdugos nazis.

Quienes visitaron los cinco pisos de la gran Librería Buchholz, sita en la Avenida Jiménez de Quesada y Carrera 8va, de Bogotá, ignoraban que su fundador, Karl Buchholz, la había establecido con el  producto del pillaje y comercialización de obras de arte para los nazis. Buchholz, había tenido una galería en Berlín en la década del 30 y con el ascenso de Hitler fue parte de un exclusivo grupo de cuatro marchantes, expresamente autorizados por Goering, Goebbels y Ribentropp para vender las obras de arte robadas y manejar las cuentas secretas en «países seguros». El marchante se hizo librero, tuvo una librería en Madrid y otra en Lisboa. En 1950 resolvió abandonar Lisboa, demasiado cercana a la escena de sus negocios turbios, y se radicó en Bogotá, reciclándose como mecenas y escritor. Falleció allí en 1989.

La técnica para vender los bienes de los judíos tenía su origen en los reglamentos jurisdiccionales establecidos por Goering en enero de 1939. Estos exigían que los judíos ofrecieran obligatoriamente en venta al gobierno oro, platino y joyas. El Ministerio de Economía se transformó en el centro de acumulación de esos bienes expoliados y contó con la ayuda de la Caja de Empeños de Berlín (en Alemania los préstamos pignoraticios los desarrollaban los municipios) que percibía una comisión del 10% pagadera por quienes eran obligados a vender.

Los relojes de oro, las armazones de anteojos, los gemelos y las plumas fuente se vendían a ciudadanos locales. Las alhajas de bajos kilates eran fundidas y las piedras preciosas eran enviadas al exterior para obtener divisas. Diamanten-Kontor e Idar-Oberstein eran empresas que se encargan de desengarzar las gemas y eventualmente de volver a lapidarlas para ofrecerlas en el extranjero.

Como se ha dicho, el mercado por excelencia para todo lo robado se encontraba en Suiza. Allí iban a parar las piedras preciosas, las pinturas, esculturas, tapices y antiguedades, libros raros y valiosos. Goering ordenó confiscar las colecciones de sellos para venderlas a filatelistas extranjeros. Los generales alemanes participaban alegremente en la siniestra repartija. En noviembre de 1943, en la Noruega ocupada, los generales Alois Windisch-Graetz, Eduard Dietl y Ferdinand Schoerner, recibieron 337 relojes de oro y alhajas para ponerlas en el árbol de navidad de sus subordinados como demostración del aprecio de sus jefes.

El 16 de noviembre de 1940, el Comandante en Jefe de la Wehrmacht, Mariscal Walther von Brauchitsch, decretó que la mayor prioridad en Bélgica era acelerar la remoción de judíos de la economía y que los bienes de los negocios judíos debían ser liquidados para favorecer a las tropas alemanas.

La Wehrmacht desarrolló otras técnicas para hacerse de botín rápidamente. Cuando los Aliados desembarcaron en Marruecos y Argelia, en noviembre de 1942, alemanes e italianos ocuparon territorios de la Francia de Vichy y Túnez. Inmediatamente, el OKW exigió a Vichy el pago de 3.000 millones de francos por mes «para proteger la colonia francesa». Apenas desembarcados arrestaron a Moise Borgel, el jefe de la colectividad judía tunecina y otros miembros destacados de la misma para extorsionarlos. Los dirigentes judíos fueron liberados porque suministraron miles de trabajadores tunecinos para la construcción de pistas e instalaciones para la Luftwaffe.

La colectividad tunecina también fue obligada a pagar 31 millones de francos para el mantenimiento de los trabajadores forzados magrebinos. El terror organizado contra los judíos tenía un claro aspecto financiero: debieron hipotecarse, vender propiedades  y garantizar préstamos bancarios en favor de los ocupantes alemanes.

En la Francia ocupada, tal vez más que en cualquier otro país europeo, los nazis utilizaron ampliamente el recurso de encomendar propiedades inmuebles confiscadas a apoderados franceses, colaboracionistas y nazis locales, que usufructuaron y saquearon hoteles, comercios, fábricas y edificios de apartamentos.

16 – Las técnicas perversas

No hay evidencia de que la deportación masiva de poblaciones hubiera disminuido el contrabando o el mercado negro como pretendía justificar la propaganda nazi. El hecho es que, contrariamente a lo que machacaban los nazis, los judíos no eran los promotores del mercado negro sino los mismos soldados alemanes que, como ya vimos, se lanzaban como langostas sobre los países ocupados y también las empresas, públicas o privadas, que participaban en él. Los alemanes destruyeron las economías convencionales en toda Europa y, al mismo tiempo, desarrollaron un gran interés en culpar a otros de los que ellos hicieron.

Esta tesitura permite comprender una serie de fenómenos de posguerra, cuando los nazis se esfumaron mágicamente en mayo de 1945, los criminales desaparecieron o se reciclaron sin mayores problemas y nadie afirmaba haberse enterado de nada aunque viviera a pocos kilómetros de los campos de exterminio, se hubiera beneficiado del trabajo esclavo o hubiera vivido gordo y lustroso en medio de millones de gentes sojuzgadas que se morían de hambre en torno a Alemania.

La obediencia debida fue la excusa universal de los responsables. La verdad era que, antes de efectuar la deportación de víctimas hacia los campos de concentración y de exterminio, los mandos militares (y no precisamente los de las SS) debían acordar dichas deportaciones y suministrar por lo común los medios de transporte necesarios. Lo hicieron sin plantear ni una mínima objeción, siquiera por tener falta de recursos o enfrentar otros requerimientos puramente militares. Lo hicieron no por puro antisemitismo o porque desearan eliminar los últimos recatos o grados de consciencia u honor militar en aras de una supuesta obediencia innata propia de soldados.

La oficialidad de la Wehrmacht participó en forma diligente en la deportación de millones de personas porque esas deportaciones y la eliminación de esos seres humanos servía a sus propios intereses. Nada más y nada menos.

Los historiadores – dice Aly – suelen debatir acerca del grado de responsabilidad individual de los soldados alemanes en los asesinatos y crímenes de lesa humanidad cometidos durante la guerra. Sin embargo – reclama – deberían identificar los factores estructurales, más allá de la ideología racista y la prédica del odio, que llevaron a que la Wehrmacht se comprometiera directamente en la erradicación de los judíos europeos, en la opresión sangrienta a otros pueblos, en el asesinato de prisioneros desarmados, en las violaciones y torturas de seres indefensos.

Los registros históricos demuestran cómo las políticas de depuración racial (etnische Entflechtung) y el saqueo de alimentos y otros bienes, aceleraron la llamada Solución Final. La propaganda incesante del nazismo, en el sentido que los judíos eran el «enemigo interno», promovía la pasividad de la población alemana hacia el despojo y el asesinato masivo que nadie ignoraba.

Aly insiste en agregar un nuevo factor a los citados antes (que son los corrientes en la historiografía del Holocausto): los mandos militares alemanes en el frente de combate tenían tanto interés en derrotar al enemigo que tenían enfrente como en expoliar a los países ocupados. La motivación no fue únicamente la codicia personal (que indudablemente existió) sino una decisión profesional de los altos mandos para desarrollar una guerra de agresión de tal modo que los costos gigantescos de la misma y las penurias de la población alemana no afectara la estrategia militar y la moral de sus tropas y del frente interno.

A partir de una visión superficial y guiándose por los pocos registros alemanes que datan del periodo bélico (1939-1945) parecería que los recursos materiales provenientes de la arianización de la economía hubieran sido escasos: no más del 5% del total de los ingresos del Tercer Reich. Sin embargo, como en cualquier análisis presupuestal, ya sea en un Estado democrático, en el mundo empresarial o bajo una dictadura, la cuestión más debatida es quien soportará la mayor carga y también hasta donde pueden estirarse las finanzas en tiempos de crisis.

Los economistas del Tercer Reich insistieron en que los costos de la guerra no debían ser financiados con créditos más allá de un 50%. Por ende, bajo esta «regla fiscal» cada punto porcentual de los ingresos contaba por dos: su propio valor y ese valor contra el aumento del límite de crédito que se habían fijado. Los ingresos «extraordinarios», muchas veces encubiertos con triquiñuelas contables, le permitieron el régimen aliviar los efectos de la crisis financiera y evitar la aplicación de medidas impopulares como el aumento de impuestos sobre las bebidas o el recorte en los salarios militares.

Otro aspecto importante de la campaña de expolio de fondos – provenientes de la arianización de la economía, de los «costos de ocupación» y «reparaciones» y del saqueo liso y llano de los bancos centrales y el robo del oro de los países sojuzgados – fue el apogeo decisivo de este fenómeno en el periodo comprendido entre junio de 1942 y julio/agosto de 1943. Ese fue el punto de inflexión de la SGM. En diciembre de 1941, en la carretera de Volokolamsk y a las puertas de Moscú, todo el mundo se dio cuenta que los soviéticos no serían derrotados pero todavía no se podía pronosticar que los alemanes no podrían vencer.

En 1942, la ofensiva de la Wehrmacht fue concebida para alcanzar el Cáucaso, llegar hasta la Mesopotamia y cortar el Canal de Suez, al tiempo de apoderarse de grandes yacimientos petrolíferos. 1943 empezó con el desastre en Stalingrado y la ofensiva de verano de ese año fue el último intento de la Wehrmacht por recuperar la iniciativa estratégica: se saldó con el fracaso en la Batalla de Kursk y ahí el OKW supo que los alemanes no podrían ganar la guerra.

En ese lapso 1942/1943 el Tercer Reich debió exprimir todos sus recursos. Los fondos necesarios provinieron de Serbia, Grecia, Francia, Holanda, Bélgica, Polonia y la misma Alemania. Los bienes de los judíos europeos cubrieron buena parte de esos costos. Lo mismo sucedió en sus aliados, Croacia, Eslovaquia, Romanía y Bulgaria. La arianización debe ser considerada como parte crucial de la movilización bélica del Tercer Reich, introdujo recursos muy considerables e hizo que el régimen no tuviera que sobre explotar a sus ciudadanos. Esas inyecciones alentaron la estabilidad del frente interno en Alemania y la voluntad de colaboración en las elites de los territorios ocupados, lo que permitió absorber, hasta cierto punto, las pérdidas por los desastres militares que enfrentaba el OKW (Stalingrado, Norte de África, Kursk).

El recurso que emplearon los economistas del Tercer Reich para aparentar que no se estaban violando los acuerdos de La Haya (1899 y 1907) que prohibían el despojo de la población civil, consistía en convertir a los judíos expropiados en tenedores forzosos de bonos del tesoro. Los judíos se transformaron en acreedores del Reich y los economistas sabían que no los volverían a ver jamás porque habían sido enviados a los campos de exterminio. El eufemismo que usaban era que los tenedores de bonos «habían sido trasladados a territorios ocupados en Europa del este». Estos expertos tenían un marcado interés en el genocidio porque la eliminación de los acreedores liquidaba las deudas.

No en todos los países se dio la misma relación entre la colocación de bonos y el asesinato de sus tenedores. En Francia, Romanía y Bulgaria, intervinieron consideraciones políticas locales, el curso de la guerra y la acción de organizaciones y de individuos que se prestaron a ayudar a los perseguidos. En muchos casos esto entorpeció la marcha del genocidio.

Los historiadores que han investigado las dimensiones legales y morales de la arianización por lo general han ignorado la técnica financiera utilizada por Alemania desde 1936, que consistía en financiar los objetivos militares mediante la desviación de inversiones privadas hacia los bonos del tesoro. Este «punto ciego» resulta muy conveniente para eludir la exposición de semejantes actos. Los nazis siempre se las vieron difíciles para esconder los beneficios materiales de su fantástico pillaje. Durante la guerra la información acerca de la conversión de bienes judíos y confiscados estaba prohibida y las cifras se mantuvieron en secreto, en muchos casos hasta la actualidad.

La propaganda nazi matrizó la idea de que la persecución de los judíos y otros enemigos del régimen tenía una motivación exclusivamente ideológica. Las víctimas indefensas de los robos y asesinatos eran tratadas como enemigos cuyas vidas carecían de valor. Los nazis no habían inventado nada porque esa fue la técnica empleada invariablemente por las potencias colonialistas (Gran Bretaña, Francia, Holanda, Bélgica, España, Portugal, Alemania y Estados Unidos) que la habían practicado durante siglos. Paradojalmente sería imposible comprender la política colonialista y racista que practica actualmente Israel si no se toman  en cuenta estos antecedentes técnicos.

En 1943, el OKW preparó una lista con 19 temas que podrían causar inquietud en la tropa para que los oficiales dieran respuestas concluyentes sobre esos asuntos. La lista contenía la pregunta «¿Hemos ido demasiado lejos con la cuestión judía?». La respuesta que ofrecía el texto era: «Pregunta incorrecta. El principio básico del nacionalsocialismo y su visión del mundo son indiscutibles». Los historiadores no deberían confundir la propaganda con los hechos concretos, advierte Aly a sus colegas.

17 – Los frutos del mal

Después de la guerra, ambos Estados alemanes – la RFA y la RDA – debieron enfrentar las demandas por reparaciones y restituciones. Los expertos legales de ambos Estados aludieron muchas veces a que el despojo de los judíos europeos no era producto del accionar de las autoridades nazis sino de los gobiernos y administraciones de los países ocupados. Algo de verdad había en eso porque la mayor parte de lo robado cambió de manos en los mismos países donde se produjo el despojo. Con esos argumentos, los tribunales alemanes rechazaron decenas de miles de reclamos originados fuera de sus fronteras.

El sistema de expoliación estaba diseñado para beneficiar a todos los alemanes. No era igualitario pero de hecho no solamente los funcionarios nazis sino un alto porcentaje de la población se benefició con dinero y alimentos que fueron pagados con oro y divisas robadas. El Holocausto no podrá ser debidamente comprendido hasta que se lo vea como la más tenaz campaña de pillaje y muerte de la historia contemporánea.

En términos de la totalidad de los ingresos de guerra, internos y externos, los alemanes de ingresos bajos y medios (60 millones de personas) no aportaron más del 10% del total y los alemanes de las clases más favorecidas aportaron un 20%. Los extranjeros, los trabajadores forzados y los judíos, aportaron el 70% de los recursos consumidos entre 1939 y 1945.

La mayoría de los alemanes obtuvo beneficios de las políticas nazis que hacían énfasis en raza y clase. Esto combinado con el sentimiento de superioridad racial, el nacionalismo y el aventurerismo de tipo colonial/imperialista le proporcionaron al régimen un sólido apoyo hasta el final de la contienda. Los intereses individuales suprimieron cualquier reconocimiento acerca de la naturaleza criminal del nazismo.

La generación que vivió bajo el Tercer Reich – que la biología naturalmente ha retirado del escenario – mantuvo por esa misma razón una simpatía poco disimulada por el nazismo, especialmente en la RFA donde se mimetizó inmediatamente con el anticomunismo y el derechismo  de las elites funcionales que sobrevivieron cómodamente al hitlerismo y prosperaron durante la Guerra Fría [xxvii].

Ian Kershaw, como joven historiador que se había especializado en historia contemporánea alemana, estudió el idioma y llegó en la década de 1960 a hacer trabajo de campo en Alemania. Se sorprendió al principio cuando sus interlocutores, al saber que era inglés, invariablemente le decían que sus compatriotas se habían equivocado pues si Alemania e Inglaterra se hubieran unido habrían dominado a todo el mundo y reivindicaban con nostalgia a Hitler como el paladín de ese futuro maravilloso.

Los ingresos de guerra, hasta agosto de 1944, cubrieron la mitad de los gastos bélicos. La otra mitad fue financiada con créditos (dentro del límite autoimpuesto que ya vimos, el 50%). Estos créditos fueron obtenidos en el mercado bancario alemán [xxviii] y sobre todo en el de los países conquistados. Al contraerlos, los expertos del Ministerio de Economía y Finanzas, partían de la base que Alemania ganaría la guerra y fijaría las condiciones de repago. El sistema siguió funcionando hasta 1945 aunque los economistas sabían que la guerra estaba perdida especularon con que jamás tendrían que cumplir con los repagos.

El secreto del sistema radicaba en que las transacciones eran, aparentemente, voluntarias. En enero de 1940, la prensa alemana recibió la orden de no mencionar la posibilidad de un «corralito» (un congelamiento de las cuentas de ahorro) y cualquier medida de este tipo fue rechazada por los dirigentes nazis que las consideraban completamente equivocadas y prácticamente inviables.

El Gauleiter Kaufmann de Hamburgo, en un télex dirigido al Reichsfuhrer Bormann, el 10 de febrero de 1942, señalaba que el trabajador alemán debía ser mantenido bajo la impresión de que no estaba siendo restringido en su capacidad para hacer lo que quisiera con su ingreso salarial y que el Estado no tenía intención de quitarle nada.

Cuarenta millones de cuentas e ahorro y otras inversiones fueron convertidas en bonos del tesoro. El dinero fue gastado en la guerra y por lo tanto literalmente destruido. En los países ocupados, las instituciones financieras fueron empapeladas con bonos alemanes y sus mercados monetarios sometidos completamente a las necesidades financieras del Tercer Reich.

El agujero negro de los créditos de guerra se volvió inmenso. Para 1945, el Tercer Reich había acumulado 110.000 millones de RM en deuda a los bancos alemanes; 54.000 millones se debían a las cajas de ahorro; 25.000 millones a las compañías de seguros y 33.000 millones se incluían como «obligaciones a compensar» (en clearing) que eran préstamos que el Reich pensaba descargar en los países ocupados y aliados en caso de ganar la guerra. Al perderla se produjo el default por 224.000 millones de RM, aproximadamente equivalentes a  1.792.000 millones de dólares estadounidenses (billones en sentido estricto) de la actualidad.

Pero esto no era todo. El resto de las obligaciones del Tercer Reich consistía en lo que los economistas llaman «deudas en descubierto» o en sobregiro, un eufemismo para aludir a obligaciones pagadas mediante la emisión de más papel moneda, recurso al cual la Tesorería apeló a la desesperada y crecientemente sobre el final de la guerra.

Los manejos financieros del Tercer Reich eran el equivalente monetario de la guerra relámpago (Blitzkrieg). La única salida era una victoria rápida. A diferencia de lo que sucedió durante la PGM, Emil Puhl [xxix], vicepresidente del Reichsbank advertía, en 1942, que la estrategia financiera de Alemania entrañaba un grave «punto de riesgo» al haber comprado y pagado transfiriendo hacia el fin de la guerra el problema monetario que causaría la limitación del poder de consumo.

Solamente una victoria total y aplastante podría permitir a los nazis satisfacer la demanda interna de los consumidores y al mismo tiempo pagar algunas deudas. Cuando Puhl hacía esas reflexiones, la Wehrmacht enfrentaba el desastre de Stalingrado y la perspectiva de una victoria total empezaba a esfumarse. De este modo, cuanto más duraba la guerra, más se aplicaba el Tercer Reich a su campaña de saqueo y pillaje y más brutal e inhumano se volvía el trato hacia sus víctimas.

La unidad del pueblo alemán detrás de la dirigencia nazi era una ilusión incapaz de enfrentar los desafíos reales que la Wehrmacht estaba sufriendo. Si la dictadura de Hitler fue una «dictadura de consenso» hay que señalar que dicho consentimiento no estaba apoyado en la convicción ideológica de la mayoría de los alemanes. El consentimiento fue comprado y pagado mediante un sistemático soborno a través de pagos y servicios cuyo costo fue descargado en los extranjeros. Recién después de concluida la guerra, quienes aceptaron sobornos debieron enfrentar los costos aunque no las responsabilidades.

La desconfianza entre el régimen y los ciudadanos empezó a aparecer, por primera vez, en la segunda mitad de 1943. Por ejemplo, en ese entonces el volumen de ahorros de la población cayó después de años de crecimiento sostenido. Más adelante, los bancos empezaron a reflejar el descontento de sus clientes. En agosto de 1944, en las semanas anteriores a la liberación de París,  cuando los soviéticos habían aplastado al Grupo de Ejércitos Centro y el golpe de mano de von Stauffenberg había fracasado, la confianza en el liderazgo nazi empezó a caer abruptamente.

Como suele suceder, los alemanes más pudientes anticiparon esa pérdida de confianza. Mientras que entre los menos privilegiados el escepticismo se desarrolló hacia el fin de la guerra. A partir de la segunda mitad del conflicto, la violencia estatal y el papel de la Gestapo se transformó en un medio importante de control interno. En 16.000 sentencias de muerte proferidas por tribunales alemanes contra civiles durante la guerra, 15.000 se produjeron a partir de fines de diciembre de 1941.

En cuanto a los militares, por ejemplo, en la División de Infantería 253 – que combatió en Francia y Bélgica y desde junio de 1941 hasta 1945 en el frente germano-soviético –  solamente 18 soldados fueron pasados por las armas durante toda la guerra; hasta 1942 no hubo condenas capitales, en 1943 los fusilados fueron ocho; seis en 1944 y cuatro en 1945 cuando la división había sido reducida a un simple grupo de combate (Kampsfgruppe).

Los nazis planteaban visiones grandiosas para el futuro pero sus dirigentes, empezando por el propio Hitler, pensaban en términos de supervivencia cotidiana. Ocasionalmente hubo diferencias entre la dirigencia nazi y sus economistas. Por ejemplo, tratándose de la velocidad y profundidad del saqueo de los países ocupados, los funcionarios del Ministerio de Economía preferían ordeñar la vaca por un tiempo mientras que los dirigentes nazis querían enviarla rápidamente al matadero.

Otras diferencias fueron insignificantes. En 1940, los altos funcionarios del Ministerio de Alimentación y Agricultura del Reich, propusieron prohibir la tenencia domiciliaria de mascotas que no cumplieran un fin práctico (por ejemplo un gato en el galpón) aduciendo que la comida ahorrada alimentaría a miles de personas. Hitler vetó la idea porque temía que los alemanes la consideraran emocionalmente inaceptable. Unos años antes había autorizado e impulsado la eutanasia forzosa de discapacitados e infanto juveniles – vidas carentes de valor –  por el llamado Aktion T-4 que levantó ciertas protestas entre familiares de los eliminados. Sin embargo, la medida se aplicó a los judíos a los que se les prohibió tener perros, gatos y aves.

Los nazis no transformaron a la mayoría de los alemanes en fanáticos convencidos de ser parte de una raza superior, En lugar de eso tuvieron éxito en transformarlos en parásitos bien alimentados. Un número importante de ciudadanos fue presa de una especie de fiebre del oro, en la convicción de que el futuro sería un tiempo de gran prosperidad. En la medida en que el Estado se transformó en una gigantesca máquina destinada a saquear a otros pueblos, la mayoría de los alemanes se volvieron beneficiarios inescrupulosos y receptores pasivos de sobornos.

El nazismo no derivaba su fuerza exclusiva o primordialmente de un adoctrinamiento ideológico. A pesar del estado de temor desatado contra los enemigos del régimen, el sistema toleraba notorias diferencias de opinión y políticas entre los líderes y los especialistas profesionales. El resultado fue denominado por Aly como una «tensión dinámica». Sin la influencia correctiva de los especialistas, los funcionarios políticos se habrían metido en crisis financieras fatales a causa de la devaluación de la moneda y las deudas crecientes.

Si los dirigentes no hubiesen permitido aplicar medidas prácticas para los asuntos puntuales, el régimen habría perdido apoyo de masas. La cooperación entre expertos y jefes políticos permitió mantener el equilibrio. El potencial destructivo del nazismo se desarrolló sobre la cooperación de ambos elementos. Ninguno hubiera sido capaz de funcionar por sí solo.

Los nazis no transformaron a la mayoría de los alemanes en fanáticos convencidos de ser parte de una raza superior, En lugar de eso tuvieron éxito en transformarlos en parásitos bien alimentados. Un número importante de ciudadanos fue presa de una especie de fiebre del oro, en la convicción de que el futuro sería un tiempo de gran prosperidad. En la medida en que el Estado se transformó en una gigantesca máquina destinada a saquear a otros pueblos, la mayoría de los alemanes se volvieron beneficiarios inescrupulosos y receptores pasivos de sobornos.

En abril de 1945, como oficial británico de origen judeoalemán, Julius Posener (1904-1996)[xxx], visitó su antiguo vecindario en la bombardeada ciudad de Colonia. Venía de combatir en Italia donde, en el crudo invierno de 1944/45, los napolitanos morían de hambre en las calles por centenares. Posener observó que la guerra había sido relativamente benigna en Francia. Él había sido arquitecto en su vida civil y se encontraba preparado para encontrarse con ciudades en ruinas. Cuando visitó Colonia y otras ciudades alemanas, aunque la destrucción estaba de acuerdo con lo que esperaba, le sorprendió la apariencia de la gente. Se veían bien, felices y rozagantes, bien alimentados y muy bien vestidos. Un sistema económico que había sido sostenido por millones de trabajadores extranjeros y esclavos exhibía ante Posener lo que había conseguido.

Por el Lic. Fernando Britos V.

Notas

[i] Ian Kershaw (n. 29/4/1943) es un historiador inglés cuyo tabajo se ha enfocado principalmente en la historia social de la Alemania del siglo XX. Es reconocido como uno de los más grandes expertos mundiales en la Alemania nazi y particularmente por sus notables biografías de Adolf Hitler. Fue el principal discípulo del eximio historiador alemán Martín Broszat (1926-1989) que hasta su jubilación fue profesor titular de la Universidad de Sheffield. Kershaw a dicho que Broszat fue su mentor e inspirador de su comprensión profunda de la Alemania nazi. Kershaw estudió alemán e hizo trabajo de campo en Alemania durante años desde la década de 1960 y su obra es de capital importancia. Además se ha destacado como asesor científico de documentales de la BBC ( «Los nazis:una advertencia desde la historia» y «Guerra del siglo») en los que expuso el módulo «Alemanes contra Hitler». El libro clave que hemos utilizado en este trabajo es: Kershaw, Ian (2017) The Nazi Dictatorship. Problems and Perspectives of Interpretation. Bloomsbury, Londres.

[ii] IG Farbenindustrie AG fue un conglomerado de compañías químicas fundado el 25 de diciembre de 1925 como una fusión de  BASF, Bayer, Hoechst, Agfa y varias más. Inicialmente, muchas de estas empresas producían colorantes pero pronto comenzaron a investigar otras áreas y establecieron un cuasi monopolio sobre la producción química. Al terminar la Segunda Guerra Mundial los Aliados decidieron disolver el conglomerado debido al trabajo esclavo que utilizaron. 

En realidad IG Farben nunca se terminó de disolver y se mantuvo gracias a sus posesiones en inmuebles. En 2001 IG Farben anunció que terminaría de ser liquidada en 2003 pero esta empresa gigante no ha terminado de desaparecer: sigue litigando en juicios con sus antiguos trabajadores esclavos, que exigen ser compensados. Desde 2012 se mantiene como una corporación «en liquidación».

De los 24 directivos de IG Farben acusados en el denominado Juicio a la IG Farben (1947-1948) ante un tribunal militar norteamericano (en los llamados Juicios de Nuremberg), 13 fueron sentenciados a entre uno y ocho años de prisión. Algunos de los acusados y condenados en este juicio se convirtieron en dirigentes de las empresas de posguerra en la RFA. Las principales sucesoras de IG Farben en la actualidad son Agfa, Bayer, BASF, Hoechst (ahora parte de Sanofi) y Pelikan (que suministraba la tinta con la que se tatuaba a los prisioneros). Estas empresas heredaron todas las propiedades de IG Farben pero se las arreglaron para eludir las responsabilidades penales.

[iii] Hjalmar Schacht (1877 – 1970) fue un economista y banquero que jugó un papel clave en la economía del Tercer Reich. Fue Presidente del Reichsbank durante la República de Weimar, siguió siéndolo con Hitler hasta 1939 y Ministro de Economía entre 1934 y 1937. A pesar de sus diferencias con Goering, que llevaron a su remoción del Reichsbank, siguió siendo un influyente ministro sin cartera hasta enero de 1943 (declarado miembro honorario del NSDAP). En 1944 fue detenido por la Gestapo y mantenido como un prisionero VIP por las SS hasta el 30 de abril de 1945. Fue juzgado en Nuremberg y absuelto de todo cargo a pesar de la objeción de la URSS. Después un tribunal de “desnazificación” lo condenó a ocho años de trabajos forzados pero apeló y no llegó a cumplir condena ni un sólo día. En 1955 fundó un banco en Dûsseldorf y se dedicó a asesorar a países en desarrollo en materia de políticas económicas.

[iv] El Uruguay vivió manifestaciones de esta tendencia de las empresas alemanas. La construcción de la Represa del Rincón del Bonete, sobre el Río Negro, se llevó a cabo a partir de un llamado a licitación. El 23 de diciembre de 1936, se presentaron dos ofertas; Skoda (checoeslovaca) y un consorcio alemán. La diferencia de precio era muy grande a favor de la segunda, la cual preveía un convenio comercial con Alemania para el pago de la obra con productos del país (carne, lanas, cueros, minerales) por casi la mitad del monto total. El contrato fue adjudicado al consorcio de las empresas Siemens Schuckertwerke A.G. (Berlin-Siemensstadt), Allgemeine Elektricitats Gesellschaft (Berlin N.W. 40), Geopé Compañía General de Obras Públicas (filial alemana en Buenos Aires), Siemens Bauunion G.m.b H. Kom. Ges (Berlin Siemensstadt) y J.M. Voith (Heidenheim Branz). El consorcio alemán ofreció que los pagos establecidos en moneda extranjera (casi dos millones y medio de libras esterlinas), se efectuaran al 40% mediante exportaciones de carne, lana y cueros. Los empresarios alemanes no se andaban con chiquitas. El 7 de diciembre de 1936, el vuelo de correo aéreo de Air France desapareció cruzando el Atlántico. Nadie sobrevivió. El hidroavión cuatrimotor Croix du Sud, su tripulación, al mando del célebre piloto francés Jean Mermoz, y las sacas de correo aéreo, entre las cuales se encontraba la propuesta inglesa para la licitación de la Obra del Río Negro (Metropolitan-Vickers para las turbinas e English Electric para los generadores) nunca llegaron a Montevideo. Años más tarde se dijo que el vuelo de Air France habría sido saboteado en Dakar para asegurar que la licitación fuese ganada por el Consorcio alemán.

[v] El Plan Cuatrienal incluía una serie de medidas económicas bajo el mando de Hermannn Goering como plenipotenciario, con jurisdicción sobre varios ministerios tales como el Ministerio de Economía, Ministerio de Defensa y el Ministerio de Alimentación y Agricultura. También incluía entidades tales como la Organización Todt y concretaba la unificación de las SS con la policía alemana, incluyendo la Gestapo, y poniendo todo bajo el mando de Heinrich Himmler.

[vi] El escándalo Blomberg-Fritsch fue el nombre que recibieron dos eventos, a principios de 1938, que provocaron la renuncia de Werner von Blomberg, ministro de Guerra, y de Werner von Fritsch, comandante en jefe del ejército. Blomberg y Fritsch se vieron obligados a renunciar, debido, en el caso del primero, a su matrimonio con una ex prostituta y, en el segundo, a una presunta relación homosexual.

[vii] Entre 1972 y 1974 1972 Radkau escribió junto con George W.F. Hallgarten una sinopsis de la industria alemana y la política (Deutsche Industrie und Politik von Bismarck bis heute. Frankfurt/Köln 1974).

[viii] La arianización (Arisierung) fue la expulsión forzosa de judíos de la vida empresarial. Implicó la transferencia de la propiedad judía a manos “arias”. El proceso comenzó en 1933 con transferencias forzosas de propiedades judías y terminó con el Holocausto. En general, se han identificado dos fases: una primera fase en la que el robo a víctimas judías se ocultó bajo un barniz de legalidad, y una segunda fase, en la que la propiedad fue abiertamente confiscada. En ambos casos, la arianización correspondió a la política nazi y fue definida, apoyada y aplicada por la burocracia legal y financiera de Alemania. Sin perjuicio de que se volverá sobre el ausnto más adelante, se estima que antes de 1933 los judíos poseían 100.000 negocios en Alemania. En 1938, los boicots, la intimidación, las ventas forzadas y las restricciones a las profesiones habían obligado a los judíos a abandonar la vida económica. Según Yad Vashem, “de las 50.000 tiendas de propiedad judía que existían en 1933, sólo quedaban 9.000 en 1938”. Michael Bazyler sostiene que “el Holocausto fue tanto el mayor asesinato como el mayor robo de la historia”; entre 350.000 y 400.000 millones de dólares estadounidenses, al cambio de 2010, fueron expropiados a los judíos europeos.

[ix] La Orden sobre las demoliciones en el territorio del Reich (Befehl betreffend Zerstörungsmaßnahmen im Reichsgebiet), abreviada posteriormente como “Orden Nerón”, fue una de las normas que los nazis utilizaron para la táctica de tierra arrasada al final de la SGM en territorio alemán. El objetivo perseguido con la inutilización de las infraestructuras era impedir el avance de las unidades militares enemigas. Sus disposiciones, o bien no fueron ejecutadas a propósito o bien fueron simplemente imposibles de cumplir en el caos de los últimos días de la guerra. La Orden fue firmada por Hitler el 19 de marzo de 1945. Se considera que el pretendido objetivo militar de esta norma era simplemente una excusa, ya que Hitler había llegado a la conclusión de que el pueblo alemán había perdido su derecho a la existencia al haber sido derrotado por “las gentes del Este” y ahora debía resignarse, afrontar las consecuencias y hundirse junto con su régimen.

[x] Adam J. Tooze (N. 5/7/1967) es un historiador británico, profesor de la Universidad de Columbia y director del Instituto Europeo. Antes trabajó en Cambridge y Yale. La obra citada ahora es: Tooze, Adam (2008) The Wages of Destruction. The Making and Breaking of the Nazi Economy. Penguin Books, Londres.

[xi] El darwinismo social es una teoría pseudocientífica que pretende aplicar los principios de la evolución al desarrollo de la sociedad. De acuerdo con este enfoque, la supervivencia del más apto o la selección natural es visible cuando las sociedades compiten entre sí para prevalecer. Esta teoría surgió a mediados del siglo XIX a partir de las especulaciones de Herbert Spencer, que se apoyó a su vez en Malthus y Lamarck. Tomó caprichosamente elementos de la teoría de Darwin para proclamar “la lucha por la vida y la supervivencia del más fuerte”. El darwinismo social ha conducido a la eugenesia y al racismo.

[xii] Ya en 1932 los directores de la I.G. Farben, Büttefish y Gattineau, se habían reunido con Hitler y este les prometió, que si llegaba al poder apoyaría su producción y les garantizaría la compra y un precio mínimo. Consiguientemente en 1933 la IG Farben obtuvo el monopolio que aseguraba el suministro total de combuible sintético a las fuerzas armadas alemanas. Al inicio de la Segunda Guerra Mundial ya había siete plantas de hidratación, tres a punto de comenzar a producir y dos más en construcción: desde 1936 las de Böhlen y de Magdeburg (con asfalto de turba), la de Scholven (con carbón de piedra); en 1937 la de Bottrop-Welheim (con asfalto de coke); en 1939 en Gelsenberg (con carbón de piedra); en 1940, la de Lutzkendorf (con residuos de petróleo) y la de Zeitz (con asfalto de turba); en 1941, en Wesseling (con turba). En 1943 producían nafta y gasoil sintéticos en 12 plantas de hidratación que cubrían casi en su totalidad la demanda del ejército y eran la única fuente de nafta de alto octanaje para la Luftwaffe. En 1944 había 15 plantas de hidratación en producción que fueron bombardeadas por los Aliados. En 1945, la producción de aquellos combustibles, cristalinos como el agua y que olían distinto que los refinados de petróleo, se redujo mucho pero no se interrumpió.

[xiii]Tiger I es el nombre por el que se suele conocer un tanque pesado alemán desarrollado en principio en 1941 y usado en la SGM hasta la aparición del Tiger II. Su última designación oficial alemana fue Panzekampfwagen Tiger Ausf.E (‘vehículo de combate blindado Tigre variante E’). El apodo del tanque fue puesto por Ferdinand Porsche (el mismo del Volkswagen).

[xiv] Götz Haydar Aly (Heidelberg, 1947) es doctor en ciencia política e historia y periodista. Sus temas de interés son la eutanasia, el holocausto, la política económica del nazismo y el antisemitismo de los silglos XIX y XX. Al principio su tema de investigación fue la historia del Holocausto. El detonante fue una amplia investigación sobre la eutanasia durante el Tercer Reich que se llevó a cabo en Hamburgo en 1981. En 1991 publicó junto con Susanne Heim el libro Vordenker der Vernichtung, donde consideran que el origen del Holocausto se debió a motivos demográficos y económicos. En torno a este libro se desencadenó un debate, que se vio reflejado especialmente en la antología, también publicada en 1991, editada por Wolfgang Schneider, Vernichtungspolitik.

Su obra de 1995 Endlösung, donde incluye al Holocausto dentro de las políticas de reasentamiento de los nazis utiliza fuentes nuevas y fue bien aceptada por autores como Hans Mommsen y Raul Hilberg. En 2005, con Hitlers Volksstaat , volvió a generar polémica en círculos especializados. Esta es precisamente la que incluimos en la bibliografía de este trabajo – en la edición en inglés del 2006 – Aly, Goetz , Hitler’s Beneficiaries. Plunder, Racial War and the Nazi Welfare State; Holt Paperback, Nueva York.

Entre los años 2002 y 2010 fue uno de los editores de la obra en 16 volúmenes Die Verfolgung und Ermordung der europäischen Juden durch das nationalsozialistische Deutschland 1933–1945. En su libro de 2011 Warum die Deutschen? Warum die Juden? sostiene que el motivo central del Holocausto fue la envidia social que tenían los alemanes a los judíos, que comenzó con la industrialización en el siglo XIX. En el año 2013 se publicó Die Belasteten, donde describe el asesinato por los nazis («eutanasia forzosa») de cerca de 200.000 personas como un «secreto públicamente conocido». Señaló tanto los comportamientos de los médicos, para los que esas muertes eran rutina terapéutica, como los objetivos reformistas por lo que esas muertes se habían llevado a cabo. Actualmente es profesor invitado en el Instituto Fritz Bauer de Frankfurt, donde ocupa un puesto de investigación interdisciplinaria sobre la Shoah. Entre muchas otras distinciones, ha recibido el prestigioso premio literario Heinrich-Mann y el premio Marion-Samuel, concedido a autores que con sus escritos contribuyen a luchar contra el olvido y la relativización de los crímenes nazis.

Bibliogafía de Goetz Aly en español : ¿Por qué los alemanes? ¿Por qué los judíos? – 2015 – Editorial Crítica. Los que sobraban – 2014 – Editorial Crítica. ¿Por qué los alemanes? ¿Por qué los judíos? – 2012 – Editorial Crítica . La utopía nazi – 2006 – Editorial Crítica.

[xv]Cfr. Finchelstein, Federico ( 1999) Los Alemanes, el Holocausto y la Culpa Colectiva. El Debate Goldhagen. Ed. Eudeba, Buenos Aires. (incluye importantes capítulos escritos por Christopher Browning, Hans Mommsen, Roger Chartier, Raul Hilberg y Jurgen Habermas, entre otros).

[xvi] Calcular la equivalencia de los Reichsmark a precios actuales no es tarea fácil. Los economistas alemanes consiguieron mantener relativamente estable la moneda durante el periodo 1936 a 1945. Los cálculos de los especialistas para establecer una paridad entre los RM de aquella época y el dólar estadounidense en el año 2015 indican que por cada marco deberían considerarse entre 7 y 8 dólares. Ahora si se considera el patrón oro de 1941, el RM equivaldría a unos 13,5 dólares del 2015 y si el patrón es la plata esa relación aumenta a 18 dls. por RM. Conviene tener en cuenta que el ingreso promedio , en 1939, era en Alemania de 200 RM mensuales y las pensiones remontaban a 40 RM por mes.

[xvii] Sobre este tema específico Cfr. Leal Carretero, Fernando (2003) «Economistas bajo la esvástica». En: Revista Internacional de Sociología (RIS) Tercera época; Nº 35 , Mayo-Agosto 2003, PP, 201-220. Asequible en:  https://core.ac.uk/download/pdf/235392384.pdf

[xviii] Gustav Schlotterer (1906-1989), fue el joven economista estrella de las SS. En setiembre de 1939 – por ejemplo – envió un instructivo super secreto al Departamento de Divisas Extranjeras del Ministerio de Economía para que las inversiones alemanas en el exterior fueran protegidas a toda costa. Se refería especialmente a ocultar las inversiones de IG Farben en los Estados Unidos donde la empresa alemana era socia de la Standard Oil. Como Director del Ministerio de Economía para los territorios del Este fue el artífice del saqueo nazi (se le consideraba gran especialista). Intervino también en la administraciń de campos de concentraión.  Al terminar la guerra fue interrogado en los Juicios de Nuremberg (el llamado Juicio de Wilhelmstrasse o del servicio exterior) pero no fue condenado. Después desapareció en el anonimato y lo único que se supo es que trabajó como gerente de la industria siderúrgica en Dusseldorf. 

[xix] El Tribunal del Imperio (Reichsgericht) fue el Tribunal Supremo en materia civil y penal desde 1879 hasta 1945. Su origen se halla en el conjunto de leyes orgánicas y procesales en materia judicial que, aprobadas en 1877 (Reichsjustizgesetze), entraron en vigor el 1º de enero de 1879. Con sede en Leipzig, el Tribunal Imperial creó un extenso y completo cuerpo jurisprudencial durante el periodo guillermino y el subsiguiente de la República de Weimar. Cuando Hitler alcanzó el poder, el tribunal no fue ajeno a la imperante ideología nazi y dictó resoluciones sobre personalidad jurídica, familia, régimen matrimonial y obligaciones claramente racistas, antes aún de la promulgación de las mencionadas Leyes de Nuremberg. De hecho dio justificación jurídica a los crímenes del nazismo. Cuando la la capitulación incondicional de Alemania, en mayo de 1945, el Tribunal del Imperio fue disuelto por los Aliados. El último presidente, Erwin Bumke, se suicidó en Leipzig antes de la llegada del ejército estadounidense. En agosto de 1945 fueron arrestados por los soviéticos treinta y siete jueces, más de un tercio del total, y encarcelados en los calabozos del propio Tribunal.

[xx] Heinrich Theodor Böll ( 1917 – 1985) fue figura emblemática de la literatura alemana de posguerra, también llamada «literatura de escombros». En 1972 le fue concedido el Premio Nobel de Literatura. La Academia Sueca destacó que «por su combinación de una amplia perspectiva sobre su tiempo y una habilidad sensible en la caracterización ha contribuido a la renovación de la literatura alemana». Al margen de su gran obra literaria, la correspondencia que Boll mantuvo con su familia proporciona testimonios acerca de la permanente preocupación de los soldados por hacer compras y envíos a los suyos. Boll luchó en Polonia, Francia, Romanía, Hungría y la Unión Soviética.

[xxi] La Conferencia de Wannsee fue la reunión de un grupo de representantes civiles, policiales y militares del gobierno de la Alemania nazi sobre la «solución final de la cuestión judía» (Endlösung der Judenfrage). Los acuerdos adoptados condujeron al Holocausto. La conferencia se llevó a cabo el 20/1/1942, bajo la dirección de Reinhard Heydrich, en la villa Gross Wannsee número 20, situada junto al lago del mismo nombre, al suroeste de Berlín.

[xxii]  Kurt von Behr integraba el Einstatzstab Rosenberg en Francia, encargado del robo y comercialización de obras de arte y antiguedades. Era coronel de las SS y en abril de 1945 se suicidó junto con su esposa inglesa tomando champaña con cianuro. Para conocer los intermediarios y agentes del saqueo de obras de arte se puede consultar «Los nombres del saqueo», asequible en: https://www.connectas.org/arte-robado-por-los-nazis/los-nombres-del-saqueo.html

[xxiii]  Seydelmann, Gertrud (1996)  Gefährdete Balance: Ein Leben in Hamburg 1936-1945. Junius, Berlín. (Equilibrio peligroso: la vida en Hamburgo 1936-1945)

[xxiv]   Raphael Lemkin (1900 – 1959) fue un abogado polaco de ascendencia judía conocido por haber acuñado el término «genocidio» en 1944 y por ser el promotor de la Convención para la Prevención del Genocidio de las Naciones Unidas (1948).

[xxv]   Sobre la actividad de los dentistas nazis, se encuentra información actualizada en : http://medicinayholocausto.blogspot.com/2013/02/los-dentistas-en-la-alemania-nazi-su.html

[xxvi] Jean Ziegler (nacido en Suiza en 1934) fue Relator Especial de Naciones Unidas para el Derecho a la Alimentación entre 2000 y 2008. Actualmente es vicepresidente del Comité Asesor del Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas. Es profesor de sociología en la Universidad de Ginebra y en la Sorbona en París. Su obra clave, aunque no la única, fue traducida al español. Cfr. Ziegler, Jean (1997) El oro nazi. La historia de la connivencia de la gran Banca suiza y el Tercer Reich. Planeta, Barcelona.

[xxvii]   Es interesante comprobar como esas influencias configuraron los sentimientos y expectativas tanto en Alemania como en el Japón de la posguerra. Hay ensayos, discutibles por cierto, sobre este tema. Cfr. Buruma, Ian (2011) El precio de la culpa. Cómo Alemania y Japón se han enfrentado a su pasado. Duomo, Barcelona.

[xxviii]  A partir de 1936, los bancos y cajas de ahorro, las sociedades de capitalización, las institucoones crediticias, las compañías de seguros y los fondos de pensión, se transformaron de forma gradual e imperceptible en reservorios de capital estatal. No se opusieron a absorber crecientes cantidades de bonos del tesoro en sus carteras. De hecho hacían inversiones de largo plazo con los ahorros de sus clientes que, en su mayoría, eran de corto plazo.

[xxix] Emil Johann Rudolf Puhl (1889 – 1962) fue, además, el principal responsable del oro robado por los nazis, tanto en los países ocupados como a las víctimas de los más de mil campos de concentración y exterminio que operaron las SS. Puhl fue enjuiciado en uno de los útimos Juicios de Nuremberg, el llamado Juicio de los Ministerios (enero de 1948 a abril de 1949). Acusado de crímenes de guerra y de lesa humanidad salió bien librado con una sentencia a cinco años de cárcel  que ni siquiera cumplió en su totalidad. 

[xxx]   Julius Posener fue un crítico e historiador de la arquitectura, autor y catedrático alemán. Provino de un hogar judío-burgués, hijo del pintor Moritz Posener y de la hija de un empresario inmobiliario. Sus padres fueron aficionados a la arquitectura progresista. Julius estudió arquitectura, entre 1923 y 1929, en la Universidad Técnica de Berlín. Después trabajó en el estudio de Erich Mendelsohn. Durante un tiempo vivió en París, adonde había huido tras el ascenso de Hitler al poder. En 1935 emigró a Palestina. En 1941 se alistó voluntariamente en el ejército británico y en 1946 recibió la ciudadanía británica. Después de la guerra enseñó en Londres y a partir de 1956 en Kuala Lumpur. En 1961 aceptó ser profesor de historia de la arquitectura en la Berliner Hochschule für Bildende Künste (desde 1975 Universidad de las Artes de Berlín) y enseñó allí hasta 1971. Describió su vida en sus memorias Fast so alt wie das Jahrhundert y Heimliche Erinnerungen. In Deutschland 1904–1933.

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