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CINE | “Mano de obra”: La obscena desigualdad social

La obscena desigualdad social, las más perversas diferencias de clase y la corrupción generalizada en una sociedad radicalmente asimétrica son los tres ejes temáticos de “Mano de obra”, el primer largometraje del joven  realizador David Zonana, otro cineasta exponente del nuevo cine mexicano comprometido con una realidad realmente perversa.

 Este film, que cosechó dos premios Ariel, galardón que otorga la Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas, incursiona en las habitualmente tensas relaciones entre el capital y el trabajo, representados por dos clases sociales antagónicas.

La propuesta, con las obvias diferencias temáticas del caso, sigue la línea estratégica de “Nuevo orden” (2020), el potente drama político de Michel Franco, e indaga en las indignantes asimetrías de una sociedad asentada sobre el statu quo de una poderosa oligarquía que detenta el poder real- que es naturalmente el poder económico entre bambalinas- y plagada de pobreza, miseria e ignorancia.

La otra referencia en el cine azteca, aunque por supuesto no tan análoga, es, sin dudas, la recordada y oscarizada “Roma” (2018), el magistral fresco social del aclamado creador Alfonso Cuarón, que revelada las tensiones de clase subyacentes en la sociedad del país, a través de la relación entre una familia pequeño burguesa y su personal doméstico de etnia indígena.

En ese contexto, “Mano de obra “plantea –sin ambages- la siempre urticante temática de la inequidad desde variadas dimensiones, que van desde la despiadada explotación de la fuerza de trabajo por parte del capital a la rebelión, a menudo pasiva y sin violencia- de una clase obrera únicamente movilizada por su mero instinto de supervivencia.

Como lo explicita el propio título de este largometraje, aquí los trabajadores-que son peones de la construcción- son realmente eso: mera mano de obra barata o fuerza de trabajo.

Aunque el planteo pueda parecer radical, eso es lo que sucede en los modelos de capitalismo más salvaje y despiadado, donde, como hace cientos de años, el empresariado exprime sin piedad a sus trabajadores a cambio de salarios de hambre.

Ni que hablar de las condiciones de trabajo, que en los países donde la legislación laboral no es muy estricta y el Estado no cumple con su rol regulador por acción o deliberada omisión, suelen ser realmente inhumanas.

En tal sentido este film, desde el comienzo, resulta contundente, aunque renuncie a todo propósito melodramático o livianamente lacrimógeno, como sí sucede en las telenovelas que proceden de México y suelen invadir la programación de los canales de televisión privados.

En buena medida, la primera escena anticipa las tensiones que se avecinan, cuando, en una obra en construcción, un grupo de peones asiste –sin singular estupor- a la impactante caída de un compañero, quien se precipita al vacío desde un piso alto. Se trata de una vivienda suntuosa, que será ocupada por uno de los tantos oligarcas depositarios que detentan la mayor porción de la renta en este país latinoamericano.

Pese a que es rápidamente atendido por sus compañeros, el infortunado hombre pierde la vida, transformándose en una nueva víctima de la imprevisión, de las precarias condiciones de trabajo y de la absoluta falta de controles de un Estado omiso en el cumplimiento de sus obligaciones.

Naturalmente, nuestra primera reflexión está naturalmente relacionada con la sanción y promulgación, durante el segundo gobierno del Frente Amplio,  de la ley Nº 19.196, que consagra la eventual responsabilidad penal de los empresarios en la hipótesis de un accidente de trabajo.

Aunque la norma establece un marco legal que otorga garantía a todas las partes, no fue sancionada en el ámbito legislativo por la derecha y fue resistida por las cámaras empresariales.

La vigencia de este instrumento legal detuvo el aumento exponencial de accidentes de trabajo -muchos de ellos mortales o bien invalidantes- y constituyó un auténtico salto cualitativo en materia de derechos para la clase trabajadora.

Empero, esta legislación, que es por supuesto de avanzada, no existe en todas las denominadas naciones periféricas, donde los trabajadores que desempeñan labores de alto riesgo, además de padecer el habitual abuso de las patronales, no gozan ni siquiera de seguridad en el ámbito laboral.

En este caso concreto, la familia del damnificado no recibe ninguna indemnización, pese a que la viuda está embarazada y no cuenta con ingresos económicos para sustentarse ni sustentar la manutención de su futuro hijo.

Incluso, el dictamen forense- que es naturalmente adulterado- revela que la víctima estaba alcoholizada en horas de trabajo, pese a que es evidente que no padecía dicha adicción.

En ese contexto, el protagonista de esta historia es Francisco (Luis Alberti), el hermano del obrero muerto, quien asume la compulsiva necesidad de tomar venganza contra el propietario de la lujosa mansión donde se registró la tragedia.

Como posee la llave de este palacete que está en obras, el hombre –quien reside en una precaria vivienda que se llueve como a la intemperie- no duda en usufructuar en secreto sus confortables instalaciones y hasta en bañarse en el sauna de su patrón. En ese ambiente, se siente un rey, como si, por arte de magia, hubiera cambiado súbitamente de clase social.

La operación se completa con el asesinato del propietario y con la expropiación compulsiva de la lujosa vivienda por parte de Francisco, que tiene espacio para albergar a una auténtica multitud. Obviamente, el lugar se colma de obreros con sus familias, en una suerte de experiencia de vivienda comunitaria.

Empero, las previsibles tensiones generadas entre los habitantes de ese inmueble sin dueño compartido en muchos casos por personas desalojadas, desembocan en situaciones singularmente conflictivas y hasta inmorales.

“Mano de obra” es una película de impronta explícitamente testimonial, que revela, mediante una áspera austeridad y un realismo rayano en la crudeza, las miserias de una sociedad contaminada por la más rampante desigualdad social y por una corrupción institucionalizada.

El film, que en su mayoría es protagonizado por auténticos obreros de la construcción que más que actuar viven su propia cotidianidad, revela los abusos y excesos de la clase oligárquico-patronal que detenta el poder real en México, aunque el país esté hoy gobernado por un partido de centro-izquierda que debe lidiar con pesadas rémoras del pasado.

 

Por Hugo Acevedo
Periodista y crítico literario

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