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Inmigración hondureña a Estados Unidos: “La gente ha comido. Ahora debe seguir su camino”

–Hoy (miércoles 27) ya no hubo mucha gente. Va bajando al cauce normal: 20 o 25 personas por día. No 70, como tuvimos la semana pasada. Reprimida por el ejército y la policía, la caravana de inmigrantes que venía de Honduras se desmembró. La gente se ha ido dispersando.

Converso por Whatsapp, desde Costa Rica, con el padre Paco (Francisco Ortega, 77, de Granada, Andalucía). Dirige la Casa del Migrante, una institución de la iglesia Católica en el Petén, a unos 450 km al norte de la ciudad de Guatemala y a unos 65 km de Tikal, en la Reserva de la biosfera maya. La casa está en Santa Elena, cabecera departamental del Petén.

–La pastoral social de la iglesia descubrió, hace tiempo, que esta era una ruta de paso de migrantes centroamericanos, principalmente de hondureños en busca de su “sueño americano”, cuenta el padre Paco. “Iban a la pastoral a pedir ayuda y la pastoral empezó a pensar en construir una casa de atención de inmigrantes. En septiembre del 2016 se abrió esta casa, construida en un terreno de la iglesia y sufragada por Acnur.

Experiencia jodida
“Llevamos cuatro años funcionando y el flujo de personas es cada vez mayor, sobretodo de hondureños. De cada cien personas, por lo menos 90, o 95, son hondureños. Raramente pasa un salvadoreño, o un nicaragüense. Y naturalmente, ningún costarricense. También hay muchos migrantes guatemaltecos, pero no salen por aquí.

“Mi experiencia aquí es, a veces, jodida. “No todo son cosas buenas. Pasan muchos jóvenes creados en la calle, sin padre, ni madre… Hay que comprender que no siempre vienen con una disciplina para aceptar las reglas de la casa.

Gilberto Lopes diáloga con Juan Galdames, migrante hondureño.
La gente nunca para de hacer viajes… 
Son casi las siete y media de la mañana. Yo estoy en San José. Juan Galdames no. Ha dejado su tierra, su casa, su familia, una mujer y dos hijos pequeños. Está en la Casa del Migrante, en el Petén guatemalteco. No lejos de la extraordinaria ciudadela maya de Tikal. –Vengo de Honduras, del departamento de Santa Bárbara, cuenta Galdames… Ingrese aquí para leer la entrevista completa.

Comenzamos a conversar el martes 26. Volvimos a hablar el día siguiente. Hoy –dice el padre, el martes– “nos hemos levantado con 32 inmigrantes dentro de la casa.

Nos levantamos a las seis de la mañana.

A las siete desayunamos: dos huevos revueltos y frijol ‘parado’ (entero, unos frijoles muy ricos), con dos tortillas y café.
“La gente ha comido y ya saben que deben seguir su camino. Solo pueden estar aquí una noche. Normalmente tenían dos noches, pero ahora es solo una. Estamos recibiendo el influjo de la caravana que se lanzó a la calle en San Pedro Sula el 15 de enero pasado. Viene mucha gente.

“La mayoría son hombres jóvenes. Pero hoy había siete mujeres, con algún niño pequeño también. Son ya las nueve de la mañana y han salido para El Ceibo, en la frontera de México. Son unos 170 km desde aquí, unas tres horas y media en carro. “Ellos salen pidiendo ‘jalón’ o caminando. Con el inconveniente de que
van a encontrar retenes militares y de la policía en el camino y los militares están demasiado agresivos. Como que la caravana multitudinaria hubiese agitado el nido de las avispas y ahora salen a picar.

“Yo se los recuerdo y les digo que den la vuelta y no pasen por los retenes, que los eviten. Ahí, lo mejor que les puede pasar es que solo les saquen dinero. Se aprovechan de que no tienen papeles y les piden plata para dejarlos pasar. Entonces es mejor no pasar por delante, dar la vuelta y tratar de seguir su camino”.

En su tierra están mal
El terreno hacia la frontera es el de una sabana, con potreros con pocos árboles. Pero también está la sierra de Lacandón, de montañas bajas.
–Al llegar a México no les conviene seguir por carreteras, que están muy vigiladas, dice el padre.
“Esta mañana había uno que logró pasar a México, pero de ahí lo devolvieron y ya iba de regreso, camino a Honduras. El gobierno mexicano los tira a territorio guatemalteco, a ver qué hacen y empieza el vía crucis a la inversa. Y vuelven aquí. Se paran un día o dos. Están sin dinero, salen a ‘charolear’, a pedir limosna en los semáforos.

“En su tierra están mal, pero si deciden regresar es porque a donde llegaron las condiciones no eran mejores que en su casa. Hay algunos
que lo perdieron todo, sobretodo con los dos huracanes Eta e Ilota, el año pasado. “Hoy ha salido uno de aquí, de vuelta a Honduras. Bien triste, frustrado, porque el ‘sueño americano’ (que no es ningún sueño) se les esfuma entre los dedos, se les hace agua. El intento que estaba haciendo para mejorar su vida resultó fallido.

“Se les nota una tristeza porque no han podido sacar adelante el sueño de alcanzar una mejor vida. Pero dicen que van a volver… y volver… y volver…
“Otros vuelven para arriba, son duros, hacen un tercer, o cuarto intento, para seguir adelante. Ya unos han pasado por aquí tres o cuatro veces. Pero algunos deciden volver. Más vale lo conocido que mucho por conocer”.

Los pararon a palos
“He ido a la frontera otras veces, pero ahora no he llegado hasta allá. Mi trabajo está aquí, en Santa Elena.
“He visto en estos días grupos de muchachos caminando. Esta caravana que acaba de entrar al país la pararon a palos. Se vieron las imágenes de la gente corriendo, pisoteándose entre los mismos inmigrantes, ante la agresión de las fuerzas de seguridad, que seguían las directrices del gobierno de turno.

“La frontera ha estado muy difícil de cruzar. Según cuentan, están supervigiladas. Les digo a los que salen de aquí. Han metido ahí a cientos de soldados, de policías en la misma frontera. ¡Una barbaridad!

No quieren dejar pasar a nadie, a las órdenes del mal recordado Donald Trump”.

Nos quebramos la cabeza

padre Francisco Ortega

De Andalucía, el padre Paco vive en Guatemala hace 42 años. Hace cuatro a cargo de esta casa, en el Petén. Nos habla de su vocación.
–Yo estoy aquí por que soy un hombre de fe, creo en el proyecto de Jesús, que nos marcó un camino de servicio, de entrega a los más necesitados. Lo que hagas por estos pequeños a mí me lo estás haciendo, dijo. “Lo mejor que se puede hacer es estar del lado de los marginados, de los necesitados. A mi edad se me ofreció la oportunidad de encargarme de esta casa. Estoy aquí desde que se abrió, en septiembre del 2016, hace ya cuatro años. Esto da sentido a mi vida.

“Guatemala, de los 42 años que llevo por acá, está fatal. Está peor que cuando se inició el conflicto armado. Las causas que motivaron el conflicto, justificadas en aquel momento, han vuelto. Pero el sistema neoliberal, capitalista salvaje, que se está imponiendo en todo el mundo, hoy ya no permite condiciones para rebelarse, ni exigir derechos. La gente está aplastada, callada. “Guatemala va por mal camino. Aunque con menos conocimiento de causa, podría decir lo mismo de Honduras. La prueba es que, de Guatemala, salen bastantes más migrantes para Estados Unidos que de Honduras. Pero no pasan por aquí. Salen por Tecún Umán (en la costa del Pacífico). “Firmaron acuerdos de paz y luego se burlaron de estos acuerdos. Siguen gobernando en Guatemala los mismo militares que siempre han tenido el poder, los mismos millonarios, que se pueden reducir a ocho familias, a ocho apellidos. Son ellos los que ponen las condiciones. El bien común es como una espuma, se diluye, se la lleva el viento. “Guatemala está mal. He luchado porque esta situación cambie y sin embargo veo que no, que no, que no… Topamos contra un muro muy fuerte y nos quebramos la cabeza. Solo saben acallar a la gente con la fuerza de las armas”.

 

Por Gilberto Lopes
Escritor y politólogo, desde Costa Rica para La ONDA digital (gclopes1948@gmail.com)

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