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Juan Galdames, migrante hondureño: La gente nunca para de hacer viaje

Son casi las siete y media de la mañana. Yo estoy en San José. Juan Galdames no. Ha dejado su tierra, su casa, su familia, una mujer y dos hijos pequeños. Está en la Casa del Migrante, en el Petén guatemalteco.

No lejos de la extraordinaria ciudadela maya de Tikal. Vengo de Honduras

–Vengo de Honduras, del departamento de Santa Bárbara, cuenta Galdames.

He andado por la zona. En otra época, sobre todo en los años de la guerra en Centroamérica. En el siglo pasado (ahora, casi todo lo que recuerdo fue en el siglo pasado). Pero no recuerdo Santa Bárbara.

Quizás estuve ahí también. La busco en el mapa. Una ciudad modesta, enclavada entre montañas suaves, al sur de San Pedro Sula, la capital industrial de Honduras.
Vea el mapa: al oeste, casi en la frontera con Guatemala, a unos 170 km de Santa Bárbara, están las ruinas de Copán. Un lugar extraordinario. Como Tikal, fue abandonada por sus habitantes mucho antes de la llegada de los conquistadores españoles. No se sabía bien por qué; pero no he acompañado los estudios sobre el tema. Es probable que hoy se tenga alguna idea más clara. O quizás no.

A Copán fui tres veces; la primera, en 1976. Después volví.Está casi en la frontera. Se cruza a Guatemala por la frontera de Florido. Si no recuerdo mal, cruzando un pequeño río. Pero de eso hace mucho años…

Unos cien kilómetros al sur está la ciudad de Esquipulas. Ahí se firmó, en 1986, un acuerdo para poner fin a los conflictos de entonces en Centroamérica. Estaban los presidentes de los cinco países: Guatemala, Honduras, El Salvador, Nicaragua y Costa Rica. Yo estuve ahí. Se firmó en medio de la guerra que la administración norteamericana de Ronald Reagan promovía en Centroamérica. Contra el régimen sandinista de Managua.

Centroamérica era entonces un punto caliente de la política mundial.

Faltaban solo tres años para el derrumbe del socialismo en los países del este europeo y la caída del muro de Berlín. Había periodistas de todas
partes. Fue entonces cuando, de nuevo, pasé por Copán.

Viajaba solo, en carro. No dejaba de ser una aventura. Pero nada, naturalmente, que ver con la del hondureño Juan Galdames. Salí de Honduras el domingo
–Tengo 35 años, me dice. Hablamos por Whatsapp. Hoy es miércoles. Hace tres días que partió de Santa Bárbara. Hablamos y nos vemos. Podemos mirarnos a los ojos.

Moreno, recio, sin dejar de sonreír. Una sonrisa algo triste (me parecía), desesperanzada. Pero resuelta.
–Tengo señora y dos hijos, chicos todavía. Una niña, la menor, Heidy Carolina, tiene cuatro; el otro es varoncito, Esmin Alexander. Va a cumplir siete años este 7 de febrero. Trabajé mucho en guardia de seguridad. “Salí de Honduras el domingo 24. Yo salí solito, pero en el camino hay muchos grupos de gente con las que uno se acompaña. Me ha costado mucho porque aquí, en Guatemala, está dura la migración, la policía y todo.
“De hecho me regresaron llegando a un lugar que llaman Poptún (unos cien kilómetros antes de llegar a la Casa del Migrante, en Santa Elena).
Pero me regresé, porque no tengo nada en Honduras, nada que darle a mi familia allá. Reuní los requisitos que me pedían: una prueba de Covid y un permiso para entrar, y volví”.

–La situación en Honduras, hace años que no está nada fácil, dice Galdames.
“Los gobiernos están muy mal, se están enriqueciendo ellos solos. No están del lado de la gente pobre. A la gente pobre la deja de otro lado.
Solo ven el beneficio de ellos.

“Vez que no hay empleo y si hay empleo no le dan derechos laborales, nada. Los salarios son muy bajos, no le reconocen un derecho laboral”.

Todo es un riesgo
“Voy a entrar a México. Todo es un riesgo, es como aventurar (ya está a 175 km de la ciudad fronteriza guatemalteca de El Ceibo). “Pero hay mucha gente que sí pasa. Gente que ha estado a punto de morir de hambre, o en manos de delincuentes, o en el tren, donde los agarran. Es muy difícil, no es cualquier cosa.
“Lo que tengo en la mira es algún día entrar en Estados Unidos, eso es lo que llevamos todos en la mente.

“Trabajar, hacer sus cosas, ayudar a la familia, darles estudios, medicinas, hacerles su casita, tener lo más importante que uno quiere.

Tener sus ahorros. Eso es lo que uno piensa.
“¡En el país de uno no puede! ¡Jamás! ¡No va a alcanzar nada de todo
esto!”

–Es la segunda vez que intento irme, explica Galdames. “La primera fue en febrero del año pasado. Pero la migración de México me deportó. Le toman a uno sus datos, lo tienen detenido en una estación migratoria, de ahí llaman al consulado. Ellos ponen transporte, comida y todo y nos devuelven a Honduras”.

Seguimos camino
–Hoy seguimos camino, me dice, ya a punto de terminar la conversación. “De hecho algunos compañeros ya han salido. La gente nunca para de hacer viaje, de irse. En el camino nos conocemos. Vamos a intentar una y otra vez. Las veces que sea necesario”.

Le pregunto cómo viaja, si a pie, en bus, ¿cómo?
–Pasan días enteros que camino, afirma. Si escasea el dinero “lo dejamos para agua y algo de comer, en vez de gastar en transporte”.

–¿Cuándo piensa llegar?
–¿Eso? ¡El tiempo lo dirá!
Le deseo suerte. Ahora escribo, tomando un café. Y pensando en cómo le irá al hondureño Juan Galdames en los caminos de Centroamérica…

Hace unas tres horas que partió hacia la frontera con México. ¿Le estará yendo bien?

 

Por Gilberto Lopes
Escritor y politólogo, desde Costa Rica para La ONDA digital (gclopes1948@gmail.com)

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