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Escena tragicómica de democracia fallida

Que una horda de miles de fanáticos hubiese copado el corazón del poder, en la capital del país que se jacta de ser el más grandioso del planeta, es extraño pero no sorprendente. Sobre todo en los países que han sufrido, directa o indirectamente, los atropellos del imperialismo estadounidense.

Lo que se sabe cada vez con mayor claridad es que las fuerzas oscuras que han patrocinado todos los golpes de Estado, entrenado a los perpetradores de crímenes de lesa humanidad e invadido países, ahora han estallado en la cara de un pueblo que se creía inmune a esas barbaries.

Un espectáculo mundial – Como siempre ha sucedido nada hay espontáneo en estos episodios. Se trata de una acción sobre la que, hace unos pocos años, nadie se imaginaba que llegarían a existir miles de videos, de fotos, de selfies. Es lo que hoy se puede ver y lo que no se pudo ver con tantas imágenes en la madrugada del 27 de junio de 1973, en el Palacio Legislativo de Montevideo, o el 11 de setiembre del mismo año, en La Moneda, en Santiago de Chile.

El impacto simbólico del acto fue ahora filmado – en muchos casos por los propios copadores – y la evidencia rompe los ojos. Ahora hay miles de imágenes que nos recuerdan la conocida foto de los generales felones recorriendo el Salón de los Pasos Perdidos cuando el golpe de Estado. Nada espontáneo: los que debían custodiar el palacio de las leyes lo tomaron por asalto, con premeditación y alevosía, en medio de las sombras.

El copamiento del Capitolio en Washington fue el resultado de la incitación a la violencia y la retórica del odio desarrollada por Trump y sus secuaces, llevadas a cabo durante cuatro años desde la Presidencia de los EUA. Que los copadores hayan sido lo que los estadounidenses consideran «basura blanca» (white trash), es incidental.

Se trata de activistas lumpenizados y sospechosamente eufóricos provenientes de todos los puntos del país, bien conocidos por el FBI por integrar grupos ultra derechistas como el llamado Tea Party, QAnon, Proud Boys, el Ku Kux Klan, neonazis y una cantidad de los racistas llamados supremacistas blancos. Muchos de ellos tienen una actuación intensa como trolls en las campañas de odio desarrolladas en las redes sociales.

La bandera amarilla con la serpiente del Tea Party, la confederada de los esclavistas en la guerra civil estadounidense, las del país con el rostro de Trump en el medio, son parte del gigantesco negocio de venta de camisetas, gorros, estandartes, máscaras y cartelería que caracteriza la propaganda en los EUA. También hay una feria paralela de venta de armas, alcohol y drogas que son parte del clima electoral en la fallida democracia estadounidense.

Benévolos e indignados – No hay que engañarse, la mayoría de los políticos, los analistas y los periodistas, los «formadores de opinión», no son vírgenes violadas. Saben que las conspiraciones y asonadas, los asaltos y bloqueos, los secuestros y torturas, los golpes de Estado, son un recurso habitual y constante en la política exterior de los Estados Unidos.

El copamiento no debería haberlos tomado por sorpresa. Lo que sucede es que aún entre buena parte de los opositores a Trump existe cierto espíritu conciliador hacia la violencia, la xenofobia y el odio como instrumentos de la política. Eso si, siempre que se ejerzan contra otras naciones.

Nancy Pelosi la parlamentaria jefa de bancada del Partido Demócrata, una tenaz opositora al Presidente Trump, había proclamado hace unos meses, que las manifestaciones anti gubernamentales en Hong Kong «eran una hermosa imagen para recordar».

Ted Cruz – el senador que actuó como punta de lanza para impugnar las elecciones – difundió un mensaje diciendo que Ben Sicknick, el policía fallecido al ser golpeado en la cabeza por los derechistas, era «un verdadero héroe» y fue muy criticado  porque se le considera uno de los instigadores del asalto.

Matt Gaetz, un conocido miembro del Partido Republicano, lanzó la versión de que los asaltantes del miércoles eran izquierdistas disfrazados de trumpistas para causar problemas. Sostenía que en uno de los selfies tomados por los copadores aparecía un individuo con una hoz y un martillo tatuado en su mano. El bolazo duró muy poco, era ostensible que dicho tatuaje era un símbolo del videojuego «Dishonored».

Con escasas excepciones, los políticos y los periodistas estadounidenses han tenido un extraordinario grado de tolerancia hacia los violentos, racistas y fanáticos religiosos. Los zombies que asaltaron el parlamento son la punta de un iceberg conformado por la ignorancia, la credulidad, la soberbia y la estupidez que se ha cultivado en sectores muy importantes de la población estadounidense. No en vano setenta millones votaron por un personaje demencial y fanfarrón como Donald Trump. Las consignas predilectas que corearon en el Capitolio eran «Biden pedófilo» y «Trump es un enviado de Dios».

Sirvientes del poder oscuro – La clave más preocupante se encuentra en el grado de corrupción política y penetración operativa que han alcanzado las ideas de odio y discriminación entre las fuerzas presuntamente encargadas de defender los derechos de la ciudadanía: la policía y la justicia.

La vicepresidenta electa Kamala Harris dijo lo obvio: en estos días se ha visto dos tipos de justicia en acción: la que reprimió con violencia, gases y balas de goma, a manifestantes pacíficos durante las protestas por el asesinato de George Floyd y la que actuó tibiamente en el asalto al parlamento.

Bajo la consigna Black Lives Matter (la vida de los negros importa) cientos de movilizaciones se produjeron en todo el país; contra ellos se desplegó la Guardia Nacional, una especie de policía militarizada armada a guerra, cuyo objetivo es reprimir a la población.

La Harris no se refería al Poder Judicial sino a la acción del Poder Ejecutivo. En cuanto al primero está por verse que harán para someter a la justicia a los copadores que causaron daños importantes, vandalizaron el edificio del parlamento, robaron y destruyeron equipos y se llevaron tranquilamente trofeos voluminosos (todo esto puede verse en cientos de videos y fotos).

La gran mayoría de los invasores fue identificada y los fiscales cuentan con abundante evidencia. Muy tardíamente la policía ha pedido ayuda al público para identificar asaltantes que no fueron detenidos. Ahora se dice que hay un centenar de procesados por el asalto.

El Fiscal de Washington D.C. declaró que estaban comenzando a trabajar «con los cocodrilos que están más cerca del bote» pero que está dispuesto a proceder «contra todos los que actuaron y no solamente contra los que se introdujeron en el edificio».

Los instigadores difícilmente enfrenten cargos y la mayoría de los invasores saldrán librados con penas mínimas a una libertad condicional cuya fianza será rápidamente pagada por las poderosas organizaciones derechistas. Algunos invasores servirán como cabeza de turco, por ejemplo el que estaba pertrechado con un rifle de asalto y once cocteles Molotov.

Veremos que pasará pero el público estadounidense no parece tener muchas esperanzas de que los peces gordos de esta intentona sean juzgados. El principal instigador ha sido sin duda Donald Trump y su entorno (Ted Cruz, Marco Rubio, Mike Pompeo, etc.) quienes, desde antes de las elecciones, lanzaron la consigna de desconocer el resultado del acto calificándolo de fraudulento. Al mediodía del miércoles Trump congregó a sus partidarios frente a la Casa Blanca incitándoles a impedir que el parlamento confirmase la elección de su sucesor.

Efecto diferido de la retórica del odio – El indicador más llamativo del grado de deterioro que sufre la democracia estadounidense lo pudo ver, en directo, todo el mundo al comprobar la fantástica incompetencia de la fuerza pública que debía proteger el parlamento.

Primero unas pocas decenas de policías con equipo antidisturbios fueron desplazados a empujones por una avanzadilla de la turba formada por otras tantas decenas de asaltantes. La contención perimetral fue lastimosa: esos pocos agentes no demostraron estar dispuestos a sostener las barreras. No dieron ni un solo bastonazo. Se dejaron sobrepasar anémicamente por quienes ascendían por las escalinatas. Se les veía mal comandados e incomunicados.

Después, llegados a la terraza del pórtico, los asaltantes presionaron sobre las puertas que no fueron debidamente trancadas. Casi podría decirse que les dejaron pasar sin ofrecer mayor resistencia.

Otros exaltados se dedicaron a romper vidrios y ventanas para penetrar y lo consiguieron prácticamente sin oposición. Uno de los primeros videos que se difundieron mostraba a un policía uniformado, sin su gorra, un veterano, negro, con una cachiporra, retrocediendo en las escalinatas, tratando de contener infructuosammente a decenas de asaltantes que trepaban.

La multitud se dispersó por el edificio con muy poca resistencia. Tres o cuatro asaltantes fueron reducidos por un rato por un puñado de policías con armas largas.

En el hemiciclo, donde se encontraban reunidos los legisladores, encabezados por el Vicepresidente Mike Pence, se atrancaron las puertas con muebles y cuatro cinco miembros del Servicio Secreto, pistola en mano apuntaron a quienes intentaban derribar la puerta.

Presumiblemente allí se produjo el disparo mortal que dio en el pecho de la ex soldado de la Fuerza Aérea que ocupaba la primera fila de los que rompieron los vidrios de la puerta. Había venido de California para participar en la asonada.

Los asaltantes se dispersaron por el edificio, muchos se dedicaron a  tomarse fotos en el hall central, por ejemplo con la estatua del finado Ronald Reagan uno de sus «héroes». Otros invadieron y saquearon los despachos. LLamó la atención de los expertos que hayan accedido fácilmente al del Vicepresidente que habitualmente cuenta con una seguridad especial y reforzada.

En medio del caos y sin apoyo exterior alguno, los parlamentarios fueron provistos de máscaras antigas y evacuados por corredores de escape para ser puestos a salvo. Claramente el objetivo de los principales cabecillas era atacar a los legisladores para obligarlos a «declarar ganador a Donald Trump el enviado de Dios».

La versión más reiterada indica que el Vicepresidente Pence llamó a Trump para que enviara la Guardia Nacional y este se mostró reticente por lo que, finalmente fue el propio Pence el que la llamó.

La Alcaldesa de Washington decretó el toque de queda (de 18 a 6 horas del jueves). Finalmente llegaron y se desplegaron  más de mil efectivos de la Guardia Nacional. Después de más de dos horas de copamiento, al anochecer, los ocupantes del Capitolio empezaron a salir.

Omisión o complicidad – La actuación de la policía fue vergonzosa. De los miles de ocupantes solamente unas docenas fueron detenidos y la mayoría fueron conducidos cortesmente a las puertas como si los uniformados fueran guías turísticos. Incluso hay registros de policías tomándose selfies con los asaltantes.

Afuera los trumpistas siguieron actuando pese al toque de queda. Los atacados fueron los periodistas. Decenas de cámaras y equipos fueron destruidos a garrotazos e incendiados sin que la Guardia Nacional o la policía interviniese para impedirlo.

Con aire de desilusión y fatiga, que contrastaba con la euforia inicial, los miles de trumpistas se dispersaron gradualmente muy avanzada la noche, sin que nadie los exhortara a hacerlo. Habían recibido el mensaje de su líder quien, ante el fracaso del putsch, salió a pedir que volvieran a sus casas. La voltereta de Trump se produjo menos de 24 horas después de que proclamara desde la tribuna «nunca nos rendiremos, nunca haremos concesiones».

El saldo inicial es, por ahora, de cinco muertos y decenas de heridos entre los policías. Un suboficial murió a causa de las lesiones que le causaron los asaltantes al golpearle con un extinguidor.

La encargada de la defensa del Capitolio es una Fuerza Especial de Policía que cuenta con dos mil efectivos y su propio comando autónomo. En todo este episodio el comando demostró una llamativa incompetencia: subestimaron groseramente los riesgos y demostraron una falta de decisión compatible con la complicidad o la omisión grave.

Hace meses que los observadores que monitorean las redes sociales venían advirtiendo acerca de la concentración de fanáticos derechistas que se estaban autoconvocando para actuar en Washington a principios de enero. Hace más de un mes se advertía que los derechistas preparaban un ataque al parlamento porque se había instrumentado el traslado, alojamiento y concentración de fanáticos desde todo el país, la preparación de carteleras, gorras, máscaras y armas para ser utilizadas el 6 de enero, la fecha puramente formal en que se produciría la confirmación del triunfo de Biden.

Los mandos no tomaron medida alguna para prevenir la asonada. Los efectivos eran pocos y no parecían estar bien dirigidos ni entrenados para saber que hacer.

Los invasores estaban convencidos de la legitimidad de su acción que pocas horas antes había sido promovida por Trump. Los policías no parecían convencidos de que estaban ante un ataque en forma, que no era una simple manifestación de protesta.

Cuando reaccionaron arrojando gas mostaza y sacando armas largas ya habían perdido el control de la situación y fueron pasivos para recuperarlo en las siguientes dos o tres horas.

Estaban desconcertados como resultado de la retórica del odio que emana de la derecha estadounidense. Los asaltantes – aún los más payasescos como el llamado Qanon Chamán (el pintarrajeado con las guampas de búfalo) – eran los amigos del Presidente, sus amigos, los “enviados de Dios” que iban a hacer más grande a su país.

Los legisladores del Partido Demócrata pidieron la remoción inmediata de todo el comando de la policía del Capitolio. El Jefe Steven Sund se defendió diciendo que la defensa del edificio había sido “heroica” y que el plan para llevarla a cabo era “robusto”.

La mentira era tan grande y su comprobación tan fehaciente que pocas horas después Sund renunció. Dos oficiales superiores, sus colaboradores inmediatos, respectivamente responsables de la seguridad de la Cámara de Diputados y de la de Senadores fueron dados de baja fulminantemente.

Los especialistas en seguridad pública advierten que el grado de politización que sufrieron las directivas de seguridad durante la gestión de Trump vino a sumarse a la corrupción, la violencia y el racismo basal que afecta a la policía estadounidense de todo el país.

De la misma manera que asombra la reiteración incontenible de crímenes racistas por parte de la policía, no debe sorprender que, en este episodio, las fuerzas de seguridad hayan fallado en preveer, hayan vacilado para reaccionar y hayan sido incapaces de movilizar los abundantes recursos represivos con que cuentan en Estados Unidos.

Estas son las señales indelebles de un deterioro brutal de la convivencia  y no parece que pueda ser superado aunque Trump se haya eclipsado y probablemente deba terminar destituído o preso.

Para nosotros latinoamericanos surge claramente como el efecto bochornoso de los peligrosos discursos de la retórica del odio, del autoritarismo y del espíritu reaccionario y criminal de la ultraderecha.

No en vano Bolsonaro ha advertido que el parlamento brasileño puede ser asaltado por sus partidarios, emulando así a su admirado Trump.

Por el Lic. Fernando Britos V.

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