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Trump, los algoritmos y la historia

Es el 6 de enero y en la televisión no hay Reyes Magos ni chicos jugando con sus nuevos regalos. Las imágenes son de caos en el Congreso de Estados Unidos. Imágenes de violencia, de chicos jugando con lo que no deberían.

Me pregunto cómo es posible que el mismo edificio que hace tan solo unos meses estaba protegido a cal y canto contra manifestantes antirracistas, hoy parezca disfrutar de una jornada de puertas abiertas a una excursión escolar muy poco educativa. Me pregunto también, cómo se llegó a esta situación.

Como millennial que soy, contrasto lo que veo por televisión con lo que me llega por redes sociales, así que decido abrir Instagram para ver cuál es la información en esta plataforma. Conocedora de los algoritmos, no abro posts, ni doy a «like», ni comparto, ni interactúo de ningún modo con lo que veo, para que la red social no sepa cuál es mi postura ante el asunto.

Busco, busco, y sigo buscando. Todo lo que encuentro son declaraciones de gente indignada, gente avergonzada por lo que está sucediendo, gente que, como estaba haciendo yo, comparaba la respuesta policial con la de las revueltas de Black Lives Matter y no daban crédito. En vistas de que no encuentro nada a favor de los hechos en Washington me pregunto: ¿Será que esto no es más que un pequeño grupo de locos sin importancia real?

Empiezo a estar cada vez más reafirmada en mis opiniones, pero entonces se me ocurre buscar el hashtag MAGA (abreviatura de «Make America Great Again», lema utilizado por Donald Trump) y ahora sí, ahí estaban, un océano de posts a favor de ese pequeño grupo de locos, que ya no era tan pequeño. Me empezó a invadir la rabia, la desesperación al leer lo que decían, los argumentos que daban… Me hervía la sangre al ver cómo se utiliza la manipulación, cómo sea el país que sea, los fascistas siempre se adueñan de la bandera y se escudan en la constitución cuando lo que reclaman, lejos está de ser ni patriótico ni constitucional.

Fue ahí cuando me di cuenta de que ese grupo no solo no era pequeño, sino tampoco, tan loco.

¿¡Cómo que no son unos locos!?, quizás te preguntes. Así que primero, dejame que aclare que dije que no eran «tan locos», no les niego el delirio en su totalidad. Y segundo, dejame que explique lo que me resultó más aterrador: no tuve que hacer nada para que el algoritmo de Instagram supiese qué noticias mostrarme; y es que ya sabe cuál es mi postura en un tema, incluso antes de que yo demuestre interés en ese asunto.

Entonces me doy cuenta de que los actos de ayer en Washington me parecen una barbaridad, y cuanto más leo, más me lo parecen, porque todo lo que leo reafirma mi pensamiento inicial. En ningún momento veo algo meramente opuesto a mi opinión, a no ser que, como hice, lo busque específicamente. Cosa que, admitamos, no hace nadie, ni yo misma en la mayor parte de los casos.

Si alguien con un perfil como el mío, bastante inactivo en redes, y que evita identificarse con una postura única, creyendo que así el algoritmo no funcionará, no es capaz de escapar de la manipulación, entonces me pregunto cómo funciona la información en perfiles activos; en perfiles que se manifiestan abiertamente a favor o en contra de ciertos gobiernos, de ciertas leyes, de manifestaciones…

¿Pero qué importancia tiene esto en realidad?

Imaginá por un momento, que estás en una clase de matemáticas, donde en todos tus libros se dice que 2+2 son 4, se te dan todas las pruebas de que eso es así, tus compañeros están de acuerdo, vos mismo entendés que es así, sin duda alguna, 2+2=4. Ahora imaginá que por la puerta entra alguien defendiendo que 2+2 no son 4, sino 5. ¿Cuál es tu reacción? Quizás al principio estés atónico, quizás hasta te cause gracia, pero en algún momento, al ver que por mucho que digas y demuestres, la otra persona sigue defendiendo lo que para vos es indefendible, perderás los nervios.

¿Qué pasa si todo lo que ves es que 2+2 son 5? ¿Qué pasa si toda la información que se te da es que, efectivamente, 2+2=5? Si se te dan pruebas, si se te muestra que no estás solo, que mucha más gente igual que vos piensa que las matemáticas estuvieron equivocadas durante siglos. ¿Qué pensarías entonces cuando alguien dice que 2+2 son 4? Quizás al principio estés atónico, quizás hasta te cause gracia, pero en algún momento, al ver que por mucho que digas y demuestres, la otra persona sigue defendiendo lo que para vos es indefendible, perderás los nervios. Tu opinión sobre esa persona no será más que la de una persona que sigue ciegamente al rebaño. Si sos una persona de naturaleza violenta, querrás quemar los libros de sumas y restas, querrás que a tus hijos se les de una educación no manipulada por esos locos del 4.

¿Cómo sabemos quién tiene razón? Por suerte, las matemáticas son una ciencia pura, y por tanto es fácil saberlo. La sociología no lo es, la política no lo es. ¿Cómo hacemos para formarnos una idea de algo cuando todo lo que vemos a nuestro alrededor es una única versión? ¿Y cómo hacemos para no perder los nervios cuando alguien opina distinto si nunca jamás creímos que esa era una posibilidad?

Siempre hubo bandos, siempre hubo diferencias, siempre hubo izquierda y derecha, blanco y negro, arriba y abajo. No es algo nuevo, las tensiones no son cosa de este siglo, las diferencias no se crearon en los últimos años, no son fruto del 2020, ni en el 2021. Lo que sí se creó es la cortina de humo que no nos deja ver lo que es diferente. La globalización de pensamiento es imposible y muy peligrosa, creer que verdad solo hay una es una atrocidad que a día de hoy está a la orden del día.

Ser incapaz de asimilar que Trump perdiese una elecciones, es resultado de una campaña masiva de verdades únicas, donde sus defensores jamás creyeron que los opositores existiesen siquiera.

La globalización de pensamiento es imposible y muy peligrosa, la invisibilidad de las diferencias es una batalla perdida contra la propia naturaleza del ser humano. Naturaleza que estalla en violencia, en trollismo, en «cancelar» a quienes no opinan igual, en tener que medir cada palabra al milímetro porque las repercusiones de un mínimo malentendido pueden ser catastróficas.

¿Cómo se llegó a la situación que se dio ayer en el Congreso de Estados Unidos? Que se lo pregunten al algoritmo de verdades únicas, a la sociedad de burbujas. A la manipulación constante a la que se ven sometidas nuestras mentes. Seas del bando que seas.

 

Por Natalia Crea 
nataliairinacrea@gmail.com

 

La ONDA digital Nº 984 (Síganos en Twitter y facebook)
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