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El desencanto de un misogino

 

“Hay días en que el mundo, la vida, me parece un gran prostíbulo”
Césare Pavese

Quizá ya se haya hablado mucho de Pavese, y sobre todo de su muerte. Y a cuenta de un análisis más exhaustivo, en curso, quiero hablar de una breve novela, La playa, de 1942.

Nacido en Santo Stefano Belbo, pequeño pueblo del Piamonte, Césare Pavese, escritor y traductor, hombre de carácter introspectivo y solitario, refleja en su obra el tedio existencial. Este vacío sustancial, queda reflejado en el diario que lleva entre los años 1935 y 1950, Oficio de vivir, donde hace un examen pormenorizado de conciencia (la última frase, escrita una semana antes de su suicidio, dice: “Basta de palabras. Un gesto. No escribiré más”).

Especializado en literatura americana, estudió filología inglesa en la universidad de Turín y tiene un libro de teoría literaria llamado La literatura americana y otros ensayos, publicada póstumamente en 1951 (se licenció con una tesis sobre el poeta norteamericano Walt Whitman).  Pavese destacó como poeta también,  con un estilo muy particular, donde destaca el uso de la imagen y el símbolo.

En el prólogo de la edición de Banda Oriental, a cargo de Milton Fornaro, se señalan algunos aspectos de su obra, como la necesidad de “llevar orden y propósito donde está el caos” y también “la necesidad de aclarar mediante la escritura lo instintivo-irracional escondido dentro de cada uno” para darle sentido a la existencia.

Los hechos singulares que nos suceden en la vida, y que nos marcan a fuego para siempre, en Pavese determinan una conducta misógina, en particular hacia las mujeres. Luego de estar preso diez meses (por su antifascismo en los tiempos de Mussolini), a causa de haber escondido “documentos comprometedores”, de una estudiante de matemáticas, comunista, de la que estaba perdidamente enamorado, termina yendo a un confinamiento en Brancaleone y de vuelta de su exilio, Pavese descubre que la mujer a la que amaba se ha casado con otro. Esta sensación de angustia —despecho, decepción y culpa—, sumado al fracaso existencial e incluso literario, la arrastrará durante toda su vida.

A los tres años de su nacimiento, muere su padre, lo que es considerado como su primer trauma. La madre, entonces, será un tanto autoritaria, para compensar su pérdida.

La vida es como arena entre los dedos
Por primera vez Pavese sale de su rincón piamontés (un paisaje donde hay encrespados picos de los macizos del Monte Rosa o del parque nacional del Gran Paraíso hasta los húmedos arrozales de Vercelli o Novara, o bien desde las suaves colinas de las Langhe y de Monferrato hasta las llanuras), y se establece en un balneario, dejando de lado el tosco dialecto costumbrista que él pregona como método de acercamiento a la realidad. Conforman un cuarteto de personajes, incluido él mismo, como narrador, que se cuenta y a la vez nos cuenta de ellos: Doro y Clelia, matrimonio singular, y el estudiante Berti, que se incorpora un poco después.

Según Italo Calvino, que conoció y siempre respetó mucho a Pavese, “todas las novelas de Pavese giran en torno a un tema oculto, a algo no dicho que es lo que verdaderamente quiere decir y que sólo se puede decir callándolo”. En ese sentido que Pavese siente horror ante el tránsito de la adolescencia a la edad adulta, pues esta es generadora de conflictos. Crecer es aprender y de aprender cómo se sufre, “el que no ha aprendido sucumbe”, afirma Italo Calvino. Y de hecho Pavese ve en la juventud, y especialmente en la infancia, por cuanto tiene de inocente, que los pasos dados no tienen segunda intención y son auténticos, verdaderos.

Por eso nuestro narrador, que habla como si estuviera por fuera de la historia, debe ser más que nada un espectador, y su acto supremo es el mirar por la ventana, ver lo que sucede fuera de su vida. Y registrarlo.

La narración es lineal, seca, con economía de palabras y precisiones puntillosas. Está despojada de ripios, en ese sentido es una narración cruda, realista. El planteo del problema se hace de forma lateral. El tema oculto son los celos, y por ende el deseo sexual.

La visita a Doro, que se había pospuesto, pone de manifiesto que ya “teníamos esa edad en la que se escucha hablar al amigo como si hablásemos nosotros”. Es decir con confianza, con amistad verdadera. Pero sin embargo el narrador dice, pronto, “que de Doro siempre estuve celoso”, a pesar que se trata de “una de esas personas que aprenden a ser pícaros porque llevan una vida que no les satisface”.

El recurso de Pavese es poner a los personajes en acción más que decirnos sus pensamientos, e incluso el narrador se ve arrastrado a compartir con Doro el desánimo de él hacia Clelia, su esposa, sobre todo por la demasiada familiaridad con que trata a todos.

Hay una referencia a Sísifo, en el sentido de que este (el que hace él) es un trabajo inútil, mas que debe hacerse, por cierta amistad condescendiente.

“Nuestro trío (Doro, Clelia y él) no carecía de cordialidad y aunque los tres escondiésemos tras de nuestra frente pensamientos inquietos, hablábamos de muchas cosas con el corazón en la mano” (p. 43)

Conforme quede establecido el lugar y los tres personajes, aparecerá el estudiante, Berti. Tiene menos de 18 años, “era nada menos que un alumno mío del año anterior, que un buen día, sin avisar, había fallado a la acostumbrada clase de mi estudio y no volví a verlo nunca más”. Hasta esa mañana de verano “cuando se echó a mi lado un cuerpo atezado y vigoroso” y luego, más tarde, cuando descubre que se está hospedando cerca de un grueso olivo retorcido, “crecido inexplicablemente en medio del empedrado”, enfrente al hotel donde se queda él. Desde ese momento se establece cierta corriente entre ellos, aunque el profesor oscile entre sus dudas y cierto paternalismo aconsejador.

La plácida mar y la brisa refrescante de los cuerpos

La primera noche, según la versión de la patrona, Berti “se había llevado una mujer a la habitación”, estableciendo, de antemano, la condición heterosexual y activa de nuestro personaje. Al punto que es singular en La playa, puesto que rompe una estructura triangular clásica, que era la que se venía perfilando desde el inicio.

Ese será el elemento nuevo en el que descansa la narración, incluso aunque la aparición del mismo, que se da espaciadamente, marca cierto conjunto de acciones que giran siempre los mismos elementos de los celos y la inutilidad de todo, realzada por el tiempo de las vacaciones, en que es lícito, por supuesto, no hacer nada.

En sí se establecerá una relación de proximidad, tanto en la coordenada de profesor-alumno, como de adulto-joven, interrelacionada.

“Le había ocurrido lo que a todos: la realidad se disfrazaba de su contrario”, “como esas almas tiernas que afectan rudeza”. “Yo le envidiaba (…) porque, siendo un muchacho, podía aún forjarse ilusiones sobre su índole verdadera”(asume que la adolescencia es el período principal de formación y de definiciones en la persona).

Estando en la playa, por supuesto, todo es distinto: “Se habla con extraña cautela cuando se está medio desnudo: las palabras no suenan del mismo modo”.

Guido, otro amigo que está en el balneario, junto a otras mujeres que son conocidas del grupo, por ejemplo, tenía cierto aire socarrón, “de adolescente que se las sabe todas, de cuarentón que permanece adolescente por pereza”.

Y efectivamente, la playa, donde por estar casi desnudo nos advierte de cierta prevención, es un problema también para quien narra desde su personaje, por haber prometido que iría temprano a la playa para acompañar los baños matutinos de Doro. Se terminará encontrando a Berti, que también se zambulle y parece lucir su cuerpo al “emerger goteante el cuerpo oscuro” e intenta llevar una conversación destinada a irse desarrollando a tropezones, con algunos baches imposibles de llenar.

“Berti era uno de esos tipos que van a la escuela porque se les manda a la escuela, y cuando hablas te miran a la boca con los ojos hinchados y aburridos”. (p. 54)

Por medio de un dialogado inteligente, mezclado con composiciones de tiempo y lugar, Pavese va tirando del hilo, y mostrando la verdadera cara de su relato. “Sentencié entonces —dice el narrador— que todas las muchachas se parecen, que para poder juzgarlas hay que verlas cuando son ya mujeres”. Si fuera Onetti estaría espantado de este comentario, pues cuando dejan de ser muchachas, pierden todo su encanto. Son, claro, dos tipos distintos de misoginia.

También Doro, de su lado, “dijo que un hombre enamorado tiene una venda en los ojos y su opinión no cuenta” (aunque, en definitiva, “para soportar los recuerdos de infancia de otra persona, hay que estar enamorado de ella”).

Y Berti parece seguirle los pasos, conversa con él, pide su amistad, pero parece como que no se animara a pedirle o a decirle algo. El hecho es que se va acercando, además Berti sentía repugnancia por las mujeres “y le daba rabia que todos viviesen sólo para eso”. Y para atizar el odio, aclaraba: “Las mujeres eran estúpidas y melindrosas…”.

“… nada es más inhabitable que un lugar donde se ha sido feliz”

En realidad, aunque el vértice gire entre el muchacho y la mujer, la narración está determinada por la figura de Clelia y lo que despierta en los otros. De modo inverso, la creación pictórica de Doro irá del todo a la nada, cuando cumpla el ciclo. La pintura en Doro es simplemente una excusa para su soledad y ensimismamiento, como puede serlo la escritura para Pavese.

Pero para nuestro narrador no es igual, porque

“entre otras cosas pensé por vez primera que alguien que no conociera bien a Clelia, habría dicho, viéndonos pasear y reír juntos, que entre nosotros había algo más que una amistad cordial” (p. 72)

Así sabremos cosas de su infancia, calificada como juiciosa (“me despertaba de noche con el pánico de que papá se hubiese vuelto pobre”).

“Los primeros pensamientos de amor los había tenido frente a un cuadro de San Sebastián mártir, un joven desnudo, el cuerpo cubierto de coágulos y de llagas, con las flechas clavadas en el vientre. Los ojos tristes y enamorados de aquel santo la hacían sentirse avergonzada de haberlo mirado, y ella identificaba el amor con aquella escena” (p. 76)

lo cual lleva de sí una mezcla evidente de dolor y amor, dormor diríamos por proximidad.

También nos dirá que la meditación es pensar, el fantasear disipa los pensamientos.

“Los hallazgos, las invenciones llegan, por el contrario, inesperadamente…”. Y el narrador está alerta, sabe que cualquier indicio puede acercarlo a la verdad. “Pero por la noche mientras volvía a casa, tenía la sensación de que todo el día transcurrido el trivial día de playa esperase de mí quién sabe qué esfuerzo de claridad para que pudiese recapacitar” (p. 77) (entonces, ¿hay algo sobre lo que repensar?)

El centro de todo es la incomprensión de la mujer, en particular de Clelia y en menor medida de Ginetta (quien fuera a la habitación de Berti aquella noche primera), pero en realidad sobre todas las mujeres que desfilan por la novela. Es la misma incomprensión que tuvo el autor y que nunca pudo resolver.

Hay tres momentos finales que se presentan desde el momento en que Doro deja de pintar, medida en reflexiones: “al fin de cuentas a la playa se venía para estar en el agua, y no para visitar santuarios”, esta es de Berti, ya integrado al grupo. Es claro que el joven “por la calle iba taciturno, pero contestaba animándose, con el aire de quien habla atolondradamente porque al fin y al cabo sigue en lo suyo” (p. 91), como un estudiante algo distraído y joven: porque lo bueno de su edad, “era que las tonterías no cuentan…” (p. 92), y entonces pueden hacerse. Es más, deben hacerse.

Estúpidamente, como todos los enamoramientos, Berti quedará deslumbrado por Clelia y es feliz por sentir que puede amar a alguien, fuera de si le corresponderá o no.

Y la síntesis de todo esto viene de la mano del narrador, que “era el hombre apropiado para apreciar las voces del pasado”. Pero además, como dice el amigo Guido, “tengo una edad… en la que no puedo cambiar de vida”.

El paso del tiempo, inexorable:

“No sé si la orquesta se dio más prisa que de costumbre o si mi inquietud me distrajo” (p. 100)

La culpa de todo, como siempre nos lo vienen recordando los viejos y otros que no son tanto, la tienen los jóvenes (no se extrañen que cada tanto nos lo recuerden): “Que pasen antes todo lo que hemos pasado nosotros”. Es por ello que el personaje-narrador le dirá a Berti que “según sus deseos la señora Clelia había hecho la buena esposa y concebido un niño”.

El embarazo es el puente final que conduce al término del estado en que se encontraban y, por tanto, no hay manera de encontrar un final que contente a todos.

Hay quienes dicen que en realidad la novela está incompleta, pero lo cierto que Clelia reaparecerá en otras obras, de las que daremos cuenta a su debido tiempo, y allí veremos, o no, su transformación.

(La playa, de Césare Pavese, Ediciones de la Banda Oriental, 2008, Montevideo, Uruguay, 110 pág.)

 

Por Sergio Schvarz
Escritor, poeta, y ensayos breves

La ONDA digital Nº 983 (Síganos en Twitter y facebook)

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