Murió Thomas Lowy, gestor cultural y artista plástico. Aquí en una entrevista con Daniel Feldman

Murió Thomas Lowy, gestor cultural artista plástico, fue director de Cultura en el Ministerio de Educación y en la Intendencia de Montevideo. Casi toda su carrera profesional, en el ámbito de la publicidad, está asociada al dibujo y al diseño (el mítico semanario Jaque es obra suya). “¿Cómo terminé siendo dibujante? Yo no tenía esa habilidad natural de los tipos que las cosas les quedan igualitas. Como tenía que laburar, encontré un lugar como aprendiz en una agencia de publicidad. Uno va hallando ciertas trampas y ubicando su lenguaje. Ahora algunos me dicen: “¡pah, qué buen dibujante que sos!”. ¡Si supieran las horas que me costó!”, rememora. en esta entrevista realizada por el periodista Daniel Feldman hace algún tiempo y publicada en La ONDA digital Nº 882. 

 

 

DE VERBO AD VERBUM

Thomas Lowy: “No creo que haya que crear un ministerio de cultura, hay que sacar educación de donde está”

Thomas Lowy tiene 71 años, dos hijos, una nieta y diez “nietastros” (“que me han aceptado felizmente”) por el lado de su pareja, la historiadora Graciela Sapriza. Es licenciado en Bellas Artes, egresado de la Universidad de la República, de la que fue docente, hincha de Nacional y esconde entre sus haberes el “casi” haber ido a unos juegos olímpicos, en la disciplina de saltos ornamentales.

Daniel Feldman

Sobre sus chances de ser un “genio”,  se retrotrae a la niñez y adolescencia y, riendo, explica que “solamente una mamá judía puede suponer que su hijo, que tiene todos los carnés llenos de regular y regular deficiente, es la antesala de un genio. Yo era un estudiante espantoso. Soy disléxico. Antes, ser disléxico era ser tarado. Después pude ver que ser disléxico tiene sus ventajas; el poder mirar las cosas desde dos ángulos, y además te da una disciplina muy buena para corregir eso. Aprendí a escribir en la vejez, porque yo me ganaba la vida dibujando. Diría que ahora soy bastante prolijito, pero fue un aprendizaje durísimo”.

Terminó metido en “estas cosas de la cultura” tal vez influido por lo que los padres esperan de uno. “Ahí, vos tratás de cumplir con esa expectativa… O hacer todo lo contrario”, afirma.

Casi toda su carrera profesional, en el ámbito de la publicidad, está asociada al dibujo y al diseño (el mítico semanario Jaque es obra suya). “¿Cómo terminé siendo dibujante? Yo no tenía esa habilidad natural de los tipos que las cosas les quedan igualitas. Como tenía que laburar, encontré un lugar como aprendiz en una agencia de publicidad. Uno va hallando ciertas trampas y ubicando su lenguaje. Ahora algunos me dicen: “¡pah, qué buen dibujante que sos!”. ¡Si supieran las horas que me costó!”, rememora.

Fuimos a su apartamento para conversar sobre cultura, su experiencia, su visión. Pero charlar con Lowy se puede decir que es un evento arborescente, y algo que tímidamente comenzó una hora antes del mediodía se extendió hasta la media tarde. Intentemos pues bucear en sus pensamientos, concepciones, ideas y utopías.

– Por diversos avatares de la vida te estás dedicando a la construcción. Fuera de lo profesional o comercial, también hacés tu análisis “cultural” sobre la vivienda.
– Ja ja, sí, pero también para saber qué es lo que la gente quiere. Fijate que la vivienda no tiene nada que ver con lo que era antes. En primer lugar, la preocupación de la gente es algo tipo “ta, ta, me sirve”. No es la preocupación de que la persona está pensando “acá voy a vivir y armar mi hogar”. He ido a ver apartamentos de gente a la que se le alquiló, y no ponen ni un cuadro, sentís que es algo totalmente pasajero. Las cocinas están impecables. Lo que importa es dónde enchufar el microondas, que haya muchos enchufes para los celulares. Mirás, y decís “acá hay azúcar, aceite, vinagre; harina, ni en pedo… o sea, todo lo que es para poner o condimentar, no para cocinar”.

Thomas Lowy

– No hay olor a cocina
– La gente duerme, llama al delivery; no está el canastito con cebollas. Este edificio que estoy haciendo es por el plan de vivienda social, que te impone un metraje básico y no te permite construir monoambientes ni que todos los apartamentos sean de un dormitorio. Pero si pudiera ser de monoambientes y un dormitorio, se vendería mucho más fácil. Tanto para inversores como para los que van a habitarlos.

– Sí, las parejas han cambiado, la familia tipo también ha cambiado.
– Sí, es un fenómeno interesantísimo. Tiene que ver con la emancipación de la mujer, con el hombre que va aceptando esas nuevas reglas de juego. Lo que puede parecer increíble es la velocidad con que se han procesado esos cambios. Y te hablo de períodos cortos. Hace un  par de años terminamos un edifico y transcurrió un año y medio aproximadamente hasta que comenzamos este que estamos haciendo ahora. Hay cosas que se mantienen: tiene que tener baño, cocina, etc., pero el anterior tenía todavía algo de ese sentido de hogar, y este ya es más estrictamente dormitorio.

Vivimos un tiempo donde lo singular es la rapidez del cambio. Lo que era verdad ayer no lo es hoy.

– Pero a veces parece difícil aceptar eso. Da la sensación de que muchos son reacios a esos cambios. Incluso me parece que no es un tema ideológico, que hay algo de nostalgias personales que hacen difícil aceptar el cambio.
– Los afectos y las construcciones del qué hago acá, para qué estoy, son diferentes. Veo que es más rápida la amistad y el encuentro de afinidades tiene señas más claras, pero también las rupturas tienen menos dramas. Eso lo comprendo a un nivel racional. Por ejemplo, todo lo que ha avanzado la condición de la mujer me parece una maravilla. Es una revolución que ni soñábamos ni nos preocupábamos por soñar allá por la década de 1970. Súmale a eso todo lo que refiere a las opciones sexuales; es una maravilla. Sin embargo, todo eso no quita que yo sea una bestia, porque soy de otra generación. Me parece una revolución importantísima. Si pensás en toda la gente que vivía dentro del closet, siendo lo que no era, y hoy ha logrado el derecho al no cuestionamiento. Todo está cambiando.

Hablábamos de la ciudad; el uso de la ciudad va a cambiar; la actitud frente al trabajo, cambia.

– ¿Hay un cambio en cómo es percibido el hecho o el acto artístico? Vos vas a un museo y ves a todo el mundo sacando fotos, pero no deteniéndose para apreciar. ¿Después se miran esas fotos?
– Días atrás me pasó de estar en una mesa redonda, y todo el mundo estaba filmando con los celulares. Nadie prestaba atención. Me preguntaba si después, en la tranquilidad de la casa, se pondrían a verla. Nos reíamos de los japoneses que iban sacándole fotos a todo, y resulta que ahora todo el mundo es así. Ojo, yo me doy cuenta que a veces también me enfermo con eso. En mi imaginario está que se lo quiero mostrar después a mis hijos… pero no lo hago. Me acuerdo que una vez en España, me llevaron a un pueblito perdido en la montaña. Entramos en una casa, y estaban las primeras fotos, donde todo el mundo tenía una cara híper seria. Ahora se sonríe para la foto, es como que se muestra la versión feliz de la vida. Tiempo atrás, ser fotografiado era una ceremonia. Nosotros, nuestra generación, tal vez tiene la suerte de tener una fotito de cuando éramos bebés con la colita al aire sobre un almohadón. Nuestros abuelos tal vez no conocieron las caras de sus abuelos. Es una perspectiva de nuestra trascendencia que es totalmente diferente y nueva.

Hay trabajos que van a desaparecer; ¿en qué se va a ocupar la gente? Una industria que sin lugar a dudas crece es la del tiempo libre. Hay nichos nuevos, se generan porosidades. ¿Cómo se alimentarán esas comunicaciones? Me da la impresión que desde las alturas nadie está pensando en esto. Y me refiero a lo que les corresponde; me parece que a las alturas hay que pedirles menos de lo que siempre le pedimos. Tú me hablabas de los jóvenes, y creo que estos esperan del gobierno menos que antes. Por ello tampoco lo apuntalan tanto en la ideología como nuestra generación lo hacía.

– Tal vez nosotros estábamos acostumbrados a esas visiones totalizadoras, a tener respuesta para todo.
– Sí; una por uruguayos, porque ponemos en el Estado mucha cosa. Los jóvenes –y no sé si es por decepción o porque son más pragmáticos- son más conscientes de que la cosa depende de sí mismos. Estamos hablando de un cogollito. No sé si últimamente has andado ya no digo de Avenida Italia hacia el norte, sino de Camino Carrasco hacia el norte.

-Es otro mundo respecto al sur.
– Es la caricatura de Biafra. Es inimaginable. Entonces, ¿cómo se reconstruye una visión estética de la vida? Y junto a eso la ética, los acuerdos básicos.

– Sí, y a veces uno puede pensar en gente que cayó del entramado social hacia el desclasamiento…
– Hay gente que ya nació ahí.

– Hace un tiempo leí un informe que hablaba de una generación, niños de seis, siete años, que nunca había dormido en un colchón. Algo que puede parecer tan simple, o a nosotros nos puede parecer como simple básicoy.
– Mirá, cuando yo estaba en el Departamento de Cultura de la Intendencia de Montevideo, y me preguntaron qué quería, pedí que pasaran a nuestra órbita el zoológico. Todavía sigue dependiendo de Cultura. Yo tenía datos que al zoológico iba más gente que al fútbol. Te lo imaginabas como un lugar bárbaro para empezar a arrimar actividades culturales, estaba el incipiente tema ecológico, hacer educación vial a través de juegos. Pero mi sorpresa fue encontrar un montón de gente que nunca ni siquiera había ido al zoológico, que tenía una entrada prácticamente regalada. A la playa, ni hablemos. Te estoy hablando de hace 30 años; más allá de que recién salíamos de la dictadura, el país era más homogéneo. Cuando uno asume un  cargo y se cree que conoce porque hizo barrio, se encuentra con grandes sorpresas de todo lo que desconoce.

– Otro tema es el del lenguaje
– Pah, es un gran tema. Hay gente que normalmente usa 5.000 palabras, pero un sector importante usa un vocabulario de solo 200 palabras.

Sí. Hace unos días, conversando con un  amigo, me comentaba que ya hay cines donde las películas que proyectan son todas traducidas, no tienen subtítulos, porque un sector importante de la población no tiene la capacidad de leerlos. O su comprensión lectora es muy básica, o no tienen la capacidad de leer a la velocidad que aparece la subtitulación.

– Marcaste un camino en la gestión cultural.
-Hoy hay sobre mi cabeza una idea tipo “ah, Tomy Lowy era bárbaro”. No me como la pastilla, todos tenemos nuestra vanidad y nos encanta que hablen bien de uno. Pero hay que mantener equidistancia con esas cosas. En ambas situaciones (IMM y MEC), más allá de estar en representación del Partido Colorado, del cual nadie esperaba nada o si se esperaba algo era un accionar primitivo y casi venal de la cosa, sorprendió que no fuera así. Estábamos saliendo de la dictadura y había una gran expectativa por disfrutar de la libertad y nuevos caminos. Tuve entonces la suerte de estar en un momento donde había una gran benevolencia, si se quiere, y no era tan difícil cumplir con expectativas. Lo que se hizo con el Circuito Cultural en la Intendencia en definitiva era la carpa de FUTI, el viejo espíritu de ir a los barrios. Algo similar pasó cuando llegué al Ministerio. Nunca hubo una estructura seria y acabada para trabajar en el Interior. Y si querés, estaba una cierta característica que a la gente le sorprendía, que creía que era mía pero no, en realidad no era mía, sino que expresaba cabalmente el espíritu batllista, y es que nos importaba tres pepinos de dónde era el tipo o la tipa: si sirve, va para adentro. Si te digo quiénes fueron mis primeros asesores en la Intendencia… estaba Espínola, que hacía diez minutos que era colorado porque se hizo amigo de Sanguinetti y le permitió hacer unos murales. Pero era de origen comunista. Estaban Jaime Roos, Candeau, Cerminara… obviamente me servía para legitimar el trabajo; cada uno era referente en su área.

– Bueno, pero eso también es motivo para alabarte.
– Sí, pero también hay otra cosa: cuando dicen Tomy Lowy es bárbaro, también lo que se está haciendo es pegándole por elevación al que está en ese momento.

– Ja ja ja. Pero aparte de eso, hay cierto consenso en calificar como muy buena tu gestión al igual que la del fallecido Gonzalo Carámbula.
– Sí, se pudo trabajar bien.

– Han sido referentes también en poner sobre la mesa el tema de la gestión cultural.
– Te digo también que la circunstancia permitió que eso fuera así. Es más, fijate que en 1988 el entonces agregado cultural de Francia en nuestro país se sorprendió por el hecho de que en la Intendencia Municipal de Montevideo se hablara de administración cultural. Entonces, en lo que fue una de las experiencias más ricas de mi vida, me invitaron al Instituto de Administración Pública de París, que en general se ocupa de los temas comunales: basura, tránsito, distintos aspectos de lo urbano. Me invitaron para ver la experiencia de algo que hasta ese entonces no se entendía como un fenómeno a administrar. Aprendí muchísimo, y a su vez me obligó a desarrollar desde el punto de vista teórico el tema. Yo soy más un “hacedor” que un desarrollador teórico. La vida me obligó a escribir, pero como vengo de un origen de dibujante, no hago flores sino que trato de ser muy nítido en lo propositivo. Pero me parece vital explicar por qué se hace algo. Algo que aparentemente parece tan obvio, es poco practicado en, por ejemplo, quienes tuvieron que ver con la cultura a nivel estatal. Tú insinuaste algo: se llevan espectáculos a los barrios, pero no se lleva cultura. Son cosas diferentes. Puede que el instrumento sea el espectáculo, pero la idea no es esa.

– ¿Ha habido avances en gestión cultural?
– Sí, el tema está, ha habido avances, hay cursos, aunque a veces eso parece más marketinero que otra cosa. Da la sensación que son pautas para pararse frente al Estado en el tema, y no formación para aquel que quiere hacer dinero con la producción de cuestiones culturales. Hace un par de años se formó un grupo, a instancias de Marcos Carámbula, que surge a partir del legado de Gonzalo [Carámbula], con el que siempre teníamos esa fantasía de buscar caminos para jerarquizar el fenómeno cultural, y que se entendiera por qué. Con todo el respeto y nobleza que había en nuestro trato, teníamos visiones diferentes: él estaba en un lugar y yo en otro. Eso no significa que yo tuviera razón y él no, o viceversa. Como te decía, se formó este grupo, que empezó a trabajar, y le elevó a la ministra Muñoz un primer borrador. Esto fue público… pero no salió en ningún lado. Estaban Hugo Achugar, Gerardo Grieco, Ricardo Ehrlich, José Rilla, Henry Segura… un grupo inspirado en Gonzalo Carámbula. También teníamos algún conocido en común, sobre todo del exterior, que nos asesoraba en materia de legislación. Para ponerlo de una manera suave, no me sentí en sintonía con el grupo. Ni en la metodología de trabajo ni en los propósitos. Me parecía algo muy declarativo. Podía estar de acuerdo con el espíritu perseguido, pero en el fondo no llegaba ni siquiera a tener una confrontación de ideas en lo que para mí es la estrategia. Yo puedo decir: “¡qué bueno que no haya pobres!” Pero, ¿cómo lo hago? Por supuesto que todos firmamos abajo: “una pena que haya gente pobre”. Más allá de la ideología sobre cómo yo puedo concebir cómo rescato o privilegio todo eso, tiene que materializarse en una estrategia. ¿Cómo lo hago? ¿Qué hago primero? ¿Qué después?

– Da la sensación de que todo es muy declarativo.
– Para empezar, se elevó ese documento, que para mí era muy genérico. Lo acompañé, pero luego me retiré del grupo. No encontraba un camino de confluencia ni siquiera en el objeto. El Estado se divide en distintas responsabilidades; todo el mundo tiene muy claro que el Ministerio de Salud Pública tiene que hacer que la gente no se resfríe; todos tiene claro que Vivienda y Ordenamiento Territorial se ocupa de las cosas que dice su título; y así con todos. Ahora bien, ¿qué es un Ministerio de Cultura? ¿Cuál es el objeto a proteger y a estimular? Te digo algo, y quiero que se me entienda bien: desde el punto de vista utópico –para mí es una concepción central- sería bueno que no hubiera Ministerio de Cultura. Desde el punto de vista conceptual. Por supuesto que tiene que haber algo que permita distribuir con mayor grado de homogeneidad, fortalecer, proteger. Olvidémonos de esa concepción antropológica que es tan genérica que al final cultura es todo y en definitiva no es nada.

– Sin embargo esa concepción está en boga. Por lo visto, no estás de acuerdo.
– Cultura es arte, es expresión humana.

– Desde este momento te puedo decir que pasás a ser un elitista.
– Sí, un elitista; alguien a quien podés decirle “fijate que con eso no vamos a arreglar a los pobres”. Pero ¿sabés una cosa? Sí. Los vas a arreglar. La pobreza no la arregla un ministerio. La cuestión es ver cómo trabajamos para solidificar esto, para hacer un camino virtuoso. Si pedís apuro, la historia es otra. Los cambios, las transformaciones culturales, son a largo plazo. Ahí sí, parafraseando a Tabárez, el tema es el camino. Si yo tengo un fin, estoy cometiendo un pecado capital. Lo que tengo que hacer es generar climas para que las cosas sucedan. Yo me fanaticé un poco con la palabra “mediador”. Soy un mediador entre distintas expresiones culturales, entre la gente y el artista, entre este y el académico, la reflexión. Te reitero, hay que generar climas para que las cosas sucedan. Siempre vas a toquetear, vas a elegir entre Pocho o Tito. Pero tenés que ser consciente que cuanto menos toque, mejor. Tengo que tener a alguien que constantemente me avise: “¿estás seguro que vas a meter los dedos ahí?”

– Thomas Lowy estuvo al frente de la Unión Latina en Uruguay
– Sí, y puedo decir con orgullo que resistimos hasta el final, y la nuestra fue la última sede en cerrar.

La Unión Latina estaba presente en 37 de habla románica. No había un mango. Son ese tipo de organismos internacionales donde nadie se mata por ir, y es un poco como un cementerio de elefantes. Los secretarios generales que llegaban no eran de gran vuelo. Lo fue el fundador. En un momento logré que se alimentara una ilusión. Nadie entendía muy bien cuál era la función de la Unión Latina. Era bastante complejo explicar su utilidad.  El tema cultural, que sería el de mayor proyección, necesita dinero. Hay que tenerlo para llevar obras de un lugar a otro. Pero había un tema bien interesantes: la actualización científico – técnica del lenguaje. Puede parecer una pelotudez, pero es interesantísimo: cómo se lucha por mantener vivos los idiomas, para no ser cooptados por los idiomas centrales. No solo por una cuestión de poder, sino por un profundo interés cultural. En ese momento [año 2012] se estimaba que en el mundo había 6.000 idiomas, y por semana desaparecía uno.

La cultura en su mejor expresión, es contraria al Estado. Este tiene que consolidar los acuerdos que los seres humanos nos vamos dando. La cultura tiene que visionar mundos distintos. Tiene que ser crítica para con el Estado. La cultura como tal le es incómoda al Estado. Y hay que salvar esas circunstancias. Quien crea, inventa, interpreta el inconsciente colectivo, es alguien que molesta al Estado. Es alguien que constantemente está poniendo en duda los conceptos sobre los cuales están montados nuestros acuerdos básicos de convivencia.

– Asumiendo lo que planteás desde lo utópico, la institucionalización de la cultura ¿puede constituirse en un freno?
– Si yo tengo un fin preestablecido para la cultura, si tengo una idea previa de lo que es bueno para ti, sí. No quiero ser duro, pero Hitler tenía una idea muy clara de lo que quería para la cultura de su pueblo. Así, en forma genérica, la cultura no es buena ni mala, es. Pensando en un sentido de libertad, de visualizar mundos nuevos, acuerdos nuevos entre los seres humanos, nadie puede o debe direccionarla. Pero, pensando en lo que hablábamos previamente, ¿cómo le doy instrumental a una persona que habla con 200 palabras para que pueda llegar a usar 5.000 palabras? No es nada menor. Si yo me manejo solo con 200 palabras para expresarme, es casi seguro que voy a ser un tipo violento. La palabra es una metáfora. Todo el mundo, básicamente, se hace las mismas preguntas: ¿para qué estoy?, ¿qué hago acá? Formulará las preguntas de la manera que sea. Pero si no tengo con qué decirlo, te encajo una piña. Entonces, el gran tema es cómo aproximarle a la gente formas de encontrar sus “quedecires”.

– Sin embargo, fruto de esa idea de que todo es cultura, hay una concepción de que todo es válido, así sea a partir de solo 200 palabras de vocabulario. Cumbia villera, reggaetón…
– Bueno, ahí teníamos una gran diferencia con Hugo Achugar. Somos amigos, y todo esto se lo he dicho personalmente, así que puedo repetirlo. Se podría decir que es una «pituquez» de alguien que viene de Stanford y siente que eso tiene encanto. No, no tiene encanto. El pensamiento es que una manera de hacer sentir a la gente que está integrada es legitimarla diciéndole que lo que hace está bueno. Pero de eso, se encarga el mercado, que es mucho más habilidoso; no tiene que estar esperando del Estado que lo legitime. Lo que no hay duda, es que esas son manifestaciones rústicas, no le agrandan su percepción. Eso no quiere decir que a mí no me encante bailar una cumbia al final de un bailongo. Pero esas expresiones son anestesiantes y no ayudan a percibir y comunicarse de manera más sofisticada con el prójimo. Lo que habría que hacer como ministerio es aproximar más palabras, más sonidos, más colores, más técnica, distintas estéticas; no dar una por buena sino mostrar el abanico existente.

– ¿Educación y cultura deben ir de la mano?
– Hasta ayer era fácil definir, de algún modo que cultura y educación eran antagónicas. Eso no quitaba que juntas fueran dinamita. Educación era construcción de ciudadanía. Brindar el instrumental como para poder manejarse con el prójimo sobre códigos comunes, tener las habilidades requeridas. Era más bien una cuestión de acumulación de conocimiento. Hoy, más allá o más acá de los líos que hay con la educación, todos coinciden en que el gran desafío es enseñar a preguntar. Que el niño pierda los miedos a lo distinto y busque sus propias respuestas,  que sea creativo, porque eso es lo que le va a demandar la sociedad. Su trabajo va a pasar más por lo que se espera que la cultura le dé que lo que le daba la educación. Entonces, para complicar un poco más el tema de la educación, aparece algo que empieza a sobreponerse. Racionalizar eso, ponerle letra, institucionalizarlo, formar gente para trabajar dentro de esa línea, son las cosas perentorias. Lo que hoy instrumentemos, recién dentro de diez años va a estar en la calle.

– El país ¿está pensando en eso?
– En este negocio, si no sos optimista estás muerto. Se presentó un trabajo que era… nada. Vamo’arriba. Lleno de estos términos nuevos, o que están ahora en boga: inclusión, ciudadanía cultural, esas palabras que se licúan a los diez días. Ahora bien, no está de más decirte que hay pocos ministerios de cultura en el mundo que funcionen. Hay leyes de cultura, proyectos de ministerios de cultura que no encuentran su aterrizaje. Una vez que hice la ley, ¿cómo la reglamento? ¿Para qué quiero una ley si es irreglamentable? Se puede hacer una gran introducción, que es importante. Instalar una vocación de fe, y después, cada vez que reglamentás, te referís a ese paraguas sobre el cual se generó la cosa. Pero tiene que haber un  diálogo. Yo no puedo prometer arriba algo que no es posible instrumentar abajo. Yo tengo mi posición: no creo que haya que crear un ministerio de cultura, hay que sacar Educación de donde está. ¡No tiene nada que ver! Educación no manda nada.

– Reina pero no gobierna
– Hay que sacar Educación de ahí. Todo el mundo, a nivel político, intuye que es un tema importante, pero no tienen mucha letra sobre el tema. Si no logramos que la gente se conmueva, ojalá todo el mundo, pero por lo menos el periodismo, el medio académico, estamos en el horno. Que es un quilombo amalgamar todas las líneas, es cierto. Pero quienes trabajamos en el tema cultura sabemos que si no amás a los actores, esto es un embole. Todo el mundo habla desde su ombligo. Esto no es para criticar a nadie, sino para tener claro que es la materia prima con la que te movés. Si no sabés que la materia prima tiene esa conducta, si no comprendés el terror de un tipo frente a una hoja en blanco, que lo obnubila y es su primer lío, no te dediques a este oficio. Una tela en blanco, para un pintor, es un desafío. Ese es su drama, no pensar cómo les saca los mocos a los nenes pobres. Lo puede pensar, por supuesto, pero el lío para él es otro.

– Está bien, una cosa es la visión del papel del Estado. Pero a veces, desde los creadores de cultura, lo que se demanda es plata, plata… y plata.
– Y sí, y sí. Y tenés que explicar plata de qué manera, por qué. Pero también tenés que ver una cosa: a veces tenemos demasiados papelitos en el c…, pero es cierto que somos tres millones y estamos por sobre la media de muchos país en materia de creación artística. Tenés cientos de pintores –no necesariamente tienen que revolucionar la pintura, pero son pintores; cantidad de escritores, y no ganan un mango…

– Sí, tenés razón. Y muchas veces desde las jerarquías estatales te miran raro si tenés el berretín de intentar vivir de tu arte.
– Sin embargo, hoy en día los jóvenes pueden salir al exterior. Eso no pasaba cuando nosotros éramos jóvenes, o incluso cuando nuestros hijos eran adolescentes. El mundo se ensanchó, y el que es bueno en lo suyo puede encontrar un camino.

Pero también hay otras cosas, que incluso tienen que ver con la corrupción o atornillarse a un sillón. Suponete un director cultural, de un museo, o similar, que tiene un buen ingreso, que le permite tener un modo de vida acorde a sus berretines intelectuales, que es comer algo más que fideos, comprar algún libro, el pequeño privilegio de poder conocer o viajar, etc. Pero pierde ese puesto y, ¿qué tiene arriba o al costado? En otro lado dice “me voy a otro Estado o a otra provincia; me voy a Chicago, o a Dallas”. Acá, ¿a dónde carajo se va? Entonces el tipo se agarra al puesto como a un rencor. Es un lío. Es necesario administrar esa realidad con otras salidas, sin inflacionar el Estado ad infinitum, porque además hay que generar espacios para gente nueva, dar cabida a la pluralidad de voces, la cosa se complica. Es el caso del concertino. ¿Cuántos puede haber? ¿Cuántos quintos violines puede haber? Una biblioteca –que es un tema que me apasiona-, como los museos, que cada vez se van constituyendo más en centros culturales que en abarcar su especificidad, conducen a la aparición de nuevos oficios –más allá de que hay que conservar muchas cosas- y nuevas obligaciones. Nuevas demandas, que requieren fuentes de información. Es una cadena que hay que ayudar a construir y generar oportunidades reales para que la gente que se instruyó no se vaya al diablo. Que es lo que está pasando.

– Dejando de lado el Estado, las empresas privadas ¿qué responsabilidad pueden tener en esto?
– La lectura que se hace de cómo la gente hoy decide sus compras parecería que indica que, entre quienes ofrecen productos similares, se aprecia a quien tenga un programa de responsabilidad social empresaria. Hace unos días leía un trabajo sobre las cinco cosas en las cuales la juventud “desideologizada” (en la forma tradicional) marcaba nuevas tendencias en lo que tiene que ver con la dirección de su compra: una es la economía colaborativa, otra el tema ecológico, la comida natural, los viajes cortos y si existe la chance de comprar un producto donde ostensiblemente hay implícita responsabilidad social, lo eligen, incluso siendo más caro. Nadie va a hacer nada de puro piola hasta que el mundo no cambie de una forma radical. Pero hay países donde el ciudadano y el empresario tienen más integrada su ubicación en la vida. Obviamente hay también cosas que pueden tener que ver con la rentabilidad y puede haber empresas que hagan espectáculos y cosas que muestren que su actividad tiene un fin colectivo y social. Todo eso es muy dinámico, y los productos cada vez se parecen más entre sí, y la forma de distinguirse será en cómo comunicarse. Ahora bien, como hablábamos previamente, ¿qué va a pasar de aquí a diez años? Yo diría que si se crea una ley, debería decir lo menos posible para abarcar todos los cambios que puedan llegar a suceder. No todas las cosas van a ser resorte de un ministerio de cultura. Si hoy hablamos de “industrias culturales”, muchos quieren manejar eso desde el Ministerio de Cultura, pero ¿por qué se les ocurre eso? ¿Qué sabés vos de aranceles, negociaciones y todo lo que involucra una industria cultural? Es un tema del Ministerio de Industria.

– Muchas veces acá tenemos la costumbre de que todo esté preestablecido, reglamentado, previsto.
– Por ejemplo, no hay duda que el turismo cultural es importante. Eso no es materia de un Ministerio de Cultura. En todo caso, debe generar insumos que después el otro toma. Pero los intereses que pueda tener el Ministerio en cultura para dinamizar su actividad, no tiene nada que ver. El otro día, vi un vergonzoso espectáculo de tango en el SODRE, que no tiene ni gollete que esté en el SODRE. Una cosa digna de Las Vegas; poco que ver con el tango, era una acrobacia apurada, que incluso ni daba para percibir una pretendida evolución histórica. ¿Qué sentido tiene  que eso esté en el SODRE? Es para el cine Metro.

– Y ¿tiene sentido que el “Fata” Delgado esté en el Solís?
– Mirá, no quiero jugar al sentido político, porque nadie es muy virtuoso en este momento. Yo tengo una determinada formación. Como todo tipo de 70 pirulos, tenía 20 en 1968. Estábamos inventando todo. Sabíamos poco, como saben los jóvenes. Teníamos ganas de tirar el mundo para arriba y construirlo de una manera diferente. Por supuesto que como jóvenes pensábamos que teníamos la verdad en las manos.

En lo que me es personal, pese a tener una cabeza muy libertaria, si se quiere, con el correr del tiempo me fui convirtiendo en un tipo muy pragmático. Desde muy joven tuve que arreglarme para hacer la revolución pero llevar comida a casa. Como quien dice, había que negociar con la vida los sueños con el pan. Nunca me sentí afín a movimientos de izquierda que tenían una doctrina, digámosle de una forma como un corsé difícil de asumir, por lo menos en lo personal. Cuando el Frente ganó, más allá de que yo no perteneciera a esa colectividad, se generó una cierta expectativa. Pero, después de haber trabajado mucho en el ambiente cultural, tenía la certeza de que la historia iba a ser “conductista”.

Hay tres aspectos sobre los que se debe montar una estructura de Estado. Una es la más fácil –aunque no deja de tener su grado de complejidad- que es la preservación de lo patrimonial. Sobre eso no hay mucha discusión. Aunque hoy, con una rapidez bárbara, es patrimonial cualquier cosa que tenga “sabor a pueblo”. No puedo creer que en el Día del Patrimonio de homenaje a la cultura afrouruguaya [2007], las tres personas que se ponían en valor eran Rosa Luna, Marta Gularte y Lágrima Ríos. Se merecen todo el respeto del mundo, todos los homenajes del mundo, pero eso implica dejar a los negros donde están. Como decía una persona a la que conocí: “que ellos se dediquen a lo que se destacan”. Como diciendo “negrito, jugá al fútbol, bailá y limpiá bien la loza”. ¿Qué es esto? ¿Un mimo para que te voten? Ser negro en este país es un lío de la putísima madre; y ya ni te digo ser mestizo. Y son muchos más los mestizos. Sin embargo, si miro el Estado, no hay un negro y menos un mestizo en un puesto de destaque. Y esto no es un ataque al Frente Amplio. Yo siempre digo que es mucho más difícil ser de izquierda que de derecha. En la derecha tenés las cosas bastante claras; sin embargo, la izquierda tiene tantos matices que la duda está mucho más presente.

– No me contestaste lo del “Fata”, por lo menos en forma directa, pero me hablaste de uno de los aspectos de la estructura del Estado.
– El Estado debe mediar para que las cosas sucedan, aún sin tener idea de hacia dónde van. Por ejemplo, cuando yo comencé en estas lides, la ópera era algo muy de elite. Es muy caro producirla. En aquellos tiempos aparecieron Pavarotti, Domingo, Carreras y la popularizaron. Hoy la ópera llena el Solís. Es muy posible que lo recaudado no alcance a cubrir sus costos, pero al llegar a mucha más gente, ello permite que por ejemplo se destine algo más de dinero a la poesía, que siempre anda renga, o a otro rubro. Lo que sí tengo claro –y no sé por qué- es que si hay buena murga hay buena ópera, y viceversa. Realmente no sé la causa. Como también, si hay buenas artes plásticas hay excelentes artesanías, y mejora el diseño, y entramos en un círculo virtuoso.

– ¿Y el tercer aspecto?
– El apoyo a las movidas vanguardistas. O sea al futuro. Al que rompe cánones, que está en la búsqueda, tal vez muchas veces incomprendida, desorejada, con códigos tal vez no refrendados por la costumbre.

– Pero desde el punto de vista del Estado, esa es la más brava, porque siempre te está cuestionando.
– Y sí. Te lo decía antes, cuestiona lo establecido. Eso hay que hacerlo con mucho tino. A veces en la propia protesta está la fuerza. Quiero decir con esto que quien dirija cuestiones del Estado en cultura, sobre la base utópica de que no metiera los dedos, ya que los mete, tiene que tener mucha formación para ver qué se estimula; en qué te hacés presente y de qué te retirás.

(*) Palabra por palabra, al pie de la letra, literalmente; tales las definiciones de la expresión DE VERBO AD VERBUM, que hemos elegido para titular esta sección.

Entrevista realizada por Daniel Feldman

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