¿Cuáles son las razones de Trump para acelerar la ejecución de prisioneros federales?

¿Quién es Estados Unidos?
¿Cuáles son las razones de que un presidente estadounidense que está en las últimas semanas de su administración acelere la ejecución de prisioneros federales y, además, da el perdón presidencial a cuatro mercenarios estadounidenses que asesinaron a 14 civiles iraquíes a sangre fría? El gobierno federal ha matado a 10 personas este año, más ejecuciones judiciales que todo el resto de los estados de la unión combinados. Hay tres otras ejecuciones programadas antes de que Donald Trump abandone el cargo el mes próximo: una por un asesinato cometido cuando el condenado apenas tenía 18 años y otra en que el gobierno federal ejecutará a una mujer por primera vez en 70 años.

La sed de ejecuciones de la administración Trump va contra todas las tendencias y normas recientes, que han reducido las ejecuciones hasta casi eliminarlas. Y la frenética actividad en el corredor de la muerte prosigue a pesar de que la administración en sus últimos estertores hace poco más, aparte de cuestionar airadamente los resultados electorales. Es el Presidente electo Joe Biden, y no Donald Trump, el que está intentando hablar con sensatez acerca de la crisis del COVID-19 en EE.UU.

¿Es la sed de sangre un arranque de despecho por perder las elecciones? ¿O es solo maldad personal? ¿O es simbólica, un gesto brutal de “ley y orden” para dejar a Biden como un blandengue si cumple la promesa de abolir la pena de muerte?

Mientras pensaba sobre una posible explicación, recordé una anécdota que contaba el fallecido Simon Leys, gran sinólogo y ensayista belga. Le respondía al periodista británico Christopher Hitchens, que acababa de escribir un mordaz libro sobre la Madre Teresa, titulado, en una provocación típica de Hitchens, The Missionary Position (La Posición del Misionero). Leys, católico devoto, creía que Hitchens estaba tan abrumado por la superioridad espiritual de la Madre Teresa que quiso bajarla a su propio nivel.

Estuviera o no en lo cierto, la anécdota merece contarse. Un día, Leys estaba trabajando en un bullicioso café en algún lugar de Australia. La radio emitía música pop de mala calidad. De pronto, y como por milagro, el programa cambió y Leys escuchó el glorioso sonido de un quinteto de Mozart. Tras un momento de silencio en la sala, un hombre de puso de pie abruptamente, y como con rabia volvió a poner el dial a la música pop. En el café el alivio era palpable.

Leys reflexionó sobre este gesto de malhumor. ¿Odiaba el hombre la música clásica? ¿Mozart, en particular, le parecía desagradable? O quizás su falta de cultivo musical le hacía imposible apreciar la belleza de esta música. Leys llegó a la conclusión de que no era ninguna de estas posibilidades. Por el contrario, precisamente porque el hombre sintió la calidad de la música, tuvo que cancelarla. Mozart le había hecho sentir pequeño, insignificante, grosero. Tenía que arrastrar la música a su propio nivel.

Los cuatro años de la presidencia de Trump marcaron un tipo de agresión similar. Barack Obama tuvo sus defectos como presidente, pero siempre irradiaba un aire de dignidad y refinamiento. Pocos presidentes en la historia han tenido su don para la prosa en inglés. Obama no es solo un elegante escritor, sino un lector exigente. Su conducta en el cargo fue siempre impecable, y él y su esposa Michelle son el modelo de una pareja altamente civilizada.

Y eso es precisamente los que algunos de sus oponentes nunca pudieron esperar. Los racistas abominaban de la sola idea de ser gobernados por un negro. Pero el hecho de que ese hombre de color fuese tan bien educado y cultivado hizo todavía más intolerable su ascenso al máximo cargo del país.

Un buen número de comentaristas de los últimos cuatro años han señalado que Trump tenía un deseo obsesivo por derrumbar todo lo que su predecesor había construido. Se adujeron varias razones: su profunda inseguridad, su necesidad de hacerle el juego a su base electoral, o sus propios prejuicios raciales. Pienso que la anécdota de Leys acerca del café de Australia es la mejor explicación. Trump tenía que borrar la imagen altamente civilizada que Obama representaba y bajarlo a su propio nivel.

Una de las cosas que Obama solía decir era que los instintos más básicos que acechaban en las esquinas oscuras de la vida estadounidense “no son lo que somos” como ciudadanos de este país. Torturar prisioneros en “sitios anónimos” en todo el mundo “no es lo que somos”. Las matanzas racistas en iglesias de gente de color “no son lo que somos”. Y así sucesivamente.

Obama quería ser un líder que inspirara, y expresó en sus libros y discursos un alto ideal de los Estados Unidos. En este respecto, seguía el ejemplo de Martin Luther King, Jr. Ambos estaban muy conscientes del lado áspero, violento y racista de Estados Unidos. Ambos trataron de apelar a lo mejor de la naturaleza de la gente, con la esperanza de que algún día su país encarnara esa visión.

Exactamente eso provocó la agresión de Trump y sus fervientes partidarios. Ser vulgar, prejuicioso y exaltar la violencia fueron factores clave para el éxito de Trump. Mientras más crudo fuera el lenguaje y más áspera la conducta, más lo aclamaban sus seguidores. Fue su venganza contra Obama y todo lo que significaba.

La popularidad de Biden se ha basado en el exacto opuesto. Es un antitrumpista que promete devolver la dignidad a la política estadounidense. Al igual que Obama, manifiesta su fe en la razón y la colaboración entre los dos partidos, prometiendo que su gobierno pondrá fin a una era de vandalismo social y político.

No sabemos si lo logrará. Es mucho más fácil destruir que construir, como lo demostró una y otra vez la presidencia de Trump. Y, sin importar cuánto Biden desee impulsar la aspiración de Obama hacia una sociedad más civilizada, hay millones de estadounidenses que siguen pensando que eso no es, para nada, “lo que somos”.

 

Por Ian Buruma
Profesor de Democracia, Derechos Humanos, y periodismo en el Bard College, autor de numerosos libros
Fuente: project-syndicate org    

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