De elefantes y Narcisos

I – Cual elefante en bazar
Los rioplatenses hemos visto y, para peor, seguimos viendo, cómo las más altas autoridades de la Argentina continúan moviéndose cual elefante en un bazar.

Esto es, cómo se les escapa, al menos a ojos vista, el control de la situación de un gobierno en declive, al tiempo que la oposición, en un porcentaje nada menor, lo es por imperio de una táctica pero no de una estrategia.

Es decir, hay no pocos elementos opositores que hasta no hace mucho tiempo le rendían pleitesía a la señora Cristina Fernández de Kirchner y a su séquito, por llamarlo de alguna manera.

VALLE  para Pagina

En resumidas cuentas hoy, según todo da a entender, la impudicia ha tomado cuenta del poder.

La desvergüenza cunde al extremo de asistir a movimientos elefantiásicos dentro del bazar de los conflictos argentinos que, desde hace no mucho tienen resultancias directas e indirectas en el plano internacional, como en lo que respecta al Uruguay.

Vale recordar que el Gobierno de la Argentina, tuvo el raro privilegio de firmar un Memorándum de entendimiento con el Gobierno de Irán. Lo hicieron, por si fuera poco, un 27 de enero, fecha de la conmemoración de la Shoá.

Ahora bien, a resultas de toda esta inoperancia hemos tenido en Montevideo repercusiones de los caderazos de un elefante díscolo, por decir lo menos.

Coletazos éstos que directa o indirectamente llevaron a que deambularon, más allá de lo considerado normal, por nuestro territorio, ciertos ciudadanos iraníes y sirios.

Los sirios, provenientes del Brasil, con pasaportes israelíes falsos, con la intención de seguir rumbo a España. En algunos casos lo lograron, en otros, no.

Los iraníes, refiriéndonos a ese deambular fuera de lo normal, tuvieron y siguen teniendo un trajinar algo más complejo que un aeropuerto como vía de escape.

Otros iraníes, no ajenos al Memorándum y a sus antecedentes como derivaciones también se valieron de territorio uruguayo para desarrollar acciones que, al estar de las informaciones de pública notoriedad fueron, por lo menos, sospechosas.

Es pertinente a estas alturas, recodar al presumiblemente asesinado Fiscal argentino, Señor Alberto Nisman, cuando hace ya tiempo en diálogo con colegas uruguayos, se refiriera a cómo determinados iraníes habían utilizado a Montevideo, como punto de hospedaje y quizá de preparación, para lo que luego serían los trágicos atentados antisemitas perpetrados en la Argentina hace más de una década y que cegara la vida de tanta gente inocente.

Asimismo, es sabido que en el vecino país hay jaurías que luchan por espacios de poder, del formal y del subterráneo.

Mientras tanto , un elefante tan megalómano como exacerbado, va nalgueando y destruyendo a su paso cristales de fina talla, logrados a partir del esfuerzo de un pueblo que, como el argentino, y merced a la pujanza de su envidiable cultura asiste en pasividad e inseguridad creciente viendo cómo se resquebraja la institucionalidad en su país.

Convengamos, además, que todos estos protagonistas con poder, desde el elefante hasta el último ratón, padecen la ceguera de Narciso.

II – La ceguera de Narciso
Ver y mirar, como oír y escuchar, son parecidos a la vez que opuestos, sea por las motivaciones que llevan consigo, sea por sus respectivos alcances y aprehensiones.

En los primeros casos, se trata de acciones primarias, en tanto que en los segundos, se trata de una voluntad motivadora que hace con que el accionar de cada sentido sea también profundo, pues lleva consigo la intención de hurgar, de escudriñar, de conocer.

Tanto en el ver como en el oír puede haber una voluntad de desconocer que puede bien traducirse en la búsqueda de la ausencia de compromiso, es decir, de buscar a sabiendas ser prescindente y por ende ajeno a la realidad de a puño.

A ésta realidad de a puño, convengamos, sólo se llega con la voluntad de saber, de comprender y, así, de aprehender. Algo que puede constituir la conciencia de dicho saber. Esa intelección entre el sentido y la mente es el otro modo de nombra a nuestro “juez interior”.

En cambio, aquellos hombres y aquellas mujeres, que tienden a lo efímero en los sentidos, pueden asimismo tender a la ausencia de una conciencia moral.

Es el caso de aquellos individuos que tienen para sí el vivir una servidumbre voluntaria respecto de las cuestiones de su sociedad, de sus vecinos, mientras que para con sus familias suelen ser unos pequeños tiranos.

Son esos pequeños tiranos que al depositar su cuota parte de poder en el gran tirano de turno, aquel mandamás que, con escenografía democrática como sin ella, se lleva por delante toda faceta del poder que colide con el suyo, le dan un poder superior a partir del cual acciona y aterra.

Esos tiranos, tanto el grande, como los pequeños y anónimos, son quienes padecen, a ciencia cierta, la ceguera de Narciso.

Esto es, no pueden ver y menos reconocer nada que esté más allá del espejo que los refleja y con el cual se retroalimentan, todo esto desde en una orgía narcisista que las más de las veces anticipa tragedias propias y ajenas.

En los tiempos que corren, por imperio de tales cegueras, repito que de grandes como de pequeños tiranos, progresa la creación de muros entre los individuos, a lo largo y ancho del mundo.

Es así que el otro, por diferente, tiende a ser excluido. Más aun, es propenso a que sea ejercida sobre él todo tipo de violencia. Y la peor violencia ejercida es, sin lugar a dudas, la violencia ejercida por y desde el Estado para con sus ciudadanos.

Es el terrorismo de Estado que, en su versión actual, por ejemplo, campea a través de fundamentalismos supuestamente con base en creencias religiosas, sean gnósticas como mesiánicas, pero todas concluyen en una determinante inexorable: la negación del otro, como sujeto de derecho.

Desde esas máscaras, el rostro oculto del terrorismo de Estado, venga de donde venga, ejerce el más burdo totalitarismo sangriento, arrasando a su paso libertades y derechos, dignidades e identidades.

Es así que estas mentes enfermas, sea por su profundo vacío existencial, como por la angustia extrema en pos de la obtención, a cualquier costo, de poder y riquezas, van en busca de la degradación del otro.

Las únicas armas para enfrentar al monstruo polifacético es la razón sensible y la solidaridad cotidiana sin distingos de especie alguna, todo lo cual se traduce en ejercer, como ciudadanos, una libertad responsable.

En conclusión
El Uruguay ha sabido sobreponerse, en un proceso que siempre va a más, primero que nada a sus propias miserias, como ser: la hipocresía societaria, la discriminación sutil, larvada hacia diferentes colectivos y etnias, hasta alcanzar, progresivamente, un estadio digno de civilidad e identidad democrática y republicana.

El Uruguay, humilde y sencillo en geografía y topografía, crece y se yergue altivo, sin bravuconadas pero bien parado en su circunstancia geopolítica, mirando frontalmente al Atlántico Sur, que es, digámoslo una vez más, su destino manifiesto.

Este país es, ciertamente, tan ajeno como contrario a toda muestra de quienes pretendan utilizar nuestro territorio para operar con estrategias y tácticas xenófobas, neonazis y mafiosas.

Se han equivocado de lugar. Aquí, la ceguera de Narciso no se ha adueñado ni de la visión de nuestros gobernantes, ni la del pueblo en su conjunto. Que se sepa, pues.

Y como el Río de la Plata tiene dos márgenes, libres, pero con igual elemento vital que une a dos Estados-Nación soberanos, el próximo día 18 de febrero la Marcha del Silencio, en la Argentina, también será la nuestra.-

Por Héctor Valle
Historiador y geopolítico uruguayo 

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