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CINE | “Bacurau”: Una poética epopeya de resistencia

La violencia desenfrenada como diversión o mero pasatiempo deportivo, el más ácido racismo, la penetración imperialista de impronta neo-colonial,  la heroica resistencia y la supervivencia en condiciones de extrema indefensión, son las incisivas líneas argumentales que propone “Bacurau”, el impactante drama costumbrista de los realizadores brasileños Kleber Mendonça Filho y Juliano Dornelles.

Esta película, de intenso sesgo testimonial, ambientada en un universo temporal impreciso pero claramente identificado con el gobierno golpista y usurpador de Michael Temer o el de su sucesor, el fascista Jair Bolsonaro, es una desgarradora crónica que desnuda –mediante un lenguaje visual que transpira poesía- las miserias subyacentes de una nación rica pero recurrentemente saqueada, desde los tiempos de la colonia.

Parafraseando al emblemático intelectual, novelista, ensayista y periodista Eduardo Galeano, este largometraje retrata, con singular contudencia,  uno de los tantos territorios de “Las venas abiertas de América Latina” (1971), una obra fundamental para comprender e interpretar cabalmente la centenaria historia de drenaje y explotación a la cual ha sido recurrentemente sometido nuestro continente, por parte de los imperialismos de antaño y de ahora.

Por más que “Bacuraru” esté concebido en un formato de western sin referencias geográficas del lejano oeste norteamericano y nos recuerda la dramática poética de “Dulce país”  (2017), del realizador australiano Warwick Thornton, esta es una propuesta dotada de una explicitud y una potencia realmente demoledoras.

Es, asimismo, una suerte de revelador y no menos minucioso retrato costumbrista, que denuncia las paupérrimas condiciones de vida de los pobladores del olvidado nordeste brasileño, concretamente del desolado sertón. No en vano, el nombre de ese árido e inhóspito territorio, que en portugués  se escribe y verbaliza sertão, significa nada menos que “desiertazo”.

En ese pueblo, que no figura en ningún mapa más que en la imaginación de sus pobladores, con fuertes apelaciones al realismo mágico del monumental Premio Nobel de Literatura colombiano Gabriel García Márquez o bien al mítico Mosquitos del escritor compatriota Mario Delgado Aparaín, convive una comunidad de identidad bien arraigada, con pasional sentido de pertenencia y unida por la tradición y por la cotidiana cultura de supervivencia.

Esa impronta se advierte claramente desde el comienzo del relato, cuando una mujer regresa luego de una larga ausencia a bordo de un camión cisterna que transporta agua potable.

Ese removedor momento de reencuentro con sus raíces y sus afectos la confronta al velorio y entierro de Carmelita, la nonagenaria matriarca del lugar, quien recibe las honras fúnebres de los lugareños en una atmósfera de tristeza y respeto no exenta de cierto espíritu festivo, acorde a los mandatos ancestrales y las sempiternas creencias de las etnias originarias.

En ese marco, un referente del lugar ensaya una semblanza sobre la fallecida, con alusión a sus descendientes -hijos, nietos y bisnietos- muchos de los cuales han logrado trascender a la inercia y la resignación. Al respecto, el hombre expresa que hay obreros, profesionales de varias especialidades, y hasta prostitutas, lesbianas y homosexuales, pero no hay ladrones.

Esa es, naturalmente, toda una definición ética, que reflexiona sobre trayectorias de vida y diversidades, pero también en torno a  la honestidad como un patrimonio muy preciado.

En ese contexto, los cineastas recuperan la estética, la matriz identitaria y el frontal perfil de denuncia del emblemático cinema novo de la década del sesenta, cuyo precursores y cultores fueron nada menos que Glauber Rocha, Nelson Pereira dos Santos, Rui Guerra y Joaqum Pedro de Andrade, entre otros.

Honrando ese rico legado, este es ciertamente un film político, que nos interpela sobre las barbaries perpetradas por los nuevos colonizadores, que, además de rapiñar las riquezas de la esplendorosa América, también canalizan todas sus patologías criminales.

En una suerte de parábola que permite evocar a la legendaria épica de la Ilíada homérica y al asedio, por parte de los coaligados aqueos a la ciudad de Troya, Bacurau es un pueblo sitiado.

En efecto, a la pobreza extrema y la falta de agua, por el bloqueo de un enbalse por parte de un corrupto y extorsionista alcalde que aspira a ser reelecto, se suman los ataques criminales de  un grupo de turistas anglosajones armados a guerra, quienes participan en un perverso safari -con la complicidad de las autoridades- en el cual las presas son obviamente los humanos.

Se trata de racistas enfermizos que destilan odio, desprecio y resentimiento hacia seres que consideran inferiores, quienes, con el apoyo tecnológico de un dron semejante a un platillo volador que surca el diáfano cielo del desolado y agreste paisaje, monitorean permanentemente el terreno para ubicar a sus víctimas y asesinarlas sin mayores pruritos ni contemplaciones.

Parte de esa salvaje fauna humana es una pareja de coloridos motociclistas, que, mientras masacran a sus víctimas, se hacen tiempo para practicar sexo al aire libre.

Estos paranoicos imperialistas cuentan con la complicidad del alcalde Tony Junior (Thardelly Lima), quien, en una de sus demagógicas visitas, “dona” una montaña de libros usados transportados como si fuera ladrillos, ataúdes, alimentos de baja calidad y medicamentos vencidos.

Uno de los personajes más representativos del pueblo  no exento de componentes simbólicos, es la “doctora” Domingas (estupenda Sonia Braga), una suerte de alcohólica curandera y protectora que ensaya extraños rituales, como pretendiendo exorcizar a sus vecinos contra la tragedia que se avecina.

No le va en zaga, por su furia y rebeldía, el intrépido Lunga (Silvero Pereira), un marginado con aspecto de guerrillero guevarista, quien- mediante métodos tan brutales como los de sus enemigos- organiza la resistencia a la agresión extranjera.

Aunque no se explicite ni se insinúe ningún parangón con otros acontecimientos históricos, esa enconada lucha evoca lejanamente el valor y el estoicismo de la Cuba revolucionaria, cuando, en en 1961, aplastóla invasión de fascistas contrarrevolucionarios apoyados por Estados Unidos, en Bahía de Cochinos (Playa Girón), que intentaban hacer retroceder los relojes de la historia.

Más allá de su formato creativo, que emula algunas de las señas de identidad del género western, “Bacurau” es un drama de aliento cuasi épico, que destila violencia y heroísmo a raudales, mediante una estética que privilegia lo simbólico y lo alegórico, el colorido costumbrista, el canto, el baile, el rezo y el sexo.

En esas circunstancias, este drama- de escritura visceral- reflexiona sobre las ancestrales creencias de génesis nativa, la pobreza extrema, el agobiante aislamiento, la más cruda segregación, la demagogia, la corrupción política, el racismo, la alienación, la intolerancia y el imperialismo, como una expresión de hegemonía económica, social y cultural en tiempo de exacerbada polarización ideológica.

 

Por Hugo Acevedo
Periodista y crítico literario

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