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El retorno a la hegemonía liberal estadounidense

Tras cuatro años de Donald Trump, su inminente salida del cargo es motivo de mucha esperanza. El Gran Disruptor será reemplazado por Joe Biden, un internacionalista e institucionalista con una postura favorable a Europa y a la OTAN, que a diferencia de Trump, tratará a los amigos de Estados Unidos mejor que a los enemigos tradicionales (entre otras cosas, respetando el libre comercio). En el ámbito de la cooperación militar, no llenará a los aliados de amenazas por el estilo de «o pagan lo que les corresponde o nos vamos». El multilateralismo guiará una vez más la política estadounidense; se volverá a una hegemonía liberal, en vez de la tosca versión iliberal de Trump.

«Liberal» quiere decir un orden internacional basado en reglas, la promoción de la democracia y sociedades abiertas. Trump no sólo abandonó estos principios, sino que también mostró afinidad con los déspotas del mundo, coqueteando alternativamente con figuras como el presidente ruso Vladimir Putin y el dictador norcoreano Kim Jong‑un. (Pero la indulgencia estadounidense con Arabia Saudita, por supuesto, no es adjudicable a Trump: todos los gobiernos han adherido a aquel viejo dicho de que «será un bastardo, pero es nuestro bastardo».)

El juego de Trump fue estrictamente de suma cero, sobre todo en lo referido al comercio. Esto supone un claro desvío respecto de la tradición estadounidense de la posguerra, con su énfasis en el intercambio con suma positiva, donde ambas partes ganan. Trump arrastró de vuelta al mundo a una política de poder decimonónica, en la que los estados no tienen amigos permanentes, sino intereses permanentes.

Como es natural, ahora se espera una restauración del viejo orden liberal. Habrá cierta reconstrucción con Biden, un presidente que se formó durante casi medio siglo en los hábitos del imperio liberal estadounidense. Pero hay que tener en cuenta que Trump no fue una completa aberración: el giro de Estados Unidos hacia una política más endocéntrica es anterior a él.

Recordemos que aunque Trump ordenó la retirada de miles de soldados estadounidenses de Europa en 2020, el gobierno de Barack Obama (del que Biden fue vicepresidente) hizo lo mismo en 2012. Más allá de las invectivas de Trump contra Europa, Obama también se quejó de los que se «aprovechan» de Estados Unidos («Free riders aggravate me»). Fue Obama el que inició el repliegue del poder estadounidense de Medio Oriente con la reducción de tropas en Afganistán e Irak y la negativa a intervenir contra Bashar al‑Assad cuando usó armas químicas en Siria.

La promesa de Trump de poner fin a las «guerras interminables» de Estados Unidos es un calco de Obama. El predecesor progresista de Trump hizo los primeros experimentos de neoaislacionismo, y proclamó que «es hora de concentrarnos en la construcción nacional interna». El compromiso de Trump de destinar un billón de dólares a un programa de infraestructura («Estados Unidos primero» en desarrollo y bienestar) es un eco de esa frase.

Lo que intento demostrar es que el giro aislacionista de Estados Unidos es anterior a Trump, y no se revertirá por completo con Biden. Al fin y al cabo, el proteccionismo (la defensa contra la competencia extranjera) es atractivo para la derecha y para la izquierda. Hablar de una política migratoria generosa estaba bien mientras los demócratas estuvieran en la oposición pintando a los republicanos como mezquinos nativistas. Pero es improbable que el gobierno de Biden abra de par en par las puertas de Estados Unidos a las «multitudes hacinadas» del mundo, o que derribe las secciones del muro en la frontera mexicana construidas durante la presidencia de Trump.

Tampoco abandonará la competencia de poder con China, cuyas propias políticas proteccionistas y prácticas de apropiación de propiedad intelectual son una fuente permanente de tensión. Estados Unidos seguirá afirmando su presencia en el Pacífico occidental, donde se intensifica una rivalidad clásica entre una potencia terrestre en ascenso y una potencia marítima establecida. En general, demócratas y republicanos están comprometidos con una doctrina de Contención 2.0, en la que se congreguen actores regionales como la India, Japón, Corea del Sur, Taiwán y Australia.

En cuanto a Medio Oriente, Biden ya confirmó que intentará restaurar el acuerdo sobre el programa nuclear iraní, aunque no en la forma bienintencionada de su anterior jefe Obama. El gobierno entrante dejará intacta la nueva alianza contra Irán forjada entre Israel y los estados árabes del Golfo, y no repetirá el error que cometió el gobierno de Obama de intentar un «reinicio» en la relación con Rusia.

La Rusia de Putin se ha convertido desde 2009 en una potencia expansionista que ejerce presión sobre Europa, África septentrional y Medio Oriente. Los europeos celebran la victoria de Biden, pero deben saber que el nuevo gobierno insistirá en las demandas de que Europa aumente su gasto en defensa. Asimismo, Alemania debe estar preparada para encontrar más resistencia estadounidense al gasoducto Nord Stream‑2, un proyecto conjunto rusoalemán que elude a los países de Europa del este y aumenta la dependencia energética alemana respecto de Rusia.

Aunque Biden se presente como la contracara de Trump, seguirá promoviendo algunos de los mismos intereses estratégicos básicos de Estados Unidos en relación con China, Rusia y la competencia comercial con Europa. Pero como dicen los franceses, el tono hace la música. El gobierno de Biden traerá un bienvenido cambio en el estilo de la diplomacia estadounidense: de la brutalidad de Trump a una actitud profesional y educada.

Igual que en la vida privada, en las relaciones internacionales el respeto y la cortesía también reportan grandes beneficios. Biden no sólo mejorará el tono, sino que jugará menos juegos de suma cero y más con suma positiva. Pondrá el acento en los intereses compartidos, y tratará de restaurar el liderazgo estadounidense mediante la persuasión, en vez de un unilateralismo desconsiderado (por ejemplo, tiene planes de interrumpir la retirada de tropas estadounidenses de Europa ordenada por Trump).

Con el abandono de la doctrina de «Estados Unidos primero» de Trump, Biden dará un alivio (que no será gratuito) al resto del mundo occidental. Como escribió en un artículo publicado este año en Foreign Affairs, la «agenda política [de su gobierno] pondrá otra vez a Estados Unidos en la cabecera», desde donde liderará «no sólo con el ejemplo [del] poder, sino también con el poder [del] ejemplo».

Pero a fin de cuentas, poder es poder; y el de Estados Unidos todavía no tiene competidores en el mundo. Quienes temieron y despreciaron a Trump tienen en el resultado de la elección de 2020 motivos para la esperanza. Es indudable que Biden blandirá la potente espada de Estados Unidos con más juicio y con mejor cara de amigo. Tras la inauguración de la presidencia en enero, Estados Unidos volverá a ser un socio disponible. Pero que el mundo espere una ardua renegociación de las condiciones.

Traducción: Esteban Flamini

Por Josef Joffe
Universidad de Stanford

Fuente: project-syndicate org/

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