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El poeta, nacido en Colonia Lavalleja, Salto, en 1955, cumpliría 65 años de su nacimiento este 13 de noviembre. A raíz de la reedición de un poemario fundamental en la poesía de Elder, La frontera será como un tenue campo de manzanillas, publicado por la editorial Civiles Iletrados en setiembre, que dirige el poeta Luis Pereira Severo, aprovechamos a hacer esta reseña y sumarnos, desde La ONDA digital, a una serie de homenajes a Elder Silva que se le han realizado en especial durante esta segunda semana de noviembre.

Su vasta trayectoria poética, incluye Líneas de fuego (1982), Cuadernos agrarios (1985), Un viejo asunto con el sol (1987), Fotonovela, canción de perdedores (1996), La cajera de Oxford y otros poemas de Amor (1999), Mal de ausencias (2002), Sachet (2009), Bar Bukowski (2012), Agua enjabonada (Poesía reunida, 1982-2012, publicada en 2013) y El reloj mide las horas donde tu boca falta (2014).

Sergio Schvarz

Conocí a Elder Silva en las vísperas de la elección de 1984, que daría paso a la democracia y al fin de la dictadura cívico-militar. Para la campaña electoral se había dispuesto una serie de lecturas poéticas, especialmente una en el costado de la escalinata de la Universidad de la República que, como suele suceder, se suspendió por lluvia cuando me iba a tocar a mí.

Luego lo volví a encontrar en el periódico La Hora, él desde la página cultural, de la cual fue el director, y yo haciendo prácticas de digitación, pero por cuestiones de horario casi no nos veíamos. Sin embargo, gracias a Macunaíma (como ya he contado en otra oportunidad) le acerqué una serie de poemas y Elder Silva decidió publicar uno (Encuentros en la esquina), que fue mi primer poema publicado.

Con el cierre del diario La Hora (luego convertida en La Hora Popular, que no pudo sobrevivir) y la asunción de Lacalle Herrera, las posibilidades laborales menguaron hasta el punto que decidí exiliarme en México, exilio que duró cinco años. A la vuelta, no fue sino hasta el año 2001 en que volví a encontrarlo, a raíz de un encuentro poético que se hizo en la ciudad de Rivera, más precisamente el 21 de noviembre (y que contó con las ponencias de Jorge Arbeleche y de Elder Silva sobre la presentación de su obra; la de Enrique Lorenzo sobre Didáctica de la literatura uruguaya, la de Helena Corbellini sobre la Narrativa contemporánea: Carlos Liscano y Henry Trujillo, y la de Gerardo Ciancio sobre Poesía contemporánea uruguaya).

En dicho encuentro se leyeron poemas de integrantes del taller literario DE.LI.R, así como de Jorge Arbeleche, cuya poesía tiene una solidez mayúscula, y Elder Silva, vestido de bufón, irradiando total simpatía y comprándose al público desde sus primeras evoluciones. También fue mi debut leyendo varios poemas que tuvieron buena acogida y una felicitación personal —un apretado abrazo— de Elder Silva.

Además, Elder Silva fue un gran gestor cultural, desempeñándose como coordinador del Centro Cultural “Florencio Sánchez” de la Villa del Cerro, desde 1997 hasta el 2001, donde su labor en dicho centro cultural fue muy importante, ya que permitió a muchos artistas, tanto locales como nacionales, dar sus primeros pasos y, en otros casos, formó parte de la trayectoria de pintores, fotógrafos, poetas, músicos y actores.

La frontera del recuerdo

La poesía de Silva toca distintos aspectos de lo cotidiano, de su autobiografía, con una retórica que se presenta descarnada, despojada de artificios, engañosamente simple. La postulación de un discurso poético transparente es en sí misma una máscara que en vez de ocultar nos muestra otra cosa que está allí, debajo del texto y que el texto descubre: la poesía.

Este poemario gira en torno al recuerdo, sobre todo de su ciudad natal, a la que una y otra vez vuelve, incluso desde el extrañamiento que provoca su llegada para quienes fueron sus compañeros de escuela y de quienes nunca se movieron del pueblo, como diciéndonos, de alguna manera, que al partir del lugar donde uno nació, ha quedado huérfano, desde el momento que ha abandonado, como si fuera una especie de traición, ese punto de partida.

Ese exilio es total y permanente, por cuanto por más que vuelva el lugar ya es otro, y uno mismo, también ya es otro, aunque sea el mismo. Cualquiera que haya vivido en un pueblo del interior, como Pueblo Lavalleja o Colonia Lavalleja en el departamento de Salto, sabe bien lo que es la nada. Sobre todo esa nada de las dos o las tres de la tarde cuando un lejano ladrido nos recuerda que existe, aún, la vida. Esa nada en la que los tarumanes envejecen “sitiados por perros vagabundos”, o que vagan entre esas sombras “que escarban/ estos pedregales”, o, más aún, entre “la calle que se extiende/ y mira hacia donde nadie regresa todavía”. Si bien esto extiende la posibilidad del regreso, se sabe que nadie lo ha hecho, por ahora, como si no fuera necesario.

Y en ese pueblo natal, vértice sobre el que gira el poemario entero, todo, como es natural, sigue igual, como si no hubiera pasado el tiempo, y la memoria es un “suavísimo humo” que da señales pero que también se diluye en el viento.

Entre los recuerdos estará el primer beso, el recuerdo de su padre y su madre, la infancia, y ni qué hablar de los recuerdos amorosos, “pretexto apenas,/ un signo del fracaso”. Porque de éxitos y fracasos amorosos está compuesta la existencia de un poeta, y más en este (tan enamoradizo), que nombra las cosas de la tierra y del aire, el perfil de la naturaleza, que se compone, precisamente, de la palabra amor y de su reverso: el desamor, “como ese polvo que nos invade a veces/ en las tardes de inmensas ventoleras”.

Y allí estará la amada que iba y venía, “siempre intacta” y que era capaz de dejar que corriera el agua “por los lugares recién amados”, bajo la ducha purificante. Y habrá también unas benditas sugerencias, “para llevar minifalda” que es cosa seria —digan si no—, porque tendrán que ser piernas adecuadas las que luzcan por entero, sin vellos, broncíneas (“No hay nada más antiestético —antipoético, se diría— que unas piernas absolutamente blancas”).

Los pájaros y el canto de los pájaros recorren la obra, incluso desde un portugués tan común a la zona norte, de la frontera: “Louvados sejam as cores/ os pássaros coloridos na ventania,/ nas manhãs azuis/ de Pueblo Lavalleja”.

También hay una serie de sentencias populares, con las que dialoga insistentemente, como cruzar un arroyo crecido con la hoja de un cuchillo “atravesada entre los dientes”, o la prohibición de que una embarazada corte una rama del cedrón porque se seca, o bien las tormentas que se cortan “con una cruz de sal”, o los rayos cortados “con guampa quemada”, y la definitiva de no acostarse con una mujer de ojos azules “si nunca se ha tenido entre las manos/ el cielo que al amanecer/ espera en el espejo suave de los tajamares”.

Elder juega con el tiempo (¿o el tiempo juega con él?), de tal forma que lo que viene, el futuro, puede ser algo que ya pasó, porque lo que pasó es, sin duda, lo que se quisiera que volviera a pasar, siempre. Así, si “intento pensar en el futuro/ en las noches quemadas”, esas noches son parte del pasado, pero también del futuro (y eventualmente del presente en que se escribe el poema).

Ya hemos dicho que en el Norte el portugués (el brasilero y su mezcla, el portuñol) es un segundo idioma y, a veces, el primero. Para el poeta, el uso del portugués (el brasilero) es un soplo de aire que le trae otros recuerdos, de su infancia y adolescencia, y se apoya en ese uso para traerlos a la memoria.

Las Postales norteñas recuperan un instante fugaz que de otra manera sería olvido, y que tienen, además, cierta belleza pictórica y una utilidad práctica o pictógrafa. Estas postales se guardan en un rincón del recuerdo, la memoria, para que no se olviden (para que no olvidemos su existencia), nos cuenta, en breves líneas, un universo paralelo y fugaz pero detenido, como ámbar, en el tiempo, y nos adorna el sentimiento, si es eso posible.

Y, no pueden faltar los niños jugando, porque aunque al mundo le sobran guerras y harta hambre, los niños seguirán llegando al Cielo (piedras, Rayuela), o jugando “en los chilcales/ a pesar del viento”. Y ese viento es otra constante en su poesía. Es un viento lleno de cometas, pero también, furioso, que echa por tierra nidos y casas, así como hace volar cientos o miles de panaderos “en el atardecer de marzo”. Porque en Elder Silva la naturaleza está siempre presente, quizá como una manera de demostrarnos que nos debemos a las fuerzas naturales. Son ellas las que nos imprimen su huella en nuestros sentimientos.

Hay varias referencias a otros poetas, escritores o cantantes, que nos muestra el mundo en que se apoya Elder para su poesía (y para su vida), empezando por el amigo Benavides, Ernesto Cardenal, Nicolás Guillén, Abbas Kiarostami, Violeta Parra, Caetano Velhoso, Ferreira Gular, Oswald de Andrade, Manzanero, José Asunción Silva, Horacio Quiroga, Li Po, José Coronel Utrecho, Cesare Pavese, Julio Herrera y Reissig y, más acá Laura Wittner y Rosario Peyroú.

Y por último lo importante en esta obra es la frontera, el concepto de frontera. Esta es impalpable, lo de uno y otro lado es lo mismo, y sin embargo distinto, pero, claro, eso que no existe, de alguna manera vive. Por cierto, al poema no lo detiene la aduana, lo mismo que a nuestras ideas y pensamientos, pareciera decirnos, desde y para la eternidad, Elder Silva.

(La frontera será como un tenue campo de manzanillas, de Elder Silva, Civiles Iletrados editores, 4ª edición, setiembre de 2020, Montevideo, 106 páginas)

 

Por Sergio Schvarz
Escritor, poeta, y ensayos breves

La ONDA digital Nº 976 (Síganos en Twitter y facebook)


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