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Sr. Sergio Ramírez: Debo decirle, en primer lugar, que me daba mucha vergüenza no haber leído nada suyo. Quiero decir, alguna vez había leído algún cuento y, por supuesto, leí declaraciones suyas sobre los temas permanentes de Nicaragua, la sandinista y la otra. No es que no supiera quién es usted, que se integró a una revolución que destinó, para siempre, al basurero de la Historia, a ese Somoza que, como dijeran los gringos, era “un hijo de puta, pero bien nuestro”. Y usted y yo sabemos de las atrocidades de los Somoza y de cómo esa revolución, triunfante como pocas, llegó a Managua y mandó a parar todo para luego recomenzar. Y también sabemos de las dificultades, de la contra (y del escándalo Irán-contras) y, no me quiero olvidar, de Ortega y su “estilo” de gobierno.

Pero no es de esto que quiero hablarle, sino de literatura, porque si bien todo es política, pude encontrar un libro suyo, Castigo divino, que algunos dicen que es su mejor novela, y tomé algunas notas que quiero desarrollar en esta carta.

Sergio Schvarz

Lo primero es por qué utilizo este género epistolar, que ha pasado ya de moda debido a las nuevas tecnologías, a la brevedad y rapidez del mensaje. Pero es que, al ir leyendo su novela, comprendí la importancia de las cartas en esta obra. Diversas cartas son parte de la trama, pruebas y contrapruebas, y hasta la justificación, e incluso una carta del principal personaje, e implicado, y su contestación, forman parte de lo fundamental de la novela, aunque esté casi al final.

Además, hay una cierta retórica, o más bien un discurso romanticista y todo lo que sucede es por obra y gracia del amor, o por culpa del amor, y el género epistolar es el adecuado para este tipo de sentimientos. Más allá que el trasfondo de la novela es policial o, mejor dicho, judicial.

Por supuesto que si bien el personaje principal es Oliverio Castañeda Palacios, el acusado de envenenar a tres personas: su mujer, Marta Jerez, la hija de Don Carmen Contreras, Matilde, y el propio padre, con estricnina, hay una serie de personajes secundarios que alcanzan notoriedad, como los doctores Derbishire y su discípulo Salmerón, que se verán envueltos en una agria disputa y enemistad; el periodista Rosalío Usulutlán que hace públicas las infidencias del caso y un grupo de amigos que se reúne en torno a la Mesa maldita de la Casa Prío (un bodegón, almacén y anexos donde se examinan “historias de carácter escabroso), presidida por el ya mencionado Dr. Salmerón.

Detrás de todos estos, circula el capitán Ortiz, enemigo jurado de Sandino, que por esa época (1933) será traicionado y asesinado; el presbítero Isidro Augusto Oviedo y Reyes, defensor de las buenas costumbres conservadoras; el juez Fiallos, que tiene, inscripta en la pared, la famosa frase de Terencio que dice: “Nada de lo que es humano me es ajeno”, frase que hizo circular Carlos Marx, entre otros, y que quedará para la posteridad; su ayudante Alí Vanegas, hijo del poeta Juan de Dios Vanegas que, a su vez, tuvo de maestro a Rubén Darío. A todo eso hay que sumarle otros personajes menores, como ser la cocinera Salvadora Carbajal, que al final no podrá ser salvadora, otros periodistas y demás doctores que pueblan sus páginas.

No quiero olvidarme, no podría hacerlo, el peso de la Guardia Nacional, a la sombra del ejército de invasión estadounidense y su general, Anastasio Somoza, que instauró una sangrienta dictadura que, como dije al principio, el Frente Sandinista de Liberación Nacional logró borrar, para siempre, de la historia de Nicaragua.

Pero estoy contándole todo de cualquier manera, y le pido disculpas. Es que en sus 456 páginas hay de todo, como en botica, y si bien la novela cuenta sobre el sonado caso Castañeda, que fue tema de estudio obligatorio en clase de Instrucción Criminal de la Facultad de Derecho de Nicaragua, a la que usted asistió en la década de los sesenta, hay aquí un retrato de época y de la sensibilidad histórica. Fíjese que el período histórico referido se integra con personajes de la talla de Franklin Delano Roosevelt y su “new deal”, o el ascenso de Hitler al poder en Alemania, incluyendo el incendio del Reichtag, y una serie de dictaduras en Centroamérica que giraron en torno al Departamento de Estado de Estados Unidos, como bien todos sabemos. Y aquí debemos incluir la asunción como presidente de Nicaragua del Dr. Juan Bautista Sacasa, el 1º de enero de 1933, que duró apenas unos meses, hasta junio, y fue depuesto por el general Anastasio Somoza.

Por eso es importante su novela. No sólo por plantear un caso aparentemente criminal en todos sus detalles e implicancias, sino porque sienta las bases del desarrollo, o mejor dicho del desarrollo trunco, de los países centroamericanos enmarcados en un conflicto histórico que se resolverá en una sangrienta guerra mundial y una no menos terrible “guerra fría” que tuvo episodios muy calientes y mortales, como la guerra de Vietnam, por ejemplo, o la guerra de Corea.

Sin embargo debo, señor Ramírez, ser un poco más explícito, y concreto, en aras del rigor científico, o crítico, por más que no me considere un crítico literario sino un ensayista literario. Es decir que, desde la experiencia literaria (e incluso periodística), intento “ensayar”, literariamente, consideraciones acerca de obras literarias, dar ciertas explicaciones o comentarios pertinentes acerca de las mismas. Por lo que pido, parafraseándolo, que no se fije en sus méritos (si es que los tiene la reseña), sino en la honestidad con que la escribí…

Y lo primero es lo primero, que es cómo empieza su novela, que es matando perros. Porque siempre hay, metafóricamente, perros que matar. Y digo en metáfora para que no me salgan los defensores de animales con algún juicio por instigación y odio. Es allí que aparece la estricnina y los boticarios capaces de fabricar las cápsulas que traerán la muerte de esos animales, excesivos y vagabundos, con casos de rabia incluso, y cuyo sobrante, medido y pesado, pudieron haber contribuido a la muerte de esas personas de las que se acusa a un hombre encantador y demasiado liberal como Oliverio Castañeda, enemigo del dictador guatemalteco Ubico y por ello calificado de “comunista”, como así se califica a todo aquel que lucha por la dignidad de los más pobres. Y digo en condicional, “pudieron”, porque eso es lo que debe ser demostrado. El caso es que ciertas gacetillas de actualidad, escritas por nuestro periodista estrella de “El Cronista”, Rosalío Usulutlán, pide al capitán de policía, Edward Wayne, USMC, que utilice la estricnina como “la más eficaz para estos fines entre los alcaloides letales”.

Pero también, y esa es la otra posibilidad, está el paludismo, los zancudos y la similitud de síntomas y manifestaciones que traerán la muerte de esas personas, así como de otras muchas que aquí no han quedado registradas pero que han ocurrido por dicha enfermedad. La epidemia de fiebre perniciosa, que es un grado agudo de la enfermedad palúdica, provoca la muerte de niños y adolescentes que no tienen los anticuerpos necesarios para enfrentar la enfermedad.

Ahora bien, en el primer caso, que se trate efectivamente de asesinatos, si bien todo parece indicar hacia el acusado, que, además, es extranjero, y el ser extranjero ya es un indicio de alguna clase de resquemor nacionalista o patriótico, bien puede suceder que el verdadero asesino, o asesina, sean otros. Y motivos no le faltan. El Dr. Contreras, que tiene una compañía y que, como hacen muchos empresarios, incluso hoy día, mantienen una doble contabilidad y acrecientan su fortuna en base a mecanismos fraudulentos, deja una cierta cantidad monetaria que, como es bien sabido, acrecienta los apetitos de muchas personas, incluso familiares. El cambio del contrato sobre la explotación del agua potable, al que se opone el alcalde, por ser un “aumento caprichoso y extemporáneo, amén de leonino”, es una muestra de ello y del “robo organizado” que se hace a los ciudadanos para ofrecer un servicio esencial. Y otros motivos son más terrenales, digamos, del orden del “cuore”, celos, premios y castigos.

Y, aunque está después en el orden de la novela viene en primer lugar, el muerto que inicia la serie es Rafael Ubico, sobrino del dictador, secretario de la Legación de Guatemala en Costa Rica, y amigo personal de Castañeda. Por supuesto que también le será adjudicada su muerte, y será detenido en 1929 por orden del señor Jefe Director de la Guardia Nacional, que como ya sabemos es Anastasio Somoza.

El hecho es que Oliverio Castañeda es “indiciado formalmente por los delitos de parricidio y asesinato atroz” el 28 de noviembre de 1933, mientras que Nicaragua sufre la ocupación de las tropas de la Marina de Guerra de los Estados Unidos y en las selvas nicaragüenses el patriota Sandino lucha a brazo partido contra los invasores.

Y todos estos enredos y desenredos suceden en la ciudad de León, no lo habíamos dicho aún, sociedad conservadora y católica, y en torno a esas muertes empezarán a desfilar por el juzgado personajes de todas las clases sociales y hablarán cada uno con sus giros propios sobre la relación que tuvieron con el acusado, y como ejemplo tenemos a la cocinera, Salvadora Carvajal, que dice, sobre el acusado: “antes lo celebraban y ahora quieren verlo hecho cadáver; así son los ricos con los pobres y con los caídos”, verdad grande como una casa.

Las informaciones, como usted bien sabe, señor Ramírez, son fragmentarias, incluso las declaraciones o las entrevistas, y hay cosas que se anuncian que se presentarán después, como efectivamente ocurre. Y, a la vez, hay un doble y hasta triple juicio, el que se realiza en el juzgado, a cargo del juez Fiallos, como el que se desliza en la Mesa maldita de la Casa Prío y, por supuesto, los cuchicheos al por mayor en la sociedad leonina.

Así, de a poco, como hace usted, vamos despejando incógnitas, aunque, como es bueno hacer notar, para todo hay siempre dos bibliotecas. Así los dos doctores que se verán enfrentados, tienen sus puntos de vista particulares sobre el mismo caso, incluso sobre las mismas pruebas, interpretándolas cada uno de acuerdo a sus propias lecturas. Y en todo vemos que, dada la dualidad de las cosas, siempre hay dos visiones sobre la realidad, del tal forma que parecen dos realidades distintas. Vaya si usted lo sabrá, que siendo vicepresidente hoy está, por decirlo de algún modo, en la vereda de enfrente (en realidad es una vereda que se encuentra al costado de la ruta y que, lo sé y le creo, busca entronizar con las raíces verdaderas del sandinismo y su renovación).

De eso está hecho el mundo, desde que es mundo, y su novela, basada en un hecho real, no puede escapar a la dialéctica hegeliana de las cosas.

Además, he de consignar que hay escenas de contraste, es decir que oscila entre la seriedad del asunto y lo trivial de la acción que se desarrolla, de manera que parecen más reales las situaciones, y a menudo la ironía cumple un papel des-dramatizador. Los sucesos replican a todos los niveles de la sociedad, como ondas concéntricas.

No quiero, estimado Sergio Ramírez, alargar mucho esta carta, apenas anotar un par de comentarios más. El primero de ellos es un aspecto curioso, develado luego de una pequeña investigación sobre uno de los personajes, el poeta Alí Vanegas. A él se debe el Himno del Ejército Defensor de la Soberanía Nacional de Nicaragua, que es el himno a Sandino y su ejército, y que quiero dejar consignado en esta carta, porque bien podía haber integrado su novela (y de alguna manera estaba por debajo de lo escrito y que, como si fuera tinta invisible, quiero sacar a luz). Dice:

“A la Gloria llevemos de frente la bandera de blanco y zafir que se ponga de pie el continente para vernos vencer o morir. La montaña nos dio un regazo, cobijó nuestra fe con amor cualquier árbol darános su abrazo si colgamos en él al traidor. A la gloria marcharemos de frente. Nuestro paso alfombró el invasor. Que se ponga de pie el continente para ver redimir el honor. Nada puede la extraña bandera: sus cadenas SANDINO rompió. Nada puede la garra extranjera: ante el cóndor el águila huyó. Todo el oro que tiene el pirata nunca pudo inyectarle valor y la propia manigua lo mata y lo mata el insecto y la flor. A la gloria marcharemos de frente. «Bandoleros»: ¡Clarín y tambor! Que se ponga de pie el continente para vernos morir con honor”.

Y lo segundo, y que tiene su relación con esto, con la traición que llevó a la muerte a patriota tan sublime, es que en todos los hechos de la vida, y más cuando estos hechos son polémicos y advierten una doble lectura y una posición ante ellos, siempre hay un traidor. Ya está dicho que, como decía una letra de Zitarrosa, “un traidor puede más que mil valientes”. Y su novela no escapa a la regla, siendo un integrante de la Mesa maldita el traidor.

El final de nuestro personaje, bastante previsible por cierto, nos demuestra, a las claras, la importancia de la Guardia Nacional ya desde ese entonces, que suplantará todas las instituciones nacionales hasta convertirse en una fría, cruel y terrible dictadura que duró más de cuarenta años.

Sólo me queda anotar, para que otros lectores puedan encontrar su libro, que este se trata de Castigo divino, de Sergio Ramírez, Editorial Sudamericana/Mondadori, 1998, España, 456 páginas.

Y, por último, anotar también sobre la pertinencia del título, que si bien refiere a la película de la Metro Goldwyn Mayer «Castigo divino», protagonizada en los roles estelares por Charles Laughton y Maureen O’Sullivan, la erupción, con que se cierra la novela, del Cerro Negro, es un verdadero castigo, puesto que provoca “numerosos casos de afecciones respiratorias, varios de ellos fatales en niños de corta edad”, además de otras enfermedades: oculares, diarreicas y cefalalgias agudas. Incluso provocó la contaminación de cursos de agua provocando la muerte del ganado y trayendo escasez de leche y carne, así como de otras provisiones como tubérculos y gramíneas…

P.D.: En realidad, señor Sergio Ramírez, yo buscaba leer Adiós muchachos, una memoria de la revolución sandinista (1999), porque en algún lado había leído que usted había dicho “No empuñé armas en la revolución, no llevé nunca un uniforme militar, ni me encuentro al borde del olvido por demasiado viejo, ni nadie me está disputando en otro libro los hechos vividos. Es más, la revolución se ha quedado sin cronistas en este fin de siglo de sueños rotos, después de que tuvo tantos en los años en que estremecía al mundo”, y por ello quería saber más de esa revolución triunfante que despertó en mí, cuando era joven, tanta simpatía y admiración. Es una lástima que sus libros, que por cierto suman una veintena, sean difíciles de conseguir en esta parte del mundo. Pero seguiré buscando, de eso no tenga duda.

 

Por Sergio Schvarz
Escritor, poeta, y ensayos breves

La ONDA digital Nº 976 (Síganos en Twitter y facebook)

 

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