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Las ciudades desiertas XXXVI: La más extraordinaria semana política en la era de la Covid

Más de cincuenta millones de casos y casi 1,3 millones de muertos en todo el mundo a causa de la pandemia de la Covid 19. Solo el pasado 4 de noviembre más de nueve mil personas perdieron la vida. Una cifra sin precedentes, que superó las 8.530, del 17 de abril, y las 7.313, del 22 de julio, los dos picos anteriores.

Casi 250 mil muertos dejó la pandemia en los Estados Unidos hasta el domingo 8 de noviembre en que el presidente Donald Trump inició su jornada hacia el final de su gobierno. Más de 1.200 muertes diarias. Le quedan poco más de dos meses para traspasar la presidencia al demócrata Joe Biden, el próximo 20 de enero. Aunque es difícil calcular cifras exactas, no parece arriesgado pensar que lo hará con cerca de 300 mil muertos en su cuenta. Una trágica cifra que –junto con los fallecidos en Brasil e India– conforman casi la mitad de muertos por Covid 19 en el mundo.

El pasado 3 de noviembre Deborah Birx, asesora científica de la Casa Blanca, advirtió que el país estaba entrando en una nueva fase mortal de la pandemia y urgió la adopción de medidas agresivas para contener su expansión.

Con un sistema de salud orientado a la ganancia –no para cuidar a los enfermos– los Estados Unidos no están en condiciones de enfrentar una crisis nacional de salud, afirmó el destacado periodista norteamericano Chris Hedges, en un artículo sobre las perspectivas de su país, publicado el pasado 5 de noviembre, que tituló “America requiem”.

Peleando por su reelección, el gobierno de Trump había desistido de controlar la pandemia, para concentrar sus esfuerzos en encontrar una vacuna o drogas para tratarla, dijo a CNN, el 25 de octubre pasado, el jefe de gabinete de la Casa Blanca, Mark Meadows. Perdida la elección, Meadows dio también positivo por el coronavirus.

En todo el mundo

La pandemia ha ganado nueva fuerza en todo el mundo pero, sobretodo, en Europa, donde superó los once millones de casos la semana pasada. Austria y Grecia se sumaron a los países con nuevas restricciones a la movilidad. Las anunciadas por el presidente francés Emmanuel Macron desataron el caos en París: un congestionamiento que, sumado, alcanzaba los 730 kilómetros. Las imágenes mostraban las calles inundadas de carros imposibilitados de moverse para ningún sitio. El nuevo período de cuarentena comenzó el viernes de la semana pasada, mientras Francia registraba 60 mil casos diarios, la cifra más alta en Europa.

Italia se acerca a los 40 mil casos diarios. Polonia registra nuevo record de casos: casi 28 mil en un día. 25 mil en Inglaterra. Alemania y España, poco más de 22 mil. Hungría cierra bares y lugares de entretenimiento y el primer ministro Viktor Orban anuncia toque de queda a partir de las doce de la noche. Todos tratan de evitar que los hospitales se vean sobrepasados por una avalancha de enfermos. El primer ministro holandés, Mark Rutte ordenó nuevas medidas de control la semana pasada: limita a dos el número de personas reunidas en las calles que no sean de una misma familia. Los hospitales, en Holanda y en Bélgica, ven amenazadas sus capacidades de atención. En Bélgica han comenzado a enviar a la vecina Alemania a enfermos de Covid graves para ser atendidos, algunos transportados con ventiladores puestos.

La India supera los 50 mil casos diarios. Brasil supera los 23 mil.

La semana más extraordinaria

Una semana de extraordinarios acontecimientos políticos culminó con la toma de posesión de Luis Arce como nuevo presidente boliviano, el domingo 8.

Se trata del fracaso del golpe de Estado que las fuerzas conservadoras dieron en Bolivia en noviembre del año pasado, animadas por el falso informe de la Organización de Estados Americanos (OEA) que sugería haber ocurrido fraude en las elecciones del 20 de octubre del año pasado.

Las declaraciones del excanciller costarricense Manuel González, jefe de la misión de observadores de la OEA, sobre un fraude luego comprobado como inexistente, dieron paso a una escalada que terminó con la cúpula militar obligando la renuncia del presidente Evo Morales.

Durante un año el gobierno estuvo encabezado por la senadora Jeanine Áñez, quien no asistió al traspaso de poderes el domingo.

El parlamento boliviano ha recomendado la apertura de dos juicios en su contra por su responsabilidad en la muerte de más de una treintena de personas, en manifestaciones que se produjeron en el país tras la renuncia de Morales.

Dos ministros de Áñez –el de Gobierno, Arturo Murillo, y el de Defensa, Luis Fernando López– tienen prohibición de salir del país por orden de un fiscal que los procesa por corrupción.

A partir del 10 noviembre 2019 Bolivia fue escenario de una guerra interna contra el pueblo, especialmente contra los sectores más humildes. Se sembró muerte, miedo y discriminación, dijo Arce en su discurso de toma de posesión.

La fuerte crisis que se venía conformando desde el golpe con el cambio abrupto en la política económica se profundizó con la pandemia. En un año se retrocedió en todas las conquistas del pueblo boliviano, dijo Arce.

El gobierno de facto deja una economía con cifras que no se veía ni en las peores crisis que vivió Bolivia. Nuestro país pasó de liderar el crecimiento económico de Sudamérica durante seis años a presentar la caída más fuerte de la economía en casi 40 años. Hoy tenemos una caída del PIB de 11,1%. El déficit fiscal programado alcanza el 12,1%.

El gobierno del Movimiento al Socialismo (MAS), que encabeza Arce, probablemente retomará las políticas de control nacional de los recursos económicos, entre ellos el litio, de particular importancia para el país y por cuyo control el director de Tesla, Elon Musk, dijo estar dispuesto a dar golpes donde sea.

Arce reivindicó también los esfuerzos de integración realizados en la región en el pasado reciente, incluyendo “la recuperación de UNASUR como espacio de integración y mecanismo de concertación política en la que nos encontremos todos, independientemente de la orientación política de los gobiernos”.

UNASUR, cuya sede estaba en Quito, ha sido desmantelada, con el abandono paulatino de los gobiernos conservadores de la región, entre ellos los de Colombia y Brasil, para que luego el gobierno de Ecuador haya anunciado el cierre de su sede. Si en febrero próximo ganan las elecciones en ese país sectores próximos al expresidente Rafael Correa, la institución podría recobrar su vigencia.

Well, it’s over

Sí, ¡se terminó! Pero no se trata de las elecciones. Para Chris Hedges –en el artículo ya citado– Estados Unidos se ha transformado en un “estado fallido”.

En su opinión, hay muchos actores responsables de la muerte de la sociedad abierta en ese país, entre ellos la oligarquía corporativa, las cortes y los medios; los militaristas y la industria de guerra, que despilfarraron siete millones de millones de dólares en conflictos interminables “que transformaron el país en un paria internacional”; la prensa, que transformó las noticias en entretenimiento sin sentido. Y los intelectuales “que se retiraron a las universidades para predicar el absolutismo moral de la política de identidad y el multiculturalismo, mientras le dan la espalda a la guerra económica que se libra contra la clase trabajadora y el implacable asalto a las libertades civiles”.

El triunfo de Biden no transformaría radicalmente esa situación. Aun si Biden gana, afirmó Jonathan Tepperman, editor en jefe de la revista Foreign Policy, ahora Estados Unidos es de Trump. Muchos pensaron que el resultado de la elección del 2016 fue una casualidad. Ahora, con más de 71 millones de votos –ocho millones más de los que logró entonces– y 48% del voto popular en su cuenta, es imposible seguir argumentando eso, afirma Tepperman.

La sensación se extiende en la opinión de una vasta gama de destacados autores. Susan B. Glasser, periodista de The New Yorker, afirmó: “Biden puede ganar, pero Trump sigue siendo el presidente de los Estados Unidos rojos”. Con el conteo de votos recién empezando, Glasser ya vislumbraba la posibilidad de que Trump terminara con más votos que en 2016. Lo que efectivamente ocurrió, como ya vimos.

–¿Y ahora qué?, se pregunta. Podemos decir algo: la ansiedad e incertidumbre de esta etapa electoral continuará en la lucha poselectoral, con potencial consecuencia para nuestra democracia. Es algo que va mucho más allá de la cuestión de cómo contar los votos, afirmó.

“La venganza no es el único peligro que nos espera. Aun derrotado, Trump puede usar sus poderes ejecutivos para causar significativos daños adicionales antes del 20 de enero próximo”, que es cuando asumirá Biden. “Hay muchos escenarios para los desastres que podríamos ver, muy de acuerdo con lo que ha sido la presidencia de Trump”.

Aún dividido

Para Martin Kettle, columnista del diario británico The Guardian, el mensaje que dejan estas elecciones es que Estados Unidos sigue dividido, que el país aun no se libró del escenario del 2016, ni del clima creado por Trump, con su negación del cambio climático, con el creciente racismo, con sus políticas aislacionistas y sus iniciativas para controlar el poder judicial, especialmente la Corte Suprema.

Los trabajadores blancos del “cinturón de óxido” y de los estados del medio oeste, que siguen votando por Trump, tienen muchas razones para hacerlo, dice Kettle: se sienten ignorados, sus trabajos y sus comunidades han desaparecido, piensan que otros (incluyendo los extranjeros) son lo que están haciendo buenos negocios y quieren que alguien hable por ellos. Para ellos, esa voz es la de Trump.

Lejos de abocarse a estos temas, la campaña de Biden se concentró en el mal manejo de la pandemia por la administración Trump. La buena votación de Trump mostró –agrega Kettle–que lo determinante no era la Covid, ni la muerte del negro George Floyd, ahogado por la rodilla de un policía blanco en Minneapolis. Era la economía y el trauma provocado por la crisis financiera del 2008, nunca del todo superada.

En todo caso, estas elecciones no fueron la partición de aguas que esperaban muchos en el mundo y por lo menos la mitad de los norteamericanos. “No fue el rechazo catártico que parecía posible en el verano”. “Aun si Trump pierde, el trumpismo habrá triunfado. Cualquier derrota será presentada como estrecha, en el mejor de los casos, y como ilegítima, en el peor”.

Una Norteamérica que parece ya no existir

Es la misma idea que defiende el historiador inglés, Adam Tooze, profesor de historia en Yale. Sea cual sea el resultado de las elecciones, lo cierto es que no produjo un repudio generalizado a Donald Trump. Por el contrario, los resultados resultaron ser un reacomodo equilibrado de la profundamente polarizada política norteamericana.

Aunque perdió en el voto popular –como en 2016– Tooze nos recuerda que Trump sigue teniendo un enorme apoyo en las pequeñas ciudades y en las áreas rurales del país. Pese a su hostilidad hacia los inmigrantes, obtuvo gran apoyo entre cubanos y venezolanos, pero también entre mexicanos-norteamericanos en Texas. A estas alturas nadie debe hacerse ilusiones sobre lo que Tooze llama “el bloque electoral nacionalista y xenófobo”.

Estaba todavía pendiente el resultado final en la cámara y el senado. En la primera, los demócratas probablemente seguirán en mayoría, pero más reducida. En el senado, con cada partido con 48 senadores, los cuatro puestos que faltan decidir serán decisivos. En todo caso, un posible empate con 50 senadores por partido le daría a los demócratas el control de la casa, pues se les sumaría el voto de la vicepresidente Kamala Harris.

El formidable enemigo de Biden en el Congreso será el líder republicano en el Senado, Mitchel McConnell. Biden anunció su disposición a negociar. Pero esta es una señal siniestra, que ha alegrado a Wall Street, dice Tooze. Nada con lo que esté de acuerdo McConnell le permitirá a Biden enfrentar la crisis social de millones de norteamericanos desempleados, ni apoyar las ciudades o los estados en dificultades.

Algo más. La administración Biden se enfrentará al legado más formidable del gobierno Trump: los tribunales en manos de jueces pronegocios y antireglamentaciones, resultado de nombramientos de un cuarto de jueces federales hechos por Trump durante su mandato, incluyendo, desde luego, la amplia mayoría en la Corte Suprema.

¿Qué podría hacer el presidente Biden?, pregunta Edward Luce, en el Financial Times. La respuesta corta, afirma, “es tratar de buscar una Norteamérica de centro que parece ya no existir”.

Un esfuerzo extraordinario

No lo ve así, en todo caso, el senador Bernie Sanders. En una corta intervención, el domingo 8, el senador por Vermont presentó su programa para esta nueva etapa.

Sanders, primero, le recordó a Biden que no hubiese triunfado sin el apoyo de las organizaciones progresistas de las que es el principal portavoz.

“Es importante que el nuevo gobierno se mueva rápido y agresivamente para enfrentar los enormes problemas de nuestro país, dijo, al anunciar la presentación en las próximas semanas, en el senado, de una agenda que le gustaría ver aprobada en los primeros 100 días de la nueva legislatura.

Una agenda que incluya un paquete de atención a los desempleados y a las pequeñas empresas afectadas por la Covid 10; que ponga fin “a los salarios de hambre en Estados Unidos”; que facilite a los trabajadores incorporarse a sindicatos y ofrezca igual paga a igual trabajo; o que cree buenos empleos para la reconstrucción  de “nuestra destruida infraestructura”.

Sanders propuso también que la atención en salud sea considerada un derecho humano, “mientras avanzamos hacia un Medicare for all”, y que se reduzca los precios desorbitantes de los remedios; que se haga posible para toda la clase trabajadora joven obtener una educación universitaria sin tener que endeudarse; que se mejore radicalmente “nuestro disfuncional sistema de atención infantil”; que el país lidere el combate al cambio climático y transforme el uso de combustibles fósiles en un modelo energético eficiente y sostenible. Una agenda en la que se exija a los más ricos y a las grandes corporaciones pagar impuestos de acuerdo con su riqueza.

Y, finalmente, que ataque “el sistema racista que prevalece en nuestro país” y transforme el criminal sistema judicial racista; que incluya una reforma de la política migratoria y otorgue la ciudadanía a los indocumentados.

Para eso Sanders contará con el formidable equipo de congresistas conformado por Alexandria Ocasio-Cortez y Ilhan Omar, Rashida Tlaib y Ayanna Pressley, conocido como “el squad”, situadas a la izquierda del partido demócrata, todas reelegidas.

Ocasio Cortez advirtió, en una entrevista al New York Times, que si Biden no adopta posiciones progresistas el partido sufrirá una gran derrota en las elecciones de medio período, dentro de dos años y declaró terminada la tregua con los sectores más conservadores del partido Demócrata.

Foto portada: Deborah Birx, asesora científica de la Casa Blanca

 

Por Gilberto Lopes
Escritor y politólogo, desde Costa Rica para La ONDA digital (gclopes1948@gmail.com)

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