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Sean Connery: Entre el talento y la seducción

La desaparición física del emblemático actor Sean Connery, a los noventa años de edad, que había cumplido el pasado mes de agosto, comporta un acontecimiento que impacta, remueve, conmueve, estremece y naturalmente enluta a los cinéfilos de todos el planeta, que lo admiraron por su personalidad, su inconmensurable talento, su fina versatilidad de impronta dramática, su apabullante temperamento y su intransferible, hipnótico e invasivo poder de seducción.

 Es que este escocés, que militó enconadamente por la independencia de su país y murió en un exilio voluntario, fue bastante más que el super-agente secreto James Bond 007. Fue un intérprete completo, que conocía a la perfección los complejos códigos de la actuación.

En efecto, en el transcurso de su extenso periplo por los sets cinematográficos que abarcó más de medio siglo, trabajó en 65 películas de los más variados géneros, desde el cine de acción de alto impacto y fuerte repercusión en la taquilla hasta el drama y la aventura con jocoso tono de comedia, como en “Indiana Jones y la última cruzada” (1989), de Steven Spielberg, donde encarna nada menos que el papel del padre del protagonista, Harrison Ford.

Incluso, en una oportunidad incursionó en el western, pese a que su porte –de fino y atildado caballero británico- distaba de la cerril bravura desarrapada de los vaqueros del lejano oeste.

Empero, si hay algo que lo distinguió de muchos de sus coetáneos fue su enorme magnetismo personal y carisma, en muchos casos impregnado de ironía.

La desfachatada seducción

No en vano, según todos los analistas, fue el mejor James Bond de la saga cinematográfica nacida de la pluma del novelista Ian Fleming pese a rodar solamente seis de las más de veinte películas oficiales y una no oficial, porque otorgó a su personaje una impronta muy singular.

En efecto, el James Bond de Connery mixtura la violencia implacable de los espías de la ficción con la inteligencia de un científico, el poder de manipulación de un avezado diplomático cuando era menester, la atracción fatal de un empedernido amante, pasional pero a la vez frío y hasta cruel, así como la aguda desfachatez y el desenfado.

Este personaje singular, que nació en 1930 en Edimburgo, Escocia en una familia humilde y siendo joven fue obrero fabril, camionero, socorrista en piscinas, peón de granja y hasta incluso lechero, se abrió camino en la vida en base a pujanza, indomeñable espíritu de lucha e inteligencia.

Empero, también incursionó brevemente en la Marina y trabajó en modelaje, gracias a una elegante estampa y a su estatura de casi un metro con noventa centímetros, cualidades que también le valieron tener la posibilidad de concursar para Mister Universo, certamen en el cual obtuvo un honroso tercer lugar.

Aunque su meteórica carrera artística comenzó en la década del cincuenta, recién en la década del sesenta comenzó a adquirir fama internacional, con la interpretación del mítico espía del servicio secreto británico James Bond 007, en “El satánico doctor No”, de Terence Young (1962), donde el nuevo héroe enfrenta a un sanguinario villano chino.

En esta película, que presenta al actor joven y en su plenitud física, Connery demostró ya una personalidad que comenzó a dotar al personaje de una impronta personal.

Un años después, se estrenó “desde Rusia con amor” (1963), también dirigida por Terence Young, que condensa, como ninguna otra el espíritu de la binaria Guerra Fría, que por entonces enfrentaba en el mundo al bloque capitalista con el socialista.

En mi opinión personal, este es el mejor film de James Bond interpretado por Sean Connery por su trama cinematográfica, pero también por su austera economía de recursos.

En pleno crecimiento de un mito que con otros rostros, otros productores y otros realizadores aterrizó en pleno siglo XXI, “Golfinger (1964), de Guy Hamilton, confronta al protagonista al desafío de un multimillonario obsesionado por el oro, que, como otros enemigos del espía, aspira a gobernar el planeta.

Un año después, el éxito de la saga parió otro título emblemático: “Operación trueno” (1965), de Terence Young, otra dramática pulseada entre el protagonista y un demente magnate que roba dos bombas atómicas para extorsionar a los gobiernos occidentales.

Este título terminó por consolidar al personaje y naturalmente a Sean Connery, a esta altura, devenido en un auténtico ícono de la generación de mi temprana adolescencia y de la de mis padres.

Al igual que las películas anteriores, la quinta entrega de la serie, “Sólo se vive dos veces” (1967), de Lewis Gilbert, se transformó en un resonante éxito, con multitudes que colmaron las salas cinematográficas y taquillas agotadas.

Sin embargo, este film marcó un punto de ruptura, ya que Connery no aceptó seguir adelante con el proyecto, en la cima misma de su fama y luego de ganar mucho dinero, lo cual parecía a todas luces una decisión paradójica y provocó un auténtico terremoto en el mercado.

Sin embargo, el propio actor se encargó de explicar que no deseaba verse encasillado en un solo género y su aspiración era plantearse nuevos objetivos y desarrollar otras facetas de sus indudable cualidades histriónicas.

Empero, en 1971, un Sean Connery ya con marcados síntomas de calvicie y algunos kilos de más aceptó interpretar por última vez al admirado héroe, en “Los diamantes son eternos”, nuevamente dirigido por el no menos paradigmático Guy Hamilton.

Por más que en 1983 aceptó encarnar nuevamente a James Bond en “Nunca digas nunca jamás”, un título no oficial de la serie, que es una remake de la inolvidable “Operación trueno”, bajo la dirección de Irvin Kershner, Connery concretó su alejamiento definitivo y modificó radicalmente el curso de su carrera.

Aunque este mítico espía era un prototipo del machista recalcitrante para quien las mujeres son meros objetos sexuales manipulables y en algunos casos las trataba con extrema crueldad, el público femenino lo veneraba.

Por supuesto, hace más de medio siglo, salvo excepciones, el rol de la mujer en la sociedad era casi marginal, hegemonizado por una cultura patriarcal que, felizmente, con el tiempo, fue mutando hacia nuevos estadios de igualdad e integración social.

El talento y la versatilidad

Lo cierto es que Connery jamás se dejó absorber por el personaje ni perdió su identidad actoral aun en el zenit de una fama que a otro intérprete pudo haberlo deslumbrado, ya que, entre 1962 y 1971 y paralelamente a su trabajo en la exitosa serie, protagonizó otras películas que condensan todo su talento e intensidad para el drama.

No en vano, mientras cosechaba aplausos y admiración por doquier por sus prodigiosas hazañas como agente secreto con licencia para matar al servicio secreto de su majestad británica, protagonizó por lo menos seis recordadas películas que permitieron apreciar todo el potencial de un actor de superlativa versatilidad interpretativa y potente carisma: “La mujer de paja” (1964), de Basil Dearden, “Marnie” (1964), del amo, controvertido pero genial maestro del suspenso Alfred Hitochcock, “La colina de la deshonra” (1965), un imponente drama bélico y “Sublime locura” (1966), de Irvin Kershner, en la cual encarna magistralmente a un personaje radicalmente alienado.

A eso mismo período corresponden también “Shalako” (1968), de Edward Dmytryk, que fue el único western de su extensa carrera artística,  “Odio en las entrañas” (1970), de Martin Ritt, un potente film de denuncia política en el cual Connery encarna a un minero anarquista, y “El gran golpe” (1971), de Sidney Lumet, un tenso policial de alto impacto y quirúrgico desarrollo argumental, en el cual Sean Connery aparece ya casi totalmente calvo.

Por entonces, los cinéfilos descubrieron a otro Sean Connery, absolutamente despojado y distante del mito que le permitió ascender hasta lo más alto del pedestal de la fama.

Estas películas permitieron apreciar toda la potencialidad de un actor de carne y hueso, capaz de desarrollar sus virtudes y sus aptitudes en un cine tan complejo y exigente como el dramático.

Esa faceta se tornó particularmente explícita en un film bastante olvidado de su extensa producción actoral que yo, en lo personal, considero de sus mejores: “Hasta los dioses se equivocan” (1972), nuevamente bajo la dirección del icónico maestro Sidney Lumet.

En esta historia, que se desarrolla casi íntegramente en la sala de interrogatorios de una estación policial, Connery encarna a un detective violento y bastante enajenado, que tortura implacablemente a un presunto violador de menores.

En esta somera semblanza, que más que la nota de un crítico de cine es el homenaje de un admirador -que obviamente no abarca en su totalidad la extensa filmografía del gran actor escocés, no deben faltar menciones especiales para la fantástica alegoría de cienciaficción “Zardoz” (1974), de John Boorman, “El viento y el león” (1975), de John Milius”, la épica “El hombre que sería rey” (1975), del no menos mítico John Huston, la aventura de un legendario héroe con trasfondo histórico “Robin y Mariam (1976), de Richard Lester, y el demoledor thriller con connotaciones religiosas “El nombre de la rosa” (1986), de Jean-Jacques Annaud, inspirada en una excepcional novela homónima del célebre filósofo y escritor Umberto Eco.

Un ícono de carne y hueso

En estas películas, Sean Connery desarrolló todo su arsenal de recursos actorales, para interpretar a personajes en algunos casos violentos y brutales como en “Zardoz”, alienados como en “El hombre que sería rey” y enigmáticos, como el protagonista de la inolvidable “El nombre de la rosa”.

El reconocimiento de esa gran máquina de fagocitar talentos y entronizar el cine de mercado que es Hollywood le otorgó un reconocimiento tardíamente recién en 1987,  cuando le fue otorgado el Oscar al Mejor Actor de Reparto por su actuación en “Los intocables”, de Brian de Palma, versión cinematográfica de una exitosa serie televisiva, donde encarna a un policía honesto que lucha contra el contrabando de alcohol, en tiempos de la denominada Ley Seca que rigió en los Estados Unidos durante la época de la Gran Depresión.

Asimismo, resulta insoslayable mencionar otros títulos como “Negocios de familia” (1989), de Sidney Lumet, “La casa Rusia” (1990), de Fred Schepisi, “La caza del octubre rojo” (1990), de John McTiernan, y “Descubriendo a Forester (2000), de Gus Van Sant, uno de los últimos títulos fuertes de su extensa carrera artística, en el cual –ya anciano- interpreta, con rigor y su reconocido vuelo actoral- a un filósofo docente universitario.

La partida física de Sean Connery –que nos impacta y nos conmueve como empedernidos cinéfilos y diletantes del arte más mágico y creativo parido por la inteligencia humana, es, en lo personal, un motivo de honda congoja pero también de sublime celebración, por haber podido abrevar de su inmenso talento y variopinta versatilidad.

En efecto, Connery, que fue bastante más que un profesional de la actuación,  seguirá siendo un ícono de varias generaciones, por su rico legado artístico, que se nutrió de su magistral capacidad de emocionarse y emocionar a las audiencias de todo el planeta.

En ese contexto, fue capaz de erigirse en un objeto de mercado de consumo masivo, pero también de incursionar y brillar en un cine bastante más serio, visceral y reflexivo, que, en lo sucesivo, nos motivará a recordarle con respeto, singular cariño y cuasi religiosa admiración y a deleitarnos repasando su extensa producción artística, que es una suerte de glorioso testamento.

 

Por Hugo Acevedo
Periodista y crítico literario

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