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LA MATANZA DE LA NACIÓN CHARRÚA (Última parte)

En esta segunda y última clase, Marcia Collazo empezó haciendo un breve repaso de la clase anterior, sobre todo acerca de las razones que llevaron al exterminio de los charrúas, a saber: el problema de la posesión de la tierra y del ganado que estaba sobre ella, que era un obstáculo para la propiedad privada rural; el problema del orden y la seguridad del medio rural, por los delitos y el caos de la campaña, que no debemos atribuir únicamente a los charrúas, y, finalmente, su no domesticación, ya que los charrúas eran ariscos, orgullosos y desconfiados, infieles, bárbaros, salvajes e irredentos y, por ende, de difícil evangelización.

Posteriormente se entró de lleno en el tema propuesto: ¿cuál fue el cebo para atraer a los charrúas a una reunión en el lugar donde, a fin de cuentas, se les asesinaría cobardemente? Pero para dilucidar esto, tenemos que tener algunas referencias ineludibles, sobre todo centradas en la figura de Fructuoso Rivera, primer presidente de la naciente República, y en su sobrino, Bernabé.

Fructuoso Rivera fue el brazo ejecutor, como parte del poder económico y político de la época, y como parte del poder cultural expresado en un eurocentrismo civilizatorio en contraposición a la barbarie que significaba el mundo indígena, pero también era parte del poder representado en los criollos que, a la sazón, eran los amos de buena parte del territorio.

Las naciones salvajes no se exterminan. Se las reduce, se las catequiza, se las hostiliza, también, cuando hay que defenderse de ellas. Hacerlas desaparecer de sobre la faz de la tierra con una matanza calculada, y eso, usando la traición y de perfidia, es un crimen espantoso, un DELITO DE LESA HUMANIDAD que debe sublevar contra el a todas las almas honradas y justas, y a todas las conciencias cristianas”. Diario El Defensor de la Independencia Americana, 30 de diciembre de 1848

La contradicción principal de la época, expresada en términos de civilización o barbarie, es una categoría filosófica que, desde Aristóteles, expresa, y justifica, el exterminio de todos los grupos humanos, étnicos, que no se avienen a la domesticación y al sometimiento.

Pues bien, en las Memorias de Antonio Díaz, se dan una serie de justificaciones para tal reunión, principalmente una próxima invasión al Brasil que llevaría a cabo el general Rivera, con el objeto de atraer al Estado Oriental los ganados, y el otorgamiento, entre los ríos Arapey grande y Arapey chico de gran parte de esas haciendas que les serían adjudicadas a los charrúas. Es que, justamente, tanto el ganado como las tierras era el problema que tenía la etnia charrúa (y las otras que poblaban el territorio de la Banda Oriental). Es de hacer notar que los charrúas no tenían autodeterminación como pueblo.

A eso se le suma, en la oferta que hará Rivera a los caciques charrúas, el reconocimiento de sus territorios ancestrales, de los que, en parte, habían sido despojados por la colonización.

Por supuesto que el general Rivera era bien visto por los charrúas por su arrojo y valentía, además habían formado parte de las guerras de independencia y, más cercano a la fecha del exterminio, juntos, orientales y charrúas, habían hecho la campaña de las Misiones Orientales, por lo que confiaban en él. Además, a la vuelta de la campaña de las Misiones, Rivera funda el pueblo de Bella Unión (Santa Rosa, en la época), creando un asentamiento guaraní, así como luego había creado otros pueblos en la zona de Durazno.

Y de esa admiración y popularidad, se valió el general para perpetrar su ignominiosa matanza.

La traición de Salsipuedes
A orillas del arroyo Salsipuedes, en un bucle o potrero del mismo arroyo (aunque hay dudas sobre el lugar exacto, bien puede ser en Paso de Calatayud, o Tiatucura o Tía Tucura), el 11 de abril de 1831, se hará la reunión entre los caciques Venado, Polidoro, Rondeau y Juan Pedro y el general Rivera, diciéndoles que el Ejército los necesitaba para cuidar las fronteras. La reunión era una espaldarazo de confianza a la nueva República, así como establecía una promesa al pueblo charrúa y compartía un proyecto común. Y traía, en consecuencia, la paz.

Por Sergio Schvarz

Ya en febrero, Lavalleja le había escrito a Rivera para que practicara “providencias más activas y eficaces” para la seguridad de los vecindarios, para que como presidente estableciera garantía sobre las propiedades afectadas por los charrúas. Además, de ellos va a decir que son “malvados que no conocen freno alguno que los contenga”, y que, por supuesto, no se les podía dejar “librados a sus inclinaciones naturales”. Rondeau, desde Buenos Aires, le pide que asegure la tranquilidad en sus propiedades.

Tras beber bastante aguardiente y ordenarles dejar las armas, sobre todo a los mocetones (que viene siendo el cuerpo de guardia de los charrúas) Rivera consuma la traición disparándole a quemarropa a Venado después de pedirle su cuchillo “para picar tabaco”, hecho que de alguna manera pone en sobre aviso al cacique. Este se escapa en una primera instancia pero luego es alcanzado y muerto. Como resultado del encierro a que son sometidas las fuerzas y población charrúa, el parte da como cuenta 40 charrúas muertos y 300 prisioneros, principalmente mujeres, niños y ancianos, que serán llevados hacia Montevideo, pero que irán quedando en las haciendas que hay por el camino (mientras que los orientales acusan un muerto y 9 heridos, según el parte, aunque parecen haber sido algunos más).

De hecho a Montevideo, al corralón del Cuartel de Dragones, llegan 166 charrúas: 43 niños de ambos sexos, 29 hombres y 94 mujeres, registrados debidamente. Tanto las mujeres como principalmente los niños, los entenados, son sometidos a una suerte de esclavitud o con la excusa de criarlos en una familia de bien. Y en cuanto a las mujeres jóvenes podemos hacernos una idea de su suerte sin forzar demasiado la imaginación.

Otros charrúas, los menos, escaparán al Brasil y algunos más se refugiarán en haciendas vecinas, con nombres hispánicos.

Un grupo de alrededor de 20 charrúas logran escapar y son perseguidos por Bernabé Rivera, escondiéndose en el monte sucio del Cuaró (el monte inextricable, en territorio pantanoso y de juncales, de árboles espinosos). Bernabé pone especial celo en su persecución y les tiende un cerco para que mueran por hambre.

La acción de Mataojos, descrita magistralmente por Tomás de Mattos en su obra Bernabé, Bernabé, plantea, al decir de Marcia Collazo, la importancia de la literatura de ficción que contribuye a crear conciencia, echa luz y hace comprender los ciclos históricos desde otra sensibilidad.

De Blanes «El ángel de los charrúas»

El largo ciclo del exterminio charrúa
Por supuesto, que hay una serie de prohombres orientales que justificarán la acción, desde una retórica rimbombante, que no es más que la expresión de las ideas dominantes en la época histórica. Pero el exterminio no es obra de un solo día, sino que se fue dando en un largo periodo histórico, que dura por lo menos 300 años, desde la llegada de los españoles hasta 1831 y años siguientes y que se prolonga, dramáticamente, en la entrega de cuatro charrúas, Vaimaca Pirú, Tacuabé, Senaque y Guyunusa, al francés François Du Curel, que serán llevados a París y expuestos como “ejemplares exóticos de América”. Estos fueron embarcados el 25 de febrero de 1833 y encerrados luego en un zoológico, como animales, donde murieron.

Todas las fuentes parecen coincidir en la fuga de Laureano Tacuabé, un charrúa ingenuo, simpático, sardónico, con la hija de Guyunusa. De hecho, en un giro totalmente novelístico, si cabe el término, quien fuera presidente de Francia entre 1981 y 1995, el socialista François Mitterrand, asegura ser descendiente de la hija de Guyunusa.

Pero aún había un grupo de charrúas en el territorio que serán encontrados por Bernabé Rivera tras combatir una sublevación de indios guaraníes en Santa Rosa, en 1832. Se trata de Polidoro con un grupo de 16 charrúas que son perseguidos por Bernabé, joven e impetuoso (y en esa condición está echada su suerte) hasta la hondonada de Yacaré-Cururú, donde los primeros le tienden una emboscada. Golpeado por boleadoras, Bernabé es alcanzado y capturado, no pudiendo, o no queriendo, los suyos, rescatarlo.

Bernabé, con tal de salvar su vida, es capaz de prometerles todo, pero no puede prometer devolverles la vida a quienes ya han muerto y por eso será atravesado por la lanza y luego su cuerpo vilipendiado, le sacan las venas y le cortan la nariz (si sabemos esto es por Manuel Lavalleja, hermano de Juan Antonio, es  una fuente directa), purgando de ese modo la rabia y la impotencia.

En la historiografía uruguaya, tanto la acción de Salsipuedes como la de Mataojos fue mostrada como una batalla, e incluso como una batalla inevitable por la terquedad de los charrúas. Además, posteriormente, desde los colorados y los blancos se ha dicho que estas acciones fueron la afirmación de los valores nacionales, y, por supuesto, el triunfo de la civilización (siempre europeizante). De hecho, hay 200 manuscritos y documentos, firmados por personas del gobierno, del Poder Ejecutivo y correspondencias y partes militares, que sirven para justificar, de este lado, la matanza inexcusable. Pero, al decir de Daniel Vidart, esta fue una “sangrienta epopeya, tachonada de mentiras, tergiversaciones y voluntarios olvidos”.

Es paradigmático que un diario como El Defensor de la Independencia Americana, en el año de 1848 afirmara que la matanza fue un delito de lesa humanidad, y tanto el Estatuto de Roma, como la Corte Penal Internacional y la Ley sobre Crimen de Genocidio, Ley 18.026 del 25 de septiembre de 2006, califican como tal lo que ocurriera con los charrúas. Además del exterminio físico se dio, también, un exterminio cultural, un etnocidio. Ese etnocidio se gestó al separar a las crías de las madres, de manera de quebrar todo lazo familiar y, particularmente, la memoria histórica, ya desde el mismo campo de batalla. Dicha separación fue realizada por expresa determinación del Superior Gobierno de la época.

Por último, por considerarlo de importancia, ya sea para refrendar o ahondar en la materia, pondremos aquí las fuentes en que se basó la historiadora Marcia Collazo para dar estas dos magistrales clases, que disfrutamos mucho.

Por Sergio Schvarz
Escritor, poeta, y ensayos breves
Fuentes:
ACOSTA Y LARA, Eduardo F. La guerra de los charrúas. Montevideo: Talleres de Loreto Editores, 1998
BAUZÁ, Francisco. La independencia del Uruguay. Enciclopedia Uruguaya. “Independencia, anexión, integración”, 1968
BARRÁN, J. P. Los conservadores uruguayos (1870-1933). Ediciones de la Banda  Oriental, 2004
CABRERA PÉREZ, Leonel; BARRETO, Isabel. “Indios, frontera y hacendados en el sur de la Banda Oriental”. En: BEHARES, Luis; CURES, Oribe. Sociedad y cultura en el Montevideo colonial: Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, 1997
FIGUEIRA, José Joaquín. Eduardo Acevedo Díaz y los aborígenes del Uruguay. 3 tomos. Montevideo: Estado Mayor del Ejército, Departamento de Estudios Históricos, División Historia, 1977
FREGA, Ana (coord.). Uruguay: Revolución, independencia y construcción del Estado. Tomo 1 – 1801-1880. Planeta, Fundación Mapfre, 2016PI HUGARTE, Renzo. Historias de aquella “gente gandul”. Españoles y criollos vs indios en la Banda Oriental. Montevideo: Editorial Sudamericana Uruguaya y Editorial Fin de Siglo, 2005
VIDART, Daniel. El mundo de los charrúas. Ediciones Banda Oriental.

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