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Un camino diferente

La soberbia no es buena consejera, menos para intentar –en solitario- enfrentar a un flagelo que nos incumbe a todos sin distinciones, como es la violencia. Porque la misma atraviesa todos los estamentos sin importar a quien afecte, excediendo, ampliamente, a la cartera encargada de la seguridad de las personas. Si no se entiende eso estamos en un problema de imposible solución, porque a esa violencia estructural, que atraviesa a toda sociedad en este mundo globalizado, será imposible contenerla.

Seguiremos sufriendo sus efectos y acumulando víctimas mientras llenamos las cárceles con más presos. En medio de todo este problema, los recortes anunciados por el gobierno para el próximo quinquenio contribuyen a agravar el problema. Por lo tanto, es hora de sentarse a dialogar para buscar soluciones entre todos y pujar por políticas de Estado que excedan los mandatos, si es que en verdad queremos encontrar soluciones duraderas.

¿Te acordás de aquel acuerdo?
El 10 de agosto de 2010 se firmó un acuerdo multipartidario que se dio en llamar “Documento de Consenso”. En el mismo se establecieron las bases de una necesaria política de Estado en materia de seguridad que permitió aglutinar las voluntades de todos los partidos políticos con representación parlamentaria que dieron su aprobación a ese documento. Un documento que fue cumplido en su totalidad, según consta en la tabla de cumplimiento que aún está colgada junto al mismo en el portal del Ministerio del Interior.

Esa decisión política de sumar soluciones para encarar un problema de toda la sociedad fue un espejismo que duró muy poco tiempo. En efecto, a poco de haberse sellado, los mismos firmantes del acuerdo comenzaron su campaña de ataque sistemático contra el titular de la cartera haciendo de ello una estrategia electoral que les llevaría una década pero que terminaría poniendo a la seguridad pública como un elemento de captación de votos antes que una política pública a ser encarada colectivamente. El contrasentido de toda esa puesta en escena era ni más ni menos que atacar lo que hacía el titular de la cartera que no era otra cosa que cumplir lo escrito por todos, y así quedó estampado en ese documento de cumplimiento referido.

Hoy, que por fin llegaron al gobierno, les toca la difícil tarea de comandar la cartera más complicada y en medio de un escenario de pandemia que no ha mitigado –en absoluto- la violencia que campea en la sociedad uruguaya. Nuestro país, a contrario del resto de la región y el mundo, lejos de bajar la estadística delictiva la ha visto incrementar con extrema virulencia, por más que el Ministro intente decirnos lo contrario. Una muestra nefasta de la situación son los primeros días de octubre que marcaron una escalada en los homicidios que genera una alta preocupación para muchos, incluso para quienes no se cansaron de argumentar que no iban a poner excusas.

Pero como esta columna no se trata de cobrar facturas, es hora que los responsables asuman su rol y entiendan –con humildad- que no podrán obtener resultados en solitario y menos sin escuchar al resto de los que hacen parte de este colectivo llamado Uruguay. Es hora de llamar a la academia, a expertos internacionales, a representantes de la sociedad civil, a víctimas del delito, a ex privados de libertad, a todos los que tengan algo para aportar en procura de encontrar un camino que permita desterrar los efectos de una violencia que impregnó a todos los estamentos sociales sin distinción.

Porque es hora que abandonemos definitivamente esa puja por encontrar defectos y aumentar la distancia entre los uruguayos; ya pasaron las elecciones, es hora de construir un país, que es como un barrio, donde vivimos los orientales, y más en un contexto de pandemia que nos impone desafíos que debemos sortear también entre todos.

Posteo de Roy Berocay en Facebook
Un gran acuerdo nacional en la materia se impone, pero uno que nos permita y nos invite a todos a ser parte de la solución. Porque el problema ya lo conocemos, y es hora que nos demos cuenta que no se trata de un partido político o de una orientación ideológica, el delito no elige víctimas por afinidad partidaria, es una conducta humana que viene acompañada de múltiples causas que debemos identificar para poder contrarrestar a tiempo.

Uruguay no tiene pena de muerte ni prisión perpetua, en una clara señal de humanismo que nos legaron los fundadores de nuestra Nación. Manteniendo esa misma postura, es hora que nos aboquemos a construir espacios de convivencia, restauradores de heridas sociales, defensas para nuestros niños/as, estructuras que cobijen a mujeres jefas de hogar, y –también- volver a reconstruir esos lazos perdidos en la familia, donde muchas veces olvidamos el abrazo a tiempo, el oído dispuesto a escuchar, o simplemente un apretón de manos que nos diga que no estamos solos.

Las señales que se vienen dando no contribuyen al mejor escenario, ni los discursos efectistas de “se terminó el recreo” ni las soluciones legislativas de inflación punitiva y mucho menos la de asignar a la Policía el rol principal para resolver un problema que la excede ampliamente. La solución nunca fue ni será policial, esta solo contrarresta el efecto final de la conducta pero hace falta adelantarse muchos casilleros para que los efectos no se produzcan. Los caminos a explorar son y debieran ser los de la prevención fundamentalmente pero no pensada en aspectos meramente policiales o delictivos, sino de construcción de espacios de convivencia, donde la resolución de un conflicto no sea la vía rápida y violenta de una reacción inmediata sino aquellos donde el diálogo sea la primera respuesta, siempre.

La violencia la vemos y la vivimos a diario en el tránsito, en la calle, en el supermercado, en la escuela, en un hospital, en una fiesta y hasta en nuestro hogar. Si no buscamos las respuestas a esa violencia oculta, que se manifiesta en cualquier momento y en cualquier lugar, de una manera inteligente que no apele a usar más violencia como remedio, estaremos dando vueltas al problema como un perro que pretende morderse la cola.

Es hora de escribir nuevas páginas, son tiempos difíciles y vendrán obstáculos que deberemos eludir con inteligencia colectiva más que individual, porque somos seres gregarios y esa condición es la que nos permitió siempre resolver dificultades de la mejor manera, entre todos.

Por ello es que se impone un gran acuerdo nacional, donde estén los mejores, pero donde – también- nos sintamos todos representados. Sin soberbia ni falsa modestia, con humildad, esa que nos legaron nuestros viejos representantes, esos que nos dejaron un país hermoso para vivir y al que tenemos la obligación de mejorar aún más para las nuevas generaciones.

Si queremos obtener resultados diferentes hay que transitar caminos diferentes; sin que el acuerdo planteado sea un camino desconocido ni una práctica novedosa, es hora de aplicarlo con honestidad republicana sin que nadie esté pensando en un rédito electoral ni parecido.

Si ello ocurre, habrá patria para todos…

el hombre quería hablar,
el perro, seguir ladrando…

Por Julio Fernando Gil Díaz – El Perro Gil

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