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“El faro”: El estigma del aislamiento

La soledad, el aislamiento, el miedo y la exacerbada alienación son cuatro de los desafiantes conceptos que desarrolla “El faro”, el segundo y ciertamente estremecedor largometraje del joven realizador estadounidense Robert Eggers de apenas 37 años de edad, que constituye una experiencia audiovisual tan fascinante como removedora.

Como es notorio, Eggers irrumpió en 2015 con su primer título, “La bruja”, un drama de terror sobrenatural de connotaciones religiosas que impacta por su  atmósfera intransferiblemente pesadillesca y radical visceralidad.

Este film, que es naturalmente la ópera prima del inquieto cineasta, es una suerte de rareza en el género terrorífico, que rompe con la mayoría de los clichés del cine comercial.

En este caso, el rigor se impone sobre los convencionalismos, para narrar una historia ciertamente iconoclasta, cuya mayor virtud es la apelación a las alegorías y una por momentos aguda reflexión crítica sobre las creencias arraigadas en el imaginario colectivo, los mitos y el fanatismo de sesgo oscurantista.

Con ese valioso antecedente se aguardaba, por supuesto, con singular expectativa, la segunda creación artística del inquieto Egges, quien obviamente no decepciona a los cinéfilos.

En efecto, “El faro” es una propuesta cinematográfica para diletantes paladares exigentes, tanto por su rupturista formulación estética como por su enrevesada construcción narrativa y, obviamente, por su cuasi inclasificable impronta dramática.

En este caso concreto, al igual que en la obra precedente, la materia argumental vuelve a ser el terror sin concesiones en estado químicamente puro, canalizada a través de una mirada que privilegia particularmente el suspenso, la tensión y la alienación como potencial generadora de violencia.

Las otras dos temáticas abordadas son la soledad y el más absoluto de los aislamientos, dos fenómenos habituales en el este contemporáneo contexto de pandemia, caracterizado por el confinamiento, la tensa incertidumbre, la compulsiva pérdida de libertad, el temor colectivo a contagiarse y a la muerte.

En “El faro”, el virus que enferma a las personas no es ciertamente de origen patógeno, sino el agobiante sentimiento de visceral desarraigo y de escisión con respecto al mundo exterior, provocado por el encierro en una construcción tosca y nada amigable, que se parece más a una cárcel que a una vivienda en sí misma.

En ese contexto, los dos protagonistas de esta peripecia cinematográfica ambientada a fines del siglo XIX en el desolado paisaje de una isla cercada a Nueva Inglaterra, Estados Unidos, son el longevo Thomas Wake (Willem Dafoe), a cuyo cargo está el cuidado del faro del título, y su joven ayudante Ephraim Winslow (Robert Pattinson).

La misión de ambos trabajadores es custodiar el lugar durante un mes, hasta que una embarcación regrese por ellos. Aunque la tarea no se percibe a priori como nada compleja ni riesgosa, el factor emocional jugará un rol preponderante en el ulterior desenlace.

En ese marco, lo que inicialmente parecería un trabajo meramente rutinario y sin mayores contratiempos, adquiere en el transcurso del relato aristas realmente conflictivas.

No en vano, el viejo farero marca rápidamente el territorio, transmitiendo a su joven compañero que él es quien toma las decisiones y detenta el poder, en un lugar que es, paradójicamente, el reino de la nada. Por supuesto, le encomienda las tareas más desagradables para usarlo y humillarlo, demostrando toda su prepotencia e intrínseco talante autoritario.

Esa actitud de abierta soberbia, que inicialmente parece emular el vínculo entre un padre y un hijo por la sustantiva diferencia de edad, sólo contribuye a deteriorar las relaciones interpersonales.

Es claro que las reducidas dimensiones del recinto no favorecen en modo alguno el distanciamiento físico, lo cual genera una sensación de desasosiego y hasta de hartazgo mutuo.

En esas condiciones tan peculiares aflora inevitablemente el conflicto, que se potencia en este caso con la ingesta del alcohol y con actitudes absolutamente destempladas.

Si bien no parecen existir motivos puntuales que alimenten la confrontación ni las eventuales discusiones, el propio intercambio verbal, que a cada momento es más exacerbado, amenaza con encender la mecha de la violencia entre ambos.

La verdadera patología que nutre esas conductas abiertamente descarriadas es el confinamiento, ya que los circunstanciales protagonistas son hombres que comparten un espacio físico limitado. Ese lugar, que no les pertenece y difícilmente les genere empatía, es una suerte de micro-mundo sin ningún estímulo.

En este caso, el único propósito es sobrevivir como se pueda a este terrible aislamiento, aunque el equilibrio emocional de estos dos especímenes residuales puede complejizar la situación.

Desde el comienzo este drama insular sugiere malos presagios, que realmente parecen olerse en un ambiente recargado de recurrentes tensiones, lo cual constituye un superlativo mérito del joven director y guionista estadounidense.

Robert Eggers corrobora una sorprendente maestría para la creación de climas de removedora dimensión opresiva, mediante una cuasi quirúrgica exploración de la psicología de dos seres humanos radicalmente devastados por la demencia.

La película se inspira en un relato inconcluso del tan eminente como controvertido escritor, poeta y periodista bostoniano Edgar Allan Poe, que en este caso es adaptado con toda la libertad que demanda el formato cinematográfico.

Naturalmente, la impronta del inolvidable autor de “El cuervo” se percibe claramente en la escritura intransferiblemente simbolista de este valioso largometraje, que trabaja abundantemente con la alegoría, entre otros recursos bien literarios.

Empero, si la narración de esta historia trasunta una demoledora sensación de agobio, desencanto y pesimismo, su singular formulación estética ciertamente contribuye a incrementar considerablemente los decibeles del más despiadado de los dramatismos.

En ese sentido, la fotografía en blanco y negro del especialista Jarin Blaschke acentúa aún más esa sensación visual de desoladora oscuridad y hasta de inenarrable claustrofobia.

“El faro” es, sin dudas, una experiencia artística y sensorial realmente impactante y hasta conmovedora, que reflexiona –con peculiar profundidad- en torno a los estragos emocionales provocados por la soledad, el aislamiento, la radical amputación de la libertad individual y la convivencia compartida en condiciones extremas.

Más allá de la mera caligrafía cinematográfica de esta poderosa  película- que en este caso es ciertamente superlativa- resaltan particularmente las interpretaciones protagónicas de Willem Dafoe- que se desempeña con su habitual solvencia- y de  Robert Pattinson, quien encarna sin dudas el mejor papel de su carrera.

 

Por Hugo Acevedo  (Analista)
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