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CINE | “Aniara”: La patología de la desesperanza

El aislamiento, la angustia, la desesperación, la locura y la más radical de las desesperanzas son los cinco ejes vertebrales de “Aniara”, el inquietante largometraje de cienciaficción post-apocalíptica de los dos jóvenes cineastas suecos Hugo Lilja y Pella Kagerman, que plantea un horizonte oscuro sobre el incierto destino de la humanidad.

Esta película, que exhibe Cinemateca Uruguaya en la reapertura de sus salas luego del compulsivo cierre impuesto por la emergencia sanitaria, es una ópera prima de los realizadores nórdicos.

Por supuesto, no se trata de un film de género meramente convencional como tantas aventuras espaciales producidas por la industria de consumo liviano, sino de una dramática apelación a la reflexión, a partir de una hipótesis de desastre.

Por más que el tema de la devastación ambiental del planeta y sus ulteriores consecuencias es un tópico harto recurrente en el cine, en este caso el envase es tan importante como el contenido.

En efecto y más allá de eventuales controversias o inconvenientes comparaciones, esta película está bastante más cerca de clásicos como “2001, odisea del espacio” (1968), del maestro Stanley Kubrick  y de “Solaris” (1971) en su versión naturalmente rusa dirigida por el gran Andréi Tarkovski,  que de los cientos de mamarrachos vacíos, impresentables y meramente efectistas que ha producido Hollywood.

Empero, “Aniara” también tiene algunos puntos de contacto con la  recordada y laureada “Gravedad” (2013), de Alfonso Cuarón, con la grandilocuente “Interestelar” (2014), de Christopher Nolan, y muy particularmente con “High Life” (2018), el impactante film de la realizadora francesa Claire Denis.

Tal vez este último largometraje, que trasuntaba la opresiva soledad de seres humanos librados a su suerte en un vuelo sin rumbo por el espacio exterior, sea el que más analogías guarda con el espíritu y la formulación visual de este nuevo trabajo cinematográfico.

También “Aniara” es una historia de dimensión realmente desoladora, cuyo dramatismo radica –primordialmente- en dos sensaciones que experimentamos contemporáneamente en nuestra vida cotidiana: el confinamiento y la pérdida de libertad.

En efecto, la peripecia de los protagonistas de este relato guarda sorprendentes pero no deliberadas semejanzas con el encierro que padecen millones de seres humanos en el planeta por la pandemia devenida del Coronavirus y la consecuente pérdida de derechos originada en estrictos protocolos y restricciones extremas.

Empero, en este caso el virus no es el Codiv-19, sino la gestión irresponsable de los recursos naturales que atesora la Tierra, cuyo medioambiente es recurrentemente agredido por la contaminación provocada por un sistema de acumulación capitalista de talante depredador.

Las consecuencias, que en esta época ya son bastante visibles, son el cambio climático, que origina el derretimiento de los casquetes polares, el aumento del nivel de los mares, prolongadas sequías, inundaciones y tornados que arrasan poblaciones enteras.

Esas inmorales prácticas, nacidas de la irracional irresponsabilidad de multinacionales amparadas por gobiernos obsecuentes y corruptos, atacan directamente al corazón de los ecosistemas, provocando el exterminio de la fauna y la flora.

Esos desastres naturales generados por un homo sapiens absolutamente desenfrenado, que son insinuados mediante contundentes imágenes de fuerte acento testimonial, inducen a la masiva migración en este caso al planeta Marte, donde aquellos privilegiados que se pueden costear la travesía a bordo de una nave espacial fundarán nuevo modelo civilizatorio.

En ese contexto, toda la acción transcurre a bordo de un vehículo espacial que tiene las dimensiones de una auténtica ciudad, el cual alberga a miles de pasajeros que viajan con todo el confort necesario, con un plan de vuelo estipulado en apenas tres semanas. En efecto, a  bordo hay camarotes, restoranes, un anfiteatro, un arcade retro, un boliche y una sala denominada Mina, que rescata los recuerdos de los pasajeros y los mixtura con imágenes ideales de un planeta natural e incontaminado.

Empero, esos sueños placenteros, que pertenecen a un pasado que ya no regresará, a menudo son invadidos por visiones que impactan y conmueven por su impronta pesadillesca.

Esa suerte de inteligencia artificial opera en estas circunstancias como un bálsamo alucinógeno, como una herramienta de contención y, si se quiere, hasta como un mecanismo de control para instaurar un orden que- aunque parezca imperceptible- anula la voluntad individual de las personas.

La protagonista de esta historia es MR (Emelie Jonsson),  una profesional que tiene a su cargo coordinar las actividades cotidianas de los futuros colonos y hasta contener los desbordes emocionales de estos, con el apoyo de una bien disciplinada y eficiente guardia de seguridad.

En el primer tramo de la narración se percibe un clima relajado y distendido, fruto de la casi absoluta certeza que esa misión a Marte –solo reservada para quienes pueden pagarla- tendrá éxito. Sin embargo, un imponderable acontecimiento modificará radicalmente el curso de la peripecia espacial.

En esas circunstancias, comenzará una historia de mera supervivencia, que transformará a la nave en una gigantesca cárcel sin barrotes y a los integrantes de la tripulación en implacables carceleros.

En ese marco, abundan las personas que padecen patologías psíquicas, originadas en el miedo, en la incertidumbre y en el encierro, escenas de violencia y hasta suicidios.

Al respecto, lo que inicialmente parecía un viaje rumbo a un paraíso soñado deviene inexorablemente en una auténtica tortura psicológica, con el terror como presencia recurrente.

Basada en un célebre poema del escritor sueco Harry Martinson, ganador del Premio Nobel en 1974, “Aniara”, que marca numéricamente los tiempos de esta angustiante peripecia, promueve un profundo análisis reflexivo en torno a la extrema fragilidad y vulnerabilidad de las emociones humanas enfrentadas a situaciones extremas.

En ese contexto, esta auténtica alegoría existencial y si se quiere hasta existencialista –con elocuentes apuntes simbólicos- desafía al espectador a meditar sobre la patología depredadora del ser humano, el rampante autoritarismo y la conculcación de la libertad, algo habitual en este escenario de pandemia global.

Empero y más allá de la impronta intransferiblemente dramática de esta propuesta cinematográfica, los  jóvenes cineastas suecos reivindican al amor como primordial vehículo de emancipación individual, en una escenografía signada por el terror a lo desconocido y la cotidiana lucha por la supervivencia.

 

Por Hugo Acevedo  (Analista)
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