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La siembra del general

 

Por Gustavo Toledo Columnista del Semanario OPINAR

En «La tierra charrúa», Luis Alberto de Herrera se quejaba de que las tradiciones partidarias robasen a los grandes héroes del «culto nacional». Para él, los forjadores de la Patria (Rivera, Oribe, Lavalleja, Suárez, Berro, etc.) no pertenecen a una colectividad determinada, ni mucho menos a sus acólitos, sino a todo el pueblo uruguayo. Y así debían ser honrados, como parte de un patrimonio colectivo que nos hermana e identifica como nación.

Lo opuesto al sectarismo partidista que, desgraciadamente, aún se cierne sobre los grandes hombres y mujeres que sirvieron al país con grandeza y altura de miras. Ese es el caso, entre otros, del general Líber Seregni, a quien todos los orientales –y no sólo sus correligionarios- deberíamos celebrar este 13 de diciembre, al cumplirse cien años de su nacimiento.

Para quien esto escribe, que nunca votó al Frente Amplio ni militó en sus filas, la figura de Seregni fue –y es- una referencia ética. Un ejemplo de conducta. Un símbolo. Mi admiración trasciende los alambrados partidarios. Se centra en la persona detrás del personaje. En el padre y esposo amoroso. En el militar de vocación. En el artiguista convencido. En el batllista a la antigua.

En el intelectual sereno y equilibrado. En el dialoguista infatigable. En el Señor en toda la extensión de la palabra. Pero antes que todo eso, y quizás por todo eso, en el pacificador. En los años duros, pudo haberse ido del país y se quedó. Afrontó la cárcel y la tortura con dignidad y coraje. Luego de ser liberado, eligió mirar hacia adelante. Nunca dijo una sola palabra de los maltratos y humillaciones recibidas.

No alimentó enconos, ni rencores. Por el contrario, llamó a la paz y a la concordia nacional. Y con eso, ayudó a que la frágil democracia recién recuperada se afianzara entre nosotros. En 1996, renunció a la presidencia de su fuerza política al sentirse desautorizado. La palabra antes que nada. «Decir lo que se piensa y hacer lo que se dice», proclamaba.

Durante sus últimos años, puso su empeño y prestigio al servicio de tejer grandes acuerdos – la palabra «consenso» era su santo y seña- ya no dentro de su partido sino dentro del sistema político con el objeto de impulsar grandes reformas que aún esperan ver la luz… Padeció la incomprensión, la injuria y el agravio de propios y extraños.

Vio lejos. Apuntó alto. Su siembra habla por él: diálogo, paz, consenso, honor. ¡Salud, General.

La ONDA digital Nº 963 (Síganos en Twitter y facebook)
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