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LA VIEJA PESTE MORTÍFERA

Al profundizar en determinados periodos históricos se descubren evidencias acerca de una peste mortífera. Se trata de epidemias tan o más mortíferas que la peste bubónica, la peste negra, el cólera o el ébola. Sin necesidad de paralelismos biológicos o determinismos es posible percibir sus síntomas precursores y anticipar su desarrollo.

Esa peste atribuida, en forma reiterada y errónea, a la naturaleza humana, a intervenciones sobrenaturales o divinas y a circunstancias fortuitas o inasibles, ha culminado siempre en muerte y destrucción. Sus síntomas son el odio y sus acompañantes permanentes: la violencia, el fanatismo, la intolerancia.

Su evolución es lenta y permanente. Sus variadas manifestaciones nunca son imperceptibles porque el odio es una emoción esencialmente destinada a manifestarse, a proyectarse, independientemente del daño intrapsíquico y la devastación moral que es capaz de producir en quien lo promueve.

Este aspecto es tema de la psicopatología pero sus manifestaciones deben ser objeto de abordaje desde todas las disciplinas del conocimiento científico y desde todas las concepciones filosóficas, religiosas, ideológicas que son parte del patrimonio de los seres humanos en tanto especie.

La percepción y repudio del odio y su cortejo no es un problema para los sabios o los estadistas sino una exigencia cívica y humana para todos los miembros de una sociedad, independientemente de su edad, género, educación y situación individual o familiar.

Nada de lo dicho es novedoso. Por el contrario, casi que desde los bancos de la escuela se aprende que el odio ha conducido a guerras y grandes sufrimientos cuya irradiación llega, inevitablemente, hasta nuestros días.

Esas páginas no pueden ser arrancadas del libro de nuestra historia y mucho menos ser emborronadas o “dadas vuelta” con la técnica cobarde del ocultamiento y la mentira, la indiferencia o el olvido insano.

Cuando se consideran los acontecimientos del pasado, lejano o reciente, para comprender y aprender sin justificar, se percibe invariablemente que las campañas de odio, la promoción de la violencia y la acumulación de encono e intolerancia, la xenofobia, la aporofobia, nunca son procesos repentinos e imprevisibles.

La combustión espontánea no existe, requiere una cadena de hechos, de episodios, una acumulación de violencia cuyo desencadenamiento  tampoco ha de ser necesariamente explosivo o inesperado.

Es verdad que en el ciclo de la violencia existen uno o varios puntos sin retorno, etapas o periodos que no pueden resolverse sin una reflexión y una acción profunda, integral, franca y abierta. La evolución de la especie es prueba tangible de que los cambios son inevitables y siempre implican un compromiso humano.

Ahora es de ver que la vieja peste mortífera del odio se está desarrollando en el Uruguay actual. Los síntomas son variados y públicos.

1) Aumento de la violencia criminal – A pesar de la disminución de movimientos y exposición que supone la pandemia, los homicidios han mostrado un aumento notorio y las rapiñas, el abigeato, los asaltos y otros delitos no parecen haber cedido en frecuencia o violencia.

En la órbita del Ministro del Interior se atina a esgrimir que “los narcos se están matando entre ellos por disputas territoriales”. Son explicaciones insensatas porque es sabido que la violencia de los narcotraficantes se extiende rápidamente al resto de la sociedad. El fracaso instantáneo de una gestión es impactante pero no sorprende.

Después de haber juntado votos atacando sin pausa la actuación de Bonomi durante años, Larrañaga generó una expectativa para la que no tenía ni tiene la capacidad o las ideas para satisfacerla.

Seguramente hay otros personajes esperando el naufragio inevitable del político oportunista para promover en forma salvaje la “mano dura” y el “gatillo fácil” contra todo lo que se les oponga.

Este es el resultado del camino del odio y la intolerancia promovida en materia de seguridad pública. Está claro que a pesar de que el narcotráfico tiene una influencia y efecto maligno creciente y preponderante, no todos los delitos se le pueden endilgar.

2) Desvalorización creciente de la vida humana – La versión extrema de tal desvalorización es la naturalización de la pérdida de vidas por razones evitables, prevenibles o sencillamente repudiables y las actitudes que rodean a estos hechos lamentables.

Indignante y expresiva es la actitud del ministro Bartol. Fue citado al parlamento para explicar lo inexplicable: la muerte por hipotermia de un hombre rechazado en un refugio y lanzado a la calle por la policía. Al salir de la sesión se tomó una foto con sus jóvenes cortesanos, todos muy sonrientes y pitucos, para difundirla enseguida bajo el lema “hay equipo”. Una vida desvalorizada. Pura hipocresía.

Desvalorización creciente de la vida humana – La versión extrema de tal desvalorización es la naturalización de la pérdida de vidas por razones evitables, prevenibles o sencillamente repudiables y las actitudes que rodean a estos hechos lamentables.

La consideración que nos merece la vida humana no se arregla con cháchara y falsedades. Basta ver la arremetida contra la ley de salud sexual y reproductiva por parte de quienes se autodenominan como “pro-vida”: su ideología para penalizar el aborto utiliza el sofisma de defensa de la vida de los nonatos a partir de la concepción. Sofisma porque a la enorme mayoría le importa poco o nada la calidad de vida o  el sistema de cuidados a la primera infancia, la verdadera vida después del nacimiento.

Hay muchos más ejemplos, la naturalización y leniencia respecto a la violencia intrafamiliar, ante el abuso sexual de menores, entre otros. El intento por encubrir y ocultar la identidad de los abusadores, de atenuar su responsabilidad y archivar las causas de corrupción (cargos por sexo), los abusos policiales, así como la revictimización de las víctimas, es una forma repugnante de desvalorizar la vida de los más débiles.

3) Manejo de los medios y del odio en las redes – La violencia fáctica y la violencia simbólica se retroalimentan. Por un lado el control hegemónico de los medios de comunicación, el llamado “blindaje mediático” del gobierno, es el resultado de un designio de control de los medios públicos en manos de un pequeño grupo de familias/empresas interconectadas gestado hace muchas décadas y mantenido intacto para promover una línea política y cultural que es la del actual gobierno.

El blindaje crea tensiones, sofoca críticas y reclamos y manipula al público. Esto va acompañado de una promoción paralela del odio en las redes. Como no es un fenómeno reciente, muchos jerarcas del actual gobierno han debido borrar de apuro sus manifestaciones llenas de insultos, patrañas y agresiones porque les hacían impresentables y resultaban contraproducentes para su imagen pública. Algunos no las borraron a tiempo y han sido bajados del escenario o nombrados previo recorte del copete.

Hay otra especie de personajes públicos o semi públicos, como la escritorzuela de baja estofa y algún otro sujeto similar que han construido su imagen haciendo hincapié en sus expresiones de odio patológico, festejando la muerte o las enfermedades de dirigentes políticos, artistas o jefes de Estado y deseando cánceres y muertes dolorosas a quienes creen sus oponentes o presentándose como víctimas de una persecución jamás probada.

Sería un error detenerse en lo obvio: esos personajes son enfermos que exponen sus llagas psíquicas y morales. Su presencia pública va más allá de su fantasía coprológica, en realidad actúan como modelos para los trolls (a sueldo) y los cretinos (honorarios) que se dedican a sembrar odio y agravios en las redes al amparo del anonimato.

De alguna manera, estos subproductos son parte del “blindaje mediático”, es lo que algunos denominan “duránbarbismo”, técnica atribuida a un mercachifle del odio que trabajó para Macri. En el caso del senador Domenech y el diputado Lust – más allá de la similitud  de este con el personaje del actor Larry Fine – no se debe menospreciar su carga de odio.

Ellos no necesitan el “duránbarbismo”, se nutren del pope brasileño de “tradición, familia y propiedad” y del cura Meinvielle, como muestran sus añejos figurines parlamentarios (serpientes y plutocracia).

4) Erosión y corrosión de las instituciones – Este es el más preocupante de los síntomas que se registran en materia de aumento del odio y su cortejo de intolerancia y violencia. La necesidad desesperada de la coalición gobernante por instaurar  un sistema contrapuesto al de los gobiernos anteriores evitando el debate y la difusión amplia de sus verdaderos objetivos se ha plasmado en la ley de urgente consideración.

La pandemia ha servido para encubrir, momentáneamente, los alcances de esta ley  y por lo tanto logra que el gambito antidemocrático no sea totalmente evidente.

La erosión de las instituciones, a costa de la difusión de falsedades y la instalación de un relato mendaz para justificar el recorte brutal de las políticas sociales y la descarga de la crisis pandémica sobre la población, necesita el derrame de odio.

Se trata de presentar una situación desastrosa del país (endeudamiento, desempleo, “se gastó mucho y mal” al decir del Presidente) que encubra los recortes despiadados que encierra el programa reaccionario del gobierno, la transferencia masiva de recursos hacia las clases privilegiadas, los grandes empresarios, los gigantes del agronegocio.

Esto no puede hacerse sin difamar, sin movilizar directamente a los medios de comunicación hegemónicos, sin acallar las protestas, sin criminalizar a quien se oponga y, desde luego, sin tolerar con benevolencia la movilización de trolls y cretinos para promover las noticias falsas, las calumnias y los insultos a pesar de que “todo lo ven y todo lo escuchan”.

Varios indicadores hacen pensar que el gobierno no es completamente ajeno a esta conmixtión tóxica para la democracia: por un lado la falta de rechazo y de acción efectiva contra las campañas de odio (lo que se patentiza por el ridículo repudio a la gestión del gobierno anterior mediante un artículo inane agregado a la rendición de cuentas); por otro lado, la presentación hecha a los inversores extranjeros donde se reconocen las fortalezas del país en todos los terrenos, fortalezas que son en gran medida resultado de los tres gobiernos anteriores, y el planteo opuesto, torticero y calumnioso, que se hace de la situación del país para consumo interno. Que la ultra derecha nostálgica de la dictadura arremeta contra el Fiscal de Corte y Procurador General de la Nación, reclamando caprichosamente su destitución, no es sorprendente porque ya han dado otras muestras de su vocación autoritaria, antidemocrática y cuartelera.

Lo que es un signo de corrosión de las instituciones es que el Presidente de la República haya eludido pronunciarse frontalmente contra ese griterío. El nuevo partido ultra derechista Cabildo Abierto y su cabecilla el general (r) Manini Ríos no es fascista, no es nazi y seguramente no es artiguista. Demuestra, en forma permanente, su desprecio por la democracia y su intención de manipular al gobierno.

Eso solo lo puede hacer erosionando y en definitiva corroyendo a las instituciones democráticas. Bajo el manto de un populismo derechista ha conseguido aglutinar a una parte del herrerismo, la cavernaria fracción hegemónica del Partido Nacional, animar al anti-batllismo siempre presente en el Partido Colorado y rebañar a un par de grupúsculos que terminará fagocitando.

No hay que olvidar que los adherentes de la ultraderecha son los principales fogoneros, aunque no los únicos, de las campañas de odio y los alucinados de la violencia. Esta historia ya la conocemos.

Por Lic. Fernando Britos V.


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