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LA SUMA DE TODOS LOS MIEDOS

Estuvimos viendo lo relativo a la peste, desde la literatura, leyendo y releyendo varias novelas que tratan sobre el tema desde distintos ángulos, y sacamos algunas conclusiones que se pueden aplicar a la pandemia actual del Covid-19. Deberemos apuntar que la peste bubónica, principalmente, es la causante de dicha enfermedad (Yersinia Pestis), que es una bacteria, y el coronavirus es de otro tipo. Sin embargo, a pesar de ello, las medidas que se aplicaron en todas las situaciones fueron similares. Pero también hay que apuntar sobre la rapidez del contagio, y que en términos cuantitativos se está acercando al medio millón de muertes, y al confinamiento, que ha afectado a enfermos y sanos, por primera vez en la historia.

Primero fue el miedo a lo desconocido, ese virus, la propagación de teorías diversas, las pocas certezas, cuando de pronto el profesor Neil Fergurson mandó al encierro y al distanciamiento social(1). Y todos los países le imitaron, aunque luego adoptaron diversas variantes, de acuerdo a su idiosincrasia.

Uno de los ejes de lo que se ha dado en llamar la “nueva normalidad” (que no es más que la misma normalidad de la voracidad capitalista, en los términos planteados de multinacionales más fuertes y que imponen modelos de consumo para sostener el sistema), es el tema de la vejez, llevado a términos económicos, en relación al costo-beneficio. Y allí lo advertía Adolfo Bioy Casares, en Diario de la guerra del cerdo, resaltando la fobia hacia los viejos de parte de los jóvenes, como si con ello pudieran derrocar la gerontocracia instalada en esa sociedad. Pero Bioy Casares lo ve como una brecha generacional, la cual, por cierto, se ha ahondado en estos tiempos.

Considerar la vejez como un problema, y el consiguiente desembolso económico para el sector de jubilaciones o pensiones catalogado como de insostenible, retrata la inhumanidad del sistema, y el concepto mercantilista de la vida, y de la muerte. Como si se quisiera “blanquear” el sistema de seguridad social o creer en una especie de nuevo malthusianismo natural que equilibre la ecuación mundial entre población y recursos.

En Bioy Casares, ese virus repentino, esa ira, ese descontrol juvenil, violento e irrefrenable, termina cuando al final se comprende que “todo viejo es el futuro de algún  joven”. Y además nos deja planteadas algunas cuestiones interesantes: “la gente joven no entiende hasta qué punto la falta de futuro elimina al viejo de todas las cosas que en la vida son importantes”; o esta reflexión que me parece mejor: “Quizá una de las pocas enseñanzas de la vida fuera que nadie debe romper una vieja amistad porque sorprenda una debilidad o una miseria en el amigo”.

Es el miedo a la vejez.

El diario del año de la peste, de Daniel Defoe (quien escribiera Robinson Crusoe), utiliza varias “fuentes”, de estilo periodístico, dando como resultado una crónica de época, novelada, y un registro de eventos extraídos de la memoria, con anécdotas y testimonios. Allí aparecerá el ocultamiento y el manejo en las cifras de muertos, dando otras causas por fuera de la peste (o lo contrario, como en el caso actual de Chile, el aumento desproporcionado de las mismas para generar pánico, y miedo). Allí se hablará del confinamiento, que era miserable sobre todo por las condiciones precarias(2). Se nos dirá sobre las diversas teorías del apocalipsis y mecanismos de salvación que mágicamente pueden conducirnos al Nirvana eterno. O nos mostrará, entonces, un descenso al infierno, veremos las carretas de la muerte, llevando los cadáveres de los apestados y tirados en fosas comunes (y luego esas mismas tumbas abandonadas a su suerte).

Pero Daniel Defoe amplía su mirada, va a lo social, y nos muestra cómo impacta la peste dentro de la clase baja así como la miseria que provoca en la población. En lo referente a las medidas que se toman, que aquí se detallan en extenso(3), destacaremos “la publicación de instrucciones acerca de remedios baratos para todas las instancias de la enfermedad”, y la designación de médicos y cirujanos para aliviar a los enfermos pobres.

Hablará, también, sobre el aislamiento de enfermos, la ventilación de objetos (por medio del fuego y con los perfumes necesarios), clausuras de casas, y el entierro de los muertos en las horas más convenientes. Hay restricciones al uso de coches de alquiler, limpieza de calles, y se hace especial hincapié en el cuidado de la carne o pescado en descomposición y del maíz enmohecido, y en la inspección de cervecerías y tabernas, así como en cafés y bodegas. Incluso nos da una lección de historia: “creo que la clausura de casas (cuarentena) fue un método utilizado por primera vez durante la epidemia que se produjo en 1603, cuando llegó al trono el rey Jaime I. El poder para encerrar a la gente en su propia casa fue acordado por un Acta del Parlamento titulada Acta para la Disposición, y el Caritativo Alivio de las Personas infectadas por la Peste”,

Lo interesante es lo que muestra del tiempo posterior a la peste, donde lo que queda es un espíritu de contradicción y pelea, de difamación y vituperación, y nada demasiado distinto a lo que había antes. La clase dominante retoma el control, el poder. La restauración es, totalmente, conservadora.

Y finalmente prolonga este “·diario” con lo que sucede en Londres, al año siguiente: el fuego, que lo devora todo y que termina de destruir lo que la peste no había podido hacer (4). El miedo al mañana incierto.

La peste, de Camus, es en realidad una crónica novelada y que refleja, filosóficamente, el camino del existencialismo y el absurdismo. En el primer caso la existencia precede a la esencia, y en el segundo, sobre la naturaleza del absurdo (Kierkegaard), que debemos aceptar tal cual como es y encontrar nuestro propio significado a esa existencia.

Las fuentes que utiliza, lindantes al periodismo, son notas, apuntes, diarios, diálogos oídos en los tranvías y en las calles, más la propia vivencia como médico del personaje principal. Por supuesto que nos explicará el proceso de la enfermedad, nos mostrará los síntomas, las señales, y lo hará de forma muy descriptiva.

En esta crónica la ciudad toma un aspecto central, una ciudad fea, desnaturalizada, “…una ciudad sin palomas, sin árboles y sin jardines, donde no puede haber aleteos ni susurros de hojas”. Habrán medidas tímidas por parte del prefecto, pero que apuntan exclusivamente a lo sanitario, y se dejará librado a la suerte el tema económico, por lo que los pobres serán más y más pobres, aumentando la desigualdad social(5).

Los entierros se hacen de apuro, y los que van a morir no pueden ser despedidos por sus seres queridos. En las fosas comunes, “se les cubría con cal viva, después con tierra, pero nada más que hasta cierta altura, reservándose un espacio para los que habían de llegar”: es la deshumanización. Se bebe mucho vino, porque se había dicho que «el vino puro mata al microbio», y aquí la ignorancia.

Pero luego, si bien la realidad era distinta a la anterior, porque “todo el mundo estaba de acuerdo en creer que las comodidades de la vida pasada no se recobrarían en un momento”, pero hacia allí se tendería, comprobando, de paso, que es más fácil destruir que reconstruir. Y nos pone el acento en lo que deberemos hacer, en la prevención: “Ha habido en el mundo tantas pestes como guerras y sin embargo, pestes y guerras cogen a las gentes siempre desprevenidas”.

La importancia de La peste con respecto a la pandemia actual, es que nos explica todo el proceso que estamos viviendo en la actualidad, desde lo sanitario a lo económico, político y social, y reafirma la necesidad existencial del hombre en ser, en existir, y recalca lo absurdo y relativo de nuestra existencia.

Todos vivieron, con miedo, en el sostenido instante(6). El miedo a ser nosotros mismos.

La peste escarlata, de Jack London, narra acerca de la consecuencia de una pandemia casi total, devastadora, donde los animales quedan reducidos a su estado anterior, salvaje, y los pocos hombres y  mujeres que han sobrevivido a una peste fulminante, viven en tribus. En ese sentido, es una distopía, cruel, en la que no deja ni un solo resquicio de fe en la humanidad(7). Una regresión histórica que acusa nuestra propia negligencia como especie y, a la vez, la relatividad de nuestra existencia (la cual es importante para nosotros mismos pero no para el orden —sea del tipo que sea— del universo). El miedo a nuestra propia desaparición como especie.

La máscara de la Muerte Roja, de Edgar Allan Poe, todo un clásico de la literatura, nos mostrará cómo nadie sale vivo de aquí, ni siquiera intentando apartarse de los demás. Justamente, es totalmente lo contrario: vivir en comunidad, en el nosotros, en la solidaridad y en el mutuo apoyo, y sobre todo en armonía con el medio ambiente. Es el miedo a la muerte.

El Nuevo Orden Multinacional

Si bien la pandemia aún no ha terminado, y queda aún un resto de incertidumbre, real, algunas líneas de acción se van anticipando. El miedo se ha transformado en negocio, y por ello es exacerbado y replicado por los medios de comunicación, los tradicionales y los nuevos. Desde las farmacéuticas el aspecto económico se prolonga en medicinas que intentan mantener a raya la enfermedad (para que se sigan utilizando sus productos) y no para solucionar la enfermedad, es decir curar. Así también, la guerra comercial (entre China y Estados Unidos, pero también Europa) adopta cariz tecnológico sobre la 5G.

Es verdad, hay una nueva realidad producto de la combinación sanitario-económica de los efectos de la pandemia, y una desorganización socioeconómica de las sociedades, donde nada es seguro, y esa inseguridad se traslada, sobre todo, al ámbito laboral. De la noche a la mañana, de un plumazo, nos borraron el futuro que, sin embargo, está allí.

Aprenderemos también a enfrentar el momento de inestabilidad y buscar la equidad, para ir a la igualdad; deberemos actuar con participación comunitaria, conocedora de problemas, límites y riesgos, responsable. Se querrá reemplazar obreros por máquinas y nos venderán el verso de la mejora tecnológica y de la superior producción y productividad. ¿De qué sirve tener más capacidad de producir si quedarán menos con capacidad de consumo?

Pero todo lo que se nos muestra, desde la literatura, es que nada bueno nos dejaron las distintas pestes que sacudieron el mundo. Tenemos ejemplos sobrados. La gripe española, una variante de la influenza AH1N1 —que en realidad surgió entre los miembros del ejército de Estados Unidos tras la Primera Guerra Mundial—, por la que se calcula que murieron al menos cincuenta millones de personas, vino como prolongación de la miseria y las malas condiciones de salubridad que había a raíz de la guerra. Mucha gente, por cierto, compara la COVID-19 con la gripe española de 1918, y creo que es válido en muchos aspectos. Ambas son enfermedades respiratorias. Aunque ahora parece ser mucho más compleja, su principal presentación es como síndrome respiratorio. Y muchas de las medidas adoptadas se asemejan: distancia social, uso de máscara, equipo de protección, cuarentenas, rastreo de contactos. En tres olas, la “gripe española” infectó unos 500 millones de habitantes, un tercio de la población mundial de entonces, y mató entre 50 y 100 millones de personas en todos los continentes. Más que la guerra misma. Pero a pesar de su mortalidad y morbilidad pasó rápido al olvido.

El título del más famoso estudio de la misma es “La pandemia olvidada de América” y se publicó en 2018, en su centenario. En Gran Bretaña hay muchos monumentos de la Guerra, pero sólo uno en homenaje a los doctores y enfermeras que combatieron en el frente contra “la gripe del Día del Juicio Final”, como se la llamó. La enfermedad pasaba rápidamente por los cuerpos y lugares afectados y se movía a otras locaciones, en vez de “sitiarlas” mucho tiempo, y en la mayoría de los casos los síntomas eran leves. Después, los únicos que se acordaban de ella eran los funcionarios de salud pública, por temor a que volviera. Además, esa pandemia golpeó cuando el mundo estaba atento al final de la primera Guerra Mundial, el proceso de Paz de Versalles y la Revolución Rusa. Afectó a todos los continentes pero fue rápidamente olvidada, porque la gente quería dejar el pasado atrás.

Frank Snowden, profesor de Historia de la Medicina de la Universidad de Yale, dice, por ejemplo: “La plaga de Atenas (años 429 y 430 antes de Cristo). Hay un gran relato de ella en la “Historia de la Guerra del Peloponeso”, de Tucídides. Fue una pandemia, porque antes de Grecia había pasado por el Etiopía, el Norte de África y Persia, así que fue un evento internacional. Afectó el mundo clásico y ocurrió en medio de una Guerra Mundial entre Esparta y Atenas. El resultado fueron condiciones catastróficas. Tucídides cuenta que la gente dormía en los templos y en las plazas. Las condiciones sanitarias colapsaron: sobrepoblación, contaminación de agua y alimentos, suciedad: ámbito perfecto para la expansión de enfermedades. Modernas investigaciones de ADN sugieren que fue un tifus —aunque pudo ser más de una enfermedad—(8).

Además: “la plaga socavó el Ejército Ateniense y cambió el mundo clásico. La derrota de Atenas y el ascenso de Esparta fue un cambio en el balance de poder a partir de una enfermedad. Además, Tucídides cuenta de un brote de anomia, falta de respeto a la ley. Los atenienses pensaron que morirían pronto, que debían disfrutar lo poco de vida que les quedaba, en una orgía de hedonismo y se produjo el declive de los valores morales que habían hecho famosa a Atenas. Hubo también un cambio religioso. Los griegos abandonaron a sus dioses. Antes les ofrecían sacrificios en el Olimpo; pero pensaron que los habían abandonado, dejaron de creer en su benevolencia y creyeron que Apolo, en particular, quería su destrucción. Un cambio de resonancia contemporánea fue una ola de xenofobia”. En conclusión, “la plaga y la derrota militar destruyeron la democracia ateniense…”.

Entre otros ejemplos, podemos citar que en el año 1346, Kaffa (la actual Teodosia) ocupaba un lugar estratégico de cara al comercio de seda, especias y esclavos. El asentamiento se antojaba de lo más goloso para la poderosa reunión de es tribus mongolas llamada la Horda de Oro. Ante los muros de Kaffa, los recién llegados no tardaban en darse cuenta de que la empresa no sería sencilla. Comenzaba así un asedio que era roto varias veces por los aliados de la ciudad. Finalmente, los invasores optaban por cargar cadáveres de víctimas de la peste en sus catapultas y lanzarlos al interior de Kaffa. La falta de higiene, ratas, pulgas y demás se encargaban de hacer el resto del trabajo. ¿El resultado? Una ciudad que se convertía en el primer foco de la peste negra en el corazón de Europa y, muy probablemente, la primera guerra biológica de la historia(9).

También en Gran Bretaña, el reinado de los Estuardos acabó por la viruela.

El ejército de Napoleón fue derrotado en Rusia por el tifus y la disentería.

Una epidemia de influenza en 1969 —durante la que se celebró el recordado concierto de tres días de amor y paz en Woodstock— produjo cien mil muertos en los Estados Unidos y más de un millón en el mundo.

El mismo virus de influenza, o una mutación de éste, produjo entre uno y cuatro millones de muertos en Asia en 1957, y entre dos a cinco millones en Hong Kong en 1968.

El profesor Frank Snowden concluye que “el cambio que se avizora es el de los sistemas de salud: más telemedicina, hospitales más equipados y sistemas más universales de acceso, en la medida que se reconozca que un brote epidémico en cualquier lugar del mundo, en la era de la globalización, es una amenaza para todos. Muchos sectores deberán transformarse, obviamente el turismo y la industria del viaje. No me imagino a nadie a corto plazo embarcándose en un Crucero. Conciertos, cine, eventos deportivos, todas las grandes reuniones de gente, deberán ser repensadas, igual que hábitos como estrecharse las manos, abrazarse en público. Tendremos que vivir de modo diferente y de modo sostenible. Y espero que esto incluya un movimiento hacia una economía más verde y al planeamiento familiar, porque el presente infortunio es también el resultado de un derrame de las enfermedades zoonóticas (de animales sobre humanos) y de nuestra explosión demográfica”(10).

 

Por Sergio Schvarz
Escritor, poeta, y ensayos breves.

 

Notas

1.- El modelo del profesor Ferguson sobre la transmisión del virus sugirió que 250 mil personas podrían morir sin una acción drástica. Esto llevó al primer ministro Boris Johnson a anunciar el 23 de marzo que estaba imponiendo restricciones generalizadas en la vida diaria destinadas a detener la propagación del virus. Según esas medidas, a las personas se les dijo que salieran lo menos posible, y a las parejas que viven por separado más tarde se les dijo que «idealmente» se quedaran en sus propios hogares.

2.- Dice Defoe “creo que la clausura de casas fue un método utilizado por primera vez durante la epidemia que se produjo en 1603, cuando llegó al trono el rey Jaime I. El poder para encerrar a la gente en su propia casa fue acordado por un Acta del Parlamento titulada Acta para la Disposición, y el Caritativo Alivio de las Personas infectadas por la Peste”. “La clausura de casas fue considerada en un primer momento una medida muy cruel y anticristiana, y la pobre gente así recluida se lamentaba amargamente”.

3.- Dirá que se prohíben las representaciones teatrales, son “cerradas y suprimidas las casas de juego, salas de baile y casas de música (…); y los payasos, bufones, títeres, volatines y los números similares que habían embrujado al público ordinario cerraron sus tiendas…”.

4.- Dirá: “vi a Londres reducida a cenizas”.

5.- “La especulación había empezado a intervenir y sólo se conseguían a precios fabulosos los artículos de primera necesidad que faltaban en el mercado ordinario. Las familias pobres se encontraban, así, en una situación muy penosa, mientras que las familias ricas no carecían casi de nada”.

6.- “La peste había quitado a todos la posibilidad de amor e incluso de amistad. Pues el amor exige un poco de porvenir y para nosotros no había ya más que instante”.

7.- “La raza humana está condenada a hundirse cada vez más en la noche primitiva antes de recomenzar algún día un nuevo ascenso sangriento hacia la civilización. Hoy, la tierra es demasiado ancha para los pocos hombres que viven. Pero estos hombres crecerán y se multiplicarán y, dentro de algunas generaciones, encontrarán la tierra demasiado estrecha para ellos y empezarán a matarse los unos a los otros”, lo cual, por cierto, nos habla de un maltusianismo siempre en boga.

8.- Frank Snowden, profesor de la Universidad de Yale, mensura en cien millones los muertos por la peste en Europa solamente entre 1347 y 1743.

9.- La nobleza rural y los propietarios empobrecidos a raíz de la peste tuvieron que buscar otras ocupaciones, y algunos encontraron acomodo en el negocio de la guerra. “La guerra de los Cien Años duró porque los reyes, las clases guerreras (incluidos los pequeños propietarios rurales) y una parte de las clases mercantiles estaban interesados en la prolongación del conflicto bélico, pues justificaba la recaudación de tasas de guerra que terminaban en sus bolsas; además, los botines obtenidos podían contribuir también a mejorar su situación económica y facilitar el mantenimiento de su particular estilo de vida y su prestigio y su rango social”, indica Benedictow.

10.-Tomado de la página lawebdelacultura.com

 

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