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La nueva realidad |…supongo que el romanticismo ya murió

Tengo para mí la impresión de que no hay nada nuevo bajo el sol, ya ha sido dicho hasta el cansancio. Y ahora lo confirmo. Hay una epidemia nueva, que, por su rápida propagación (debida a modernos medios de transporte, entre otras cosas), se transformó en pandemia.

Pues bien, la literatura no ha estado omisa en este tema, y todas las medidas que se han hecho  se ven replicadas en la coyuntura actual, unas más, unas menos. Esto que digo sólo está basado en las obras literarias, no en las crónicas propias de época, memorias o datos clínicos en crudo del pasado; aunque de todo eso hay, también, siempre y cuando que ese tipo de literatura es realista ya que extrae de la realidad el tema, el origen y el desarrollo de la peste. Eso se debe, también, a que todas aquellas versiones que son pura fábula, o fabulación, mística o mágica, y que son desacreditadas por la voz de la ciencia, se repiten con pocas variantes, pero más como una opinión vulgar, que esconde el comentario ignorante a que nos han sumido, y nos quieren seguir sumiendo, los dirigentes de la clase gobernante. Y uno de los medios para ello es el miedo. El miedo a la muerte, y hasta el miedo de abrazar a nuestros seres queridos, o a despedirlos cuando emprendan el largo viaje final que no tiene retorno, salvo en la memoria de los vivos.

Pues bien, si este virus ataca a mayores de 65 años, y en especial a quienes ya han tenido alguna enfermedad, y puede provocarles la muerte, habrá jóvenes que no querrán que esos viejos circulen por su barrio, como sucediera hace poco en España. Allí Bioy Casares se hace presente, con El diario de la guerra del cerdo. Una guerra generacional, que no tiene más motivo que el ardor belicoso de la juventud y la peligrosa decadencia moral de la ancianidad. Es la gerontocracia, que es la que, mal que bien, gobierna el mundo.

Si creemos que vendrá un germen maldito, por obra del olvido de Dios o por una acción diabólica, y que se llevará a casi todos, reduciendo el mundo a unos pocos centenares de seres humanos, reunidos en tribus, será el mundo apocalíptico, la distopía, reunidas en La peste escarlata, de Jack London. Y después, cuando esa población aumente, volverán las guerras y las enfermedades, como si la historia fuera una rueda cíclica. Otra vez mermaremos como humanidad, quizá hasta desaparecer.

Si pensamos en el temor de Dios, y la locura colectiva, volveremos a leer a Daniel Defoe, pero no para buscar a ese Robinson Crusoe solitario, y héroe, sino para leer El diario del año de la peste, donde el padre de todos los novelistas ingleses hace una obra a medio camino entre el periodismo, la crónica, la novela y el diario, incluyendo “fuentes” propias, que son aquí personajes secundarios, que le revelan (y nos revelan) aspectos o matices diferentes de una epidemia que se llevó la vida de al menos una cuarta parte de la población de Londres. Y las medidas de confinamiento, por ejemplo, ya están presentes, junto a la miseria, el hambre y la destrucción.

O vayamos entonces a La peste, de Albert Camus, hoy de moda nuevamente en Europa, y pensemos en todo el existencialismo, como una forma de ser, y de actuar, y nos retrotraeremos al doctor Rieux, buscando, en medio del dolor de atender a quienes pronto estarán muertos, el sentido de la existencia y de la absurdidad; y se nos colará Sartre, la otra pata existencial, pero esa sí más formal, digamos, y política, y tendremos que hacer notar que la famosa disputa la ganó el primero, aunque en esta novela o crónica no venga a cuento. Porque no hay nada que hacerle, lo que la historia no da, la realidad no presta.

Y para terminar esta pestífera manera de decir las cosas, sólo nos queda el maestro y el padre de todos los cuentistas modernos. Alcohólico, extraviado, confundido, Allan Poe puede escribir La máscara de la muerte roja, y salir bailando al balcón, dispuesto a tirarse bajo el paso de un carruaje, antes que seguir soportando la muerte de los que quiere. Y con él sabremos que nadie podrá escapar a la muerte, por más murallas que construyamos.

Todas tienen en común el origen, el nacimiento de la epidemia. Los primeros síntomas, las primeras reacciones que varían pero van desde el desconocimiento oficial y medidas tibias hasta el enclaustramiento total de los enfermos.

Todas tienen en común la violencia que se desata, robos, homicidios, y todo tipo de desórdenes sociales y morales. Algunas de esas novelas denuncian cierta miseria provocada por las circunstancias. Las medidas, y lo decimos con conocimiento de causa, no difieren demasiado de las que se toman en la actualidad, extrapoladas a nuestra nueva realidad.

El hoy como continuidad del ayer

Sergio Schvarz

Pero en lo que son todas concluyentes, y acá es donde resumo la idea que he querido transmitir desde el principio de esta epidemia, más allá que este virus se comporta distinto a la peste (y en especial la peste bubónica), es que ninguna de estas novelas se imagina un mundo mejor después de esto, sino más bien todo lo contrario. Y eso es en lo que he venido insistiendo: la supuesta “nueva normalidad” no es más que un retroceso hacia la vieja normalidad en estado crudo; es una situación de “nueva realidad” que dará paso al aumento de la desigualdad social, la precariedad laboral junto a la disminución real del salario, y el desempleo galopante. Nada bueno va a resultar de esto, por lo menos en el corto y mediano plazo, salvo para las quinientas familias que son dueñas de este país, y sus vínculos con el capital trasnacional. Algo así como el 1% de los más ricos que tendrán, aún más, que lo que al otro 99% de la humanidad le falta.

Puedo equivocarme, es verdad, porque también se puede abrir un espacio para la construcción de otro tipo de sociedad, solidaria y justa. Y si medimos las cosas en términos históricos, que son términos mucho más extensos que el tiempo vital de cada uno, quizá esta “crisis” nos muestre otro tipo de sociedad, aún impensada, o apenas entrevista, sostenible, ecológica. A eso tendremos que apostar.

Algunos cambios van a haber; es parte de la vida el cambio constante. La tecnología seguirá avanzando, sin dudas. Pero la pregunta, acá, es: ¿hasta cuándo vamos a mirar para el costado y no intentar solucionar los problemas más acuciantes de la humanidad? Las nuevas tecnologías, ¿ayudarán a hacer el control más férreo, el gran  hermano, o serán herramientas para hacernos una vida más llevadera, disponiendo de tiempo para hacer lo verdaderamente importante?

Si hay algo que es común a todas esas novelas, y a la realidad actual, es que durante la larga cuarentena de los (des)ánimos, lo que reina es el individualismo, y el sálvese quien pueda, del mismo modo que después, como sucedía antes de esta pandemia, se volverá a hablar de casos individuales que pudieron salir adelante (como si los que no pudieron salir adelante no hubieran hecho tanto esfuerzo como aquellos), y entonces la oportunidad de ser feliz se dirá que está al alcance de la mano.

Volverá la meritocracia, y los viejos burgueses, con  maquillajes, cirugías estéticas y lipoterapia incluida que los mostrarán casi jóvenes, darán cátedra de caridad, limosna y piedad. ¡Faltaba más!

Y sin embargo, cuando vemos la solidaridad que se despliega, inmediata y espontánea, soñamos con lo bueno que sería poder hacer un mundo más justo… Porque construir otro mundo es posible, y necesario. Un mundo con verdadera igualdad, fraternidad y libertad.

No quiero defraudarlos, pero supongo que el romanticismo ya murió.

Por Sergio Schvarz
Escritor, poeta, y ensayos breves.

 

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