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Ennio Morricone: La inmortalidad de una leyenda

Ingresó definitivamente al paralelo universo de la inmortalidad, a las 91 años de edad, el egregio maestro italiano Ennio Morricone, creador de más de 500 bandas sonoras cinematográficas, quien, durante casi seis décadas, nos iluminó con sus maravillosas partituras plenas de variopintas polifonías, connotaciones tímbricas, energía, seducción, belleza, poesía y conmovedor lirismo singular.

Es que este artista de formación clásica pero polifacético y vanguardista, que comenzó su carrera musicalizando cine hace casi sesenta años y nos acompañó durante todo nuestro dilatado itinerario cinéfilo, adquirió una celebridad análoga a la de las grandes estrellas del mágico firmamento del séptimo arte.

En efecto, ninguna de sus músicas pasó realmente inadvertida, por la intrínseca calidad de su textura y honda sensibilidad y por la armónica conjunción entre lo clásico y la popular.

Esa heterogénea versatilidad, que fue sin dudas su cualidad más saliente y resaltable, le permitió incursionar virtualmente en casi todos los géneros, desde el western y el cine político y testimonial hasta el policial y el romántico.

Tal era el eclecticismo de este autor mayor del pentagrama admirado en todo el planeta, quien, pese a sus dos premios Oscar –uno de ellos honorífico y tardío por su confesa filiación comunista- y de otros tantos galardones, jamás abandonó su Roma natal, como un testimonio de reafirmación de su identidad.

El pájaro de las plumas de las plumas de cristal

Aunque trabajó para numerosos directores de cine de variadas nacionalidades, resaltó particularmente su colaboración con tres maestros compatriotas: el legendario precursor del spaghetti western Sergio Leone, el maestro del suspenso Darío Argento, y el tan sensible como talentoso creador Giuseppe Tornatore.

Pese a que es autor de más de cinco centenares de paradigmáticas bandas sonoras, fue el género western el que le permitió a Morricone saltar inicialmente a la fama en la década del sesenta junto al iconoclasta cineasta italiano Sergio Leone, con la trilogía integrada por “Por un puñado de dólares” (1964), “Por unos dólares más” (1965) y “Lo bueno, lo malo y lo feo” (1966), que devino en un auténtico clásico.

Empero, la colaboración entre el cineasta y el compositor –que eran amigos- se prolongó en una segunda y tal vez más potente trilogía, integrada por “Érase una vez en el  Oeste” (1968), Los héroes de mesa verde” (1971) y “Érase una vez en América” (1984).

No obstante, lo que más recordamos y valoramos en lo personal, tanto por sus implicancias generacionales como ideológicas, es el crucial aporte de Ennio Morricone al cine político, con piezas referentes que marcaron auténticos hitos en la historia del cine de sala, que es el preferido de los cinéfilos.

Si bien en este caso no todas las bandas sonoras adquirieron el mismo éxito y notoriedad, indudablemente ligado al impacto emocional y de taquilla de las producciones cinematográficas, optamos por evocar, por ejemplo, una obra particularmente referente por su belleza, aliento épico y contundencia expresiva: la que acompañó al extenso fresco testimonial  Novecento (1976), del maestro italiano Bernardo Bertolucci.

Empero, los sonoros acordes de su genio también cobijaron al realizador marxista Gillo Pontecorvo, en tres títulos tan referentes como removedores: “La batalla de Argelia” (1966) y “Queimada” (1969) -dos demoledores alegatos anticolonialistas- y “Operación Ocro” (1980), la crónica real de un fatal atentado contra un alto funcionario de un dictador español.

También participó en la recordada “Investigación de un ciudadano libre de toda sospecha” (1970), un film de Elio Petri  que denuncia al fascismo salvaje y autoritario, en la inolvidable y simbólica reconstrucción histórica de la aberrante ejecución de dos militantes anarquistas en “Sacco y Vanzetti” (1971),  de Giuliano Montaldo, y en “La clase obrera va al paraíso” (1971), otro drama político del realizador italiano Elio Petri.

Naturalmente, en esta reseña analítica no puede omitirse su colaboración con el controvertido director italiano Pier Paolo Pasolini, con la banda sonora de la “Saló a los 120 días de Sodoma” (1975), cuya exhibición fue censurada en varios países incluyendo a Uruguay, durante la dictadura.

Todas estas obras mayores de su vasta producción revelan, más allá de lo meramente comercial, la predisposición de Morricone a participar en proyectos artísticos de impronta histórica, acorde con su intransferible compromiso ideológico.

Obviamente, esa inclinación a la materia testimonial lo acercó bastante más al cine europeo y lo alejó de las apócrifas candilejas hollywoodenses del cine de industria y meramente gastronómico, donde sus ideas comunistas eran denostadas por las grandes empresas y el mercado.

Aunque naturalmente su producción artística es realmente inabarcable tanto en términos cuantitativos como cualitativos, es pertinente evocar la crucial incidencia de su música en el género policial, con numerosos títulos referentes.

Al respecto, es insoslayable rescatar su trabajo para el director italiano Darío Argento, un auténtico maestro del suspenso con toques de terror gótico. En este caso, Ennio Morricone compuso bandas sonoras para cinco películas, entre ellas las recordadas “El pájaro de las plumas de cristal” (1970), “El gato de las nueve colas” (1971) y “Cuatro moscas sobre terciopelo gris” (1971).

Otros títulos inolvidables del género de acción impregnados por la intransferible ingeniería poética y sonora del maestro fueron, por ejemplo, “El clan siciliano” (1969), el formidable policial francés de Hernie Verneuil, “Los intocables” (1987), de Brian de Palma, “El profesional”, (1981), de George Lautner, “El marginal” (1983), de Jacques Deray, “Bugsy” (1991), de Barry Levinson y la siempre olvidada pero no menos formidable “Ciudad violenta” (1970), de Sergio Sollima.

Por supuesto, quién puede olvidar la magistral pieza envuelta en sobrecogedora magia cinéfila de “Cinema paradiso” (1988), del gran realizador peninsular Giuseppe Tornatore –con quien trabajó también para “Malena” (2000) o la formidable música de un auténtico clásico del cine histórico como “La misión” (1986), de Roland Joffé.

Incluso, trabajó a las órdenes del osado, irreverente pero no menos inconmensurable creador español Pedro Almodóvar, componiendo la música de la recordada comedia negra erótica “Átame” (1989).

Como si no fuera suficiente, fue también el autor del himno oficial del campeonato mundial de fútbol disputado en Argentina en 1978 ganado precisamente por la selección albiceleste dirigida por César Luis Menotti, que alcanzó amplia difusión y notoriedad mundial.

El último relumbrón de su extensa carrera fue el premio Oscar obtenido por su banda sonora para “Los ocho más odiados” (2015), del polémico pero taquillero Quentin Tarantino.

Obviamente, lo más trascendente no es el reconocimiento del mundillo consumista de la gran industria gobernado por el mercado y habitualmente por el mal gusto, sino la admiración de millones de cinéfilos de tres generaciones, que, durante casi seis décadas, degustamos, con fina sensibilidad e indescriptible y pletórica emoción, el virtuoso genio sin parangón de un creador mayor que permanecerá introyectado en nuestros corazones, nuestros oídos y nuestra memoria emocional.

 

Por Hugo Acevedo  (Analista)
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