La ONDA digital en Instagram la Onda digital tv Analisis Politico
Volver al Inicio de la ONDA digital

El 6 de julio de 1973 muere Ramón Peré; ¿Quién mandó disparar?

 

Mediaban los quince días de huelga decretada por la C. N. T., como respuesta inmediata al golpe de estado dado por los militares con la “benevolente” ayuda de algunos civiles, cuando ocurrieron los sucesos que hoy recordamos.

Tiene la riqueza del saber cotidiano y popular que permite confeccionar la historia. Esa historia que no puede caer en el olvido, que se forma día a día con personas comunes, que determinan el futuro de los pueblos y hace que miremos con respeto y orgullo a quienes la construyeron.

La dictadura, si bien quedó signada por una gigantesca huelga, que le movió los cimientos y le impidió afianzarse, se vio teñida de sangre joven. Dos fueron los muertos que necesitó para decir: tenemos la fuerza.

Más adelante se demostró que era mucho lo que había, mucha gente unida, mucha estrategia para contrarrestar los golpes. Pero a eso lo vemos hoy, luego de rastrear durante más de treinta años en el pasado, en la oscuridad que convivió con los sobrevivientes.

Los nombres de Ramón Peré y Walter Medina fueron los que a comienzos de julio del 73 quedaron grabados en la memoria de la gente por su sangre derramada.

Fueron dos ejecuciones distintas, en distintos lugares, procedimientos poco afines, pero con el mismo resultado. Dos jóvenes que perdían su vida al luchar por la libertad. El primero tenía veintinueve años. Walter era apenas un adolescente que se atrevió a caminar como adulto por la vida que perdió mientras pintaba un muro con la consigna “consulta popular”.

Con algunas imágenes intentaré armar el puzle que significó la muerte de Ramón Peré.

Para ello recurriré a la memoria de las personas que vivieron esos pocos años con él, a los documentos gráficos y al mandato de los afectos.

Retrocediendo en el tiempo llego a la versión de los familiares que diariamente escuchaban el informativo, antes de comenzar sus tareas. En las primeras horas del siete de julio, la noticia que transmitían todas las radios era la muerte de un estudiante que había sido baleado por una patrulla militar al contestar con un arma a la voz de alto.

La mayoría de nuestra familia vivía en el interior y fue impactada por la noticia. No podían creer que la persona que trabajaba, estudiaba, cuidaba a sus hijos, que estaba convencido de luchar por sus ideas y que había elegido el camino de la concientización de las masas hubiese disparado un arma.

Muchos pensaron en una equivocación, pero el comunicado no dejaba lugar a dudas. 07-07-1973 Oficina de Prensa de las Fuerzas Conjuntas. Comunicado No 100 “A la hora 19 del día de ayer, en circunstancias en que una patrulla militar llegaba a la intersección de la Avda. Rivera y Bustamante, sorprendió a dos desconocidos que atentaban contra un vehículo del transporte colectivo e inmediatamente procedió a dar la orden de alto. Fue entonces que uno de los desconocidos hizo uso del arma de fuego, disparando contra el personal militar, el cual a la vez repelió la agresión haciendo fuego contra el atacante, quien falleció como consecuencia de las heridas recibidas, resultando ser Ramón Roberto Peré Bardier, de 28 años de edad (…)”

Mientras tanto en Montevideo comenzaba un largo ir y venir lleno de angustias y sorpresas.

La noche del 6 de julio había sido interminable, Roberto (como le decíamos los familiares) no había regresado a casa. La llovizna cubría la ciudad. Sus hijos dormían el apacible sueño de estar cuidados por su madre, pero existía una corazonada, algo debe haber sucedido, si no ya estaría en su casa. La noche anterior tampoco había venido a dormir. Cuando llegó a la madrugada ante la pegunta del porqué de su ausencia contestó: estuvimos toda la noche haciendo grampas “miguelito” para poder parar el transporte. La respuesta quedó flotando en el aire. El cansancio nos hizo dormir.

A la noche siguiente seguía la llovizna y las mismas expectativas de que llegara. Se iba haciendo tarde y no aparecía. Pero ya había algo más concreto. Para algo habían hecho las grampas.

Alrededor de las cuatro de la madrugada un grupo de gente llega a la casa. Tras los golpes suaves en la puerta al asomarme por el pequeño vidrio, reconozco a uno de ellos, profesor de Facultad de Veterinaria, Estevez, su apellido.

El grupo de personas que lo acompañaban cubrieron los espacios de la pequeña cocina. No conocía a nadie más.

Estaban paralizados. Nadie quería comenzar a hablar.

Uno de ellos dijo: tenemos que ir al Hospital Militar, una patrulla se llevó a Ramón y solamente dan datos a los familiares.

Tratando de mantenerme entera y confiando ingenuamente que podría encontrarlo le pedí a la vecina que vivía en la casa de al lado si los podía cuidar. Doña Lola, una abuela querida por ellos.

Manuel, su hijo ayudó a atravesar el patio envueltos en frazadas y se quedaron allí.

Iba silenciosa en un auto que no conocía, con gente que conocía muy poco pero que me daban confianza. El trayecto de la casa hasta el hospital se hizo eterno. La oscuridad de la calle, la poca gente que se veía transitar daba un marco de desolación, de poca esperanza, de inseguridad.

Tenía la obligación interior de mantenerme entera porque de esa entereza dependería muchos hechos posteriores.

Me miro desde dentro y me veo con la cabeza levantada, con la mirada puesta en un lugar al que llegaría, un lugar no conocido. Era raro, el miedo no apareció en mí, sí la ansiedad, la angustia por conocer lo que sucedía. Las personas que estaban a mi lado llevaban consigo un silencio abrumador.

¿Sabrían la verdad de los hechos? ¿Me lo dijeron en algún momento y yo no quise escucharlos?

Posiblemente por sus cabezas, también, pasaban mil ideas. Lo cierto que no era el momento para hablar de nada. En silencio llegamos al lugar. Un enorme edificio ubicado en la Avda 8 de octubre.

Subimos las resbaladizas escaleras de mármol blanco de la entrada principal con ansiedad y apuro. No recuerdo quien entró conmigo al despacho, los demás quedaron afuera.

En la oficina, detrás del escritorio, un militar similar a un enorme gorila de color verde preguntó:
_ ¿quién es el familiar?
– Soy yo, dije con un hilo de voz.
– Firme acá, le vamos a entregar el cuerpo; dijo el gorila.

No entendía nada. Cómo ¿Roberto estaba muerto? ¿Era eso lo que no se animaban a decirme o realmente no lo sabían?

Recuerdo las frías y blancas escaleras, apoyado contra el pasamano mi cuerpo estaba desmoronado. Sentía la sensación que no podía mantenerme parada. El cálido brazo de los compañeros que estaban a mi lado me sostuvo y sin poder decir palabras escuchaban el lánguido “no puede ser” qué repetí muchas veces. Creo que eran las únicas palabras que estaban en condiciones de decir.

El soldado parado en la puerta, haciendo la custodia tenía la misma rigidez y frialdad que las columnas que estaban a su lado. Cerca de él, mi vida, se derramaba en llanto.

Comenzaba el amanecer. Ahora venían los trámites de rutina. Darles la noticia a su madre y sus hermanos lo que había sucedido.

A media mañana uno de ellos me llevó a ver a mis hijos. Me miraron los ojos enormes porque no entendían nada y fue imposible no trasmitirle mi angustia.

Doña Lola, pura entereza y cariño se quedó con ellos todo el tiempo, me sentí protegida.

Allí comenzó un viaje doloroso, confusión en los rostros, miedo, angustia.

La madre de Roberto: Luisa Bardier y yo nos trasladamos para hacer los trámites, iba con nosotras el Rector de la Universidad, para determinar algunas situaciones.

Una mujer admirable, toda su angustia quedaba escondida y se volcaba a mi para contenerme.

Se pensó hacer el velorio en la Universidad de la República. Desde la ventana del Rectorado vimos como de a poco el edificio se iba rodeando de militares, de carros lanza agua, de otros vehículos utilizados para reprimir. . La orden estaba clara: acá no se puede hacer.

Al mediodía nos trasladamos a una empresa velatoria, cerca de la Universidad.

Empezó a llegar la gente que se iba enterando por el diario “El Popular” y los comunicados de la radio.

Nos entregaron la ropa que llevaba cuando murió. Estaba abrigado. La bala entró por la espalda y estalló en su corazón. El orificio que quedó era muy pequeño como grande la mancha de sangre que llevaba su camiseta blanca en la parte delantera. Llevar abrigo era necesario.

Eran muy frías las noches de invierno. Su madre le había hecho la camisa que llevaba debajo del buzo. Un buzo, que no sé en qué momentos lo había tejido yo. Llevaba un abrigado sacón que le había regalado Bartolo, el cura de Tarariras que un tiempo atrás había sido quien celebró nuestra boda, en una pequeña capilla de Carmelo.

Eran muy amigos, se conocieron en ese pueblo, dónde Roberto trabajaba en el liceo como profesor. El anillo de bodas con mi nombre grabado no apareció.

Era todo lo que quedaba de él en ese momento. Un pequeño paquete de cosas que le habían pertenecido.

Luego de los trámites de rutina lo pudimos ver, pasado el mediodía.

Su imagen, el cabello largo, su barba, su cara dormida eran la prolongación de la imagen de

Cristo que custodiaba el féretro desde la pared en una enorme imagen de vidrio.

Desde ese momento solo gente y abrazos.
– necesitas algo, me preguntó una muchacha joven.
– Si, estoy preocupada por mis hijos, sé que están bien cuidados, pero me gustaría saber algo de ellos.

No recuerdo quien era ella. Cuando volvió me dijo: quédate tranquila, la señora que está con ellos los está cuidando muy bien.

Fueron familiares y amigos y miles de personas que no conocía. En esa confusión de hechos transcurrieron los dichos, las versiones, las incomprensiones.

Comenzó a correr la noticia de que en el entierro hubiese represión. Este hecho no ocurrió, pero así se iba instalando el miedo. Al otro día, domingo de mañana, se realizó el sepelio.

La Avda Rivera era un mar de gente, Los árboles deshojados marcaban una guardia durante todo el trayecto. Los familiares, los compañeros los amigos se turnaban para llevar el féretro. Todos seguíamos ese camino como nos permitía nuestro cuerpo. Las caras marcaban la tristeza, la angustia, la bronca. Las imágenes quedaron marcadas en un diario.

Al llegar al cementerio del Buceo hablaron algunos compañeros, cuyos nombres apenas recuerdo.

Luego alguien me dio la bandera uruguaya que cubría el féretro. Cuidadosamente doblada la apreté contra mí, sabiendo que era el símbolo de su lucha.

Era un domingo de invierno con un sol resplandeciente. Estaba sin él, pero lo sentía cerca.

 

Por Alicia Jaime Pérez

 

Foto de Pagina: «El Gallego» Aurelio González toma esta foto de Ramón Peré, colocando una flor en el sepelio de Líber Arce, el 14 de agosto de 1968. en la Udelar

El comunicado 100 aparece en la Investigación Histórica sobre la Dictadura y el terrorismo de Estado en
el Uruguay (1973.1985) Tomo I; Coordinador: Alvaro Rico. Pag 404., año 2008.
El titulo ¿Quién mandó disparar? Tuvo su respuesta a raíz de una denuncia realizada en el año 2009 en
el juzgado de 3 turno penal, por mis dos hijos y yo. Auspiciado por Serpaj. (institución de Derechos
Humanos) . Luego de muchas declaraciones e investigaciones se conoció al asesino.
Habían pasado casi cuarenta años.

 

La ONDA digital Nº 957 (Síganos en Twitter y facebook)
INGRESE AQUÍ POR MÁS CONTENIDOS EN PORTADAS

 

Print Friendly, PDF & Email

...





LA ONDA Digital Revista Semanal Gratuita    |    De los editores: Las notas que llevan firma reflejan la opinion de sus autores    |    © Copyright Revista LA ONDA digital