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Enero de 1816; Encarnación Benítez

El Cabildo por distintas maniobras trató por todos los medios que no se cumpliera el Reglamento de Tierras Artiguista, o sea salvar a grandes latifundistas que sumados tenían más tierras que el actual departamento de Tacuarembó. Fueron un conjunto de medidas políticas, administrativas y judiciales dirigidas a aplastar  la reforma agraria artiguista y a postergar la liquidación económico-social de la vieja clase latifundista.

Estaban estrechamente unidos el Cabildo con el grupo de Reyna-Obes-Pérez-Correa, que su prisión había pedido Artigas el 17 de noviembre de 1815.

El Cabildo de Montevideo defendió a Juan de Uriarte latifundista de Rocha que estaba en pleito con los vecinos que ocuparon sus campos y que tuvieron el apoyo de Artigas.

Uriarte los trató sacar por la fuerza, pero  el apoderado de los vecinos Techera y las desobediencias de autoridades locales como los alcaldes de San Carlos y Rocha obligaron al Cabildo y a Uriarte –“apellido ilustre”- a que dieran marcha atrás con su atropello. Ante la evidencia retrocedieron y se decidieron por fin aplicar la orden que había dado Artigas a favor de los vecinos.

A fines de 1815 se vivía una paradoja: parecía que el Reglamento Provisorio hubiera nacido para defender a los latifundistas. Habían dos gobiernos por lo tanto dos visiones sobre el proceso; una encarnada en el Cabildo y la otra en Artigas. Los patriotas pobres optaron por el Jefe de los Orientales.

El 3 de enero de 1816 Marcos Vélez que estaba con los vecinos que querían tierras, hizo llegar estas opiniones a José Artigas:

“Me hallo con una orden del Excelentísimo Cabildo de Montevideo –comenzaba Marcos Vélez- en que me manda poner en posesión de las estancias de Don Francisco Albín a Agustín González. Habiendo comisionado a Don Pedro Fuentes para hacerle la entrega me dice: que V.E ha dado  permiso a varios vecinos para que se establezcan en los campos de dicho señor, como que de facto hay algunos ya poblados.

Yo para dar el debido cumplimiento a la disposición del Exmo Cabildo, es  preciso haga desalojar a estos sujetos; pero como tengo noticia de que se han poblado con orden de V.E. me parece un atentado incomodarlos, sin que V.E. me ordené lo que debo hacer, así acallar sus quejas, como para obviar  otros males que pueden resultar, y que el expresado Don Pedro Fuentes, me asegura presiente en la conversaciones que oye; pues en todos advierte un general descontento.

Me asegura al mismo tiempo que la voz común es decir; que la devolución de las estancias a sus consabidos dueños, no es con anuencia y conocimiento de V.E.; y aunque él se empeña en persuadirlos, que el Exmo. Cabildo no toma probidad alguna sin acordarla primero con V.E. no los puede convencer; por cuya causa de acuerdo con el poder habiente Don Agustín González suspendió la entrega, hasta imponerme de lo que había en materia, y consultarlos con V.E. cuyas órdenes son las que únicamente se obedecen con puntualidad.

Yo me hallo sin saber qué partido tomar y por lo tanto suplico a V.E. me instruya lo que debo practicar; pues escudado con su firma creo que todos se prestarán gustosos; y de ese modo se obvia cualquier desorden, que pudiera causar la inconsideración, y mala inteligencia de las cosas.”

Un día antes el 2 de enero de 1816 Francisco Encarnación Benítez  – que estaba en combinación con Vélez- escribe al Jefe de los Orientales:

“Yo señor, estoy al alcance de todas las cosas porque todos los indicios y veo, y me hago cargo de la opinión de cada uno; y por este conocimiento he concluido, que la entrega de las estancias de Albín al poder habiente de estos, es abrir un nuevo margen a otra revolución peor que la primera. Ya he dicho a V.E. que las pasiones estaban  estimadas (V.E. sabe mejor que yo esta verdad), y ahora yo le añado que aunque todos juran en la persona de V.E, ninguno aprueba el auto del Cabildo de Montevideo, respecto a entregar al ciudadano Agustín González las estancias y campos  conocidos por los Albines.

El clamor general es: “nosotros hemos defendido la Patria y las haciendas de la campaña, hemos perdido cuanto teníamos, hemos expuesto nuestras vidas por la estabilidad, y permanencia de las cosas Y es posible que desde el padre hasta el último negro, en todos nos han perseguido y procurado de todos modos nuestro exterminio, sigan ellos disfrutando su mala conducta, y anti patriota versación, sean estos enemigos declarados del sistema los que ganan, y nosotros los que perdemos. V.E piense lo que testo; y viva en la inteligencia que en mi no oirá voces  para acallar estos clamores. Y que condescendencias tan absolutas nos acarrean la ruina que prevé V.E.”

Y al final remataba Encarnación: “El asunto es, que V.E. me diga sí la devolución  de los campos usurpados por los Albines, es de su voluntad, o nó; y sí el Cabildo de Montevideo procede de acuerdo con V.E o nó.”

¡Notable Encarnación! Este sí un verdadero teniente de Artigas, que murió peleando contra los invasores portugueses, en mayo de 1818.

Le dice a Artigas que usted sabe mejor que nosotros quienes están boicoteando a la revolución y quienes amenazan las bases del gobierno popular artiguista, hasta el punto de que si se les devuelve las tierras a los latifundistas enemigos se abrirá un “nuevo margen a otra revolución peor que la anterior”.

Llama poderosamente la atención la forma como se dirige a la autoridad máxima de Artigas. Pero el general sabe de su lealtad.

Con todos los elementos, comprendiendo todo lo que estaba en juego y sabedor de las maniobras del Cabildo el 3 de febrero de 1816 Artigas respondió y habló una vez y para siempre al Cabildo traidor, sobre lo que venía pasando:

“Otros que hubieran sido menos declarados en contra del sistema que Albín y sus hijos, serían ciertamente más acreedores a nuestra benevolencia, y respetos. Pero no ignora que ellos hicieron su mérito dentro de Montevideo y escandalosamente llaman propias sus haciendas de campo, después que con su influjo activaron la guerra, que es el principio de nuestra ruina, y las de los infelices vecinos. Por lo mismo he creído más justo acceder al clamor de estos y ordenar como ordenó al señor Alcalde Provincial que aquellas estancias entren en el orden de las demás agraciables”

La respuesta se correspondía al clamor de los vecinos. Artigas demostraba una vez más saber oír donde estaba la revolución radical y, lejos de enfrentarla, se ponía a su cabeza. Aquella resolución corrió como reguero de pólvora y así fueron ocupados los campos de una extensión  como el departamento de Tacuarembó, de apenas una docena de latifundistas.

Por el Prof. Gonzalo Alsina

Nota: recomiendo escuchar la canción de Larbanois Carrero y Pepe Guerra sobre Encarnación, que la encuentran en youtube.

 


La ONDA digital Nº 956  (Síganos en Twitter y facebook)

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