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Tuertos de preocupación

En el país de los ciegos el tuerto es Rey”, reza un refrán popular; pues bien, en este Uruguay de pleno Siglo XXI los “reyes” de turno son efectivamente tuertos, pero tuertos selectivos. Efectivamente, sólo les funciona el ojo derecho; ese que les aporta visiones acotadas y volcadas a un sector del electorado más reaccionario. Así resultaron las preocupaciones expresadas por el Ministro García, sobre un fallo judicial expedido a 48 años de ocurrido un delito imprescriptible como lo es un crimen de lesa humanidad. ¿Una guiñada para mantener asegurada la coalición, o una estrategia de acumulación a futuro? No lo sabemos, lo cierto es que lo dicho fue inconveniente y groseramente lesivo de la separación de poderes que rige nuestra forma republicana de gobierno.

Un asesinato efectuado en nombre del Estado sobre un detenido y esposado, al que justificó apelando a la obediencia. Se me vino a la mente la objeción de conciencia de los médicos que se niegan a practicar un aborto legal, hecho que el preocupado Ministro ha sabido defender –cuando era un simple diputado- como un derecho de los profesionales a negarse a practicarlo; sin embargo, hoy – desde otra investidura- invierte el razonamiento para argumentar que si de soldados se trata no hay objeción de conciencia que valga cuando hay que cumplir una orden. Es decir, para un caso no vale la ley y sí la razón personal de negarse a cumplirla, y en otro caso, la orden es ley para el soldado que no puede negarse ni siquiera cuando su conciencia le dicte lo contrario. A esto se le llama argumentar según le convenga o para la tribuna que le convenga. Claro que, en el medio está la Constitución y el soberano, que somos todos nosotros, que no podemos aceptar silenciosamente que se pretenda esgrimir preocupación ante un aberrante crimen que demoró casi 50 años en condenarse. Lo condenable no es encontrar un culpable a medio siglo de haberse cometido, lo condenable es que se haya demorado tanto en hacer justicia…

Preocupado el Ministro, preocupado el Presidente

Dueño de una locuacidad incontenible, que se ha hecho costumbre en varios actores de este gobierno, que hablan mucho pero dicen poco, esta vez la verborragia le jugó en contra. Disparó conceptos pensando solo en aquellos a los que quería agradarles pero olvidando su investidura y –peor aún- la de quien representa y hasta invocó específicamente, la del Presidente de la República. Si ya se había ido el balde, que se vaya la cadena también, habrá pensado y se despachó en profundizar sus expresiones para dejar en blanco sobre negro que lo dicho, dicho estaba y que no pensaba dar marcha atrás, a pesar del riesgo implícito de sus desafortunadas y anti-republicanas expresiones.

En rueda de prensa compartió “su preocupación y la del Presidente”, por el procesamiento de aquel soldado que disparó una ráfaga de metralleta, en el año 1972, contra el tupamaro Nelson Berreta, mientras intentaba huir de sus captores estando esposado. Ahí no más debió advertir que estaba invadiendo un espacio de otro poder del Estado, violando el principio de la separación de poderes, pero no se contuvo y argumentó su preocupación –presidencialmente compartida- con: el paso del tiempo, la longevidad del procesado y la obediencia debida. A cuál de todos los argumentos más impropios para una Justicia que se precie de ser justa. Al menos debió pensar el Ministro que sus dichos podrían interpretarse como una forma de presión sobre el Poder Judicial que no podría minimizar luego por más aclaración que hiciera. Y, por si fuera poco, involucró al Presidente, el cual no tuvo mejor idea que respaldar a su Ministro con la ratificación del exabrupto de la forma que tiene este gobierno de expresarse y de comunicar… retuiteando al titular de Defensa, (plop!!, se leería si fuera una tira de Condorito).

Rehén de sus palabras y con esa cuota de soberbia adicional que le imprime muchas veces, redobló la apuesta ante las críticas que se hicieron sentir desde filas opositoras y desde colectivos sociales que interpretaron sus manifestaciones como peligrosas y violatorias de nuestra más rica tradición democrática.

Popurrí defensivo

Su sobreactuada pose de Ministro- le ha permitido sortear papelonescas situaciones como las de su subsecretario y un hacker que nunca existió, en ocasión de aquellos comentados tuits que descalificaban a colegas del gabinete multicolor. Un exceso finalmente admitido por su segundo al cargo, Rivera Elgue, despachándose contra el hoy renunciado sin fecha, canciller Ernesto Talvi y el –todavía- ministro de Trabajo, Mieres.

En otra ocasión y en plena pandemia, se paseó por el país visitando destacamentos militares con la compañía del Presidente, burlando todos los protocolos en multicolores imágenes de ruedas de rancho colectivo. También supo resoplar cuantas razones entendió oportunas para justificar el remate de un avión multipropósito convertido en ambulancia sanitaria que descartaron por ser imposible de sostener los costos operativos de dicha aeronave. Sin embargo, se despacharon sin ninguna austeridad llevando 240 canastas para 100 familias de Artigas, en el avión Hércules gastando varias veces más que lo que hubiera sido el costo de un camión que hubiera llegado a tiempo para dar la asistencia.

En tiempos que se judicializa la opinión en redes sociales – donde, es cierto, los excesos están descontrolados muchas veces y se comparte y dice cualquier cosa- resulta al menos preocupante que un Secretario de Estado justifique sus dichos vulnerando la separación de poderes que rige nuestra democracia, y pueda –siquiera- interpretarse como una intromisión indebida que no se salva diciendo “respetamos el fallo”.

Semanas atrás Mauricio Rosencof definió magistralmente a esta administración diciendo que “estamos gobernados por una Agencia de Publicidad”, en efecto, las pautas publicitarias surfean primero por las redes sociales y la red del pajarito azul es la preferida por los miembros del gabinete para lanzar primicias oficiales o –como en este caso- defensas a ultranza de los desaciertos en que incurren a diario. Todo muy informal y protocolarmente incorrecto, por supuesto.

Tras el acto fallido, redoblar la apuesta constituye un acto reflejo que arrastra al primer mandatario en la bolada ante lo que entiende una arremetida de la oposición sin reconocer nunca el error cometido.

Lo grave es precisamente esa falta de comprensión que esgrime en un tema tan delicado como los delitos de lesa humanidad. No se trata de la defensa de un soldado que actuó por obedecer al mando, se trata de defender la vida como bien supremo. Esa porción de conciencia o libre albedrío que nos permite distinguir lo que está bien de lo que no, y que nos habilita a contradecir una orden superior por ilegítima. Algo similar a aquella objeción de conciencia para los médicos.

No se trata de otra cosa que defender la vida, ni más ni menos…

el hombre tuiteó su bronca,
el perro ladró otro tipo de preocupación…

Por Julio Fernando Gil Díaz – El Perro Gil

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