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CRONICA DE UNA PESTE

 

“Hay en los hombres más cosas dignas
de admiración que de desprecio”
Albert Camus

Hablar del escritor argelino nacionalizado francés Albert Camus, premio Nobel en 1957, es mencionar el existencialismo y, por tanto a otro gran escritor, Jean-Paul Sartre. Tanto Sartre como Camus fueron de izquierdas y existencialistas ateos, es decir, afirmaban que la existencia precede a la esencia.

Camus afirma que la verdadera libertad se halla en el pensamiento y no en otra parte, mientras Sartre dice que el hombre es siendo libre. Las diferencias fueron ostensibles en 1951 en las páginas de Temps Modernes, y en sí tenemos —un poco esquemáticamente— que para Sartre la relación que hay entre libertad y literatura es que la literatura es un medio de compromiso político para con la sociedad, y para Camus la literatura iría mucho más allá de un compromiso político y llegaría al cuestionamiento del humano en su ser y su pensar. Sartre consideraba que las ideas son más valiosas que la vida misma, mientras que para Camus prima la vida humana sobre las ideas.

En lo concreto, una de las mayores diferencias fue sobre el papel de Stalin y el peso de las purgas estalinistas, que Sartre justificó en términos pragmáticos y Camus se distanció, porque creía que el hombre debía ser lo más libre posible, y que nada, ni nadie, debía coartar su libertad.

A su vez, a Camus se lo considera continuador de la corriente del “absurdismo”, iniciada por Soren Kierkegaard. La filosofía del absurdo o absurdismo es la corriente filosófica que se ocupa de la naturaleza de lo absurdo y de cómo responder a éste una vez el individuo es consciente de él. Para Camus se debe dar una aceptación de este absurdo, ya que creía que, como la vida no tiene sentido, podemos adoptar una de dos actitudes: le ponemos fin a todo o nos encargamos de encontrarle nuestro propio significado. La última opción es la que predomina en su pensamiento y en su obra.

Es bueno recordar estas cosas porque justamente lo que esta novela (La peste) afirma es la necesidad existencial del hombre en ser, en existir, y recalca lo absurdo de la existencia. Esta es, por tanto, una novela filosófica, preocupada más por las ideas y donde trata el significado de la vida en un contexto de muerte y de sufrimiento. Y si bien se centra en la crónica casi periodística de la enfermedad en la ciudad puerto argelina de Oran, alterna a varios personajes disímiles, y toma el pulso a la ciudad vista como el reflejo de un organismo vivo.

Además, si leemos con atención, encontraremos muchas similitudes con nuestra circunstancia actual de pandemia, sobre todo en los sentimientos que ésta acarrea así como en las medidas de confinamiento y sus resultancias psicológicas, económicas y políticas.

Una crónica hecha novela
Los hechos aquí narrados suceden en la ciudad-puerto de Oran, en una fecha no del todo precisada durante la cuarta década de 1900, entre los meses de abril y febrero del siguiente año. Oran es “una prefectura francesa en la costa argelina”, una ciudad fea, “…una ciudad sin palomas, sin árboles y sin jardines, donde no puede haber aleteos ni susurros de hojas”, una ciudad donde la construcción humana ha borrado de un plumazo a la naturaleza.

El  cronista y narrador, el doctor Bernard Rieux, que anda por los treinta y cinco años, será fiel hasta el punto de que podamos estimar “la verdad de lo que dice”. Tiene documentos, su propio testimonio y de otros puesto que “por el papel que desempeñó tuvo que recoger las confidencias de todos los personajes de esta crónica, e incluso los textos que le cayeron en las manos”. Utiliza fuentes diversas: notas, apuntes, diarios, diálogos oídos en los tranvías y en las calles, entre otros.

Empieza por dar una descripción externa de la ciudad de Oran y del carácter de sus habitantes, donde “lo más original en nuestra ciudad es la dificultad que puede uno encontrar para morir”. Esta descripción dará paso a otras sobre la ciudad conforme avancemos en la lectura. Por tanto, la manera de narrar va incluyendo datos complementarios que hacen una progresiva construcción de la imagen de la ciudad.

El cronista, además, “está persuadido de que puede escribir aquí en nombre de todo lo que él mismo experimentó entonces, puesto que lo experimentó al mismo tiempo que otros muchos…”. Y también “el cronista ha tendido a la objetividad. No ha querido modificar casi nada en beneficio del arte, excepto en lo que concierne a las necesidades elementales de un relato coherente”. Y además, “para ser un testigo fiel tenía que relatar los hechos, los documentos y los humores. Pero lo que él, personalmente, tenía que decir, su espera y todas sus pruebas, eso tenía que callarlo”.

Reseña sobre La peste, novela-crónica de Albert Camus. francés nacido en Argelia, 7 de noviembre de 1913, Falleció: 4 de enero de 1960 en Francia

Es de hacer notar que no hay personajes femeninos en esta obra, salvo algunos casos pasajeros, como una mujer que muestra su sentimiento de dolor, y también aparece la madre del protagonista, que velará por una de las víctimas. De esto se desprende, entonces, que ve a la mujer como un ser sensible y desprotegido, presta a manifestar el dolor mediante el llanto y el lamento o bien que ayuda en tareas “propias de su sexo” (servidumbre, moza en bares de mala muerte y quizá hasta prostituta), y también, representada en la madre, con una virtud de solidaridad intrínseca y sumamente protectora, casi como una santa.

Las tambaleantes ratas
“La mañana del 16 de abril, el doctor Bernard Rieux, al salir de su habitación, tropezó con una rata muerta en medio del rellano de la escalera”. Este es el verdadero principio de todo, cuando empiezan a aparecer ratas muertas con sangre en el hocico. Aún no hay una explicación del fenómeno, pero es indudable que esto traerá consigo la peste. “El número de los roedores recogidos iba creciendo y la recolección era cada mañana más abundante. Al cuarto día, las ratas empezaron a salir para morir en grupos. Desde las cavidades del subsuelo, desde las bodegas, desde las alcantarillas, subían en largas filas titubeantes para venir a tambalearse a la luz, girar sobre sí mismas y morir junto a los seres humanos”.

Como sabemos la peste bubónica, que es la que se da aquí, se debe a una bacteria (Yersinia Pestis) que se propaga por la picadura de pulgas infectadas que habitan en roedores.

En la peste bubónica, la forma más común de la enfermedad, el periodo de incubación suele durar de 2 a 5 días, aunque puede oscilar entre horas y 12 días. El inicio de la fiebre de 39,5º a 41º es repentino, y a menudo se acompaña de escalofríos. El pulso puede ser rápido y filiforme y puede aparecer hipotensión. La linfadenopatía (bubas) aparece junto con, o poco después de la fiebre. Se afectan con mayor frecuencia los ganglios linfáticos femorales o inguinales, seguidos de los axilares, cervicales y otros. Habitualmente, los ganglios son extremadamente dolorosos a la palpación y firmes y se rodean de un notable edema. Pueden supurar durante la segunda semana. La piel situada por encima de ellos suele aparecer lisa y enrojecida, pero generalmente no presenta calor. Algunas veces aparece, en el lugar de la picadura, una lesión cutánea primaria, desde una vesícula pequeña con leve linfangitis local hasta una escara. El paciente puede encontrarse agitado, delirante, confuso, y falto de coordinación (ver nota, al final).

“El 28 de abril, Ransdoc (una empresa que hace informes, investigaciones y documentación completa sobre cualquier asunto) anunció una cosecha de cerca de 8.000 ratas y la ansiedad llegó a su colmo”, pero al día siguiente la muerte de las ratas cesa abruptamente. Es ahora cuando la bacteria se libera de los roedores y, por medio de las pulgas, pasa a las personas. La palabra peste, que se pronunciará finalmente, luego de muchas dudas, no contenía sólo lo que la ciencia quería poner en ella, “sino una larga serie de imágenes extraordinarias que no concordaban con esta ciudad amarilla y gris”.

Intercalando el racconto general de la enfermedad y la fisonomía de la ciudad con el recorrido, las opiniones y vicisitudes de nuestros personajes, Camus va alternando los puntos de vista, para entretejer la globalidad del tema de la peste y todo lo que ésta genera a su alrededor. El método que utiliza Camus es presentarnos un caso individual, mostrarnos luego otro y quizá un tercero, subrayando similitudes, destacando las particularidades, y luego nos sintetiza una visión más completa.

Hay, también, una serie de personajes secundarios que consuman la visión total sobre el tema. El periodista Raymond Rambert, cuya novia ha quedado anclada en París, quien trabaja para un gran diario de París y ha combatido en la Guerra Civil española, del lado de los vencidos; Jean Tarrou, que figura en papel de testigo y del que nadie podía decir de dónde venía ni por qué estaba allí, y cuyas notas serán de suma importancia (haciendo la “historia de las cosas que no tenían historia”); Joseph Grand, un pequeño empleado de ayuntamiento, encargado de elaborar estadísticas y las gráficas de muertos, que serán muy útiles; Cottard, representante de vinos y licores, que había tenido un intento de suicidio (relatado al principio de la crónica) y que entrará en contacto con contrabandistas, haciendo una pequeña fortuna, y que, al parecer tiene “algo que reprocharse” (¿un asesinato?); el padre Paneloux, colaborador frecuente en el Boletín de la Sociedad Geográfica de Oran, y autoridad en reconstrucciones epigráficas, que dará oportunidad para hablar sobre la religiosidad y el misticismo de la población, y por último Castel, otro médico. Hay otros personajes que serán accesorios, como dos guardafronteras o el cuidador del campo de aislamiento (que es jugador de fútbol, al igual que lo fue el autor). Camus da al heroísmo, entonces, de esa manera, un lugar secundario.

El prefecto, que duda al principio sobre si declarar la peste o no, para no alarmar a la población, finalmente no le quedará más remedio que hacerlo y tomar medidas más o menos duras. Estas medidas son, a juicio del doctor Rieux, insuficientes: “el prefecto tomó medidas concernientes a la circulación de los vehículos y al aprovisionamiento. El aprovisionamiento fue limitado y la nafta racionada. Se prescribieron incluso economías de electricidad. Sólo los productos indispensables llegaban por carretera o por aire a Oran”.

Al doctor Rieux, por cierto, lo único que le interesa “es encontrar la paz interior”, y mucho más cuando su esposa debe partir, enferma suponemos de tisis, a un lugar en la montaña. Es en aras de ello que se abocará por completo a hacer todo lo posible para contener o remediar la enfermedad.

La población entera estaba a la espera, “la peste no era para ellos más que una visitante desagradable, que tenía que irse algún día puesto que un día había llegado”, pero “la gente había aceptado primero el estar aislada del exterior como hubiera aceptado cualquier molestia temporal que no afectase más que a alguna de sus costumbres. Pero de pronto, conscientes de estar en una especie de secuestro, bajo la cobertera del cielo donde ya empezaba a retostarse el verano, sentían confusamente que esta reclusión amenazaba toda su vida y, cuando llegaba la noche, la energía que recordaban con la frescura de la atmósfera les llevaba a veces a cometer actos desesperados”.

Debido al cierre de las fronteras, hay una sensación de reclusión, de ahogo y de aislamiento que se acentuará con el paso de los días y de los meses, hasta ser insoportable: “la peste ponía guardias a las puertas de la ciudad y hacía cambiar de ruta a los barcos que venían hacia Oran”, y hay, incluso “algunos navíos que hacían cuarentena”. La separación consiguiente de las madres e hijos, esposos y amantes parece ser lo peor. Nos dice que “…un sentimiento tan individual como es el de la separación de un ser querido se convirtió de pronto, desde las primeras semanas, mezclado a aquel miedo, en el sufrimiento principal de todo un pueblo durante aquel largo exilio”.

La gente frecuenta los cines, al mediodía los restaurantes se llenan, y sobre todo se bebe mucho vino, porque se había dicho que «el vino puro mata al microbio». “Los periódicos, naturalmente, obedecían a la orden de optimismo a toda costa que habían recibido”, y los tranvías son los únicos medios de transporte. “La mayor parte parece que se hubiera propuesto conjurar la peste por la exhibición de su lujo. Todos los días de once a dos, hay un desfile de jóvenes de ambos sexos en los que se puede observar esta pasión por la vida que crece en el seno de las grandes desgracias”, e incluso teme que vuelvan las saturnales como las que una vez se realizaron en Milán a propósito de otra peste. Toda la angustia que se refleja durante el día en los rostros, se resuelve después, en el crepúsculo ardiente y polvoriento, “en una especie de excitación rabiosa, una libertad torpe…”.

La desigualdad social se hace mayor: “La especulación había empezado a intervenir y sólo se conseguían a precios fabulosos los artículos de primera necesidad que faltaban en el mercado ordinario. Las familias pobres se encontraban, así, en una situación muy penosa, mientras que las familias ricas no carecían casi de nada”.

Las oficinas continuaban su servicio y tomaban iniciativas como en otros tiempos, generalmente a espaldas de las autoridades superiores, “por la única razón de que estaba constituida para ese servicio”. Y aquí la otra versión del miedo: “cuando la patrulla desaparecía, un pesado silencio receloso volvía a caer sobre la ciudad amenazada. De cuando en cuando centelleaban los escopetazos de los equipos especiales, encargados por una ordenanza vigente de matar los perros y los gatos que podían propagar las pulgas. Estas detonaciones secas contribuían a tener a la ciudad en una atmósfera de alerta”. La guardia montada hace batidas para impedir desmanes, robos, incendios y fugas, y se instaura el estado de sitio, que regía después de las once.

El eterno lamento desoído
Llegó el momento en que “todos pasaban o vivían al lado de aquellos lamentos como si fuera el lenguaje natural de los hombres”. El grito de los vencejos se hacía más agudo sobre la ciudad cuando la enfermedad alcanza su pico máximo, como si manifestaran así su contrariedad. El vencejo (Apus apus) es un ave muy particular, puesto que es capaz de volar durante nueve o diez meses consecutivos sin posarse, incluso duermen a dos mil metros de altura siempre en vuelo. Es, curiosamente, el tiempo que dura la epidemia.

Se crearán los equipos sanitarios para combatir la peste, gracias a una iniciativa de Tarrou, y estos se consagran a un trabajo de asistencia preventiva en los barrios más poblados, pero otra parte de esos equipos secundaban a los médicos en las visitas a domicilio, y hasta llegaron a “conducir los coches de los enfermos y de los muertos”. Los entierros se hacen de apuro y “los enfermos morían separados de sus familias y estaban prohibidos los rituales velatorios; los que morían por la tarde pasaban la noche solos y los que morían por la mañana eran enterrados sin pérdida de momento. Se avisaba a la familia, por supuesto, pero, en la mayoría de los casos, ésta no podía desplazarse porque estaba en cuarentena”. Se tiraba a los muertos en fosas comunes, “se les cubría con cal viva, después con tierra, pero nada más que hasta cierta altura, reservándose un espacio para los que habían de llegar”. Se exhuman los cuerpos, para dar lugar a nuevas víctimas, y se creman los restos.

El doctor Rieux sabía que si la peste continuaba con su violencia, “los hombres acabarían por morir amontonados y por pudrirse en las calles, a pesar de la prefectura; y que la ciudad vería en las plazas públicas a los agonizantes agarrándose a los vivos con una mezcla de odio legítimo y de estúpida esperanza”. Y en el peor momento, “ya no había un solo edificio público que no hubiera sido transformado en lazareto”, justo cuando las formas pulmonares de la infección habían aumentado, pero los de la peste bubónica disminuían.

Por otra parte, “la peste había quitado a todos la posibilidad de amor e incluso de amistad. Pues el amor exige un poco de porvenir y para nosotros no había ya más que instante”, viviéndose únicamente en el presente, en el ahora.

Nada más actual que este pensamiento en boca del doctor Rieux, nuestro personaje principal: “Ha habido en el mundo tantas pestes como guerras y sin embargo, pestes y guerras cogen a las gentes siempre desprevenidas”. El doctor “se decía que la treintena de grandes pestes que la historia ha conocido han causado cerca de cien millones de muertos”, y sabía de la virulencia de esta enfermedad. Además, porque “un hombre muerto solamente tiene peso cuando le ha visto uno muerto; cien millones de cadáveres, sembrados a través de la historia, no son más que humo en la imaginación” (estas cifras no se condicen con lo que dice, actualmente, el historiador de la medicina, Frank Snowden, profesor de la Universidad de Yale, que mensura en cien millones los muertos por la peste en Europa solamente entre 1347 y 1743. La “gripe española” (una variante de la influenza, AH1N1), que en realidad se inició entre las filas de las tropas estadounidenses sobre el fin de la Primera Guerra Mundial, causó la muerte de más de 50 millones de personas).

En Camus hay una veta humanista que se desnudará en este párrafo: “La intención del cronista no es dar aquí a estas agrupaciones sanitarias más importancia de la que tuvieron. Es cierto que, en su lugar, muchos de nuestros conciudadanos cederían hoy mismo a la tentación de exagerar el papel que representaron. Pero el cronista está más bien tentado de creer que dando demasiada importancia a las bellas acciones, se tributa un homenaje indirecto y poderoso al mal. Pues se da a entender de ese modo que las bellas acciones sólo tienen tanto valor porque son escasas y que la maldad y la indiferencia son motores mucho más frecuentes en los actos de los hombres. Esta es una idea que el cronista no comparte. El mal que existe en el mundo proviene casi siempre de la ignorancia, y la buena voluntad sin clarividencia puede ocasionar tantos desastres como la maldad. Los hombres son más bien buenos que malos…”.

Poética de la desolación
La naturaleza, cambiante, va pautando la crónica. El clima, que ya hemos dicho que es “cálido y seco”, pero que se transforma por unos meses en lluvia y frío, tiene su propio peso y de alguna manera condiciona la sucesión de hechos que ocurren durante la epidemia. El viento, por ejemplo, “es particularmente temido por los habitantes de Oran porque como no encuentra ningún obstáculo natural en la meseta donde está alzada la ciudad, se precipita sobre ella, arremolinándose en las calles con toda su violencia”. Y, como es lógico, por ignorancia, “los habitantes acusaban al viento de transportar los gérmenes de la infección”.

La ciudad, que es vista como si tuviera vida propia, por la falta de lluvias, “se había cubierto de una costra gris que se hacía escamatosa al contacto del aire”. “El aire levantaba alas de polvo…”, “…las calles estaban desiertas y sólo el viento lanzaba por ellas su lamento continuo”.

Del mar, revuelto y siempre invisible, subía olor de algas y de sal. La ciudad desierta, flanqueada por el polvo, saturada de olores marinos, traspasada por los gritos del viento, gemía como una isla desdichada”. “La gran ciudad silenciosa no era entonces más que un conjunto de cubos macizos e inertes, entre los cuales las efigies taciturnas de bienhechores olvidados o de antiguos grandes hombres, ahogados para siempre en el bronce, intentaban únicamente, con sus falsos rostros de piedra o de hierro, invocar una imagen desvaída de lo que había sido el hombre. Esos ídolos mediocres imperaban bajo un cielo pesado, en las encrucijadas sin vida, bestias insensibles que representaban a maravilla el reino inmóvil en que habíamos entrado o por lo menos su orden último, el orden de una necrópolis donde la peste, la piedra y la noche hubieran hecho callar, por fin, toda voz”.

“Durante los meses de setiembre y octubre toda la ciudad vivió doblegada a la peste”. Grandes aguaceros “barrieron” las calles, y ese tiempo era visto como un continuo dar vueltas sin avanzar. Luego, a fines de noviembre, “las mañanas llegaron a ser muy frías. Lluvias torrenciales lavaron el suelo, a chorros, limpiaron el cielo y lo dejaron puro, sin nubes, sobre las calles relucientes. Por las mañanas un sol débil esparcía sobre la ciudad una luz refulgente y fría. Hacia la tarde, por el contrario, el aire volvía a hacerse tibio”.

Y nuevamente es la naturaleza la que marque el final de la enfermedad. La naturaleza en relación con los hombres, en este caso con el olor a yodo y a las algas, o la vista de la escollera, y sobre todo ese mar, “espeso, como de terciopelo, flexible y liso como un animal”, en el que “las aguas se hinchaban y se abismaban lentamente”, como si fuera su respiración.

El último capítulo aún nos advierte que lo primero es la prudencia, no fuera cosa de que todo recomenzara nuevamente, y luego la reorganización de la vida. “Todo el mundo estaba de acuerdo en creer que las comodidades de la vida pasada no se recobrarían en un momento y en que era más fácil destruir que reconstruir”, gran verdad que deberemos tener en cuenta en estos momentos. Y con el fin de la epidemia, se dará paso a la euforia: “Toda la ciudad se echó a la calle para festejar ese minuto en el que el tiempo del sufrimiento tenía fin y el del olvido no había empezado”.

Y por último, Camus dirá, por intermedio del cronista, que “se ha esforzado en no relatar más que lo que ha visto, en no dar a sus compañeros de peste pensamientos que no estaban obligados a formular, y en utilizar únicamente los textos que el azar o la desgracia pusieron en sus manos”

Es que, en definitiva, no había habido destinos individuales, “sino una historia colectiva que era la peste y sentimientos compartidos por todo el mundo”.

Por Sergio Schvarz
Escritor, poeta, y ensayos breves.
Nota: La fuente que utilizamos para describir los síntomas de la peste bubónica son de la Revista Cubana de Medicina General Integral (http://scielo.sld.cu/). Como vemos por esta información, que es mucho posterior a la obra de Camus, el autor ha descrito correctamente la enfermedad, aunque en el invierno el contagio de las formas pulmonares del bacilo de la peste quizá debió haber sido mayor a la que se muestra en la obra.

 

 

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