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CINE |El robo del siglo”: Cien años de perdón

La acción, el suspenso y la construcción de una escenografía de tensión impregnada de humor de acento satírico bien rioplatense, son los tres soportes de “El robo del siglo”, el valioso y digestivo film policial del realizador argentino Ariel Winograd, que está siendo exhibido –con singular éxito de público – en los autocines al aire libre que funcionan en nuestro país durante la emergencia sanitaria.

El largometraje evoca uno de los asaltos más célebres de la historia de la crónica policial de la vecina Argentina, que generó una amplia cobertura mediática y una gran repercusión local e internacional.

La película, que cuenta con un reparto actoral de grandes quilates, recrea minuciosamente el espectacular atraco perpetrado contra el Banco Río de Acassuzo de Buenos Aires el 13 de enero de 2006, el cual permitió a una banda, integrada por cinco audaces delincuentes, alzarse con un cuantioso botín estimado en más de diecinueve millones de dólares.

En el transcurso de este impactante episodio delictivo, los asaltantes vaciaron literalmente 145 cajas de seguridad, que contenían dinero y ochenta kilos de joyas, incluyendo lingotes de oro.

El hecho, que conmovió a la opinión pública del Río de la Plata, dividió a la sociedad argentina entre las reacciones de abierto repudio, por parte de las autoridades de la época y de los damnificados, y las de apoyo, de aquellos ciudadanos que fueron groseramente estafados por las instituciones financieras en el marco de la devastadora crisis económica y social de 2001, que estableció un “corralito” de depósitos confiscatorio.

“En barrio de ricachones, sin armas ni rencores, es solo plata y no amores”, fue el mensaje que los atracadores dejaron en el banco, antes de huir presurosamente a través de un túnel diseñado con anterioridad que comunicaba con las redes cloacales.
Esta reflexión -que tiene una explicitud realmente contundente y hasta un visible tono satírico- sintetiza, en buena medida, un subyacente malestar colectivo con el sector financiero y la clase dominante, responsables de los peores despojos organizados de la historia Argentina y de otros países de los región.

En tal sentido, es pertinente recordar la crucial incidencia que tuvo el vaciamiento de dos instituciones bancarias uruguayas de plaza por parte de empresarios agiotistas, en el cataclismo económico y social que devastó a nuestro país en 2002.

Obviamente, esta afirmación no debe ser tomada en modo alguno como una apología del delito ni como una reivindicación del accionar de los asaltantes, sino como una constatación del estado de ánimo de los miles de ciudadanos impunemente robados por banqueros inmorales, bajo el complaciente paraguas de la falta de regulación de los gobiernos neoliberales de turno.

El relato que, más allá de eventuales componentes de ficción se ajusta perfectamente al resultado de las investigaciones y al testimonio de los autores y de las víctimas, comienza una noche de lluvia como tantas otras en la capital bonaerense.

En ese contexto, Fernando Araújo (Diego Peretti), que fue el verdadero cerebro del asalto, observa como el agua se desliza por las calles hacia los desagües. A partir de ese detalle, comienza a lucubrar en torno a la construcción de un túnel subterráneo que conecte el exterior con el banco a ser asaltado.

Basándose en la información emergente de las pesquisas policiales y judiciales, Ariel Winograd y los guionistas Alex Zito y el propio Fernando Araujo, elaboran un producto de plausible factura cinematográfica, que evoca algunas títulos referentes del género policial que aluden a asaltos a bancos, como “Bonnie y Clyde” (1967), de Arthur Penn, “Tarde de perros” (1975), de Sydney Lumet, “Punto límite” (1991), de Kathryn Ann Bigelow, “Fuego contra fuego” (1995), de Michael Mann, y hasta la coproducción hispano-argentina “Cien años de perdón” (2016), de Daniel Calparsolo, entre muchas producciones no menos memorables.

A diferencia de estos films, en los cuales abunda la violencia física y los enfrentamientos a tiros, en este caso el largometraje narra un asalto casi de guantes blancos, sin heridos ni armas de fuego. Las únicas víctimas fueron, a la sazón, los propietarios de los cofres vaciados por los escurridizos ladrones.

En ese marco, los dos primeros tercios del metraje abordan particularmente los minuciosos preparativos del operativo delictivo, con el susodicho Araújo como protagonista, junto al uruguayo Luis Mario Vitette Sellanes (Guillermo Francella), un ladrón profesional que, en este caso concreto, oficia como “inversor”, financiando los gastos requeridos.

Apelando a abundantes flashbacks y a un inteligente manejo de los tiempos narrativos, el cineasta argentino transforma al espectador en una suerte de protagonista involuntario de un plan ejecutado cuasi a la perfección, más allá de su ya conocido desenlace.

Mixturando una acción bastante sosegada con un humor bien costumbrista y reconocible para los uruguayos por un tema de afinidad e identidad cultural, la película ostenta siempre un ritmo sostenido, que no decae en ningún momento.

Obviamente, los mayores momentos de tensión se centran en la irrupción de los asaltantes enmascarados en el local de la institución financiera munidos de réplica de armas, en la toma de rehenes, en la sustracción del contenido de los cofres de seguridad de los acaudalados clientes y en el imponente cerco policial que se monta en torno al edificio.

Empero, tal vez los diálogos más jugosos sean los entablados entre Vitette –quien ofició como vocero de los asaltantes- y el mediador policial, que realmente no tienen desperdicio.

Esta película articula, con singular destreza y creatividad, una suerte de acción sin violencia con una sátira disfrutable en clave casi siempre de comedia, que narra, con lujo de detalles, un atraco que realmente hizo historia.

En tal sentido, es altamente plausible e inteligente el manejo de la tensión y el suspenso, en un largometraje que destaca, además, por las grandes interpretaciones protagónicas Diego Peretti y Guillermo Francella, dos auténticos íconos de la actuación, muy bien secundados por un calificado reparto actoral.

 

Por Hugo Acevedo  (Analista)
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