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No hay excusas

Mafalda dice que lo urgente no deja tiempo para lo importante y vaya si podemos aplicar la frase a las cosas que vivimos en estos días. Entre la emergencia sanitaria y la discusión a toda prisa de la ley de (poco) urgente consideración (LUC), emerge otra noticia: se cae a pedazos una red de explotación sexual de niñas y adolescentes. Si será monstruoso el caso que no se puede ocultar, aún con la fuerza que tienen los intereses políticos y económicos del círculo social en que se mueven los protagonistas.

La situación, que tomó estado público en las últimas semanas, no es ajena a la realidad de una vieja normalidad tan conocida como barrida bajo la alfombra. Las voces mojigatas y conservadoras de mi querido San José estarán diciendo: “Pero qué barbaridad estas chiquilinas vienen adelantadas. ¿Y dónde estaba la madre?”. Otros en cambio se ocultarán tras los titulares del diario mirando por encima de la página en su oficina, pensando si aquella gurisa con la que anduvo hace un par de años sería menor. La doble moral como se le llama. ¡Y vaya si conocemos de esas cosas en el pueblo!

Para algunas personas “lo moral y normal” incluye tener una mujer y varias amantes, educar a las hijas en ser buenas esposas y a los hijos para que aprendan a ser machos alfa. La doble moral que separa a las mujeres entre santas y putas. Las santas son las de mi familia, incluida la mujer sobre la que tengo posesión (con la que me casé), las putas son las otras. La mezcla incluye rezarle al dios al que se le tenga fe y comprar regalitos a escondidas para esas otras mujeres, muchas veces jóvenes menores de edad: niñas.

Las adolescentes tienen entre 16 y 17 años y los acusados entre 40 y 70 años. Las adolescentes van al liceo y los acusados son profesionales, empresarios, un ex-juez, jerarcas. ¿No le llama la atención las diferencias? Se llama asimetría de poder. Por eso, no juzgue a las gurisas, piense en lo que hicieron los tipos que sabían perfectamente que eran menores de edad. Esos tipos que están siendo juzgados, no son monstruos de las cavernas, los ha visto desempeñarse en otras funciones. Pueden vivir a la vuelta de su casa y tener trato con ellos. Tal vez por eso, no quieren que se difundan los nombres, para que no lo sepan en el barrio y menos sus hijas que pueden tener la misma edad que las adolescentes que explotaban.

Para algunas personas “lo moral y normal” incluye tener una mujer y varias amantes, educar a las hijas en ser buenas esposas y a los hijos para que aprendan a ser machos alfa. La doble moral que separa a las mujeres entre santas y putas. Las santas son las de mi familia, incluida la mujer sobre la que tengo posesión (con la que me casé), las putas son las otras. La mezcla incluye rezarle al dios al que se le tenga fe y comprar regalitos a escondidas para esas otras mujeres, muchas veces jóvenes menores de edad: niñas.

Cabe recordar, por si alguien se olvidó, que el caso se destapa porque hay una joven muerta. Sí, muerta. A lo largo de los últimos años nos hemos enterado de muchas denuncias de desapariciones de chiquilinas y también de investigaciones que no llegan a ningún lado. Hay voces que señalan que no están desaparecidas sino que son víctimas de trata. Y desde la vida de todos los días en tu pueblo tranquilo, te parece que eso les pasa a otras, en barrios de bajos recursos. Esta vez, en este juicio, no es así.

Existe una ley, la 17.815, que protege a las menores de edad; pero sabemos que sólo con la ley, no alcanza. La esperanza, en esta oportunidad, es que la justicia llegue sin tardanza y sea aleccionadora. Ejemplar hasta el final en la investigación y las penas correspondientes. No solamente pensando en este caso en particular, sino también por todos esos otros casos de los que ni usted ni yo nos enteramos y están sucediendo cerca. Pero no nos olvidemos que la condena social y la denuncia de estas situaciones, es necesaria y trascendente, para que las cosas cambien.

Lo urgente es no permitir más esos abusos cotidianos a los que nos enfrentamos. El padre que pega a su hija, el político que insulta públicamente, el profesor que se ríe de sus alumnas, los padres que abusan de sus propias hijas. Es duro, pero está delante de nuestros ojos. Somos nosotras, las que tenemos las posibilidades de tener voz, las que tenemos que decirlo, escribirlo y hacerlo oír para que se sepa. Esto sí es urgente, más que la pandemia, más que la LUC. Las niñas (y los niños) no se tocan, no se violan, no se matan. No hay excusas.

 

Por Ana Gabriela Fernández
Edila en la Junta Departamental de San José. Actriz egresada de la EMAD y Educadora Social. Doctoranda en estudios de Género en la Universidad de Oviedo. Docente e investigadora en el Programa Género y Cultura de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO)

La ONDA digital Nº 952 (Síganos en Twitter y facebook)
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