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Me intriga, realmente me intriga, la imagen primera

Ha pasado mucho Tiempo y los recuerdos de la juventud suelen ser recuerdos de recuerdos, imágenes sobre imágenes fundidas. Quiero atrapar la imagen primera, la verdadera. La humedad y el orín, el olor a desamparo y los mocos de los gurises sentados en los trastos desalojados en invierno. Las fotos de revistas de tercera mano, rotas, tiradas en los pisos de cal de las viviendas vacías, cuando sobra el policía que llevamos para el procedimiento, porque ya desocuparon. Los gurises y los perros corriendo por los pasajes y alguna que otra barricada cortita –no se necesita mucho, las sendas son muy estrechas– para impedir el paso de los patrulleros. La seccional de policía, en la puerta del barrio, llena de gente detenida. La consigna de salir del barrio antes de que se haga la noche. Jazz blanco en el casetero del auto, Glen Miller.

Tenía dieciocho años y estaba en el tercer trabajo de mi vida, cadete de oficina jurídica encargada de viviendas estatales en Cerro Norte y Casavalle, entre otras. Vamos escuchando jazz en un auto de un gordo. El Estado contrata al auto y al gordo como chofer. Al lado del chofer va el procurador de la oficina, un sargento retirado, amante del jazz clásico, que aporta los casetes para el reproductor del coche bastante lujoso y confortable para la época. En el asiento trasero voy yo y un policía que pasamos a levantar por la seccional, porque esta vez vamos a hacer un desalojo.

El chofer gesticula. Se dice italiano y que por serlo no puede hablar sin mover las manos. Ahora está hablando de cierta botella de vino y dibuja en el aire con las manos el contorno de la botella. Tengo ganas de decirle que ya sé cómo es la botella de ese vino, que ponga las manos en el volante, que por favor atienda el tránsito y no le haga ruido a la música, pero si el sargento no le dice nada, mejor yo tampoco.

Además, si le digo algo corro el riesgo de darle más tema, cuando lo mejor sería que se callase. A mitad del camino, el chofer empieza con el rollo suyo más recurrente, “los putos pichis que no pagan la miseria de la cuota mensual por las viviendas”. Pienso que el gordo lo hace para hacer ver que esa plata la tiene, pero la verdad es que no deja de ser una platita, incluso para el gordo.

–A los pichis habría que castrarlos –dice el gordo–, como a los perros.

Suelta la dirección; se encorva para mover los brazos debajo del volante como accionando una enorme tijera de cortar pasto. El sargento le mira las manos que cortan apresuradas las pelotas de todos los pichis y de todos los perros, del Cerro, de Casavalle, del mundo mundial. El sargento ríe.

A veces parece que ríe porque está de acuerdo con el gordo y otras que festeja la bronca del otro para divertirse a costa de esa bronca. Estamos entrando a Casavalle o a Cerro Norte, se nos viene el enjambre de gurises a rodear el auto, a cuál llega antes a pedirle al gordo una moneda:

–Vos no tendrías que haber nacido. Nunca tendrías que haber salido de la concha de tu madre –le contesta el gordo al primero que le tiende la mano.

El sargento no dice nada, pero después repite festejando lo que el gordo ha dicho, como si hubiese querido hacer un chiste o fuese una hazaña intrépida. “¡Vos no tendrías que haber salido nunca de la concha de tu madre, jajaja!”. El Gordo no le acompaña la risa del festejo. Lo ha dicho convencido y en serio. Sigue protestando airado la existencia de los pichis.

–De todos éstos no hay uno que no termine chorro, amasijado o en cana –dice, soltando el volante para volcar el cuerpo hacia el lado del sargento y hacer como si firmara sobre la guantera del auto–. Te lo doy firmado.

Río con el sargento y el policía, aunque viendo los gestos del gordo temo por la deriva del auto. Los cuatro somos tan pichis como cualquiera de los pichis, al menos casi tanto como alguno y un poquitito más que algún otro, y sé que algún pichi termina capo –uno en cien mil–, como jamás ninguno de nosotros. Pretendo que me resulte cómico porque no soy capaz de dominar la situación.

Algunas veces voy solo, como cuando fui a entregar el cedulón al quilombo de travestis que ahora vamos a desalojar. Por simplemente entregar un cedulón de desalojo no hay peligro de que reaccionen mal, así que no llevamos policía ni es necesario que vaya el procurador. Siempre, todos los intimados a desocupar, miran al piso. Sus hijos lo mismo. No me miran nunca a los ojos y pocas veces dicen algo.

No les ponen palabras forzadas a la impotencia, ni a la vergüenza, ni a la resignación de ir a parar a un cante. Haya o no gurises, el sargento igual les da más plazo, porque se deja estar. En general es bastante perezoso. No es mal tipo pero lo mejor que tiene es que no pone ningún empeño en lo que hace, ríe, le lleva el apunte al chofer, le dice que a los pichis mejor matarlos que castrarlos, le recuerda siempre que un pichi puso el caballo en la vivienda y se volvió a un rancho de lata –la anécdota favorita de ambos–, pero después, si está media hora en la oficina es mucho.

El gordo se indigna con el cuento del caballo y el sargento más ríe, toma whisky de una petaca, escucha Glen Miller de buen humor y al final de la jornada, no ha hecho casi nada.

Sin embargo a este expediente el sargento lo movió rapidísimo. No es por falta de pago sino por infracción al reglamento de usufructo, como el del caballo. En tres de las viviendas pusieron un prostíbulo de travestis.

–Éste es para vos. Llevále el cedulón –me dice.

–¿Usted es fulano de tal?

–Sí, pero me llamo Sonia. ¿Vos?

Digo mi nombre y le doy la mano. Después del saludo le alcanzo el cedulón.

–Encantada. ¿Cuántos de éstos papeles pensás traerme, mi amor?

Se abanica con el cedulón la cara maquillada, colorinche. Es de día, no recuerdo cómo está vestida, pero sí que su cara desentona con la luz del sol en blanco y negro de mayo del 78. Me mira desentendiéndose por completo del papelito y fijándose en mí.

–Es la intimación de desocupación de la vivienda con fecha de desalojo. Usted ya presentó todos los recursos que podía, así que este cedulón es definitivo.

–Nada es definitivo, mi tesoro. A todos los que me traen los cedulones me los conquisto, por eso hace cuatro años que estoy aquí y nunca me sacan. De todos modos, gracias por la explicación; sos muy amable.

Esa última frase, –“gracias por la explicación; sos muy amable”–, la dice sin cargarme, estudiándome y reconociéndome con sus ojos.

Me intriga, realmente me intriga saber si han desocupado las viviendas o están esperándonos. El gordo estaciona a una cuadra. Ni se baja del auto. Está como ofendido, pero en realidad tiene un miedo machazo, no quiere ni imaginarlas. El sargento, el policía y yo caminamos por el pasaje seguidos por un grupo de curiosos, en su mayoría gurises y algún viejo, hasta la puerta de la vivienda principal. Vemos que están todas vacías, limpias, barridas, impecables, como nunca nos habían entregado una vivienda.

–Se llevaron todo en un camión el sábado –dice un vecino.

–¿Y a dónde se fueron? –pregunta el sargento.

Nadie le contesta.

En el viaje de regreso, el sargento provoca al chofer contándole que tuvimos que sacarlas a las patadas con el milico, inventándole las reacciones más alocadas y morbosas. Cuando apaga el motor, el gordo deja de hacerse el gil. Me mira, severo, a mí.

–Así que estaba desocupada –me dice para sí–. ¿Y a dónde se fueron? –nos pregunta.

–Nadie sabe –contesta el procurador, casi serio, sin burlarse del interés del otro, con sonrisa indulgente y aprobatoria.

Por José Luis González Olascuaga

Periodista y escritor uruguayo

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