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  No temerás el terror de la noche,
ni la flecha que vuela de día,
ni la peste que acecha en las sombras
ni la plaga que destruye a mediodía.
Salmo 91, vers. 5 y 6 de la Biblia

Hubo epidemias de peste particularmente virulentas, que marcaron un antes y un después, entre ellas la peste negra (la peste bubónica) en Nápoles (1656), que provocó entre un 40% y 50% de muertes, o la de Londres (1665-1666), en la que murió la cuarta parte de sus habitantes, 100 mil personas, según los registros.

Sobre esta última es la que escribe Daniel Defoe, a quien conocemos principalmente por Robinson Crusoe, escrita cuando el autor tenía 60 años, primer cultivador de la novela en Inglaterra (se le considera padre de todos los novelistas ingleses), autor de 545 obras (considerando poemas satíricos, ensayos, panfletos políticos y religiosos, novelas y textos periodísticos). En 1722 publicó Fortunas y adversidades de la famosa Moll Flanders, considerada la primera gran novela social de la literatura inglesa, centrada en la vida de una prostituta. Ese mismo año aparecieron El coronel Jack y Diario del año de la peste, prototipo del reportaje periodístico; durante mucho tiempo se creyó que no se trataba de una novela, sino de un verdadero diario.

Su muerte en Londres en 1731, el 24 o 25 de abril (dentro de dos años harán tres siglos de su muerte), cerró la vida de un hombre que fue de todo, empezando por el protestantismo disidente que por poco lo lleva al ministerio. Luego se encarriló en los negocios, en el comercio de artículos como la calcetería, artículos comunes de lana o productos vinícolas, pero raramente se encontraba libre de deudas. Fue «comisario de impuestos del cristal», responsable de cobrar los que gravaban las botellas, y dirigió una empresa de tejas y ladrillos en Tilbury, Essex. Por supuesto que las actividades comerciales, pero más las actividades políticas de Defoe junto con su activismo panfletista le acarrearon problemas judiciales, exposición a la picota y encarcelamiento del que pudo salir tras acordar la cooperación de Defoe como espía, lo que por sí solo vale una aventura.

Sergio Schvarz

El tabardillo pintado
El diario del año de la peste comienza a principios de mayo, cuando la peste hace aparición, acompañada o precedida de fiebre, con erupciones en la piel, de color rojizo, y unas bubas muy dolorosas que realmente enloquecen a la gente que la tiene: “Los bubones que generalmente se localizaban en el cuello o en la ingle se hacía, al endurecerse y cuando no se abrían, tan dolorosos como la tortura más refinada”. No se tiene la información precisa sobre la forma de contagio, aunque se presume aérea, además al principio el virus es intermitente, aparece y desaparece.

Y es a principios de mayo, entonces, cuando el tiempo era templado, variable y bastante fresco, “la City seguía libre de enfermedades: en las noventa y siete parroquias del sector amurallado sólo habían muerto cincuenta y cuatro personas, y como el mal parecía radicado entre los habitantes de aquel extremo de la ciudad, empezamos a creer que no llegaría más lejos […] Es cierto que en St. Giles enterraron a treinta y dos, pero como sólo uno estaba apestado, la gente empezó a sentirse aliviada”. Es cuando las autoridades sanitarias declaran a los muertos por otras enfermedades, como el tabardillo pintado (que en realidad es considerada la misma enfermedad, salvo para el que no lo sabe), para no mencionar la peste, que con su sólo nombrar ya trae la mitad del miedo listo para actuar. Pero pronto “inspeccionaron las casas y descubrieron que la peste estaba realmente diseminada por todos lados, y que muchos morían de ella cada día. De manera que todos nuestros consuelos sucumbieron, y no hubo más que ocultar”.

Yo les confieso que conforme iba leyendo este texto, que por momentos parece ser más un informe que un diario, y sacaba las cuentas necesarias de lo que está pasando actualmente en el mundo, empecé a entender que hay toda una serie de reacciones que se repiten bajo ciertas circunstancias. Eso que, dicho por economía, hace a los arquetipos jungianos: el inconsciente individual, el inconsciente colectivo y el inconsciente ancestral. El encierro, el aislamiento, la violencia, la locura y la muerte, por un lado, y la solidaridad, también, por suerte. Pero además, como resultado de todo eso, y mucho más en esta peste en especial porque era de gran letalidad, transmitida por el piojo de la rata, la bacteria Yersinia pestis, causante de la peste pulmonar, la peste bubónica y la peste septicémica.

“A partir de la primera semana de junio la epidemia se extendió de modo terrorífico, las cifras crecieron mucho y las menciones del tabardillo pintado, fiebre e infección de dientes empezaron a multiplicarse. Todos los que podían ocultar sus malestares lo hacían, para evitar que los vecinos rehuyeran su presencia y se negaran a conversar con ellos, y también para evitar que las autoridades clausuraran sus casas; amenaza que aunque todavía no era cumplida, pendía sobre la población, en extremo asustada ante la sola idea del asunto”. Mientras en su zona todavía estaba libre del virus, “en el otro lado de la ciudad la consternación era muy grande; y la gente rica, en particular la nobleza y la alta burguesía de la parte occidental de la City, abandonaba en masa la ciudad con sus familiares y sirvientes, de manera inusitada”. De ese modo, se veían “…coches y carretas cargadas de bienes, mujeres, sirvientes, niños, etc.; coches llenos de gente de la clase alta, y jinetes que los acompañaban, y todos huyendo”. Esta visión (en la que deja sus propios puntos de vista) “era una visión muy terrible y melancólica; y como se trataba de un espectáculo que yo no podía dejar de contemplar de la mañana a la noche (porque, en verdad, no había otra cosa que contemplar en ese momento), me llenaba de sombríos pensamientos acerca de la desgracia que estaba cayendo sobre la ciudad, y de la desdichada situación de quienes permanecerían en ella”.

Hablando en primera persona, dirá: “Comencé a considerar seriamente mi propio caso y cómo dispondría de mi persona; es decir, si decidiría permanecer en Londres o cerrar mi casa y volar, como tantos de mis vecinos habían hecho”. Y anota, también, la intención de este escrito: “He anotado este asunto tan detalladamente, porque tal vez mi historia pueda resultar útil a quienes vengan detrás de mí”. Por eso, también, hacemos estas anotaciones, aunque resulten un poco extensas. Quizá se animen a leer este Diario, y por ello puedan estar preparados para enfrentar cualquier cosa, incluso la más terrible, la muerte.

Mirándose por dentro, “…dediqué la noche a una seria meditación (debe decidir quedarse y mantener su negocio en la ciudad —talabartería— o irse fuera de las murallas de Londres, donde la peste aún no ha llegado); estuve solo, porque ya entonces, la gente, como por consenso general, había adoptado la costumbre de no ir más allá de sus puertas tras la puesta del sol”. Sus bienes constituían toda su fortuna por lo que la decisión era difícil, por ello busca motivos, en ciertos signos provenientes del cielo, hombre devoto que encuentra en las señales algo divino y celestial, y “que le indicaban una suerte de dirección a seguir”, un camino a recorrer. “Mi resolución se afirmó más al día siguiente, cuando cayó enferma la mujer a quien había pensado confiar mi casa y todos mis asuntos”. Ya resuelto a irse, porque no había tiempo que perder, aún deberá tener  un poco de paciencia: “Al otro día yo mismo me sentí bastante mal, de manera que no hubiera podido viajar aun en caso de desearlo. Continué enfermo tres o cuatro días y esto me decidió por completo”, pues todo su periodo de maduración. Partirá hacia Dorking, en Surrey, y luego su idea era ir más lejos aún, hacia Buckinghamshire o Bedfordshire, “a un retiro que había encontrado para su familia”.

“Advertimos entonces que la infección se fortificaba principalmente en los barrios de extramuros: como eran muy populosos y estaban llenos de pobres, la enfermedad los consideró mejor presa que la City”. Pero tampoco es cuestión de hacer diferencias, pues la plaga no discrimina a la hora de ingresar al huésped: “Notamos también que la peste se acercaba a nosotros…”. Y también, claro, no falla: “aunque resulte asombroso que en medio de tal calamidad existieran corazones tan duros como para robar y saquear, lo cierto es que se practicaron entonces toda clase de villanías y hasta de libertinajes”. “El aspecto de Londres (la mirada va hacia el estado de ánimo) estaba ahora alterado de un modo extraño, a pesar de que la City no había sido todavía muy castigada. Pero el aspecto de las cosas estaba muy trastornado; la pena y la tristeza se instalaron en cada rostro…”.

“Se oía en las calles la voz de los dolientes”
De a poco vamos entrando en la pesadilla: “Los gritos de mujeres y niños (en las casas donde sus parientes más queridos estaban agonizando o ya muertos) se escuchaban con tanta frecuencia que bastaban para traspasar el corazón más firme del mundo. Las lágrimas y los lamentos se oían casi en cada casa, en especial durante los primeros tiempos de la epidemia, porque durante los últimos los corazones estaban endurecidos y la muerte se había convertido en una visión tan habitual, que a nadie le importaba demasiado…”, y mucho menos ante la expectativa de correr idéntica suerte en cualquier momento.

Y cuando la peste se perfila para devorarlo todo, el pueblo se agarra, literalmente, de cualquier salvavidas. De la adivinación por medio de las señales hasta los astrólogos y oráculos de lo imposible. Una señal, clara, ineludible: “…una estrella flamígera o cometa apareció varios meses antes de la epidemia, como había sucedido antes del año del fuego”, por lo que uno de esos cometas “predecía una pesada sentencia, pausada pero severa, terrible y aterradora como la peste, mientras el otro predecía un golpe fulminante, súbito, veloz y frío como la conflagración” (al respecto hay que saber que al año siguiente al que terminó dicha peste, se desató un incendio en Londres, que la destruyó por completo). Incluso: “hasta lo habían escuchado (al cometa): hacía un ruido estrepitoso, feroz y terrible, aunque distante”, que funciona aquí como un presagio y advertencia del juicio de Dios.

“Lo cierto es que el público se asustaba terriblemente con libros como el Almanaque de Lilly, las Predicciones Astrológicas de Gadbury, el Almanaque de Poor Robin y otros parecidos. También por varios libros que presumían de religiosos, uno titulado Salde Ella, mi Gente, si no eres Partícipe de sus Plagas; otro llamado Clara Advertencia, otro, Recordatorio Británico”, y se asustaban porque todos predecían la ruina de la ciudad.

Desde allí saldrán, como expuestos en la galería, tipos humanos que sobrenadan en la peste: “Uno, como Jonás en Nínive, gritaba: ¡Sólo cuarenta días, y Londres será destruida!”. Una pobre criatura desnuda, grita: “¡oh, el gran y terrible Dios!”, y esa criatura “repetía incesantemente estas palabras con voz y semblante cargados de horror, a paso veloz”.

Hay que agregar “las interpretaciones que las viejas hacían de los sueños de otros”, porque, como es de suponerse, la “imaginación popular estaba realmente descarriada y poseída”. Eso significaba espectros cerca de los cementerios; sugestión disfrazada de ciencia —astrólogos—; conjunciones malignas de planetas (la clásica demostración de los que no tienen argumentos valederos), y que son parte de las predicciones de señales celestes, con la consiguiente manida interpretación. Otros, serán vistos como decidores de fortuna, o meros charlatanes de viaje místico, arengando a las tunas dispersas del desierto.

El gobierno, tan eficiente y también precavido: “Se hicieron algunos intentos para suprimir la impresión de libros que aterrorizaran al pueblo, y para asustar a sus difusores, algunos de los cuales fueron prendidos. Pero estos intentos no fueron llevados hasta la última instancia porque, según se me informó, el Gobierno se mostraba renuente a exasperar a la gente, que ya estaba bastante fuera de sí”. “Tampoco puedo absolver a esos clérigos que con sus sermones contribuían más a hundir que a elevar los corazones de sus oyentes. Sin duda muchos de ellos lo hacían para fortalecer al público y para avivar el arrepentimiento, pero el medio no convenía a los fines, o por lo menos no alcanzaba a compensar el daño ocasionado”.

Consecuencia del miedo: “prevalecían entre el pueblo innumerables sectas y fracciones”, y cada una con una liturgia personal.

Pero también hubo mucha caridad, sobre todo en los primeros momentos de la epidemia. “Pero cuando la enfermedad pasó, también disminuyó este espíritu de caridad, y las cosas retornaron a su antiguo cauce” (ya nos adelanta que a todo le llega su fin, y además, que al final nada cambia, todo recomienza de la misma manera que antes, quizá porque es lo conocido y da cierta seguridad, y los cambios que se operan, en cierto sentido, son regresivos).

Por cierto, pulula en la ciudad “una perversa generación de presuntos practicantes de magia o arte negro”, o bien quienes siguen el horóscopo y “la descarada cabeza del Fraile Bacon, símbolo usual en la vivienda de estos personajes”, reina sobre el lugar (Roger Bacon fue quien propuso el método científico, practicante del método experimental para adquirir conocimiento sobre el mundo y quien dejó dicho que «la matemática es la puerta y la llave de toda ciencia»).

El gobierno, tan eficiente y también precavido: “Se hicieron algunos intentos para suprimir la impresión de libros que aterrorizaran al pueblo, y para asustar a sus difusores, algunos de los cuales fueron prendidos. Pero estos intentos no fueron llevados hasta la última instancia porque, según se me informó, el Gobierno se mostraba renuente a exasperar a la gente, que ya estaba bastante fuera de sí”. “Tampoco puedo absolver a esos clérigos que con sus sermones contribuían más a hundir que a elevar los corazones de sus oyentes. Sin duda muchos de ellos lo hacían para fortalecer al público y para avivar el arrepentimiento, pero el medio no convenía a los fines, o por lo menos no alcanzaba a compensar el daño ocasionado”. Consecuencia del miedo: “prevalecían entre el pueblo innumerables sectas y fracciones”, y cada una con una liturgia personal.

“Realmente no sé mediante qué discursos ciegos, absurdos y ridículos satisfacían a la gente esos oráculos del demonio; lo cierto es que una clientela innumerable se apiñaba frente a sus puertas cada día”. “Si no se hubiera mantenido al público asustado, pronto los brujos se habrían vuelto inútiles y su oficio habría muerto”, lo que da cierta pauta de consecuencias de índole restauradoras. “Los clérigos y predicadores de distintas clases serios e inteligentes —hay que hacerles justicia— se pronunciaron contra estas y otras prácticas malvadas, exponiendo al mismo tiempo su tontería y su perversidad, y la gente más cuerda y sensata las despreció y aborreció”.

El aspecto social también está reflejado en este diario, rompe los ojos: “…la situación de los sirvientes resultaba muy triste […] porque era de prever que un número prodigioso de ellos sería despedido”, y con una vuelta de torniquete, más duro: “Y perecieron en abundancia, especialmente entre aquellos a quienes los falsos profetas habían ilusionado con la esperanza de que sus amos no los abandonarían y los llevarían al campo con ellos…”, sí, como si existieran los reyes magos. Y como no se había previsto ayuda pública “para estas criaturas miserables, cuyo número era excesivamente grande, ellos estaban en peor condición…”, lo cual es todo un manifiesto de (mala) administración pública.

La respuesta, fue hecha a tono con esos tiempos, donde “el gobierno aumentó su devoción, y designó predicadores públicos y días de ayuno y humillación para confesar públicamente los pecados e implorar la misericordia de Dios, con el fin de conjurar la horrible sentencia que pendía sobre nuestras cabezas”, y como resultado “afluyeron a las iglesias y mítines, y cómo se apiñaron en muchedumbres tan apretadas que ni siquiera había forma de acercarse a las entradas de las iglesias más grandes”, o sea, favoreciendo el contagio, es decir que “…la población mostraba un celo extraordinario por cumplir con los ejercicios religiosos. Van a las iglesias, sin darse cuenta que, justamente, de esa manera se continuaba infectando a más gente con la peste mortífera”.

Entonces se tomaron ciertas medidas (y podemos ver las réplicas actuales, que van en el mismo sentido coercitivo): “se prohibió la peste de todas las obras y entremeses que, al estilo de la corte francesa, habían empezado a extenderse entre nosotros; fueron cerradas y suprimidas las casas de juego, salas de baile y casas de música que se estaban multiplicando y comenzaban a corromper las costumbres; y los payasos, bufones, títeres, volatines y los números similares que habían embrujado al público ordinario cerraron sus tiendas, en las que ya no había movimiento alguno, porque otras ideas agitaban las mentes, y una suerte de tristeza y horror ante esas ideas se instaló hasta en los semblantes de la gente común. Ante sus ojos estaba la muerte, y todos comenzaron a pensar en sus tumbas…”, arrastrando el miedo y contagiándolo en rededor.

Y por ello otros se “aprovisionaron de tal cantidad de píldoras, pociones y preservativos —como se los llamaba— que no sólo desperdiciaban su dinero, sino que se envenenaban anticipadamente por miedo al veneno de la infección, y preparaban sus cuerpos para recibir la peste, en vez de protegerse contra ella”. Estos son representados, en una visión plástica, con afiches pegados a las puertas de los doctores, anuncios de charlatanes ignorantes que se metían a médicos. Además, estos tienen remedios generalmente “adornados con floripondio” (y sírvase ponderar la libre imaginación de los impostores): “Infalibles píldoras preventivas contra la peste”, “Preservativos contra la infección. Nunca falla”, “Cordial Soberano contra la corrupción del aire”, “La única verdadera agua de peste”, etc.

Por momentos parece una descripción hecha por un periodista (en realidad Defoe fue periodista), y este texto más al estilo de una crónica de época, de modo de “informar a todos del estado de ánimo de aquellos tiempos, y de cómo un hato de ladrones y rateros no sólo robaba y trampeaba su dinero a los pobres, sino que envenenaba sus cuerpos con abominables y fatales preparados”. “Mis apuntes —dice— prefieren informar del hecho y presentarlo tal como sucedió”. Y nos lo muestra, en toda su dimensión.

“Entonces sus miedos tomaron otros caminos: el del aturdimiento y la estupidez, sin que supieran qué derrotero seguir o qué hacer para ayudarse o aliviarse. Corrían de una casa a la otra, y aun por las calles, de una puerta a la otra repitiendo a los gritos: “¡Señor, ten piedad de nosotros!”. Pero claro, el trabajo de la peste no se trata de tener piedad. “Aunque pudiera existir en algunos cierta estupidez y pesadez mental […] había también mucha alarma justa fondeada en la profundidad del alma de otros”.

Vuelve al hilo de la narración, yendo de lo general a lo particular, aunque luego nos habla del fuego sobre la ciudad, como si este hubiera sido purificador, de alguna manera: “…la peste se desató y los magistrados comenzaron a pensar seriamente en el estado de la población”. “Lord Mayor, un caballero muy sobrio y religioso, designó médicos y cirujanos para aliviar a los pobres —quiero decir a los enfermos pobres—, y en especial ordenó al Colegio de Médicos la publicación de instrucciones acerca de remedios baratos para todas las instancias de la enfermedad”, una de las cosas más caritativas y juiciosas que cabría pensar.

“No se supondrá —veamos la arista médica, humana— que menoscabo la autoridad o la capacidad de los médicos, cuando digo que la violencia de la enfermedad, al llegar a su clímax, fue como la del fuego del año siguiente. El fuego, que consumió todo lo que la peste no había podido tocar, desafió a todos los remedios: las bombas de incendio se rompieron, los cubos fueron desechados, y el poder del hombre se vio desbaratado y arrojado a su fin. Del mismo modo, la peste desafió toda medicina; hasta los médicos fueron atrapados por ella, con sus protectores sobre la boca; deambulaban prescribiendo a otros e indicándoles qué hacer, hasta que las señales los alcanzaban y caían muertos, destruidos por el enemigo contra el que batallaban…”.

“Pero no esperábamos que los médicos pudieran detener la sentencia de Dios o evitar que en una enfermedad evidentemente armada por el cielo ejecutara el mandato que le fue encomendado” (y nuevamente sabemos que ante ese tipo de plagas vamos corriendo de atrás, y lejos).

Un poco de historia: “creo que la clausura de casas (cuarentena) fue un método utilizado por primera vez durante la epidemia que se produjo en 1603, cuando llegó al trono el rey Jaime I. El poder para encerrar a la gente en su propia casa fue acordado por un Acta del Parlamento titulada Acta para la Disposición, y el Caritativo Alivio de las Personas infectadas por la Peste”, y las ordenanzas de Lord Mayor: creación de examinadores, inspectores, guardianes, investigadores (mujeres), “de honesta reputación y las mejores que se puedan encontrar en su tipo” (los hombres, como inspectores, deben ser “de buena condición —física— y reputación)”.

A simple vista parece que la exigencia y el control es más severo para la mujer “que estas juren efectuar una búsqueda adecuada y un verdadero informe aplicando el máximo de sus conocimientos en caso de que las personas cuyos cuerpos deban investigar hayan muerto de la peste u otras enfermedades”, y además que puedan ser citadas por los médicos designados para cura y prevención de la peste, para que ellos consideren si están “adecuadamente calificadas para ese empleo, y que las censuren de cuando en cuando si creen que hay causa para ello, si ellas muestran defectos en el cumplimiento de sus deberes”. Y advertirá, también, “que a ninguna investigadora, durante este período de contagio, se le permita ejercer cualquier trabajo o empleo público, o mantener cualquier negocio o puesto, o estar empleada como lavandera, o en cualquier empleo común”.

El método que se emplea es la notificación (a las empleadoras) de la enfermedad, el aislamiento de los enfermos, ventilación de objetos (ventilados con fuego y con los perfumes necesarios), clausura de la casa, entierro de los muertos en las horas más convenientes (antes de la salida del sol o después de la puesta del sol), y “que todas las tumbas tengan como mínimo seis pies de profundidad”.

Prohibición de retirar objetos contaminados (y que pregoneros y ropaviejeros, para vender o empeñar, se les prohíba ejercer su profesión); ninguna persona será rescatada de cualquier casa contaminada; señalamiento de toda casa contaminada (señalada con una cruz roja, de un pie de largo, en el medio de la puerta); vigilancia de toda casa contaminada (los guardias mantendrán encerrados a sus ocupantes, y los asistirán en sus necesidades mediante previo pago o por medio del presupuesto común)”.

Investigadores, cirujanos, cuidadores y enterradores sostendrán en sus manos “un bastón o una vara rojos de tres pies de largo”, para que se los distinga. Los cirujanos son personal exclusivo para tratar la enfermedad de la peste, recibiendo “doce peniques por cada cuerpo revisado”.

Hay restricciones al uso de coches de alquiler, limpieza de calles (por cuenta del propietario que “se ocupe de que la calle sea barrida diariamente ante su puerta”), los barrenderos retirarán la basura fuera de las casas (estos anuncian su llegada por medio de un cornetín) y la trasladarán a estercoleros lejos de la ciudad. Se hace especial hincapié en el cuidado de la carne o pescado en descomposición y del maíz enmohecido; en la inspección de cervecerías y tabernas, con un severo control de su consumo, así como en cafés y bodegas (a las nueve de la noche deben estar cerradas). Los condestables serán los encargados de tomar precauciones especiales “para evitar la presencia de mendigos vagabundos en las calles”. Se prohíben representaciones teatrales, juegos con osos encadenados, canto de baladas, lucha con escudos, o tales causantes de reuniones. Prohibición de festejos (y que el dinero ahorrado se emplee “para beneficio y alivio de los pobres atacados por la peste”).

“La clausura de casas fue considerada en un primer momento una medida muy cruel y anticristiana, y la pobre gente así recluida se lamentaba amargamente”, el confinamiento  era miserable sobre todo por las condiciones precarias, en general, para sortearlo. Y más si, como en este caso, hubo once meses en total de epidemia y en algún momento sus pobladores pensaron en el fin del mundo, o al menos del mundo conocido.

El carro de la muerte
Hubo quienes se fugaron de casas infectadas, por no aguantar más el encierro o no aguantar la duda sobre si podría burlar a la muerte o caería en sus brazos con apenas tiempo para morirse. Por ello el gobierno provee “guardianes” que cuidan las casas (para que no salgan de allí los que están infectados, o para que no entre nadie en las que hay o  hubo muertos). “Hasta su fin no hubo menos de dieciocho o veinte guardianes asesinados por los habitantes de las casas infectadas y clausuradas que intentaban salir…”.

Una anécdota, una de las que el autor utiliza cada tanto para pintar el cuadro completo, para determinar todo de lo que está compuesto, el cuerpo entero de la situación anómala: “…se hizo volar con pólvora a un guardián que quedó horriblemente quemado; mientras lanzaba gritos espantosos y nadie osaba aproximarse a socorrerlo, todos los miembros de la familia capaces de moverse huyeron por la ventana del primer piso, dejando tras de ellos dos enfermos que pedían auxilio…” (cuando los fugitivos regresaron y al no haber pruebas en contra, “no se procedió contra ellos”). Pero en realidad, “…la reclusión tenía que exasperar a la gente, incitándola a huir al azar, aun cuando se supieran portadores de la peste, ya que no sabían adónde ir o qué hacer”.

“Y cuando el miedo no producía una muerte súbita, traía otras consecuencias: unos perdían el sentido, otros la memoria, otros el entendimiento”.

A esta altura de la lectura nos damos cuenta que hay un anecdotario de situaciones inverosímiles, aunque tratadas desde la realidad; historias desgraciadas y comportamientos extraordinarios, para las que tiene una sentencia moral, una enseñanza a transmitir a nuevas generaciones.

Todo sucede como en oleadas, y cada una es más dañina, más fatal. A principios de agosto empezó a circular la carreta de los muertos en la zona, pero al comenzar setiembre la peste reinó con tal furor que el número de muertos “superó el de cualquier otra de Londres”. Se escarba la tierra, se hacen fosas comunes cada vez más amplias, incluso una gran fosa, que “era un abismo más que una fosa”. Entre el día 6 y el 20 hubieron 1114 cadáveres, y para que esta cantidad sea algo gráfico, que llene de espanto: “los cadáveres llegaban a seis pies de la superficie” (un poco menos de dos metros).

En esta parte, donde nos habla del cementerio, nos dará la visión del enterrador, que nunca ha visto tantos cadáveres juntos, y sabe bien lo que significa: “Es un espectáculo que habla, que tiene una voz, y muy poderosa, para llamarnos al arrepentimiento”. La religiosidad del tiempo en que fue escrita la obra, hace hincapié en la palabra y el concepto de arrepentimiento. Si podemos arrepentirnos de los cosas mal hechas entonces podremos tener un lugarcito en el paraíso, aunque sea un lugar pequeño.

Y está, también, dando ejemplos concretos de lo que quiere decir, el dolor de “un hombre oprimido por el peso de una pena sin duda terrible, ya que tenía a su mujer y a varios de sus hijos en el carro que acababa de entrar, y que él seguía en una agonía y paroxismo de aflicción. Como era fácil ver, se lamentaba de todo corazón, pero con esa especie de dolor masculino que no se concede el desahogo de las lágrimas”, pero cuando los cadáveres fueron tirados promiscuamente en la fosa, “se lanzó a llorar a lágrima viva”.

Es que, en definitiva, más allá de la promiscuidad, “aquí no se hacían diferencias: pobres y ricos iban juntos. No había otra clase de entierros ni era posible que la hubiera, porque se carecía de ataúdes para el prodigioso número que sucumbió”.

También “…circularon innumerables historias acerca de las crueles costumbres y prácticas de las enfermeras que cuidaban a los enfermos, y de cómo apuraban el destino de aquellos a quienes atendían en su enfermedad”, a medio camino entre el horror y la piedad.

Pero sucederán aún cosas más extrañas, motivadas por cierta clase de desesperación y aún de egoísmo. Un espantoso grupo de parroquianos, que se comportan con la disoluta y gritona extravagancia que es común en esa gente en tiempos normales, critican a un hombre que perdió a su familia. Se burlan de él, y nuestro personaje sale en su defensa, y de ese modo reprocha sus bromas y mofas “para un hombre decente y vecino suyo”. “No puedo recordar con exactitud la abominable y diabólica befa con que respondieron a mi discurso; parecían ofendidos porque yo no temía hablarles libremente”. Más aún, hablaban como antes y se burlaban que yo llamara a la peste “la mano de Dios”, “como si la Divina Providencia no tuviera nada que ver con aquella desolación que nos había sido infligida”.

Y a pesar de burlarse de todos “los que se mostraban serios o piadosos”, a los tres o cuatro días empiezan a caer, tocados por la peste “…todos fueron conducidos a la gran fosa que ya me referí antes de que esta se viese completamente llena, es decir, en el término de unos quince días”.

Días como de la cólera de Dios
“En cuanto a los soldados, no se los hallaba”. Estos son los guardias del rey, más otros que están en Oxford, con la Corte, o en cuarteles de campaña alejados, y en pequeños destacamentos de servicio en la Torre o en Whitehall, “que eran pocos”. Debemos agregarle, para completar la nómina, 24 fusileros y oficiales “para vigilar los almacenes” (ya sabemos que los almacenes tienen la potestad de provocar saqueos masivos). Pero lo cierto que las tropas adiestradas era imposible reclutarlas. Por allí no  habrá ayuda, salvo que sea circunstancial. Hay que tener en cuenta que muchos murieron estando encerrados, con miedo de salir, “sin haber visto siquiera a sus parientes más cercanos por miedo de ser instrumentos de su contaminación…”.

Nos llamará la atención que los hechos determinantes, y las observaciones personales del narrador (o del autor mismo), pueden ser útiles incluso hoy en día: 1) la infección era introducida por gente que tenía que salir “en procura de los artículos de primera necesidad y se relaciona con gente infectada”, 2) era un gran error que solo hubiera una casa de apestados, es decir la parte hospitalaria y la disponibilidad de camas (y capacidad de testeo e hisopos), 3) las vías de contagio, aquí llamados como “efluvios” (las gotitas de saliva), por vía aérea.

Pero la realidad fue que “nada resultó más fatal para los habitantes de esta ciudad que su propia negligencia”, ya que no hicieron acopio de alimentos “ni de otras cosas de primera necesidad” que les habría permitido subsistir un tiempo prudencial.

Su afán observador, sobre todo efectuadas en las salidas de su casa, quedan registradas en este diario, pero hay cosas que son de uno, e intransferibles: “lo que escribí acerca de mis meditaciones lo he reservado para mi uso personal”, nos advierte y desea, incluso, que nunca se haga público, bajo ningún pretexto. Pero además de la observación, trata de ser coherente con sus ideas, sabe que la ciencia es la única que puede hacer algo, aunque sea poco por el momento. Un amigo médico, Heath, le recomienda tomar ciertas drogas “para prevenir la infección”.

A principios de agosto —consigna nuestro cronista—la plaga “se desencadenó con una violencia inaudita en el barrio donde yo vivía”. El médico Heath fue de la idea de quemar la habitación, con resina y pez, azufre o pólvora de fusil y otras materias semejantes, cuidando de tener cerrada la puerta o la ventana”. Luego empieza a haber faltante de mercadería, desabastecimiento: “carecíamos de carne, y la peste hacía tales y tan violentos estragos en los mataderos y entre los carniceros que en gran número vivían del otro lado de nuestra calle, que no habría sido siquiera imaginable cruzar la calzada para ir a buscarla”. Es más, lo reitera, “la necesidad de salir de las casas para comprar provisiones fue, en gran medida, la ruina de nuestra ciudad, pues en tales ocasiones las personas se contaminaban unas a otras, y hasta las provisiones quedaban a menudo infectadas”.

Cadáveres por todas partes
Los enterradores, que guiaban la carreta de los muertos, “registraban los bolsillos y despojaban de sus trajes a los muertos bien vestidos”. Nuestro narrador lo puede ver porque si bien confina a la familia, “no pude impedirme salir”, aunque no lo hace con tanta frecuencia como al principio. No es cuestión de tentar la suerte. Muchos se han suicidado, no han aguantado la presión, o se veían sin salida, “se disparaban un pistoletazo, se arrojaban por la venta”, se ahorcaban… “En su demencia, algunas madres daban muerte a sus propios hijos; otras simplemente morían de dolor, en un gesto de rebeldía, o de pánico otras, o de asombro, sin hallarse en modo alguno infectadas. Y otras, espantadas, caían en la imbecilidad, en la propia de los idiotas”.

Esta muerte es muy parecida a la muerte que sobreviene durante el síncope: “los enfermos morían en un sueño”.

Hay otros casos, empero, casos de “enfermeras asalariadas que, en vez de atender a los apestados, los trataban de un modo bárbaro, hambreándolos, asfixiándolos o apresurando su fin por otros medios criminales: es decir, asesinándoles”, pero todos estos están dentro de un cuadro general de robos y malas acciones que se perpetran día con día, perdido todo freno moral. En ese sentido, el narrador dice que “las mujeres eran las más temerarias, las más descaradas, las más insensatas”. Se emplearon como  nurses para cuidar enfermos “y cometieron gran cantidad de pequeños hurtos” (algunas que fueron descubiertas fueron azotadas); otras nurses dieron muerte a quienes cuidaban “por no haberles dado nada de nada”.

Pero seamos sinceros, en aquellas cosas “había más invención que verdad”. Los pobres, como desde siempre, son los más perjudicados. Desde el momento en que son infectados, “no tenían alimentos ni remedio, ni médicos, ni farmacéuticos, ni nadie que los socorriera, ni nadie que los cuidara”.

Hacia el 25 de julio, cuando cesan de repicar las campanas (de la iglesia Cripplegate), “había quinientos cincuenta decesos y más por semana: no se podía andar con formalismos para enterrar a nadie, ya lo hemos dicho, rico o pobre. Y después será peor, como anuncia este Diario, se llegará a las cuatro mil víctimas por semana.

La política indicada, dentro de los métodos de prevención del contagio, es como la que aplica el enterrador: “El no usaba preservativo alguno contra la infección, a no ser la ruda y el ajo que siempre iba chupando y el tabaco que fumaba. El mismo me lo contó. En cuanto a los remedios de su mujer, éstos consistían en lavarse con vinagre la cabeza y en rociar también con vinagre el pañuelo que se ponía sobre el cabello, de manera que éste siempre estuviese húmedo; y si los olores de su enfermo eran más fuertes que de ordinario, aspiraba vinagre y volvía a rociar su velo, y se tapaba la boca con un pañuelo empapado igualmente en vinagre”. Cuando uno veía que alguien se le acercaba, tanto en la calle como en el campo, la táctica general consistía en huir de él”.

Pero la realidad sobrepasa todas las expectativas, “muchos cuerpos recogidos en la ciudad, fueron enterrados en las afueras, por falta de lugar”. “Todos sabemos que muchas criaturas, golpeadas por la enfermedad y reducidas a la desesperación, se volvieron idiotas o melancólicas a la vista de su miseria y huyeron a los bosques o a los campos, a sitios secretos y extraños, para arrastrarse bajo un zarzal o un seto y morir allí”. “De ese modo muchos se fueron de este mundo sin que nadie lo supiera, y sin que los registros de mortalidad los tomaran en cuenta” (ahora sabemos que se están muriendo pero no podremos despedir ni ser despedidos ante la muerte inminente, y no habrá nada que nos redima de la soledad).

La ciudad desolada
La aritmética se transforma en progresión geométrica. “Cuando la infección llegó al extremo de que he hablado, muy pocos médicos se preocuparon por salir a visitar a los enfermos, y además muchos de los más eminentes murieron, así como gran número de cirujanos. Habíamos llegado a una época verdaderamente terrible, y durante un mes, o poco más o menos murieron, término medio, de 1500 a 1700 infelices por día, sin tener en cuenta las anotaciones de los obituarios”.

Lo peor fue a principios de setiembre, “cuando comenzaba a pensarse que Dios había resuelto terminar con el pueblo de aquella miserable ciudad”, como si fuera un castigo. Recoger los cadáveres es algo esencial, en esta circunstancia, y por ello había “un número tan grande de desventurados en busca de trabajo y pan”, y cuando uno moría “su lugar era ocupado por otro, que, gracias a la multitud de desocupados, no era difícil de encontrar”. Es entonces cuando todo es desolación, un tiempo sin esperanza.

La peste estaba en el aire, creían, y no había nada que hacer. Sobre el río Támesis más de diez mil personas retenidas por su preocupación estaban en los barcos “que se hallaban protegidas de la violencia del mal, viviendo de modo fácil y seguro”. Y para quienes no lo creen, aún, las diferencias sociales existen: “Mientras los ricos se embarcaban en navíos, la clase pobre se refugiaba en embarcaciones costeras: chalanas, gabarras, pesqueros”. Además, era patente la miseria deplorable en los barrios de marinos.

“Todo sentimiento de compasión se desvanecía”, también “el instinto de conservación parecía, en verdad, la ley primera”. Por ello niños abandonaban a sus padres, y padres a sus hijos, o bien “madres insensatas y delirantes que mataron a sus hijos”. “El peligro inminente de morir le arrancaba hasta sus entrañas al amor”. He aquí un ejemplo más: “una de las situaciones más lamentables en aquella calamidad fue de las mujeres encintas en el momento de las angustias y los sufrimientos (el parto, con “angustia y sufrimiento”, como si no pudiera ser de otra manera) sin poder hallar ayuda ni, por otra parte, comadrona ni vecina que la socorriera. “La mayoría de las comadronas había muerto, sobre todo las que cuidaban a los pobres”.

La barbaridad: “Muchas de ellas fueron aliviadas y mutiladas por la brutalidad y la ignorancia de las que pretendían entender de partos” (y no es necesario transcribir los ejemplos, drásticos, que hace el autor, puesto a no espantarse de nada). Incluso el rótulo (como el que señala el informe y la muestra): “Muertos en el parto. Aborto y nacidos muertos. Recién nacidos bautizados”, la categorización burocrática, de la misma manera que alguno podrá morir de “pena excesiva” (por la muerte de un ser querido, pero como si fuera una enfermedad, la tristeza o el dejarse ir).

Defoe volverá sobre el drama social, mostrándonos sin titubear su verdadera cara: “No hay razón alguna para dudar que la miseria de las madres que parían por entonces era realmente grande. Nuestros registros de mortalidad casi no echan luz sobre este asunto, pero lo aclaran un poco. Había más niños muertos de hambre, pero esto no era nada; la verdadera miseria empezaba cuando, muerta la madre y postrado todo el resto de la familia, los pequeños, faltos de nodriza, simplemente iban muriendo de inanición junto a los mayores”.

Entonces, continuando la linealidad de la peste, “De ahí que se nos ordenara matar perros y gatos y cuanto animal doméstico pudiera andar de casa en casa, de calle en calle, llevando en su piel o en su pelambre los efluvios de la enfermedad” (en una cifra que ronda en los 40 mil perros y 200 mil gatos), además de que de ratas y ratones “se destruyó un número prodigioso”.

Dice Defoe, o el narrador por su intermedio: “A menudo he pensado de qué modo, en los comienzos del azote, todo el mundo se hallaba desprevenido y cómo el desorden que siguió, y que habría de cobrarse tantas víctimas, provino, en parte, del hecho de no haber tomado a tiempo las medidas necesarias, tanto en el caso de la administración pública como en el de los particulares”, y esa es la vigilancia epidemiológica que los tiempos exigen.

Luego Defoe nos intercala la historia de tres hombres que salieron de Wapping “sin saber a dónde ir ni qué hacer” (uno hacía bizcochos, otro velámenes y el tercero era carpintero), como si con esa historia quisiera mostrarnos otro aspecto del tiempo de la peste, y además hacer un poco más interesante su diario, dotándolo de una acción a seguir. El primero, Jhon, había sido soldado y era hermano del segundo, Thomas, marino lisiado. Cuentan sus obligadas aventuras escapando de la peste donde se unirán a un grupo de trece personas que vienen de Londres.

Defoe volverá sobre el drama social, mostrándonos sin titubear su verdadera cara: “No hay razón alguna para dudar que la miseria de las madres que parían por entonces era realmente grande. Nuestros registros de mortalidad casi no echan luz sobre este asunto, pero lo aclaran un poco. Había más niños muertos de hambre, pero esto no era nada; la verdadera miseria empezaba cuando, muerta la madre y postrado todo el resto de la familia, los pequeños, faltos de nodriza, simplemente iban muriendo de inanición junto a los mayores”. Entonces, continuando la linealidad de la peste, “De ahí que se nos ordenara matar perros y gatos y cuanto animal doméstico pudiera andar de casa en casa, de calle en calle, llevando en su piel o en su pelambre los efluvios de la enfermedad” (en una cifra que ronda en los 40 mil perros y 200 mil gatos), además de que de ratas y ratones “se destruyó un número prodigioso”.

“Algunas semanas más tarde fue preciso impedir […] que la gente, desesperada por la calamidad que soportaba, invadiese los campos y las ciudades para arrasar con cuanto encontrara. Pero fue la violencia de la peste lo que en rigor la contuvo. Y esta nueva recaída en la enfermedad, fue “con tal encarnizamiento, que fueron a parar por millares a la tumba antes que —sublevados— a los campos”. De hecho, para impedir la huida en masa, sólo los jueces expedían certificados de salud para que uno pudiera pasar los controles, atravesar los pueblos y ciudades.

Pero los que no tienen suerte, que están acorralados dentro de las murallas de Londres, corren como locos por la calle, locos ya enfermos, con el mal dentro del cuerpo. El confinamiento general evitó que Londres se hubiera convertido en el sitio más terrible del mundo (hubiera sido peor de lo que fue), pero el registro de los fallecidos habla de más de 130 mil muertos más otros 100 mil muertos que no habrían quedado registrados.

En el peor momento de la epidemia “los hombres fueron inducidos por sus pasiones a excesos apenas creíbles”, pero la cifra de tres mil muertos en una sola noche (en dos horas, “entre la una y las tres de la mañana) podía hacerlos pensar que no había nada que hacer, que igual la muerte iba a llegar, y que tanto daba hacer una cosa o la otra, pero algo debía hacerse. Porque, los hombres “si supiesen que su muerte está cerca, rápidamente se reconciliarían”, dice nuestro narrador (no estoy seguro de ello).

El optimismo humanista del escritor inglés le hace creer en que “la visión de una muerte próxima, o de un mal que lleva en sí la amenaza de muerte, libraría a nuestro humor de los malos gérmenes, borraría las animosidades que existen entre nosotros y nos llevaría a ver las cosas con otros ojos”. Sin embargo, en consecuencia, “…cuando el terror de la epidemia disminuyó, las cosas volvieron a su curso ordinario” (esto es lo que vengo sosteniendo, que la pretendida “nueva normalidad” no es más que el capitalismo a control remoto, sostenido en el temor ciudadano y en el honor patriótico que no admite disenso). Sin embargo, como sostiene Defoe, “la muerte nos reconcilia a todos. Del otro lado de la tumba seremos nuevamente hermanos…”.

El doctor Heath, por ejemplo, “opinaba que a los enfermos podía reconocérselos por el aliento”, y “otro sabio opinaba que el aliento de la gente enferma podía envenenar y matar”. Lo cierto es que “la naturaleza del contagio era tal, que resultaba imposible descubrir este y evitar su propagación por medios humanos”. “Debido a que la gente le repugnaba el hecho de que la casa de sus vecinos pudiese estar infectada, pagaban, o mejor dicho, sobornaban a los empleados públicos para que señalasen las muertes bajo  rótulos inofensivos”, fórmulas fraudulentas para dar las disculpas del caso.

La purificación como haloterapia: “la iglesia íntegra parecía un frasco de olores”, porque se llena de hierbas aromáticas o balsámicas, y además de variedad de drogas, sales y esencias. Insiste, “nada tan sorprendente como ver con qué valentía la gente se entregaba al culto divino, justamente en esos momentos, cuando sentían horror de salir de sus casas por cualquier motivo. Insiste el autor en “exceso de población”, que a pesar de que su obra es de 1722, evidencia que ya se estaba hablando del aumento poblacional. De hecho el Ensayo sobre el principio de la población, como afecta al futuro mejoramiento de la sociedad con comentarios a las especulaciones de Mr. Godwin, M. Condorcet y otros escritores., atribuible a Malthus, es de 1798, y da muestra de que las inquietudes en este tema vienen de antes.

Otro aspecto, no menor, son las limosnas que se dan, que buscan suavizar la situación, pero que termina siendo nada más que una caridad de los más ricos como para quedar libres de conciencia, pero que no resuelve el problema. Y lo cierto es que el relato parece retratar lo que ha sucedido hace bien poco en algunos países de Europa, nos muestra como el azote parece ir disminuyendo, y se aflojan las precauciones, pero en realidad el rebrote se instala por la imprudencia de la gente (no aprendemos más): “allí donde la peste desplegaba toda su fuerza, la situación del pueblo era miserable y la consternación era indecible”. “Nada podía sacarles de la mente la idea de que la amargura de la muerte ya había pasado. Era como hablar en el desierto. Se reabrían las tiendas, y la gente iba y venía por las calles”.

Y por fin “la ciudad tenía un nuevo rostro, las maneras de los habitantes se mostraban distintas”. El autor lo dice bien claro y fuerte: “las costumbres generales fueron lo que habían sido antes”.

Algunos regresan antes de tiempo, se contagian y mueren. Al llegar el invierno, al revés que con este virus 2019-2020, “la mayoría de los enfermos se establecieron, y la ciudad comenzó a recuperar su salud”. Hasta mediados de diciembre todavía hubo “un centenar de muertos”. A decir verdad “tanta era la desidia de la gente en medio del peligro de contaminación y del pésimo estado sanitario, y tan poco inclinado se hallaba el pueblo a aceptar el parecer de quienes los ponían en guardia por su bien” (porque volvieron en masa a la ciudad, a repoblarla, o bien por recuperar bienes o el lugar social), que se infectaron, ya sin que les importara.

“Cabe considerar, en efecto (aunque las ocasiones de ayuda y los motivos de aflicción fuesen más frecuentes cuando la peste se hallaba en toda su violencia que cuando hubo pasado), que la miseria de los pobres fue, no obstante, innegablemente mayor, porque la general corriente de caridad se había entonces agotado”. Y las consecuencias  inmediatas: “los extranjeros no quisieron volver a admitir a nuestros barcos en sus puertos”, y por ello hay un comercio interrumpido, y las dificultades lógicas por ello.

Y luego hubo un abandono de cementerios y cadáveres desenterrados, “arrojados en cualquier parte” como estiércol o basura. También hubo abandono de médicos, médicos desertores, obligados a instalarse en otro barrio porque la gente los veía de mal modo, y en este caso expone ciertos casos (que pudo observar por sí mismo), o bien reflexiones escandalosa de parte del clero. En general, dice, hay un espíritu de contradicción y pelea, difamación y vituperación, nada demasiado distinto a lo que había antes. La clase dominante retoma el control, el poder. ¡Viva la nueva normalidad!

Casi un año después, “vi a Londres reducida a cenizas”, purgada por el fuego. Y luego viene la guerra con los holandeses, y el flotar de las naves fue una feliz violencia, mejor que la peste; la muerte se la podía enfrentar, al menos con reglas más o menos conocidas. “Aquel año tuvimos una guerra cruel contra los holandeses, y hubo una gran batalla en el mar en la que los Países Bajos fueron derrotados; nosotros perdimos muchos hombres y varios buques”.

Fue tan repentino, cuando la vida parecía destinada a seguir siendo azotada, que ya no hubo manera de separar la línea de frontera que devolvió la esperanza en la vida, ya que “fueran adonde fueren, encontraban mejorados a sus enfermos, o porque habían transpirado, o porque los tumores habían reventado, o porque los abscesos habían desaparecido, o porque la inflamación periférica había cambiado de color; la fiebre había disminuido, o el violento dolor de cabeza se había calmado…”. “El mal había perdido su fuerza; su malignidad se había agotado”.

(El diario del año de la peste, Daniel Defoe, Biblioteca Virtual Universal, 104 páginas)

 

Por Sergio Schvarz
Escritor, poeta, y ensayos breves.

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