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Enseñanzas en la agonía del nazismo

Ian Kershaw es la máxima autoridad en los estudios históricos sobre la Alemania nazi, su erudición y su lucidez, hacen de su obra un hito ineludible para transitar hacia el futuro de la civilización, ni más ni menos[i]. Su obra ha probado ser insuperable y enormemente útil para reflexionar sobre el presente y el futuro de la civilización, sobre la condición humana y sobre la repercusión social, psicológica, antropológica, de las grandes catástrofes sobre las personas. Se trata de su trabajo historiográfico o de análisis de la historia desde el punto de vista que Jürgen Habermas considera como “el uso público de la historia” [ii] y Enzo Traverso como la cuestión de la historia, la memoria y la política, es decir “la historia como campo de batalla”. 

Lic. Fernando Britos V.

En su libro “El Fin: la Alemania de Hitler 1944-45” Kershaw analiza en profundidad lo que sucedió en los diez meses transcurridos entre el fallido atentado contra Hitler del 20 de julio de 1944 y mediados de mayo de 1945, cuando los principales dirigentes nazis fueron arrestados y su gobierno disuelto. Abordó un asunto clave: ¿porqué no capituló Alemania en ese periodo cuando no había posibilidad alguna de ganar la guerra y se prolongó una orgía de muerte, violencia y crímenes exacerbados que tuvieron lugar en el mismo territorio del Reich?

El libro de Kershaw no es el único en abordar este periodo con intenciones más o menos similares [iii] pero la virtud del maestro es haber eludido el minucioso detallismo de la “historia militar” (que no está ausente sino que es el telón de fondo del drama) para centrarse en quienes representaron, murieron, vivieron y sufrieron, los últimos estertores del nazismo.

Alemania enfrentaba una guerra en dos frentes y estaba siendo francamente superada por los Aliados por un lado y por la Unión Soviética por el otro. En el Frente Oriental, la Wehrmacht y la Luftwaffe estaban siendo sobrepasadas en una relación de once a uno en infantería, siete a uno en blindados, veintiuna a uno en artillería de campaña y otro tanto en aviación. En el Frente Occidental los guarismos eran similares. El poderío militar alemán había sido descalabrado, su economía estaba destruída, sus ciudades en ruinas, los sistemas de comunicación devastados y los ejércitos enemigos se aproximaban a las fronteras del Tercer Reich.

Era una lucha sin esperanza alguna más allá de las fantasías delirantes cultivadas por Hitler, su corte y sus generales y fogoneadas por el aparato propagandístico dirigido por Goebbels. El delirio de las “armas milagrosas” (que serían capaces de contener y rechazar la invasión) y la supuesta división en el bando aliado que permitiría una paz separada con Gran Bretaña y los Estados Unidos para unirse todos contra la Unión Soviética.

El fracaso del atentado contra Hitler, el 20 de julio de 1944 [iv], fue elegido por Kershaw para enmarcar la agonía y desintegración del Reich, el principio del fin, porque produjo una radicalización notable: el poder del nazismo aumentó y se profundizó. La “guerra total” que Goebbels había proclamado en febrero de 1943 pasó a desarrollarse en suelo alemán.

En los diez meses que siguieron la Wehrmacht tuvo 2.600.000 bajas, el 49 % de las que había sufrido en los 4 años y medio anteriores de la guerra. El Ejército Rojo había arrollado a la Wehrmacht y le había producido el 75% de las bajas que esta había sufrido desde 1941. El 60 % de las bombas que cayeron sobre las ciudades alemanas lo hicieron en ese periodo. Más específicamente en los primeros cuatro meses del año 1945, los bombarderos ingleses y estadounidenses descargaron 471.000 toneladas de bombas sobre las ciudades del Reich, más del doble de las que habían sido lanzadas en todo el año 1943. Más de setenta años después se siguen encontrando bombas vivas, sin explotar, cuando se remueve el suelo de las ciudades alemanas.

Varios hechos marcaron el horror de ese periodo: la matanza de trabajadores extranjeros que en gran número habían sido llevados a Alemania y de prisioneros de guerra que cumplían trabajo esclavo; las marchas de la muerte en que los SS arrearon a cientos de miles de prisioneros sobrevivientes, desde los campos de concentración, hasta otros al interior de Alemania; la ejecución sumaria de miles de presos; el decreto de tierra arrasada de marzo de 1945.

Muchísimos civiles alemanes perecieron en esos diez meses, 400.000 víctimas de los bombardeos aéreos sobre las ciudades, 500.000 al huir del frente o al encontrarse entre dos fuegos. El pueblo alemán empezó a sufrir en carne propia lo que sus fuerzas armadas habían infligido a cientos y miles de comunidades en Europa y África.

La explicación dada por Kershaw a la interrogante de por qué la lucha prosiguió sin propósito estratégico alguno, sin esperanzas y con una furia autodestructiva semejante, se apoya en lo siguiente:  por un lado en el gran papel que las estructuras de poder jugaban en el Tercer Reich y las mentalidades asociadas al nazismo, el nacionalismo, el militarismo, el conservadurismo, configuradas bajo el liderazgo de Hitler.

Por otro, el desplazamiento de poder que se produjo hacia funcionarios del partido nazi y la insistencia de Hitler en encomendar tareas especiales a delegados específicos, que resultaron en una fragmentación y abandono de las reglas lo que permitió el aniquilamiento de cualquier oposición organizada, al tiempo que mantenía la autoridad del Führer pese a que su popularidad se había desvanecido. Se trata del terror total; lo que antes habían hecho en los países invadidos ahora se hizo en el interior del Reich.

También fue importante el apoyo de la cúpula militar, que había sido purgada de “traidores”[v] y se mantenía firmemente adherida a Hitler en su rechazo a cualquier idea de capitulación, a la manera de la que tuvo lugar en 1918, dando fin a la Primera Guerra Mundial. Ese retorcido “sentido del deber”  y la “obediencia debida” fueron empleados, más tarde, como excusa por los jefes militares para escapar de la horca. No fueron los primeros en intentarlo ni serían los últimos como se ha visto en los juicios a perpetradores de crímenes de lesa humanidad.

La oficialidad joven estaba muy imbuída por el nazismo y además crecientemente apática. Los soldados rasos estaban agotados y desmoralizados de modo que no tenían capacidad para rebelarse y paradójicamente, no solamente no bajaron los brazos ni se amotinaron contra los oficiales sino que siguieron luchando. Las razones de este fenómeno empezaron a estudiarse muy recientemente y es posible que en esa disposición desesperada haya influido no solamente el servilismo inculcado por la disciplina ciega sino la complicidad de los soldados con el pillaje sistemático a que las tropas alemanas se habían librado en los países ocupados y, en muchos casos, por su participación en la comisión de crímenes de guerra [vi].

Esto era especialmente cierto en el Frente Oriental donde los soldados temían por su participación criminal y eran bombardeados por la propaganda de Goebbels que magnificaba los horrores potenciales de “la invasión bolchevique” (violaciones masivas, saqueos, etc.). Sin perjuicio de que las violaciones a los derechos humanos realmente se cometieron en todos los frentes, por parte de todos los bandos, en el caso del frente germano-soviético la propaganda proyectaba como en un espejo macabro el terror que los alemanes habían sembrado y los soviéticos estaban dispuestos a vengarse. Operaron pues dos miedos paralelos: el terror nazi que se infundía contra los sospechosos de derrotismo y la resignación y el fatalismo por el miedo a la llegada de los soviéticos.

Las consignas de Hitler giraban en torno a la victoria total o la destrucción total y este fanatismo criminal se aplicó rigurosamente. La insistencia del Führer en vetar las retiradas estratégicas de las regiones colonizadas en el Este y en las llamadas “ciudades fortalezas”, como Breslau (hoy Wroclaw) no tenían un real sentido militar.

En esta ciudad polaca de la Baja Silesia, sobre el río Oder, se habían refugiado 200.000 civiles en febrero de 1945 y fueron obligados a permanecer en ella, como una especie de escudo humano, hasta que la ciudad fue arrasada. En varias ciudades de Polonia y Prusia Oriental los jerarcas nazis impidieron la retirada de los civiles y ellos mismos se fugaron, a último momento, por mar y aire para entregarse a los estadounidenses o los británicos. Cientos de miles de civiles alemanes murieron en una fuga desesperada y tardía hacia occidente (solamente en el Warthegau – una región de Polonia que había sido anexada al Reich – murieron 50.000 de hambre y de frío por las carreteras).

La cobardía de los jerarcas nazis y de muchos mandos militares fue notoria. De los 43 Gauleiters (los Jefes Provinciales del partido nazi) que se habían comprometido a combatir hasta la muerte solamente dos permanecieron en su puesto hasta el fin, los demás huyeron abandonando a la población civil y a la milicia de viejos y niños (la Volksturm) que militarmente carecía de valor. La cúpula nazi con Hitler, Bormann, Speer, Goebbels y Himmler junto con los altos mandos militares fueron los responsables de ese inútil apocalipsis.

Incluso después del suicidio de Hitler, el 30 de abril de 1945, su sucesor designado, el almirante Karl Doenitz, un nazi fanático, mantuvo la orden de seguir luchando contra los soviéticos, entre el 1º de mayo y el 7 del mismo mes cuando él y sus ministros fueron detenidos por los Aliados. En esa semana, los soviéticos hicieron 220.000 prisioneros y 1.600.000 después del 8 de mayo en que se produjo la rendición incondicional.

La continuación de esa lucha suicida no puede explicarse solamente por el terror. Los conspiradores del 20 de julio de 1944, eran altos jefes militares sin contacto alguno con la población y nadie los apoyó. Pero además, llovieron las donaciones en dinero para el nazismo y se multiplicaron los oficios religiosos, católicos y luteranos, agradeciendo a Dios el haber preservado la vida del Führer. De este modo, la clave del asunto no parece haber estado solamente en el flautista de Hamelin sino en los niños que lo siguieron.

Kershaw utilizó lo sucedido con Robert Limpert, en el pueblecito bávaro de Ansbach como ejemplo para analizar la forma en que se producían los acontecimientos y se expresaban actitudes contradictorias en los  momentos del desmoronamiento del régimen. Limpert era un estudiante de 19 años que había confeccionado y pegado en los muros unos volantes instando a los pobladores a la desobediencia civil y a oponerse a los nazis para salvar al pueblo de la destrucción. El ejército estadounidense se aproximaba rápidamente.

Ansbach estaba bajo la autoridad de un coronel de la Luftwaffe, Ernst Meyer, quien había obligado a los habitantes a levantar defensas anti tanque en los accesos. El 17 de abril Limpert fue visto por otros jóvenes, que eran de las Juventudes Hitlerianas, cuando cortaba unos cables telefónicos y lo denunciaron. Meyer dispuso que la policía lo detuviera, nombró un tribunal de emergencia integrado por tres policías que en 5 minutos resolvió condenarlo a morir en la horca.

A toda prisa, en la tarde, se armó un patíbulo en la Plaza del pueblo y Meyer en persona le colocó el lazo al cuello al pobre Limpert. Antes de que lo empujaran consiguió quitarse el lazo y escapar corriendo por algo más de una cuadra, la policía y algunos pobladores lo alcanzaron y lo trajeron de vuelta en medio de insultos, golpes y gritería. En el segundo intento la cuerda reventó y Limpert quedó tendido en el suelo. Meyer lo hizo levantar y como la tercera es la vencida el joven fue ahorcado. A continuación el coronel ordenó que el cadáver, con un volante en el pecho, se dejara colgando “ hasta que hieda”. Enseguida requisó una bicicleta y huyó del pueblo. Al otro día, de mañana, los estadounidenses entraron en Ansbach sin encontrar resistencia y bajaron el cuerpo de Limpert [vii].

Meyer no fue el único en huir. En el Frente Occidental se registró la deserción de 30.000 soldados alemanes, 20.000 de ellos fueron fusilados.

Plaza central de Ansbach

El ejemplo de Ansbach da cuenta de varios de los factores que Kershaw examina en su libro: un núcleo de nazis fanáticos, una estructura estatal obediente y todavía en funcionamiento y tal vez, lo más sorprendente una población complaciente que no hizo nada para impedir la muerte de su joven vecino ni para interferir en los espasmos finales de un regimen criminal al que algunos apoyaban. Ansbach tuvo la suerte de que el coronel Meyer fuera un cobarde y su huída hizo que el pueblo no sufriera la destrucción que aconteció en algunas poblaciones alemanas similares.

En el Frente Oriental se registró un terror aún mayor. En enero de 1945 el Ejército Rojo avanzó sobre Prusia Oriental. Las tropas soviéticas estaban dispuestas a tomarse venganza de los crímenes cometidos por la Wehrmacht . La propaganda nazi magnificaba los horrores y los rumores provocaron una estampida hacia el Oeste de cientos de miles de civiles alemanes que se mataban por subir a los trenes o a los barcos.

Entre tanto los prisioneros de los campos de concentración fueron obligados a las “marchas de la muerte”. En enero de 1945, 56.000 sobrevivientes de Auschwitz, la mayoría judíos, abandonaron el campo arreados por los SS. Dos mil fueron cargados en vagones abiertos. Sin agua, sin comida ni abrigo, los desdichados que se detenían eran rematados por los SS. Algunos agarraban nieve para calmar la sed. Más de 15.000 murieron en esa marcha. En enero y febrero los alemanes registraron más de 113.000 prisioneros en esas marchas, más de la tercera parte no sobrevivió.

Al pasar por algunos pueblos los habitantes les tiraban mendrugos de pan pero la mayoría les contemplaban con indiferencia y muchos les abucheaban, les escupían o les arrojaban piedras. En general les negaban comida y agua y en muchos casos les acorralaban cuando intentaban escapar. Cuando los soviéticos llegaron a Auschwitz, donde los nazis habían asesinado a más de un millón de personas, solamente quedaban 7.000 presos enfermos y medio muertos de hambre.

Aislado en su bunker Hitler seguía dando órdenes a ejércitos imnaginarios y ninguno de sus generales se atrevió a revelarle la verdad o a contradecirle. Cualquier vacilación merecía la pena de muerte. Goebbels, Bormann, el almirante Doenitz y los generales Keitel y Jodl siguieron junto a él hasta que se suicidó el 30 de abril. Himmler trató de salvar su pellejo negociando a través de Suecia. Speer se fue a Renania, a escondidas, a tratar de parar la orden de tierra arrasada que había lanzado el Führer en marzo.

La guerra estaba perdida y Hitler quería que el Reich desapareciera con él. Le había dicho a Goebbels que el pueblo alemán había demostrado que no estaba a su altura, que era demasiado débil y que merecía ser destruído.

Lo más interesante del trabajo de Kershaw es que dejó de lado las explicaciones acerca del empecinamiento auto destructivo basadas en la alta política, como la exigencia de los Aliados de rendición incondicional a la que los neonazis y derechistas actuales atribuyen el carácter de motivación para una resistencia a ultranza.

El historiador británico exploró las mentalidades y actitudes de los alemanes comunes. Para ello tomó en cuenta testimonios de simples soldados y generales, amas de casa y funcionarios públicos. Citó cientos de documentos oficiales, interrogastorios y sumarios llevados a cabo por los Aliados a las tropas de la Wehrmacht, correspondencia y diarios.

Según Kershaw la mayoría de los alemanes no resistieron porque hubieran adherido a la idea ultraconservadora de “la comunidad del pueblo” (Volksgemeinschaft) o porque se hubieran beneficiado del pillaje que se llevó a cabo en su nombre. Tampoco por el temor a la revancha por los terribles crímenes que todos sabían que se habían cometido (contra los judíos y los eslavos en particular) ni por el terror interno que desencadenó el régimen. Se trató de una combinación de todos esos factores, de mentalidades y de estructura de poder.

Generales que no eran nazis, como Gotthard Heinrici (1886 – 1971) pelearon con tanto ardor como los que eran nazis fanáticos, como Ferdinand Schoerner (1892 – 1973) . Algunos generales mascullaban desacuerdos o rezongaban contra el partido nacionalsocialista pero nunca hubo un motín civil o militar como los hubo en 1918.

Fuera del círculo inmediato de sus asesores militares – todos los cuales habían sido seleccionados por su fe en el genio militar del Führer – el carisma de Hitler era menos potente pero los generales continuaron dando y recibiendo órdenes en defensa de sus intereses personales (Hitler los había recompensado grandemente a todos con dinero, tierras y lujosas propiedades), por temor (tanto al enemigo como a su propio gobierno) y por un retorcido sentido del deber y del patriotismo.

La acción de los mandos militares germanos no podía evitar el desmoronamiento final pero Kershaw advierte que la incompetencia de los generales aliados les llevó a cometer errores, en el otoño de 1944, que le permitieron a Hitler eludir las peores consecuencias por un tiempo más.

El mariscal británico Bernard Montgomery (1887 – 1976), que ya había demostrado que no era una luminaria, la embarró en la operación aerotransportada de Arnhem y en la mal concebida operación para el cruce del Rin y el general en jefe estadounidense Dwight Eisenhower (1890-1969) dilapidó el impulso que siguió a la derrota de los alemanes en Francia al insistir en el avance en un frente demasiado amplio que dispersó las fuerzas angloestadounidenses, dificultó la logística y facilitó la contraofensiva alemana en las Ardenas (diciembre – enero de 1944). Por su parte los soviéticos habían tenido que tomar un respiro después de sus exitosas ofensivas de junio y julio de 1944.

Himmler, Goebbels, Speer y Bormann consiguieron movilizar a la sociedad alemana para un último esfuerzo, la “guerra total” pero ninguna defensa o contrataque habría sido posible sin la lealtad del ejército alemán. Como dijimos, el complot del 20 de julio de 1944 produjo un brote de simpatía por Hitler y los nazis lo explotaron para movilizar a la sociedad, para la militarización y para controlar todos los aspectos de la vida, apoyados por una sólida y experimentada maquinaria burocrática, manejada por funcionarios públicos y jerarcas que compartían con los generales su compromiso con el régimen.

Para los soldados, luchar se volvió una finalidad en si misma mientras los burócratas se concentraron en mantener los trenes circulando, suministrar raciones, reparar los daños de los bombardeos y ocuparse de los refugiados. En el Frente Oriental nadie necesitaba ser estimulado, el temor asl Ejército Rojo y  la culpabilidad por los crímenes y el pillaje que habían cometido eran suficiente aliciente para luchar.

Kershaw señala que todo se articulaba en Hitler. La estructura de gobierno que había creado hacía que todo dependiera de él y en la medida en que se aferraba al poder no había alternativa para reeemplazarlo. El Reich siguió funcionando porque había un núcleo de fanáticos sin futuro, leales a Hitler, que fueron capaces de dominar, imponerse y aterrorizar a las masas que estaban resignadas a un porvenir oscuro y doloroso. Al borde del colapso final algunos aspectos de la vida cotidiana seguían funcionando. El Bayern Munich siguió jugando al fútbol hasta una semana antes del suicidio de Hitler. La Filarmónica de Berlín dio un concierto cuatro días antes de la rendición final (el 8 de mayo de 1945). Los funcionarios públicos cobraron sus sueldos hasta el último día. Los diarios se imprimían, el correo funcionaba.

El Reich cayó bajo “el control de los desesperados” – dice Kershaw – pero se cometió el error de sobrestimar el grado de aclimatación a una deshumanización total que los alemanes comunes habían alcanzado. En los últimos meses del Tercer Reich – dice otro historiador británico, David Cesarani – los alemanes eran como una rana dentro de una olla con agua que se calienta de a poco: se cocinaron antes de que se dieran cuenta que había llegado el momento de saltar para afuera.

[i] Ian Kershaw nació en Inglaterra, en 1943, justamente cuando se había terminado la batalla de Stalingrado. Su padre era un mecánico que perdió su trabajo y se transformó en músico (clarinete y saxo) y su madre era obrera textil. Según Kershaw su familia nunca estuvo bien económicamente. La historia lo atrajo desde la escuela y llegó a la Universidad de Liverpool. Se doctoró en Oxford y se dedicó a la historia medioeval. Estudió alemán para abordar las guerras campesinas en la Edad Media europea y se interesó por lo que sucedía en Alemania. Entonces, poco después de los movimientos estudiantuiles de 1968, como el final de la Segunda Guerra Mundial no estaba tan distante le atrajo ver lo que sucedía con las secuelas de la contienda. En el verano de 1972, becado en Munich, se encontró con un ex-nazi que le dijo “ustedes los ingleses fueron muy estúpidos, deberían haber ido a la guerra como aliados nuestros, habríamos derrotado a los bolcheviques y nos habríamos repartido el mundo entre nosotros”. También le dijo que los judíos eran una peste. El encuentro conmovió a Kershaw, lo impulsó a dedicarse a estudiar el Tercer Reich. Abandonó la Edad Media y se incorporó al Departamento de Historia Contemporánea en la U. de Manchester. Enseguida fue invitado por el historiador alemán Martin Broszat, que dirigía el Proyecto Baviera, promovía la Alltagsgeschichte (historia de la vida cotidiana) y estaba desarrollando una historia del nazismo “desde abajo”. Desde fines de los 70 del siglo pasado, Kershaw produjo obras notables. Ya en este siglo (en el 2011) publicó The End: Hitler’s Germany 1944–45 (El Fin: la Alemania de Hitler 1944-45).

 

Por Lic. Fernando Britos V.

La ONDA digital Nº 943 (Síganos en Twitter y facebook

 

[ii] El Comité de Vigilancia sobre el Uso Público de la Historia (Comité de vigilance face aux usages publics de l’histoire, en francés) es una asociación francesa fundada en el 2005 y destinada a esclarecer la relación entre historia y memoria, creada por iniciativa de los historiadores Gérard Noiriel, Michèle Riot-Sarcey y Nicolás Offendstadt. Según ellos, los historiadores tienen un papel que asumir como ciudadanos. Su intención es cuestionar la lógica y la legitimidad de los actos conmemorativos, así como estudiar la forma en que se relacionan la historia con la política a través de las leyes de memoria histórica.

[iii]Recomendables son, entre otros, el de Fritz (Fritz, Stephen (2004) Endkampf: Soldiers, Civilians and the Death of the Third Reich, University Press of Kentucky) y de Bessel (Bessel, Richard ( 2009) Alemania 1945. De la guerra a la paz. Ediciones B, Barcelona).

[iv]El 20 de julio de 1944 el coronel conde Claus von Stauffenberg, que encabezaba una camarilla de oficiales de la Wehrmacht, colocó una bomba en la sala de mapas del cuartel general, donde Hitler se encontraba reunido con sus generales. La bomba estalló pero Hitler solo sufrió heridas leves. A resultas del fracaso del golpe de Estado que habían planeado fueron detenidas unas cinco mil personas, de las cuales unas doscientas fueron ejecutadas, varios de los complotados se suicidaron y los demás fueron siendo ejecutados hasta mayo de 1945.

[v]Los complotados eran miembros de la casta militar prusiana, rancios aristócratas que habían coincidido y participado de muy buena gana en las agresiones y crímenes cometidos por las fuerzas armadas alemanas en los primeros años de la guerra. Su objetivo estratégico se había empezado a configurar a partir del momento en que consideraron que la guerra no podía ser ganada y por ende apostaban a librarse de Hitler y sus secuaces para poder celebrar una paz por separado con Gran Bretaña y Estados Unidos, devolver Francia al gobierno de Vichy y retirarse a las fronteras de 1939, conservando el poder y algunas de las anexiones al Reich.

[vi]Estos aspectos son tratados, entre otros, por el historiador alemán Götz Aly (2005) en su libro Hitler’s Beneficiaries. Plunder, Racial War and the Nazi Welfare State.Ed. Holt, Nueva York.

[vii]  El 20 de abril de 1945, Limpert fue sepultado y en la ceremonia el Prof. Karl Bosl dijo que el joven había sido alumno suyo y dejó entrever que compartían las mismas ideas. Sin embargo, dos historiadores alemanes (Kedar y Herde) descubrieron hace poco que Bosl había utilizado la muerte de Limpert para blanquear su pasado nazi. En ese empeño contó con el apoyo de un oficial estadounidense, Frank Horvay,  que se encargó de su proceso de desnazificación. Bosl recibió certificados del ejército estadounidense que señalaban que había sido afiliado al nazismo solamente en forma nominal y que había integrado la resistencia clandestina. Todo era falso y el profesor de historia medioeval había sido un nazi activo que durante años enfrentó las acusaciones de quienes lo conocían invocando el documento estadounidense. Finalmente se eliminó el nombre de Bosl de la plaza y se quitó su busto de la Alcaldía. Al cumplirse setenta años de la muerte de Limpert se erigieron memoriales en Ansbach aunque hubo que vencer la oposición de algunos vecinos. 

 

 

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