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El relato lacallista de las tarifas en un fragmento de la historia de los relatos

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Tomás de Mattos decía que Flaubert contando una historia contaba la Historia. León Felipe se lamentaba que sabía todos los cuentos porque lo durmieron con todos los cuentos.

El relato de las tarifas que nos cuenta Lacalle Pou, incluye todos los cuentos que nos han contado para dormirnos pero la Historia lo cruza a las patadas.

Cuando la coalición multirreacción era oposición, hasta hace tres meses y monedas, contaba que iba a bajar las tarifas un 9% si ganaba las elecciones porque, según Lacalle Pou, el Frente Amplio pudo haberlas bajado otro tanto año tras año y no lo hizo.

Una vez que ganaron las elecciones, al día siguiente, cambiaron de cuento las tarifas, empezaron a exigirle al Frente Amplio que subiera las tarifas porque de lo contrario tendrían que subirlas ellos en cuanto asumieran.

Muy disimuladamente, a lo tramposo, sacaron el relato de las tarifas del cuento “Costo del Estado”, para incluirlo, enmascarado, en otro cuento, “La pesada herencia”. Lo llevaron al Gran Gignol y el primer premio de murga en carnaval es “Agarrate Catalina”. Alfie anunció el mismo día de los fallos, que los aumentos rondarían el 9 % a partir del miércoles, mientras mantienen en el cuento “La austeridad” congelar salarios y jubilaciones.

Nando Esponda, en su notable estudio “La herencia maldita y otros cuentos”, cataloga al que da título al “libro”, en “literatura fantástica”. El catálogo incluye literatura gauchesca, “Historia universal del atraso cambiario” y literatura de terror, “La gallina desplumada”, éste último referido a la inversión pública, aunque, puntualiza Esponda, “presentando una solución: un recorte de 900 millones de dólares de ‘gasto público’. La conjunción entre la magnitud del recorte y la proposición de no tocar las áreas de educación, salud y seguridad, han hecho que algunos críticos la ubiquen como un exponente de literatura fantástica, aunque de baja factura técnica, ya que la unión de estos extremos es tan ambiciosa que por momentos se pierde lo que Coleridge llamaba “la suspensión de la incredulidad”, un elemento fundamental en este rubro literario y que tan presente tenían Borges y Cortázar al elaborar sus cuentos fantásticos”.

Y aún faltan en el catálogo el subgénero específico del fascismo, el relato terrorista, al que recurre la coalición multirreacción en “Doctrina de la seguridad” y el relato épico, político por excelencia, “La desocupación”, entre otros.

EL ÉXITO NARRATIVO DE LOS MEDIOS
Un relato consiste mínimo en un sujeto que enfrenta obstáculos interpuestos por un enemigo. Se lo puede complejizar en toda su extensión imaginaria, agregando muchos otros elementos, pero el éxito de los medios corporativos al imponernos sus relatos radicó en la creación del enemigo. Lograron imponer un antifreampleamplismo que prácticamente se mimetiza en la secular creación de anticomunismo con su valor potenciado de trabajo muerto.

Tienen una enorme ventaja: son dueños de todas las editoriales que publican los cuentos, mientras apenas los enfrentan mimeógrafos a planograf, pero tienen una gran dificultad: es muy difícil convencer cuando no se tiene razón.

Careciendo por completo de la fuerza de la razón, ganaron porque consiguieron entrar en los mimeógrafos populares el caballo de Troya. El imperialismo diseñó los relatos de la coalición multirración, todos enfocados en la creación del enemigo Frente Amplio y además los no relatos del propio Frente Amplio, en cuyo discurso ni siquiera se asomó la palabra “imperialismo”, rigurosamente censurada a cal y canto. Si no hay enemigo no hay relato. Si ni siquiera lo podés nombrar no lo podés asumir, te quedás sin épica, sin política, sin palabras y sin hechos.

La coalición multirreacción supo siempre señalar un enemigo concreto que interponía obstáculos, “déficit fiscal”, “gasto público”, “inseguridad”, “atraso cambiario”, “huelgas y ocupaciones”, “apariencia delictiva”, “corrupción”, “pesada herencia”, etc, etc…

Y en verdad el Frente Amplio es enemigo del imperialismo y de la oligarquía. Lo que hicieron fue transponer, por la trampa, los intereses imperialistas a muchas subjetividades de capas medias y hasta de clase obrera, con relatos amañados, antiguos (de alta rotación histórica), atávicos, desde el laminado imperialístico de la superestructura cultural en su categoría más capilar y de sistema nervioso periférico.

Escribieron para ellos una verdad mediatizada, el antifreamplismo imperialista trasladado a fuerza social de medio país, suicidada en sus propios intereses por la narrativa imperial y escribieron para nosotros verdades a medias, que son mentiras, porque sin nombrar al imperialismo no es posible decir nada cierto en la política de este siglo, ni del anterior ni del anterior al anterior.

TARIFAS Y CORRUPCIÓN
Con el relato de las tarifas, en el cuento titulado “Pesada herencia”, entre una constelación de relatos que construyendo “obstáculos” interpuestos al sujeto, construyeron principalmente al enemigo, van preparando el terreno para el género policial, porque van a seguir construyendo antifrenteamplismo con el “obstáculo” de la “corrupción”, desde las “auditorías” y las fake.

¿Qué es corrupción? ¿qué se corrompe? Podría pensarse en principio que es la «corrupción de lo humano», en una concepción roussoniana, de que la condición humana es responsable y solidaria, no indiferente, no anula su posibilidad de aportar a impedir el fascismo, por ejemplo. Según Rousseau a la condición humana la corrompe la sociedad, pero no es ése el uso que le dan las corporaciones a la palabra corrupción.

El uso que le dan proviene de «corrupción de las buenas costumbres» (de las costumbres del capitalismo, por supuesto). En ese sentido siempre el pueblo, como categoría política, ha tratado de ser lo más corrupto y corruptor posible y también corrosivo. Corromper y corroer el capitalismo es de lo mejor que puede ir haciendo.

Varios importantes compañeros del PT brasileño y del kirchnerismo argentino, por ejemplo, están presos por eso, porque los jueces adoctrinados en USA no les perdonan haber corrompido y corroído el capitalismo en su fase actual, el imperialismo, al punto de haber hecho crecer empresas públicas y privadas brasileñas y argentinas que compitieron con las yanquis.

Tampoco les perdonan haber integrado en el bloque de poder popular a burgueses nacionales, que tienen contradicciones con Wall Street y que aportaron financieramente al partido del pueblo en sus variadas organizaciones, tal como los oligarcas y la banca imperialista aportan sin que nadie hable de corrupción (porque esa es una buena costumbre) a todos los partidos de derecha, pero mucho más dinero.

Para empezar una campaña electoral con cierta chance de ganar en este sistema, tenés que contar con millones de dólares. Es una elección de mercado y los medios son ajenos como las vaquitas de Atahualpa. Cualquiera entiende que se debería ser condescendientes con el sentido común creado por esos medios porque las masas que atrapa con su construcción de narrativa no están en condiciones de discernir.

Lo mejor en el mano a mano entre vecinos es hablar de «corruptela, atornillos, etc» (con los casos puntuales mediatizados que no escapan al poder mediático de reversión), pero eso no se condice con la “alfabetización política del pueblo” que pide, con razón, el fraile domínico Frei Betto.

El imperialismo, como se sabe, es el único que participa honradamente de las reglas del juego del comercio mundial, por eso Bolsonaro nombró un Chicago boy a la cabeza de Petrobrás, Castello Branco, de insigne apellido golpista del 64 lo mismo que el vivepresidente Mourao. Es el penúltimo capítulo del Lava Jato (O mecanismo de Netflix), la operación narrativa para imponer los intereses yanquis destruyendo los nacionales brasileños y alternativos como los de las empresas francesas y suecas que Bolsonaro ya está reemplazando por yanquis, ya sin necesidad de someterlas a un operativo Odebrecht ni mucho menos a la tierra rasa en Libia para que las empresas brasileñas no pudieran continuar expandiéndose en el norte de Africa.

Por eso, además, Lacalle Pou nombró Canciller a otro Chicago Boy, Ernesto Talvi y Director de Planeamiento y presupuesto a un maestro de éste, Isaac Alfie, ambos discípulos de Ramón Díaz, vicario de Milton Friedman.

El mayor error de la izquierda sudamericana en general, durante el más reciente avance de nuestra historia, comenzado por Hugo Chávez, el primero del ciclo de gobiernos que marcó y sigue marcando dos décadas en América la Nuestra, es la corrupción, pero la corrupción de la izquierda es todo lo contrario a lo que el relato imperialista dice que es.

La corrupción es haberse quebrado ante las cámaras de televisión. No haber aprovechado cada oportunidad de debate político en los medios masivos para atacar precisamente el poder plutocrático de esos medios que impiden el avance democrático. No haber dicho la verdad, no haberle tenido confianza a la masas que hubiesen entendido perfectamente el sustrato de las campañas narrativas contra los gobiernos populares, para empezar, porque ahí, precisamente en el arranque hubo que frenar la mentira, la idea que impusieron en la sociedad de que la izquierda es corrupta por hacer contra los yanquis.

La izquierda resistió muchísimo mejor la tortura fascista que el aprete de las televisoras panamericanistas. Y se sigue quebrando cada vez que la enfocan las cámaras y, lo que es peor, cada vez que enfoca cámaras propias, públicas, que, desde un gobierno de izquierda, usó perversamente a favor siempre del imperialismo, a excepción sudamericana del chavismo.

La democratización de los medios y de los poderes judiciales no debe volver a faltar del programa real de la izquierda de nuestro continente, porque de lo contrario nunca vamos a tener relato propio.

Y el debate interno debe hacerse en serio, en nuestros medios y en nuestras estructuras, nunca ante las masivas del enemigo, como se acostumbraron a hacer, canallescos, ventajeros, a veces quebrantados por la potencia de ese modus operandi, muchos de nuestros dirigentes. Sobre todo porque esa tentación con tantas recaídas debilita toda posibilidad de volver a vivificar estructuras de poder popular, que impulsen narrativa propia.

Nadie puede decir que el nuevo gobierno es puro verso. Tiene mucha narrativa de la peor. Y nosotros estamos por ver.

Veamos lo positivo. El imperialismo siempre usó la razón de la fuerza como su fuerza de la razón porque otra verdad demostrable no tenía. Cuando invadió Irak, por ejemplo, lo hizo porque “Hussein tenía armas de destrucción masiva” que era obvio no tenía (las hubiese usada en su guerra de ocho años contra Irán), que ni siquiera se tomaron el trabajo de plantarle cuando los yanquis entraron a Bagdad, porque el relato era “lo hacemos porque podemos, porque tenemos la fuerza para hacerlo, porque supusimos que tenía un arma o porque nos sirvió un mate frío aunque estuviera caliente.

Ahora no tienen ninguna verdad demostrable, ni siquiera la razón de la fuerza para invadir a Venezuela con éxito.

Por José Luis González Olascuaga
Periodista y escritor uruguayo

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