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CINE | “1917”: La aberración de la guerra

El inenarrable horror de la guerra como expresión de intolerancia, exacerbada violencia y alienación colectiva es el traumático núcleo temático de “1917”, el tan impactante como removedor film del realizador británico San Méndes, que obtuvo tres premios Oscar en las categorías Mejor Fotografía, Mejores Efectos especiales y Mejor Mezcla de Sonido.

 Este cineasta, que saltó a la fama con la galardonada “Belleza americana” (1999) y contribuyó a la resurrección del agente secreto James Bon 007 con “Skyfall” (2012)  y “Spectre” (2015), alcanza ahora su verdadera cima creativa con una película que destacada particularmente por la profundidad de su abordaje y la perfección de su formulación estética.

En muy buena medida, “1917” puede ser extrapolable con algunos hitos fundamentales del cine bélico, como la excepcional  “La patrulla infernal” (1957), del maestro Stanley Kubrick, la formidable “La delgada línea roja” (1998), de Terrence Malick, y hasta “Cartas de Iwo Jima” (2006), de Clint Eastwood, sin soslayar, por supuesto, a la estremecedora pero no menos genial “Apocalipsis ahora” (1980), de Francis Ford Coppola.

Al respecto, esta nueva propuesta cinematográfica tiene algunos signos de identidad característicos de estos cuatro títulos referentes, porque presenta a la guerra como una auténtica coreografía de la violencia y un infierno indeseado que devora vidas y sepulta sueños.

Como en los films antes mencionado, los soldados están alejados del prototipo del burdo y acartonado héroe del celuloide que tan buenos réditos le rindió al cine de industria de Hollywood.

En efecto, los protagonistas de esta historia que está inspirada en hechos reales adaptados al formato cinematográfico, son seres humanos de carne y hueso agobiados por el miedo que intentan, ante todo, sobrevivir. Incluso, muchos de ellos no comprenden por qué han sido enviados al frente de batalla.

En cambio, otros –gobernados por la más rampante de las alienaciones- actúan como verdaderos autómatas, motivados por el odio a un enemigo que no siempre conocen.

En efecto, “1917” narra una historia de supervivencia en condiciones extremas, reconstruyendo la peripecia de dos soldados británicos en territorio francés – Blake (Dean-Charles Chapman) y Schofield (George MacKay)- quienes deben recorrer un largo trecho por las atestadas trincheras para advertir a sus compañeros que van directamente hacia una emboscada preparada por las tropas alemanas.

El objetivo es entregar una carta al Coronel Mackenzie (Benedict Cumberbatch), con la orden de cancelar una ofensiva contra el ejército enemigo, que planea la realización de una retirada táctica con el propósito de contraatacar. Lo que está en juego es nada menos que la vida de 1.600 soldados, entre ellos la del hermano de uno de los mensajeros.

En realidad, la misión es de alto riesgo, porque nadie parece estar advertido del peligro inminente. Además, para llegar hasta el oficial de narras, en determinado momento estos hombres deberán transitar en campo abierto, ponerse en la línea de fuego de los alemanes y jugarse la vida.

Rodada en un plano secuencia que transforma al espectador en una suerte de coprotagonista y maximiza el impacto visual de lo que está sucediendo, “1917” es una suerte de pesadilla que evoca al propio infierno de “La Divina Comedia”, del poeta italiano  Dante Alighieri.

En ese contexto, abundan los calcinados cuerpos inertes diseminados en el campo de batalla, los miembros amputados y los gritos desesperados pidiendo auxilio, en un demencial paisaje de hecatombe.

Como en toda guerra, aquí no hay buenos ni malos. En todo caso, todos son víctimas propiciatorias de la ambición desmedida, del abuso de poder y de la mezquindad de la política.

Por supuesto, mientras quienes toman las decisiones balconean el genocidio desde muy lejos, los que padecen son los soldados, urgidos más por salvar sus vidas que por erigirse en héroes.

Obviamente, ante los absortos ojos del espectador se recorta una dantesca escenografía de tierra arrasada, de gigantescos zanjones y trincheras atestadas de cadáveres en putrefacción y de ratas por doquier. Naturalmente, la muerte se huele en el aire.

Evidentemente, se trata de una guerra sin cuartel y sin eventual espacio para la reflexión, ya que los contendientes ni siquiera están capacitados para apreciar o retribuir un gesto de piedad.

En efecto, todo es furia y odio, como si estos hombres hubieran sido vaciado de afectos, sentimientos y de todo resquicio de humanidad, ante la emergencia de preservar sus vidas.

Si bien los actores centrales de esta descarnada peripecia son estos  infortunados soldados enviados por sus mandos al matadero, hay otros agonistas que padecen tanto o más que ellos.

Sin embargo, en este caso el verdadero protagonismo reside en ese paisaje de tragedia que tan magistralmente registra la fotografía del especialista Roger Deakins, secundando por la sugerente y magistral banda sonora de Thomas Newton.

Naturalmente, a estas intrínsecas virtudes se suma un montaje realmente de excepción, con un realismo que conmueve y trasunta la dimensión de la tragedia.

Más que un film propiamente bélico, “1917” es un drama de hondas connotaciones humanistas, que – más allá de la mera ferocidad de la guerra- rescata igualmente la sensibilidad.

No en vano, algunos analistas consideran a esta película una suerte de alegato pacifista, que denuncia, a la sazón, una de las peores aberraciones paridas por el homo sapiens: la guerra.

“1917” es un título referente del género, que si bien contiene abundantes secuencia de acción, explora particularmente las emociones humanas sometidas a situaciones límite, el miedo y los límites de la resistencia a la barbarie.

Al margen de dos o tres plausibles interpretaciones protagónicas y de un envaso cinematográfico de excepción, lo que sobresale es particularmente la dirección de actores y la excelencia de la construcción narrativa, en una película que, a nuestro juicio, debió merecer mayor atención de la Academia de Hollywood, más allá de la justicia de los galardones otorgados a la magistral obra maestra coreana “Parásitos”.

Por Hugo Acevedo  (Analista)
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