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Trump: “Nuestra economía está mejor que nunca, nuestro poder militar no tiene parangón en el mundo“

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Hace un año, en febrero del 2019, el Departamento del Tesoro anunció que la deuda pública de los Estados Unidos había superado los 22 millones de millones de dólares (más de 22 trillones, en inglés). Un poco más que el Productos Interno Bruto norteamericano, estimado en 21 millones de millones. Dos millones de millones más, desde que el presidente Donald Trump asumiera el poder, en 2017. Un año después, en febrero de este año, le había agregado otro millón de millón más.

La deuda actual supera los 23,2 millones de millones de dólares. Con Trump reduciendo los impuestos –sobre todo a las grandes corporaciones– y con el gasto público aumentando –sobre todo para financiar un vasto programa de rearme– las previsiones son de un aumento del déficit de 1,2 millones de millones por año, en los próximos diez años. Abundan, sin embargo, las advertencias de que esa tendencia es insostenible.

Desde luego, de economistas prestigiosos, como Joseph Stiglitz, premio Nobel de Economía. Pero también de los más diversos medios norteamericanos y extranjeros y de consultores del mundo financiero. Advertencias que no fueron tomadas en cuenta en el extraordinariamente optimista informe sobre el Estado de la Unión, que Trump presentó al Congreso la semana pasada.

La envidia de todos
En agosto del año pasado Stiglitz volvió a criticar la economía deficitaria de Trump. La Reserva Federal, presionada por el mandatario, acababa de revertir su política de volver a subir lentamente la tasa de interés hasta niveles “más normales”, después de años en los que la mantuvieron prácticamente en cero, durante el gobierno de Obama

Si durante su gobierno Obama redujo la tasa de interés de 5,25% a prácticamente a cero para hacer frente a la crisis de 2008, y eso tuvo poco impacto en la economía, ¿por qué deberíamos pensar que bajar las tasas en 0,25% tendrá algún efecto observable?, se preguntó Stiglitz.

En su opinión, Estados Unidos debería estar en auge con las medidas de estímulo fiscal de Trump: la reducción de impuestos de 2017 –que benefició principalmente a multimillonarios y corporaciones,– y las dos autorizaciones sucesivas para aumentar el gasto del gobierno en más de 300 mil millones de dólares, para que el gobierno pudiera seguir funcionando.

Si se necesitan déficits anuales de billones de dólares para mantener la economía de los Estados Unidos funcionando en tiempos de bonanza, ¿qué se necesitará cuando las cosas no estén tan bien?, dijo Stiglitz.

Los recortes impositivos de Trump, reduciendo de 35% a 21% la tasa impositiva de las grandes corporaciones, representó 1,5 millones de millones de dólares de ingresos para las empresas y una reducción similar para el gobierno federal.

La visión de Stiglitz sobre el estado de la economía norteamericana es gris: su crecimiento, que en el primer trimestre del año pasado fue de 3,1%, el segundo cayó a 2,1%. El promedio de horas trabajadas en el sector manufacturero, en julio, se había reducido al nivel más bajo desde 2011. Los salarios reales estaban solo ligeramente por encima del nivel de hacía una década, cuando comenzó la recesión; y la inversión real, como porcentaje del PIB, seguía muy por debajo de los niveles de fines de la década de los 90.

Una visión muy distinta a la presentada por Trump en su discurso sobre el Estado de la Unión.

Pese a las promesas

La deuda pública de los Estados Unidos ha crecido sin parar, pese a las promesas de campaña de Trump de que la iba a reducir. Ya con Obama la deuda venía creciendo de forma acelerada y lo ha seguido haciendo con Trump, que había acusado a su antecesor de haber llevado el país a la bancarrota, cuando le entregó el gobierno con una deuda de unos 20 millones de millones.

Una deuda que se había duplicado durante los ocho años de gobierno de Obama, pasando de 10,6 a casi 20 millones de millones. La recesión del 2008 y las medidas adoptadas para enfrentarla tuvieron su impacto. Pero el déficit creció mucho más gracias a otros factores, entre ellos dos guerras: las de Irak y de Afganistán. Además de los costos de la Seguridad Social y del programa Medicare para la atención de millones de norteamericanos que no tenían seguro médico.

Trump dijo, en agosto del año pasado, que las nuevas tarifas a las importaciones de bienes a los Estados Unidos iban a permitir pagar enormes sumas de esa deuda. Pero prácticamente ningún analista muestra demasiado optimismo sobre este punto, ni comparte el optimismo del presidente sobre los efectos de la guerra comercial con China que, en opinión de Trump, Estados Unidos va ganando.

Tampoco ha ocurrido el crecimiento de la economía de 5% o 6% que congresistas republicanos defendían en el congreso gracias a la reducción de impuestos a las empresas y, si bien Trump reivindica la menor tasa de desempleo de cualquier otra administración norteamericana, para Stiglitz eso apenas enmascara la fragilidad económica del país, entre otras cosas porque la tasa de empleo para hombres y mujeres en edad de trabajar, a pesar de haber aumentado, lo hace más lentamente que durante la recuperación de tiempos de Obama. Y es considerablemente inferior a la de otros países desarrollados.

El aspirante a la candidatura demócrata a la presidencia de la República, el senador Bernie Sanders, también anunció una respuesta a Trump, en las primarias de su partido en New Hampshire.

El año pasado Sanders hizo lo mismo y si bien afirmó que el desempleo –entonces de 4,1%– era el más bajo en años, la creación de empleo era la más baja desde 2010.

Pero, sobre todo, destacó que, ajustando a la inflación, los trabajadores norteamericanos habían obtenido un incremento salarial de solo cuatro centavos la hora, 1,6 dólares por semana. “Los ricos continúan a hacerse mucho más ricos, mientras millones de trabajadores norteamericanos tienen dos o tres empleos solo para mantener la cabeza fuera del agua”, aseguró.

Deudas y más deudas
Las enormes cifras barajadas en el debate sobre la economía norteamericana no facilitan la discusión. Son difíciles de imaginar. La deuda pública, de poco más de 23 millones de millones de dólares, representa ya más de 100% del Producto Interno Bruto norteamericano y está en el centro del debate.

En un artículo publicado en julio del año pasado, Anneken Tappe, de CNN Business, estimaba que se trataba de una deuda manejable, que la economía se mantenía saludable, aunque reconocía la preocupación de los inversionistas por el llamado “doble déficit”, el fiscal y en cuenta corriente, alimentado por el déficit comercial.

Pero –agregaba– la situación de la deuda de las corporaciones norteamericanas no es mucho mejor. Con las tasas de interés prácticamente en cero, el incremento de los préstamos bancarios ha elevado esa deuda a niveles sin precedentes, de 74% del PIB. A esto se suman otros 14 millones de millones, deuda de los hogares norteamericanos en hipotecas, tarjetas de crédito, deudas estudiantiles y otras, todas alimentadas por las bajas tasas de interés y el bajo desempleo.

Las hipotecas representan la mayor parte de esas deudas, mientras las estudiantiles –que es la que ha crecido más sosteniblemente– alcanzan 1,5 millones de millones de dólares y las de tarjetas de crédito suman 13 mil millones. Todo junto representa otros 76% del PIB, aunque esa deuda es ahora inferior al 100% que alcanzó en 2009.

La deuda norteamericana aumentó 750% en los últimos 30 años, destacó la analista financiera Kimberly Amadeo, citando cifras del Tesoro. Por ahora, el gobierno se beneficia de las bajas tasas de interés. Pero, ¿podría mantener sus déficits fiscales cuando esas tasas suban?, se preguntó Amadeo. ¿Y por qué deberían mantenerse bajas, cuando se hace cada vez más evidente que ese crecimiento es insostenible?

Por Gilberto Lopes
Escritor y politólogo, desde Costa Rica para La ONDA digital
gclopes1948@gmail.com

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