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Orígenes de la agresión y tratamiento: contribuciones de la psicología
Por Lic. Fernando Britos V.



En los artículos anteriores de esta serie exploramos el abordaje de la violencia interpersonal, doméstica y de género, por las ciencias sociales y de la salud, en las últimas décadas. Apuntamos a las limitaciones de la psiquiatría, la sociobiología y el feminismo clásico para explicar este viejo flagelo de la sociedad y su actual recrudecimiento. Explicamos el papel de un trastorno de personalidad, comúnmente subdiagnosticado, el trastorno límite de personalidad (TLP) o borderline y las teorías psicológicas que apuntan a su comprensión.

Ahora retomaremos el camino de la psicopatología para enfocarnos en la contribución de la psicología a la prevención y el tratamiento de la violencia doméstica. Veremos el aporte de la teoría del aprendizaje social y sus limitaciones y avanzaremos sobre la teoría de las relaciones objetales.

Todos los problemas complejos tienen una respuesta sencilla que, además, es falsa.

El eminente profesor de Stanford, Albert Bandura, ha sido la figura de transición entre el conductismo y la llamada psicología cognitiva. En las últimas décadas del siglo pasado, Bandura formuló y fue retocando la teoría del aprendizaje social (TAS). Apoyándose en los experimentos sobre agresividad, con animales y humanos advirtió que los adultos eran los modelos de agresión más efectivos y los niños que los contemplaban los que resultaban más influidos por esas conductas.

Pronto vio que castigar a los niños por manifestar agresividad solamente servía para inhibir dicha agresividad en presencia de los padres y para disimularla de modo que aflorara cuando estos no estaban presentes. Aquellas primeras investigaciones señalaban que los adolescentes agresivos habían tenido padres que reprimían severamente la agresividad en el hogar. De allí resultaba una paradoja: esos padres habían obtenido justamente lo que trataban de evitar.

PARTE ll – En el primer artículo de esta serie abordamos antecedentes en investigación sobre violencia doméstica, especialmente a través de la obra del canadiense Donald Dutton 1; las crisis catastróficas en relaciones de pareja que hemos denominado de “tierra arrasada” y la necesidad de comprender a los perpetradores, en particular a los que podrían padecer el trastorno límite de personalidad (TLP) o borderline.

Ahora retomaremos el hilo para trabajar sobre la “personalidad abusiva”, sus características y su papel en la violencia interpersonal, la violencia doméstica y otros crímenes que suelen englobarse en esas categorías. La violencia interpersonal, incluso la violencia en las relaciones de pareja, figura entre las cuestiones más cargadas de prejuicios y preconceptos. Entre ellos, la violencia aparece como ejercida, casi exclusivamente, por los hombres sobre las mujeres pero las investigaciones han demostrado que el abuso también se manifiesta con tanta incidencia en parejas lesbianas como en parejas heterosexuales, que las mujeres pueden ser tan abusivas como los hombres, que las situaciones que incluyen ruptura o abandono, real o simbólico, en una relación pueden desencadenar la ira y la violencia indistintamente según el género y que el resentimiento puede surgir desde lo profundo sin relación aparente con las situaciones de la cotidianeidad.


Apoyándose en estas observaciones y en estudios sobre aprendizaje con animales de laboratorio, así como de la observación de animales en libertad, etólogos y psicólogos sociales establecieron la teoría del aprendizaje social (TAS) para explicar la adquisición de hábitos, conductas reiteradas y formas de hacer las cosas. Desde esta perspectiva, la violencia y el abuso físico es un hábito adquirido por observación como una forma aprendida para enfrentar y manejar las tensiones que se desarrollan en los grupos humanos.

En sus orígenes este era un esquema típicamente conductista. El éxito refuerza el hábito y como las pautas de refuerzo de las conductas agresivas observadas es intermitente se registra el máximo refuerzo. Para el conductismo, primitivo y mecanicista, no existe refuerzo más potente que el que se produce por intermitencia (es decir no en forma continua sino alternada). Según estos psicólogos si fuese posible comprender cuales son los disparadores de la violencia y los refuerzos que hacen posible la adquisición del hábito, este último podría ser «desactivado» o modificado [i].

Para la teoría del aprendizaje social  en los orígenes de la agresividad se incluyen las primeras experiencias infantiles, ya sea mediante la observación de la violencia llevada a cabo por otro o bien por el refuerzo que implica desarrollar una conducta violenta. El hecho de que a través de los noticieros de televisión, de las series y películas de la pantalla chica sea posible observar un aluvión de escenas violentas, crímenes sangrientos y abusos de todo tipo por seres más fuertes sobre otros más débiles, llevó a muchos investigadores a tratar de probar que la exposición a esa violencia mediática a que se ven sometidos los niños era el disparador de la violencia doméstica o criminal en el adulto. Los resultados fueron y han seguido siendo ambiguos o infructuosos. Intentaremos explicar las razones de estos fracasos.

Hace casi un siglo se había levantado un dedo acusador, por incitación a la violencia, contra las historietas (los «comics») que a través de sus héroes y villanos eran la masiva expresión gráfica de la violencia. También recibieron su dosis crítica, como ejemplos perniciosos, las películas de el Gordo y el Flaco o Los Tres Chifladoscon su comicidad burda de golpes y porrazos. Hoy en día el mismo dedo acusador se vuelve contra los videojuegos, algunos de los cuales son muestras de alta tecnología de la violencia física y psicológica, destructiva y autodestructiva, concebidas para evitar el control parental.

Como ha dicho Umberto Eco es ingenua tontería pensar que evitando regalar juguetes bélicos o armas a los niños (o si viene al caso alejándolos terminantemente de esos videojuegos) se consigue alejar o disminuir el riesgo de guerras y agresiones.

Las perogrullescas relaciones entre la violencia física y la violencia simbólica generalmente se apoyan en falacias lógicas (por ejemplo la relación de causalidad entre dos fenómenos que se producen sucesiva o simultáneamente [ii]), en la generalización caprichosa de la estadística a la que son propensas ciertas escuelas de pensamiento (por ejemplo considerar que correlación equivale a causalidad) y en mitos pseudocientíficos o concepciones del fundamentalismo religioso. Pero esto no es gratuito, porque las falacias cumplen el papel de evitar la profundización en la verdaderas y múltiples causas de la violencia.

Lo cierto es que la teoría del aprendizaje social – como otras que hemos venido considerando – no es capaz de dar respuesta a las cuestiones esenciales de la violencia interpersonal. Por ejemplo, las razones por las que la observación repetida de la violencia tendría un efecto tan gravitante y decisivo en adultos teniendo en cuenta que el solo hecho de golpear a alguien es una acción tan fácil de ejecutar y de aprender desde la más tierna infancia.

Las investigaciones sobre el aprendizaje social de la violencia han sido desarrolladas originalmente en un contexto experimental incapaz de reproducir las condiciones de la vida real. Generalmente con estudiantes universitarios y en condiciones «controladas» donde la angustia, el odio, el temor, la culpa y los trastornos de personalidad – para no citar sino algunos factores – no pueden ser reproducidos en la forma turbulenta, contradictoria y repentina con que se desarrollan las emociones en la realidad.

Una evidencia de la escasa utilidad de estas simplificaciones se da en el manido experimento de Philip Zimbardo [iii], citado hasta el cansancio, o en los infames experimentos de Martin Seligman [iv] sobre «indefensión adquirida» efectuados con perros.

Por otra parte, peligrosos epígonos de estas concepciones, oscuros psicólogos criminales, han desarrollado una serie de «trabajos» en Abu Ghraib, en Guantánamo y en otros centros de tortura, donde la «modificación de la conducta» tiene fines absolutamente condenables pero igualmente frustráneos desde el punto de vista del conocimiento científico acerca de los orígenes de la violencia.

Lo que la teoría original del aprendizaje social ha subestimado o ignorado es la razón de sus fracasos. Los niños estudiados que fueron testigos de violencia intrafamiliar presentaban otras causas potenciales para sus conductas violentas como adultos: sus familias eran más modestas, muchas veces disfuncionales y con escasos apoyos comunitarios. Esas condiciones eran ignoradas o sobresimplificadas en los protocolos de investigación. A su vez la violencia entre los padres, muchas veces presenciada por los hijos, dio pie al debate sobre la «trasmisión intergeneracional» de la misma.

Los padres violentos incrementan la probabilidad de que sus hijos adolescentes o adultos mantengan relaciones con violencia doméstica incorporada. Sin embargo, el esquema simplista también ha fracasado en este caso: a pesar de haber observado agresiones entre sus padres, la mayoría de los niños estudiados no fueron violentos en sus relaciones domésticas cuando adultos.

La agresividad se manifiesta muy tempranamente en los niños. Se ha demostrado que las rabietas tienen su incidencia más marcada entre los 18 y los 42 meses de edad, es decir entre pre escolares. En esas edades tempranas la mayoría de los niños había mantenido conductas muy agresivas sin que la imitación jugara papel alguno en las mismas.

Después de los tres años y medio las rabietas por lo común desaparecen lo que parece indicar que la gran mayoría de los niños ha aprendido a no utilizar la agresión física a medida que crece. Cuando la agresión física disminuye aumentan otras formas de agresión (por ejemplo la agresión verbal, los insultos o la agresión indirecta). En esencia no parece que los actos agresivos disminuyan con la edad sino que cambian de forma: primero aprendemos a controlar la agresividad y después a expresarla en formas socialmente aceptables o más aceptables.

Como veremos más adelante estas conclusiones ratifican los extraordinarios desarrollos de la psicoanalista Melanie Klein hace medio siglo y los más recientes del neuropsicólogo Alan Schore.

¿Qué se puede aprender del bullying?

La otra forma de adquirir hábitos, además de la observación directa, es a través del ensayo por acierto y error. Estudios desarrollados en aplicación de los principios de la teoría del aprendizaje social sobre adolescentes agresivos mostraron que algunos niños que eran tranquilos en la escuela evitaban problemas manteniéndose apartados. Otros, en cambio, se veían obligados a enfrentarse con sus pares, eran golpeados y derrotados pero se mantenían no agresivos. Sin embargo, algunos se defendían, repelían la agresión y contratacaban. Entonces observaron algo que llamó la atención, algunos de estos últimos habían aprendido no solamente a usar la agresividad como medio de defensa sino que al pasar a la ofensiva se volvieron agresores.

Este tipo de aprendizaje es el que típicamente se considera de «ensayo y error» y que gradualmente va conformando el comportamiento en una forma rígidamente estereotipada. Ante todos los conflictos se desarrollan las mismas respuestas: agresividad y amenazas. Este parece ser el origen del bullying o patoterismo que no es un fenómeno reciente pero cuya incidencia aumenta.

El bullying no es ejercido por todos los adolescentes varones y no es exclusivo de estos. De hecho los varones tienden a patotear a otros varones pero las mujeres lo ejercen contra unos y otras. La diferencia radica en que las muchachas suelen practicar un «bullying social» con preferencia al físicamente violento (lo que no excluye las peleas entre jovencitas que suelen ser explosivas). El bullying social comprende los chismes maliciosos, las campañas de hostigamiento y aislamiento de las víctimas. Tiende a ser solapado y por ende menos evidente que la agresión física y las amenazas.

Todas las observaciones coinciden en señalar que todas las formas de bullying se superponen en los adolescentes independientemente del género. Sin perjuicio de esto no se ha estudiado a fondo la forma en que las jóvenes «aprenden» las conductas calificadas como bullying o patoteo. Lo cierto es que, como adultos, los varones aparecen como más agresivos físicamente que las mujeres aunque su agresividad suele dirigirse hacia otros varones. En la agresión hacia el sexo opuesto las mujeres parecen más agresivas que los varones.

La psicóloga Cathy S. Widom[v] revisó todas las investigaciones realizadas durante más de una década enfocadas en la determinación de qué porcentaje de niños sometidos a abusos se convertían en esposos o parejas abusivas. Los resultados no son concluyentes. Parecería que un 40% de los niños abusados podrían transformarse en padres abusadores pero la forma en que esta transformación se produce dista mucho de haber sido aclarada.

Hay problemas metodológoicos en estas investigaciones que indican que, por ese camino, no se obtendrán respuestas. Una de las razones es que las muestras están integradas por padres abusadores (que han sido procesados o sometidos a tratamiento por esa causa) y eso deja por fuera a los padres normales. La metodología retrospectiva naturalmente ha tendido a encontrar una proporción más elevada de niños abusados en la historia de vida o los antecedentes de los padres abusadores.

Por otra parte, el abuso infantil es un tema de difícil determinación y abordaje de modo que o las muestras de las investigaciones son muy pequeñas y por ende no representativas o la profundidad del problema no se hace evidente a través de cuestionarios o interrogatorios elementales. Todo parece indicar que la psicología cognitiva y sus métodos corrientes se ha metido en un callejón sin salida y no se avisora que será capaz de avanzar en las respuestas que la sociedad necesita.

Las simplificaciones suelen anular los grandes esfuerzos hechos por los promotores de la teoría del aprendizaje social.  El aprendizaje de la violencia física parece fácil de definir, bastaría con que el sujeto haya estado expuesto (preferentemente en forma intermitente y reiterada) a episodios de violencia. Sin embargo, cuando se trata del abuso y la violencia doméstica los cosas se complican en una forma que resulta inexplicable para la TAS.

Por ejemplo, aunque aprender a dar un puñetazo es muy fácil, internarse en las complejidades del abuso emocional es muy diferente. ¿Cómo se encuentra el punto débil de la pareja para atacarla cuándo estos puntos varían de una persona a otra y aún en la misma persona se manifiestan en distintas relaciones de pareja o en distintas etapas de la vida? ¿Cómo llega a saber el miembro abusador cuáles son las vulnerabilidades de su pareja? ¿Observaron a sus padres explotando mutuamente sus vulnerabilidades para agredirse? ¿Porqué los/las abusadores/as utilizan más o menos las mismas palabras para agredir a sus parejas? ¿Porqué la mayoría de los hombres y mujeres no emplean esas palabras en público? ¿Porqué el abuso suele ir acompañado por celos intensos y ocultamiento o disimulo de la culpa? ¿Cómo se han ‘aprendido’ esas conductas o rasgos de personalidad?

A pesar de sus limitaciones la TAS representó una ventaja importante sobre las teorías previas de la violencia doméstica y de pareja. Sus investigaciones básicas fueron abundantes e intentaron relacionar el abuso con estudios generales sobre la agresividad.

Como vimos, el problema de estas investigaciones es el intento de concebir a las personas como seres que responden a estímulos bajo el viejo apotegma conductista de que «todo lo que sucede se manifiesta y todo lo que se manifiesta se puede medir». Como si fuera un ratón de laboratorio, el abusador o la abusadora son concebidos como respondiendo a «estímulos externos». Ellos no tienen vida interior y pareciera que la única posibilidad de decisión gira en torno a si un «estímulo aversivo» es controlable o no.

El inconsciente no existe o está muy devaluado, desconocido o distorsionado en estas teorías psicológicas. Por lo tanto, las características que perpetúan el abuso (la extrema sensibilidad al rechazo, los celos, la tendencia a inflar la culpa y colocarla en el otro, etc.) no son conductas evidentes, que pueden ser observadas y copiadas, sino reacciones íntimas absolutamente internas cuya trasmisión resulta inexplicable para el conductismo y similares.

La representación del abusador o la abusadora como alguien que reacciona   agresivamente ante un estímulo externo no se corresponde para nada con lo que plantean las víctimas. Estas señalan que sus parejas generan tensión y excitación en ausencia de cambios objetivos en la situación. Él o ella se vuelve irritable sin razón aparente. Él o ella reaccionan con una escalada de insultos que culmina en agresión física. Son patológicamente celosos y desarrollan conclusiones tortuosas sobre supuestas infidelidades. Él o ella colocan sistemáticamente la responsabilidad y la culpa en otros por cualquier motivo y nunca se equivocan. Presentan problemas para dormir, insomnio, depresión y ansiedad. Atraviesan ciclos de tensión creciente que no tienen relación con los hechos circundantes. Estos ciclos son evidencia de una vida íntima muy compleja, con profundos conflictos, que en gran medida no puede ser modelada. Los abusadores no se limitan a responder a estímulos externos sino que desarrollan su propia concepción del mundo, una concepción con altibajos emocionales que en el caso de ellos se vuelven verdaderas tempestades.

La ira primitiva

Al referirse al trastorno límite de personalidad (TLP) o borderline es frecuente aludir a las defensas primitivas: proyección,  escisión y negación. Los abusadores intentan negar sus impulsos agresivos y sexuales y proyectarlos en sus parejas y verlas como malvadas o inmorales.

Al calificar una defensa como primitiva (sin profundizar en aspectos de la teoría psicoanalítica que escapan a los alcances de este artículo) aludimos a etapas infantiles tempranas, ubicadas entre los 18 y los 36 meses, que son consideradas pre-edípicas. En estas fases tempranas nuestra noción básica del yo se desarrolla en la medida en que interactuamos con nuestra madre a través de silabeos, gorgoteos, gesticulaciones, sonrisas y tendiendo los brazos hacia ella.

Es la relación más importante de nuestra vida y en su transcurso percibimos gradualmente que somos un ser separado de nuestra madre. También en esta etapa, como dijimos antes, aparecen la ira y las rabietas.

En los primeros 18 meses de vida se desarrolla tanto el sentido del yo como el cerebro. Las investigaciones de Alan Schore[vi] muestran que todas las emociones, conocimientos y la consciencia normal son el resultado del desarrollo cerebral. Durante el primer año, a partir del nacimiento, nuestro cerebro crece de 400 a 1.000 gramos, proliferan las conexiones neurales y se multiplican millones de neuronas. Cada una de ellas tiene una red de conexiones neurales con una pauta de encendido y apagado. En la medida en que los grupos de neuronas se activan crean una red neuronal y las pautas de activación de dichas redes son las que producen la experiencia subjetiva de la mente.

La mente no está ubicada en una parte específica del cerebro pero depende de la maduración e integración de los hemisferios cerebrales y sus estructuras. Esa integración y el desarrollo mismo del cerebro dependen, a su vez, de un apego saludable entre el bebé y su madre. En suma, el desarrollo del yo psicológico se produce a través de procesos simultáneos en paralelo con la maduración cerebral. A cierto nivel se produce una interacción y separación madre/niño que constituye el fundamento de las relaciones objetales. A otro nivel ese proceso conforma e integra el cerebro e influye en fenómenos básicos como la regulación de las emociones, la apreciación del riesgo y la capacidad para autocontrolarse. Como sostienen los neuropsicólogos, la relación más importante de nuestra vida ha tenido lugar y no podemos recordarla porque, de hecho, la memoria autobiográfica no se desarrolla hasta la segunda mitad del primer año de vida.

Por su parte, los abusadores experimentan una ira desproporcionada en un contexto íntimo, que se parece a una rabieta infantil y que sugiere un origen primitivo. Experimentan ira y temor ante un abandono anticipado o real. Dos importantes corrientes teóricas ofrecen, complementándose, la mejor explicación acerca del origen de la ira: la teoría de las relaciones objetales (TRO) y la teoría del apego (TDA).

La teoría de las relaciones objetales describe como los niños establecen sus primeras relaciones con objetos de apego (la madre). También permite comprender un aspecto predominante en las personalidades abusivas: la escisión mediante la cual los varones abusadores ven a sus mujeres bajo la óptica dicotómica de Madres o putas.

En la fase disfórica, el hombre abusador se debate con la idea obsesiva de su pareja como infiel, promiscua, malévola y abandónica. Después de la descarga de tensión que sigue a un violento episodio de abuso, su percepción sobre la pareja y las mujeres en general cambia diametralmente. El abusador se vuelve transitoriamente dócil, casi servil, y su pareja, ahora colocada en un pedestal es la Madre. Esta dinámica intermitente genera unos vínculos de apresamiento muy fuertes (se ha dicho que un pedestal es también una prisión como cualquier espacio reducido) que son muy difíciles de romper por parte de la víctima.

En su obra Amor, odio y reparación Melanie Klein y Joan Riviere [vii] desarrollaron los fundamentos de la TRO. Según ellas, en la relación inicial entre el niño y su madre se encuentra el origen de la ira. Dice Klein que para el niño la madre es la fuente original y más completa de satisfacción de la totalidad de sus deseos y placeres. Sin embargo, este placer total se ve inevitablemente frustrado. El niño experimenta esta frustración como una amenaza de destrucción del yo porque su existencia, de él o ella, depende totalmente del objeto (la madre, el pecho).

La frustración es capaz de producir severas consecuencias y reacciones, entre ellas la ira y un deseo de aniquilar el objeto que se ha vuelto malo (la madre, el pecho). El yo debe defenderse de estas fantasías e impulsos destructivos porque de ser expresados amenazarían la relación omnipotente con el objeto (la madre, el pecho). Las defensas primitivas se originan en esta etapa para controlar estas potentes emociones. Un mecanismo esencial de supervivencia, fundamental para el desarrollo psicológico del niño, es la capacidad para escindir o dividir el objeto en partes buenas y mala. Al establecer esta distinción, las fantasías iracundas hacia el objeto malo pueden tener lugar sin arriesgar la destrucción del objeto bueno.

En el curso de un desarrollo saludable ambos aspectos están integrados. A veces, sin embargo, este proceso se trastorna y no se consigue alcanzar una visión integrada de la madre. Lo que sucede en este caso es la presencia de dos visiones segregadas del objeto (la madre, el pecho): una que es ideal y nutricia y otra castigadora y destructiva.

Joan Rivière sostiene que la más fundamental de nuestras medidas de seguridad contra los sentimientos de dolor, del temor y de la indefensión es la proyección. Todas las sensaciones o sentimientos amenazantes o desagradables son relegadas automáticamente fuera de nosotros mismos y adjudicadas a otros. De este modo, cuando la presencia de esas fuerzas destructivas es reconocida en nosotros pretendemos que han aparecido en forma arbitraria y a causa de agentes externos. La proyección es la primera reacción del bebé ante el dolor y probablementre sigue siendo la reacción más espontánea en todos nosotros ante cualquier sentimiento doloroso a lo largo de nuestras vidas.

En estas reacciones tempranas se ubica el origen de la ira que tanto las psicoanalistas Klein y Rivière, como la observación de la conducta infantil y la neuropsicología coinciden en situar entre los 18 y los 36 meses de vida.

En la psicopatología del abuso se comprueba que otra defensa primitiva, la escisión, tiende a separar el yo cotidiano de ese yo malvado y oscuro. Esa partición del objeto original en partes no integradas puede conducir a una característica típica de muchos abusadores y seguramente de todos los borderline. Son las dos caras, una buena, no agresiva, socializada, y otra maligna, agresiva, abusiva, descontrolada.

Dos partes del yo que se manifiestan alternativamente en diferentes situaciones y que trasladan al cónyuge o la pareja el desafío de tratar de reconciliar o integrarlas. Ni que decir que este es un desafío prácticamente inabordable para la pareja si el abusador no se encuentra sometido a un tratamiento idóneo y sostenido y si él/ella no cuentan asimismo con un apoyo idóneo.  Como antes advertimos, esta característica cambiante de la personalidad escindida del abusador/a es la que hace muy difícil anticipar el curso de una relación entre la víctima y el victimario y muy complejo para la primera el abandonar indemne dicha relación.

Las personas cuyo trastorno se remonta a las etapas tempranas del desarrollo psíquico, cuando no han podido reconciliar adecuadamente las relaciones objetales, no solamente tienen una dificultad muy seria para lograr y mantener relaciones estables en la edad adulta sino que viven bajo un vago y profundo temor a la desintegración psíquica en que la soledad y el rechazo por los demás son una perspectiva terrorífica.

Los abusadores suelen presentar problemas de sueño, pesadillas y sentimientos de disforia y depresión. El abusador percibe que «algo no anda bien», siente una tensión sorda que no es capaz de definir o de nombrar. El vocabulario emocional de las personalidades escindidas es muy limitado, vago, borroso. En cambio las imputaciones que puede a hacer a su pareja son mucho más nítidas y concretas, bien definidas, lo cual no quiere decir que esa precisión refleje otra cosa que cargos que se proyectan en el «objeto malo».

La dinámica de una relación de este tipo (vivir con una personalidad abusiva) ya la hemos venido considerando en los artículos anteriores pero la repasaremos ahora para concluir este parágrafo. El abusador/a recrimina a su pareja por su exclusiva responsabilidad en supuestas falencias que se registran en la convivencia. La tensión crece, los gritos, los insultos, los golpes, hacen que el difuso malestar del abusador disminuya temporalmente pero el ciclo de la violencia doméstica cambia pero no cesa. Con la agresión se produce una disminución de la tensión; el abusador/a entra en la fase de arrepentimiento y reconciliación que se extiende hasta que el ciclo perverso vuelve a comenzar. Si en el curso de este proceso esquematizado se plantea la ruptura, separación o abandono, por parte de la pareja, se desencadena la fase más peligrosa y eventualmente mortal.

El terror del abusador/a se desborda completamente, se vuelve destructivo y autodestructivo. Las visiones simplistas atribuyen intención manipuladora a las acciones del abusador/a ante la posibilidad de ruptura. Son apreciaciones equivocadas. El abusador/a en estas instancias pierde el control, no busca la reconciliación sino la destrucción del «objeto malo». No es una explosión repentina sino una acción deliberada, desarrollada en el tiempo, con resultados catastróficos que están más allá de la protección que puedan brindar las tobilleras, las órdenes de alejamiento y las custodias establecidas.

Prevenir estos episodios requiere una profundización temprana en el abordaje de los casos, un tratamiento oportuno y adecuado del abusador/a, un tratamiento que alcance a la pareja y al entorno familiar, una divulgación seria de los procesos psíquicos, de los recursos y de las medidas de prevención, protección e intervención temprana y un grado de alerta y vigilancia en las fases de separación o ruptura.

No debe menospreciarse jamás el hecho que en estas «relaciones peligrosas» están involucrados los protagonistas, sus familias y la comunidad. Proteger a las víctimas requiere también atender a los victimarios y no hay que olvidar que las amenazas de los borderline, por ejemplo, no son manipuladoras. El asesinato y el suicidio y/o la eliminación de los hijos u otros familiares cercanos suele ser el terrible conjunto o culminación de la fase de ruptura. Estos desenlaces son una bomba de fragmentación que esparce efectos sobre familias, vecindarios y comunidades, letales para algunos, dañinos para todos.

Por Lic. Fernando Britos V.

La ONDA digital Nº 936 (Síganos en Twitter y facebook

 

[i] La representación en la ficción cinematográfica de estos métodos se ejemplifica en La Naranja Mecánica, la película de culto dirigida por Stanley Kubrick, en 1971, en la que el protagonista, representado por el actor Malcom McDowell, es sometido a los “tartamientos aversivos” que efectivamente se practicaban en aquellas épocas para “reeducar” a los delincuentes.

[ii] La clásica es “Post hoc ergo propter hoc” : si a A le sigue B, el fenómeno A debe ser la causa del fenómeno B.

[iii] Ph. Zimbardo (n. 1933), profesor emérito de Stanford, fue el responsable del Experimento de Prisión de Stanford llevado a cabo en 1971 y que actualmente se encuentra registrado en filmes y documentales asequibles por Internet.

[iv] Martin Seligman (n. 1942) es un psicólogo que se hizo conocer por sus experimentos sobre “indefensión adquirida” y la depresión (1975) que fueron utilizados por algunos de sus discípulos para “quebrar” prisioneros. En los últimos años Seligman se dedicó al estudio de la felicidad y a escribir libros de autoayuda sobre lo que llamó la “psicología positiva”.

[v]  Cathy S. Widom es una reconocida psicóloga estadounidense especializada en abuso y abandono infantil. Muy recomendable y vigente es el resumen de investigación de febrero del 2001, asequible en   https://www.ncjrs.gov/pdffiles1/nij/184894.pdf (An Update on the “Cycle of Violence” By Cathy S. Widom and Michael G. Maxfield).

[vi] En el próximo artículo, cuarto de esta serie, abordaremos en profundidad las conclusiones de la neuropsicología.

[vii] Melanie Klein y Joan Rivière publicaron esta obra en 1937 (Love, Hate and Reparation). Nosotros empleamos la traducción al español incluida en el tomo sexto de las Obras Completas de Melanie Klein, Ed. Hormé, Buenos Aires, 1980.

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