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Este libro analiza la batalla que se registró en la zona bañada por el río Cuito y el río  Cuanavale, en Angola (donde había existido una base aérea alterna de la OTAN), que sucedió entre octubre de 1987 y mediados de 1988. Esta fue una batalla trascendental para el futuro del Africa sudoccidental, que trajo como consecuencia la liberación de Angola, la lucha de las tropas de la SWAPO  por lo que sería, a la postre, la independencia de Namibia, debilitando al gobierno sudafricano de Pierre W. Botha y terminando posteriormente con el oprobioso sistema del apartheid en Sudáfrica y el colonialismo en el continente.

Los actores y su importancia estratégica
De un lado estaba Sudáfrica y su ejército, uno de los más modernos en la región, la UNITA (Unión Nacional para la Independencia Total de Angola) de Jonás Savimbi, el FNLA (Frente Nacional de Liberación de Angola) de Holden Roberto, Zaire (hoy República Popular del Congo) con la férrea dictadura de Mobutu Sese Seko, y con el apoyo militar y logístico de Estados Unidos e incluso bandas de mercenarios, y del otro las FAPLA (Fuerzas Armadas Populares para la Liberación de Angola) de Agostinho Neto, asesores militares de la URSS y de Cuba más tropas cubanas (a pedido expreso del gobierno angoleño) y la SWAPO (Organización del Pueblo del Africa Sudoccidental, por sus siglas en inglés) de Sam Nujoma que, desde territorio de Zambia y luego de Angola, lucharon por la independencia de Namibia. Cada uno de los bandos obtenían materiales de guerra desde Estados Unidos y sus aliados de la OTAN y la URSS, principalmente.

Así, hay algunas batallas, consideradas históricas, que son muy importantes porque definen la guerra, como lo es la batalla de Stalingrado, en 1942-1943 (que definió la derrota del nazismo), o la batalla de Dien Bien Puh (ocurrida entre el 13 de marzo y el 7 de mayo de 1954), que marcó el fin de la dominación colonial de Francia en Indochina.

De todo esto habla este libro, aunque debemos resaltar que el disparador es una famosa carta de algunos intelectuales que abdicaban del apoyo a la Cuba revolucionaria por lo que consideraban sus “desviaciones”. Habla entonces de sus participantes y métodos de guerra, sobre la base de artículos periodísticos, los cuales abordan algunos aspectos de táctica militar y de geopolítica, englobando otras experiencias particulares que se dieron en este conflicto. Porque Angola, que era la más extensa y rica de las colonias portuguesas, con petróleo y minerales, estaba en la mira del apartheid sudafricano y era un bocado suculento para algunas compañías privadas y multinacionales.

Los autores, José Luis González, Joselo (narrador, dramaturgo, actor, director teatral, reportero y columnista) y Gonzalo Alsina (Profesor de Historia y docente del Instituto Cuesta Duarte), exponen un conocimiento cercano del tema y una abundante bibliografía que es el soporte de la investigación. A esto se agregan apéndices con testimonios y entrevistas a soldados y oficiales, en especial al General de División Ulises Rosales del Toro, máximo general cubano en Angola, con mucho conocimiento e instrucción. También la Cronología nos ubica en el tiempo y en la geografía de la región (aunque faltan algunos mapas militares en torno a la misiones más importantes, que podrían clarificar la situación planteada), y desarrollan acontecimientos que han estado un poco alejados de nuestra realidad pero que configuran un modo de acercarse a la esencia de los temas realmente importantes para un pueblo que decide sostener y controlar su destino: los temas que hacen a nuestra segunda y definitiva independencia.

“Guerra de todo el pueblo”
En octubre de 1975, el gobierno racista de Pierre Botha (con asesores de la CIA) intenta la invasión de Angola, avanzando hacia Luanda, la capital. Fidel Castro decide intervenir “ante el pedido de ayuda del gobierno de Angola”, por lo que entre noviembre de 1975 y abril de 1976 Cuba envió 3000 soldados a Angola para frenar al ejército sudafricano. En noviembre de 1975, tras la declaratoria de independencia del Portugal, se habían celebrado elecciones y el Movimiento Para la Liberación de Angola (MPLA) ganó las mismas. Inmediatamente estalló la guerra promovida desde Sudáfrica, con el mismo argumento, repetido hasta el cansancio, de detener al marxismo internacional, culpable poco menos que de todos los males del mundo.

Durante el segundo conflicto, entre 1988 y 1989 (ya echada a andar la glasnot y la perestroika), se “llegó a tener en forma permanente 55.000 combatientes. Cuba puso todo lo que tenía. Se jugó todo por el todo. No pidió nada a cambio. Fue el operativo militar más grande en toda la historia de las FAR (Fuerzas Armadas Revolucionarias) cubanas. Es difícil encontrar un parangón. Y todos los combatientes, ¡todos!, fueron voluntarios. Si no querías ir a pelear no ibas. Eso sí, si pertenecías al Partido Comunista Cubano y te negabas a combatir perdías la condición de tal. Y nada más”.

Las condiciones de lucha, por el tipo de terreno, principalmente, no fueron fáciles: agua contaminada que debía ser hervida y clorada; parásitos como el Plasmodium, causante del paludismo (inoculado por la hembra del mosquito Anófeles), y por cierto la cantidad de mosquitos era enorme y como único remedio, “recibían cuatro pastillas de cloroquina a la semana, grandes, muy amargas y difíciles de tragar”, con una serie de indeseables efectos secundarios (náuseas, vómitos, trastornos visuales temporales, úlceras en la piel, decoloración del cabello, calambres, alteraciones nerviosas e insomnio), y que además no inmunizan contra la enfermedad, sino que contribuyen a eliminar su desarrollo y a debilitarlo; una geografía de variada vegetación, una fauna peligrosa como la cobra escupidora, capaz de lanzar veneno hasta una distancia de dos metros, etc. Esa característica geográfica hizo que “la guerra de Angola fue(ra) de muchas emboscadas, (de) acción sorpresiva a corta distancia”.

A eso había que sumarle la complejidad que suponía la existencia de decenas de etnias, cada una con su dialecto, costumbres y hábitos alimentarios: “La de los ganguelas vive en poblados que se llaman kimbos. Tiene cada Kimbo una especie de alcalde que se llama Soba. Es elegido entre los más viejos para que los represente y organice, con poder para resolver los diferendos de la comunidad. Su palabra es ley”, y con él había que hablar, en primer lugar, para ponerse de acuerdo. En las comunidades campesinas las mayorías eran mujeres porque los hombres estaban en la guerra. En el sur de Angola las condiciones de vida son muy precarias, una vivienda común, sin divisiones, una comida pobre (“casi no se toma leche porque no reúne las condiciones sanitarias mínimas”), se come en grupo una sola comida al día.

“En la guerra de Angola, por las grandes distancias a recorrer y el tipo de caminos, el abastecimiento de los distintos puntos, hacía imprescindible las grandes caravanas”, y para proteger esas caravanas, se necesitaban “varios carros blindados, ametralladoras cuatro bocas, cañones dobles antiaéreos, lanzagranadas y morteros de 120 mm montados todos sobre camiones, varios flecheros con sus cohetes y un navegante con medios de comunicación para dirigir las acciones de la aviación por si había alguna emboscada”.

El análisis explicitado va, en lo militar, desde la estrategia política de Ho Chi Minh, en Vietnam, de “aislar al enemigo principal y derrotarlo paso a paso”, a la que siguió posteriormente la doctrina militar de “guerra de todo el pueblo”, que suscribe Cuba, agregando, en voz de Fidel Castro, que “la mejor defensa es el contraataque” (y se reafirma este concepto en este breve dialogado a raíz de la intentona golpista de 2002 en Venezuela: “La mejor defensa es el ataque”, dijo Hugo Chávez ante las cámaras, “No”, corrigió el comandante Fidel Castro, “la mejor defensa es el contraataque”), hasta el saber aprovechar el desarrollo asimétrico de la guerra de resistencia. Porque en Angola, tanto en la situación de 1975 como en la de 1987, se hubo de enfrentar a un conflicto inserto en la médula de la Guerra Fría por la dominación imperialista o la independencia de los distintos estados africanos, alentados, en este caso, por la revolución de los Claveles, de 1974, en Portugal, que significó el fin del colonialismo portugués en el continente.

Además, para Cuba, al decir del General Ulises del Toro: “Angola significó la posibilidad de comprobar en condiciones de combate la dirección de grandes agrupaciones, nos permitió durante quince años observar el despliegue de grandes unidades en completa disposición combativa, el comportamiento de la técnica de combate y la eficacia de los cuadros de mando y de dirección”. Puestos a defender la isla del bloqueo fueron capaces de apoyar, a pedido del gobierno de Angola, la independencia de ese país contra el intervencionismo.

Porque los cubanos no pidieron nada a cambio de su participación en esa guerra, y lo confirman las palabras del insigne líder anticolonialista Amílcar Cabral: “Los combatientes cubanos están dispuestos a sacrificar sus vidas por la liberación de nuestros países, y a cambio de esa ayuda a nuestra libertad y al progreso de nuestra población lo único que se llevarán de nosotros son los combatientes que cayeron luchando por la libertad.”

La Operación Carlota, que fue tal la denominación de la operación cubana de defensa de Angola, refiere a una esclava, una negra lucumí de la dotación del ingenio matancero Triunvirato, que en 1843 encabezó uno de los muchos alzamientos contra el terrible estigma de la esclavitud y ofrendó su vida en el empeño.

Mandela era comunista
“El término apartheid hace referencia al sistema de segregación y dominación racial” que había en Sudáfrica. Además, “el aspecto esencial del apartheid es la exclusión del pueblo de toda participación en el gobierno central. Esta exclusión se basa en el color de la piel. El sistema del apartheid denomina africanos a la inmensa mayoría de la comunidad negra. Pero además son segregados los hindúes y los mestizos”, es decir una forma de colonialismo, interno (de blancos sobre negros). Hay, en este libro, una sinopsis histórica imprescindible del apartheid que arranca desde mediados del siglo XVII hasta 1994, en que el Congreso Nacional Africano (CNA) ganó las elecciones y Nelson Mandela fue el presidente.

Leyendo este libro uno podrá recordar, como recordé de improviso, una información que se mantiene siempre por debajo del personaje histórico simpático que los medios nos han hecho ver, que Nelson Mandela había ingresado en secreto al Partido Comunista Sudafricano (SACP, por sus siglas en inglés) y había sido parte del comité central, aunque este dato fue recién confirmado al haber muerto Mandela. Este partido fue el primero en tener una orientación marxista-leninista en Africa, desde su creación en 1921, y luego se disolvió. Además, forma el MK, el movimiento armado que se dedicará, sobre todo, a hacer sabotajes, porque de ese modo se minimizaban las pérdidas humanas. El Congreso Nacional Africano (CNA), es anterior, de 1912, y su objetivo es luchar en contra del apartheid. Su tendencia es más socialdemócrata, aunque tiene otros movimientos políticos en su seno. Y Nelson Mandela también formó parte de esa agrupación. Su larga prisión nos muestra su entereza y firmeza, humana y revolucionaria.

Si es importante la batalla de Cuito Cuanavale para el fin del apartheid en Sudáfrica y el comienzo de una nueva oportunidad para su gente, nadie como Mandela supo reconocerlo: “los cubanos vinieron por la libertad, no para llevarse nada”, lo que demuestra, desde el otro lado del mostrador, lo que significa el internacionalismo revolucionario. Porque “ir de misión a Angola era voluntario. La aplastante mayoría no se negaba a ir de misión. La prensa anticubana mintió, también en esto, descaradamente. Decían que a los jóvenes se los obligaba ir a Angola. Eso no es cierto. Los únicos que podían ser sancionados si se negaban a cumplir la misión internacionalista eran los militantes del Partido Comunista de Cuba o de la Unión de Jóvenes Comunistas, y la medida más dura consistía en perder la pertenencia a estas organizaciones. Es cierto que algunos jóvenes trataban de encontrar formas de evadir el servicio militar, pero eso no tenía que ver con Angola. Pasó antes de empezar la guerra y después de la guerra” (pág. 72-73).

Además, como dijo Nelson Mandela, la victoria cubana «destruyó el mito de la invencibilidad del opresor blanco… [y] sirvió de inspiración al pueblo combatiente de Sudáfrica. …Cuito Cuanavale marca el viraje en la lucha para librar al continente y a nuestro país del azote del apartheid” (en Granma, 27 de julio de 1991, pág. 3).

Por supuesto que en esta obra abundan los términos militares, incluso hasta enseñanzas de nuestro coronel Petrides; nos habla de las nuevas modalidades de la guerra de guerrillas y escaramuzas que provoquen el desgaste del enemigo, nos dan cifras del potencial militar de ambos bandos y se nos asegura que esta batalla se ganó desde el momento que las fuerzas angolano-cubanas tuvieron control sobre el espacio aéreo, sobre todo en cuanto al poderío de los aviones de combate.

Críticas de Fidel
Un punto a destacar de esta obra, es la exposición sobre las críticas de Fidel Castro sobre la política de Stalin, fundamentalmente con respecto a la segunda guerra mundial, y a Hitler. Se le critica por haber pactado con el nazismo, ya que de buscar la paz a toda costa para ganar tiempo (y prepararse para la guerra), “lejos de dar tiempo, redujo el tiempo, porque en definitiva se desató la guerra”. Señala también otro gran error: “en el momento que está siendo atacada Polonia, envía tropas a ocupar ese territorio que había estado en litigio porque tenía población ucraniana o rusa”. Porque, dice Fidel, “nosotros, antes que dar la imagen de que estamos atacando por la retaguardia a ese país invadido por Hitler, hubiéramos preferido invitar a la población a que cruzara al otro lado de la frontera para protegerse, pero no hubiéramos violado la frontera de ese país y no hubiéramos combatido con ese país cualesquiera que hubieran sido las diferencias ideológicas, un país que está siendo agredido por Hitler. Creo que fue un error garrafal desde el punto de vista de los principios y de la opinión internacional”. O esto otro: “aunque es cierto que desde septiembre de 1939 hasta junio de 1941 transcurrieron un año y nueve meses para el rearme de la URSS, en ese periodo quien se hizo mucho más fuerte, cinco veces más fuerte, diez veces más fuerte, fue Hitler. Pudo la URSS haber incrementado un altísimo costo político y moral su poderío militar, pero Hitler se hizo diez veces más poderoso en ese momento”.

También Fidel Castro señala como error la “guerrita” contra Finlandia: “desde el punto de vista de los principios como desde el punto de vista del derecho internacional”. Otro error fue “caer en la trampa de las intrigas alemanas, y llevó a cabo una depuración tremenda, terrible, cruenta, de las fuerzas armadas y descabezó, prácticamente, al ejército soviético en vísperas de la guerra”, y aunque era imposible ocultar los planes alemanes de agresión, Stalin “se empecina en la teoría de que era una provocación… y adopta una política de avestruz”, siendo que lo primero que tenía que haber decretado era una movilización general.

Y si bien este libro empieza contando una polémica carta (No callar) sobre Cuba, aquí se da una defensa yo diría irrestricta de esa revolución y de que uno de sus logros es el internacionalismo, tanto del punto de vista médico (la participación de médicos cubanos en Angola, en ese tiempo, como en diversos puntos del mundo, es uno de sus diferenciales), como el de proteger los derechos inalienables de los pueblos, en cuanto a la libertad y la autodeterminación.

Según la Wikipedia (y sirva para demostrar el interés por perpetuar un único relato de la historia), nos dice que luego de la batalla de Cuito Cuanavale, “la cual desde el punto de vista militar no tuvo ganador muy claro, ambas partes se adjudicaron la victoria lo que lo llevó en diciembre de 1988 a la firma del Acuerdo Trilateral de Nueva York entre Angola, Sudáfrica y Cuba, donde se pactó entre otros, la independencia de Namibia y la aceptación por parte de Sudáfrica a no apoyar más a la UNITA”. Y sabemos que no es del todo así, hubo un ganador claro, la historia nos lo puede comprobar: la libertad y la independencia política de la región sur del Africa, el fin del apartheid y el colonialismo y el comienzo de una nueva oportunidad para el desarrollo de sus habitantes.

Con la reciente muerte de Harry “Pombo” Villegas, militar que combatiera con Fidel y el Ché desde los tiempos de la Sierra Maestra, y luego con el revolucionario argentino en el Congo, en Bolivia y también en Angola, podemos cerrar esta etapa internacionalista, y abrir entonces el paso a la historia de lo mejor que ha dado la revolución cubana: la solidaridad con los pueblos que luchan por su liberación y su compromiso militante en todas las horas que sea necesaria, a pesar de las dificultades económicas, derivadas entre otras cosas del feroz bloqueo estadounidense que impide que Cuba pueda desarrollarse como nación libre de América, atendiendo a las necesidades de su población y en base a su legítima autodeterminación.

(Cuito Cuanavale – La batalla que terminó con el colonialismo y el apartheid en sur de Africa, de José Luis González y Gonzalo Alsina, edición de los autores, setiembre 2019, Uruguay, 237 páginas)

 

Por Sergio Schvarz
Escritor, poeta, y ensayos breves.


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