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La violencia y los trastornos de personalidad
hombres y mujeres PARTE ll
Lic. Fernando Britos V.

 


En el primer artículo de esta serie abordamos antecedentes en investigación sobre violencia doméstica, especialmente a través de la obra del canadiense Donald Dutton 1; las crisis catastróficas en relaciones de pareja que hemos denominado de “tierra arrasada” y la necesidad de comprender a los perpetradores, en particular a los que podrían padecer el trastorno límite de personalidad (TLP) o borderline.

Ahora retomaremos el hilo para trabajar sobre la “personalidad abusiva”, sus características y su papel en la violencia interpersonal, la violencia doméstica y otros crímenes que suelen englobarse en esas categorías. La violencia interpersonal, incluso la violencia en las relaciones de pareja, figura entre las cuestiones más cargadas de prejuicios y preconceptos. Entre ellos, la violencia aparece como ejercida, casi exclusivamente, por los hombres sobre las mujeres pero las investigaciones han demostrado que el abuso también se manifiesta con tanta incidencia en parejas lesbianas como en parejas heterosexuales, que las mujeres pueden ser tan abusivas como los hombres, que las situaciones que incluyen ruptura o abandono, real o simbólico, en una relación pueden desencadenar la ira y la violencia indistintamente según el género y que el resentimiento puede surgir desde lo profundo sin relación aparente con las situaciones de la cotidianeidad.

La violencia y los trastornos de personalidad ciclos y significados PARTE (I)
Antecedentes de la investigación en violencia doméstica. Hace décadas que la violencia interpersonal, especialmente la violencia doméstica, viene siendo rigurosamente estudiada. Divulgar los avances de la psicología en esta materia es un imperativo ineludible tomando en cuenta la creciente tasa de crímenes y episodios sangrientos. ¿Cuáles son los trastornos que subyacen en la violencia doméstica? ¿cómo se gesta? ¿cómo se desarrolla? ¿cómo puede prevenirse?

Donald G. Dutton (n.1943), fue profesor de psicología de la Universidad de la Columbia Británica, en Canadá, y produjo varias de las obras más importantes en la materia. Ahora seguiremos una de ellas, esclarecedora y vigente a pesar de los años transcurridos y de la peripecia del autor [i]. Se trata de The Abusive Personality. Violence and Control in Intimate Relationships (2007) (La personalidad abusiva. Violencia y control en las relaciones íntimas) Ingresar aquí.

En el artículo anterior apuntamos a la vinculación entre el TLP o trastorno borderline y los episodios de violencia doméstica pero – y en esto debo hacer justicia a los comentarios de algunos colegas – en modo alguno promuevo el argumento que todos los/las abusadores/as son casi exclusivamente borderline.

Por estas razones, retomar el hilo implica volver epistemológicamente a los orígenes de la violencia, las tipologías del abuso y consiguientemente al auge y extinción de algunas explicaciones, a la conjunción de otras y a las luces al final del túnel que indican que es posible atacar estos flagelos de la sociedad mediante prevención y que la psicología puede contribuir al tratamiento en el sentido más amplio de estos términos. Es decir sin caer en psicologismo alguno pero sin desdeñar los aportes de todas y cada una de las disciplinas científicas involucradas.

Buscando las causas de la ira
El diccionario es un buen aperitivo para este “pecado capital”. Estas son las cuatro acepciones de la ira: 1 – sentimiento de indignación que causa enojo; 2 – apetito o deseo de venganza; 3 – furia o violencia de los elementos de la naturaleza (que bien podría incluir la naturaleza humana) y 4 – repetición de actos de saña, encono o venganza. Más que suficientes para nosotros sobre todo teniendo en cuenta los casi mil años de trayectoria del término en nuestro idioma.

Fernando Savater, en su ensayo Los siete pecados capitales, 2 cita al escritor Alfredo Bryce Echenique, quien distingue entre la ira buena y la ira mala. Dice el peruano, que se reconoce admirador de los iracundos, “cuando se ponen rabiosos ante una situación infame por la que callan los demás. El que se rebela, habla grita y muchas veces se juega el pellejo es muy distinto del que tiene un colerón porque le sirvieron la carne fuera de punto”. Más adelante vuelve Savater sobre la ira mala que es la que nos debe ocupar : la ira hace que se produzca un afán de llevar el castigo hasta prácticamente la destrucción del otro. Se trata de algo desproporcionado, porque la ofensa no se mide por el volumen del daño que produce, sino por la enorme importancia que se atribuye el perpetrador a sí mismo. En este caso podríamos relacionar la ira con la soberbia.

Resulta que la ira, especialmente en las personalidades abusivas, puede ser (y de hecho es) producto de un sórdido mecanismo de alguien cuya angustia y temor se ha transformado en violencia destructiva o autodestructiva.

En nuestras épocas de estudiante había escuelas que dividían la agresión en dos categorías: la “normal” que se consideraba dirigida contra extraños o enemigos y la “anormal” o violencia íntima que se consideraba como propia de seres desequilibrados, enfermos mentales. Las resonancias derechistas de esas concepciones eran bastante patentes. La estigmatización de la enfermedad mental seguía siendo muy intensa. Aún hoy a pesar de las evidencias que demuestran que las psicosis no evolucionan hacia un comportamiento criminal o agresivo hay mucho camino a recorrer para disipar el estigma que se tiende sobre la enfermedad mental.

Donald G. Dutton relata que durante la década de 1970 participó en una conferencia científica internacional que congregaba psiquiatras y abogados penalistas. Entre los trabajos presentados había varios que versaban sobre violencia doméstica y en particular sobre agresión contra las esposas. Para mi desencanto – dice Dutton – se enfocaban exclusivamente en las “causas neurológicas” de la violencia. Efectivamente en aquellos tiempos “la compleja actuación de las mujeres , llena de simbolismos y densos significados, en tanto amantes/sabias/madres/traidoras e inundada por obsesiones, revulsiones, tensiones, celos, furia y rabia, estaba siendo reducida a una perturbación de algo llamado el sistema límbico, esa parte del cerebro que se creía controlaba las emociones”.

Los psiquiatras de entonces solían creer que las perturbaciones en las estructuras neurológicas, por ejemplo las del lóbulo temporal del cerebro, podían explicar la violencia contra las mujeres y esto no solo sucedía en los ámbitos en los que se movía Dutton sino que pasaba en nuestro propio medio, con quienes estaban obsesionados por las localizaciones cerebrales y habían tomado partido por el reduccionismo sociobiológico que, en consecuencia, privilegiaba la herencia sobre el medio y atribuía los fenómenos más complejos a un determinismo biológico que dejaba fuera de la cuestión al entorno social, las condiciones de vida, la cultura, el medio ambiente.

El paleontólogo estadounidense Stephen Jay Gould (1941-2002) fue uno de los que refutaron esas creencias. Se hizo conocido a través de sus apasionantes ensayos de divulgación científica como La falsa medida del hombre, El pulgar del panda, La vida maravillosa y Desde Darwin. Se opuso firmemente a muchos aspectos de la sociobiología y su descendiente intelectual, la psicología evolucionista 3. Otro autor destacable es el psicólogo estadounidense Stephan Chorover (1922 – 2015) 4

Más o menos en la misma época, un coetáneo de Dutton empezaba a desarrollar su obra: Allan N. Schore (n. 1943) psicólogo e investigador en el campo de la neuropsicología que actualmente trabaja en la Universidad de California, Los Ángeles (UCLA) 5. Su importante bibliografía ha sido traducida al francés, el alemán, el italiano y a otros idiomas pero, hasta ahora, no al español. Sus primeros artículos científicos datan de 1991. Su primer libro data de 1994 (Affect Regulation and the Origin of the Self) fue la primera formulación de su modelo interdisciplinario y por ende una obra paradigmática.

A fines del siglo pasado las emociones y el origen del yo empezaban a ser abordados por una disciplina emergente: la neurociencia afectiva. Schore presentó una detallada caracterización del desarrollo temprano del hemisferio cerebral derecho y sus funciones sociales, emocionales y de supervivencia, no solamente en la primera infancia sino a través de toda la vida. De este modo proporcionó un sólido respaldo al modelo de desarrollo del inconsciente, que psicoanalistas pioneras como Melanie Klein (1882-1960) habían adelantado ya en la primera mitad del siglo XX.

Los trabajos de Schore revolucionaron la perspectiva psicológica en el tema que nos ocupa porque conectó la interacción temprana materno infantil con el desarrollo de las estructuras cerebrales (incluyendo el sistema límbico). Sus investigaciones demostraron que el desarrollo del hemisferio cerebral derecho – que se registra durante el primer año y medio de vida – precede al del hemisferio izquierdo y por ende al desarrollo del habla. Además determinó que el desarrollo neurológico depende, a su vez, del apego 6 .

La teoría del apego describe la dinámica de las relaciones entre los seres humanos. Su principio fundamental sostiene que el recién nacido necesita desarrollar una relación con al menos un cuidador principal para que su desarrollo social y emocional se produzca con normalidad. Los bebés se apegan a los adultos y son sensibles y receptivos a las relaciones sociales con quienes son sus “cuidadores consistentes” durante el periodo que va de los seis meses a los dos años.

Cuando el niño comienza a gatear y caminar, utiliza las figuras de apego como una base segura para explorar el mundo que le rodea y regresar de nuevo a ellas. La reacción de los padres lleva al desarrollo de patrones de apego y estos, a su vez, conducen a modelos internos que guiarán las percepciones individuales, emociones, pensamientos y expectativas en las relaciones posteriores a largo plazo. La ansiedad por la separación o el dolor tras la pérdida de una figura de apego se considera una respuesta normal y adaptativa de un recién nacido y tales comportamientos pueden haber evolucionado debido a que aumentan la probabilidad de supervivencia del niño.

Paradójicamente (¿quién dijo que el pensamiento científico no es rico en paradojas?) John Bowlby, que había tomado el concepto de apego desde orígenes sociobiológicos como para reemplazar el concepto freudiano de represión sexual, terminó dinamitando a la ya tambaleante influencia de la sociobiología 7 en materia de psicología del desarrollo, psicología infantil y psicoterapia. El golpe de gracia al determinismo biológico se apoya en los trabajos de Schore que establecen que los orígenes de las emociones íntimas se encuentran en los procesos tempranos de apego.

Dutton expresó su perplejidad ante el hecho que los científicos sociales que investigan la violencia interpersonal no hayan considerado seriamente los problemas del apego en el surgimiento de su objeto de estudio. El canadiense atribuyó esta omisión a ciertas explicaciones que algunos enfoques de género atribuyen a las causas de la violencia y que hacen de la misma un fenómeno atribuible amplia y mayormente a los varones.

Si bien el aporte de Schore ha sido fundamental para arrojar nueva luz sobre el origen de la violencia interpersonal, otros científicos, como el psiquiatra Bessel Van der Kolk (n.1943) 8 han agregado que la separación y las disrupciones en el apego, que se registran en la primera infancia, son capaces de producir cambios en los trasmisores neurocerebrales y modificaciones permanentes en la neuroquímica cerebral. Van der Kolk ha sostenido que ciertas experiencias de la primera infancia son capaces de volver más vulnerables a las personas a los desórdenes de los sistemas de neurotrasmisión. Estas vulnerabilidades pueden manifestarse más adelante en la vida debido al estrés y especialmente a la pérdida o interrupción de vínculos afectivos.

El determinismo biológico y aquella vieja psiquiatría
Para la psiquiatría del siglo pasado (en algunos casos prolongada hasta la actualidad) el origen de las perturbaciones neurológicas era secundario, lo más importante era el papel causal de los chisporroteos neurológicos para explicar las explosiones de ira y los actos impulsivos. Como ejemplo de la linea de pensamiento de aquella vieja psiquiatría se puede tomar a Frank Elliott, del Hospital de Pennsylvania, que en 1976 atribuía el llamado “síndrome de descontrol epìsódico” a corrientes eléctricas desencadenadas en el sistema límbico, una parte primigenia del cerebro ubicada debajo y detrás de los hemisferios cerebrales.

El sistema límbico es considerado como primigenio o primitivo porque, en el curso de la evolución de la especie humana, habría precedido al desarrollo de la corteza cerebral (el llamado neocortex). El sistema límbico comprende estructuras como la amígdala, el hipocampo y el lóbulo temporal que se considera como “el sitio de las emociones”. La investigación con animales había demostrado que la estimulación de la amígdala, mediante la implantación de microelectrodos, producía ira o placer según el punto exacto en que se ubicaba el estímulo.

Hace unos cuarenta años se solía exponer a los estudiantes de psicología a un filme que había producido el neurofisiólogo español José Manuel Rodríguez Delgado (1915 – 2011) 9. Había inventado lo que llamó el “estímuloreceptor” y en el ejemplo más famoso implantó el aparato en el cerebro de un formidable toro de lidia (justamente en el núcleo caudal que controla los movimientos voluntarios). El científico en persona bajó al ruedo con un pequeño trasmisor en su mano e hizo largar la bestia. Cuando estaba por alcanzarlo, Rodríguez Delgado oprimió un pulsador y el toro paró en seco lo que según él demostraba que el impulso agresivo del animal había sido controlado. Hizo un filme de ese episodio que actualmente posee la BBC y que no puede verse en Uruguay por cuestión de “derechos de autor”.

El experimento del toro no era para Rodríguez Delgado el más prometedor sino otro que llevó a cabo con una chimpancé equipada con un trasmisor implantado en la amígdala cerebral que estaba conectado con una computadora. Si esta percibía alguna señal de actividad inusual en la amígdala el trasmisor enviaba una señal a la zona gris central lo que producía una reacción de rechazo. En este caso la reacción era desagradable o dolorosa. Con el paso de las horas el cerebro del animal producía menos descargas y a resultas de eso Rodríguez Delgado consideraba que la chimpancé resultaba más tranquila y menos atenta y motivada durante las pruebas a que era sometida. A raíz de esto el neurofisiólogo sentó la hipótesis que el método podía ser usado en humanos para controlar ataques de pánico, convulsiones y otros desórdenes.

No hay noticias de que la hipótesis de Rodríguez Delgado haya sido llevada a la práctica tal cual en humanos. Sin embargo, la cirugía neurológica estereotáxica guarda cierta relación con sus teorías, especialmente cuando se emplea para modificar conductas extremas que se considera que no pueden ser controladas de otra forma.

La actividad eléctrica en el sistema límbico aparecía relacionada con las conductas agresivas. Tanto Elliott como Rodríguez Delgado creían que la epilepsia era la “condición orgánica” más común vinculada con la ira agresiva. La epilepsia del lóbulo temporal, a su vez, podría ser ocasionada por un traumatismo temprano (como un incidente de anoxia en la primera infancia) o por lesiones traumáticas.

Sin embargo, estos neurofisiólogos no intentaron explicar adecuadamente las causas de tales “lesiones traumáticas”. Elliott, por ejemplo, nunca sostuvo que esas lesiones podían ser (y de hecho son muchas veces) consecuencia del maltrato o abuso infantil o por un apego deficiente. En 1975 Martha Farrell y Byron Egeland10 empezaban a hacer una investigación trans-generacional de largo plazo (por más de 31 años). Consiguieron establecer una “tasa de trasmisión del maltrato” que mostraba que el 40% de los adultos que maltrataban a los niños habían sido maltratados en su infancia.

Investigación tras investigación, año tras año, las explicaciones neurológicas de la ira y la violencia ignoraron el hecho que la violencia doméstica se registraba en un contexto íntimo y típicamente en privado. Estos aspectos llevaron a pensar que existían ciertos disparadores específicos para las agresiones que eran menospreciados al poner la mira en la “violencia incontrolable” debida a causas orgánicas.

Para el psicólogo social Albert Bandura 11 los experimentos de Rodríguez Delgado sugieren que la estimulación directa de los sistemas cerebrales no es jamás la causa directa de la agresión sino que esta tiene siempre aspectos aprendidos. De este modo – por ejemplo – los monos dominantes y los monos subordinados presentan respuestas opuestas al mismo estímulo. El mono dominante ha aprendido a ser agresivo y atacar; el mono subordinado aprendió que cualquier manifestación de agresividad o ataque traería aparejado gran castigo, de modo que aprendió a suplicar.

Las explicaciones neurológicas de la ira y la violencia no han podido dar cuenta de un aspecto fundamental: ¿Porqué la ira proyectada hacia afuera solamente se da en circunstancias específicas y se dirige hacia blancos igualmente específicos? ¿porqué la violencia doméstica se dirige hacia personas con las que existe una relación de intimidad?

Las investigaciones demuestran, por ejemplo, que la violencia doméstica especialmente en la pareja no es un fenómeno que se desate al azar porque si asi fuera los episodios se registrarían en cualquier lugar y momento. La evidencia demuestra que las explosiones se producen a puertas cerradas y con mayor frecuencia por la noche.

El análisis sociológico y sus ramificaciones
En el último tercio del siglo XX proliferaron los intentos por encontrar una explicación científica a la violencia interpersonal desde otras disciplinas científicas. Los análisis feministas se enfocaron en los aspectos jerárquicos del orden social y aportaron respuestas a cuestiones que la psiquiatría clásica había soslayado: las relaciones de poder entre hombres y mujeres. Desde el punto de vista feminista, el uso de la violencia por los hombres cumplía una función de control esencial para mantener un orden patriarcal.

Al mismo tiempo se había venido desarrollando otra perspectiva, que apenas mencionamos en párrafos anteriores y que aportaba su explicación para el control masculino. Dicho control, la ira y los celos eran reacciones que garantizaban la predominancia genética. Es decir, los hombres expresaban una especie de “mandato biológico” que les impulsaba a asegurarse que ningún otro macho fuera el padre de sus hijos biológicos. Este mandato, tomado en forma más o menos directa de la zoología y la etología, fue llamada sociobiología.

Edward Osborne Wilson, nonagenario desde el pasado mes de junio, es el biólogo, entomólogo (gran especialista en hormigas) y escritor estadounidense considerado el padre de la sociobiología. Su obra Sociobiology: The New Synthesis data de 1975 y fue traducida al español en 1980. Casi todas sus obras han sido editadas en nuestro idioma. Denominado habitualmente E.O. Wilson promovió una manera de enfocar el término conducta, muy desarrollado por los etólogos a partir de sus observaciones del reino animal. Wilson sostuvo que el altruismo en los humanos existe porque beneficia a los genes del individuo que lo practica. Sostuvo que la selección natural actúa sobre el individuo y no sobre el grupo. El éxito reproductivo es por ende el que se consigue al ser capaz de transmitir sus genes a la próxima generación. Wilson también introdujo el término biodiversidad en la literatura científica.

La sociobiología y su concepción de que las conductas humanas son heredadas a través de un proceso de selección natural empezó a aplicarse en particular al maltrato a la mujer con consecuencias perturbadoras. En efecto, si los hombres que controlan, coaccionan e intimidan a las mujeres están desarrollando una conducta sociobiológica como resultado de un mandato impuesto por la selección natural o bien si la violencia en las relaciones de pareja está incorporada en nuestra estructura evolutiva desde hace millones de años ¿se trata de conductas inevitables? ¿deberíamos castigar a los perpetradores si se cree que están cumpliendo un mandato biológico hereditario? ¿Es la violencia parte de la naturaleza humana? Y si asi fuera ¿ seríamos capaces de corregir o modificar algo que se ha desarrollado a lo largo de miles de generaciones de nuestra especie mediante medidas preventivas y políticas sociales de corto, mediano y largo plazo?

Los observadores de la conducta animal sostenían que la posición dominante tiene “ventajas evolutivas” . El animal dominante tiene prelación para alimentarse y para aparearse, Come mejor que los subordinados, se aparea más y tiene más descendencia. Los zoólogos observaban que los animales más grandes y más fuertes ocupaban posiciones dominantes y por ende los machos tenían una posición dominante sobre las hembras.

Aunque esto parezca resultado de un empacho de manidos documentales sobre comportamiento de los leones en África, las derivaciones políticas de estas ideas pronto fueron adoptadas por los derechistas y conservadores de todo pelaje para justificar el patriarcado, el “orden social establecido” y los privilegios de las clases dominantes.

A partir de las premisas sociobiológicas – pese a que varios de sus promotores advertían que lo que se trasmitía genéticamente no eran las conductas concretas sino determinados “impulsos” – se produjo una cascada de ensayos e investigaciones más o menos amañadas para desarrollar los estereotipos más conservadores, racistas y machistas, para naturalizar la violencia e incluso para justificarla.

El maltrato a la pareja por parte de los varones se produce, según los sociobiólogos, como una forma de control coercitivo. Lo que el control masculino procuraría es el acceso exclusivo a la mujer como reproductora. De aquí concluían que los celos son los precursores de la violencia doméstica o de pareja. La piedra angular de la argumentación sociobiológica radica, precisamente, en la necesidad de los varones de dominar a las mujeres para asegurarse la exclusividad sexual.

De este modo y en relación con lo que vimos en páginas anteriores, el abandono o la ruptura de una relación, no es según la sociobiología la reiteración de los temores infantiles a la pérdida o el abandono sino el resultado de una pérdida inminente de la posibilidad de procrear. De este modo, todas las formas de abuso emocional son técnicas coercitivas concebidas para generar sumisión.

Dutton advierte que la sociobiología y el feminismo analizan el abuso en términos de género. Ambas tendencias coinciden en que los varones intentan ejercer coacción en las relaciones íntimas sobre las mujeres y la sociobiología proporciona un motivo para tales conductas: la necesidad reproductiva. Los celos desproporcionados de los hombres tienen su base en la falta de certeza acerca de la contribución que se ha efectuado al pool genético, algo que solamente pueden asegurar las mujeres. Esta falta de certeza de los varones sería la que origina tasas más elevadas de violencia y eventualmente el femicidio por celos. Sociobiología y feminismo coinciden en que la violencia es originada exclusivamente por los hombres.

Pero se trata de caminos errados. Existe una enorme variedad en la incidencia de la agresión de pareja. Es importante destacar que decenas y cientos de estudios en distintas sociedades revelan que una amplia mayoría de los hombres no son físicamente abusivos durante la duración de una relación; una pequeña minoría han tenido comportamientos violentos por única vez y un porcentaje aún más reducido son abusadores en reiteración real. La necesidad reproductiva que la sociobiología levanta como motivación para la violencia marital o de género es absolutamente incapaz de explicar esas variaciones.

Más aún, los seres humanos y para este caso los hombres, expresan su ira en formas muy variadas. Algunas personas simplemente sofocan su ira, otras la dirigen contra si mismas, otras hacia terceros y otras hacia su pareja. La sociobiología y/o el feminismo, a pesar de sus puntos de vista divergentes, tampoco son capaces de explicar el fenómeno de la violencia femenina.

El feminismo intentó originalmente atribuir a la violencia femenina un carácter exclusivo de defensa propia pero las evidencias acumuladas lo desmienten. Por ejemplo, hay investigaciones que demostraron que el abuso verbal es más frecuente por parte de las mujeres que por parte de los hombres en parejas jóvenes estudiadas. Otras investigaciones mostraron que el abuso verbal, físico y sexual era más frecuente en parejas lesbianas que por varones heterosexuales. El hecho que el abuso verbal sea más frecuente en parejas lesbianas demuestra claramente que la agresividad no está cumpliendo la función atribuída de preservar el “contenido genético”.

Por otra parte, la sociobiología es absolutamente incapaz de abordar o explicar la homosexualidad excepto con la metodología habitual que emplea para tratar todo lo que no es “genéticamente funcional”, es decir define a la homosexualidad como una aberración. La quiebra de la sociobiología es más evidente cuando intenta explicar fenómenos terribles como las violaciones masivas que ocurren en las guerras y particularmente en guerras civiles. La explicación sociobiológica convencional sostiene que los ejércitos invasores violan sistemáticamente a las mujeres de los vencidos para bloquear genéticamente al grupo conquistado y para aterrorizar a la población. Desgraciadamente, en muchísimos casos, las mujeres violadas eran posteriormente asesinadas por los perpetradores lo que echaba por tierra la explicación sociobiológica dejando al desnudo el terror.

La sociobiología muestra su endeblez científica siempre que intenta explicar la variabilidad de las conductas y las diferencias que presentan los seres humanos, en sus conductas, en su personalidad y esto se debe a que se trata de una teoría que hace especial hincapié en una “condición humana” invariable e idéntica en todos. Más aún, la incidencia del suicidio indica que los hombres son más propensos a cometerlo que las mujeres y esa diferencia aumenta a lo largo de la vida 12 pero estas teorías son incapaces de eplicar esta propensión.

Lo que carece de sustento es la aplicación de la sociobiología a la psicología de género precisamente porque la primera supone que los hombres son más parecidos entre si y los géneros más distintos que lo que demuestran los datos de la realidad.

Patriarcado profundo y feminismo sociológico
La historia del abuso contra las mujeres se remonta a los tiempos más remotos. No solamente la Biblia promovía la lapidación de las mujeres que no pudieran probar su virginidad (Deuteronomio 22:13-21) 13. El Decreto de Graciano, por ejemplo, una recopilación de normas jurídicas que data del siglo XII, sigue siendo la base del Derecho Canónico de la Iglesia Católica. En esta recopilación se establece claramente que las mujeres están sometidas a los hombres y carecen absolutamente de autoridad 14.

Durante el Medioevo la quema de brujas que había costado la vida a decenas y cientos de miles de mujeres solamente en Europa iba acompañada por textos prácticos como Regole della vita matrimoniale, un manual escrito por el franciscano y predicador itinerante Fra Cherubino da Spoleto (o da Negroponte porque habría nacido en esa isla griega que entonces estaba bajo dominio veneciano) (1414 – 1484).

Este predicador franciscano y su manual didáctico fueron muy populares en Italia central a mediados del siglo XV. Los expertos sostienen que el enfoque de la obra está en profunda sintonía con la visión mercantil-burguesa de la vida que se desarrollaba en la Italia renacentista. Su popularidad fue tan grande que tuvo 21 reimpresiones en su primera década.

Las reglas del Cherubino fueron la norma de la Iglesia Católica en materias matrimoniales por más de cuatro siglos y, en cierta forma, podría decirse que perduran hasta la actualidad. Como conducta conyugal, el predicador recomendaba regañar a la mujer severamente, coaccionarla y aterrorizarla y si esto no diera resultado “toma un garrote y golpéala concienzudamente porque siempre es mejor castigar el cuerpo y corregir el alma que dañar el alma y preservar el cuerpo”. Esta es la justificación del castigo que aparece en las racionalizaciones que hacen los abusadores sobre su conducta violenta.

Algunos autores sostenían que los hombres sentían gran temor por el misterio de la procreación, la capacidad para crear vida, e históricamente transformaron este terror en control (cosa que los abusadores suelen hacer cotidianamente) y desarrollaron medios sociales y normativos para reprimir y subyugar esa capacidad inexplicable de las mujeres. La represión se justificaba atribuyendo un carácter maligno a las mujeres (el pecado de Eva que engrupió al pobre Adán). Ese carácter maligno fue detalladamente descrito, en 1486, por Heinrich Kramer en su clásica obra Malleus Maleficarum 15.

Durante siglos las religiones y las leyes establecieron la subyugación de las mujeres por los hombres. El Código Civil francés, conocido como Código napoleónico o Código de Napoleón, es uno de los más conocidos códigos civiles del mundo y uno de los textos legales más influyentes de la historia desde su promulgación en 1804. Este código establecía que el esposo representaba el poder absoluto en una familia fuerte. El patriarcado era la norma en casi todo el mundo. Era la forma de organización social que reservaba exclusivamente al hombre el poder, la autoridad, el privilegio social y el control de la propiedad.

Se identifica al patriarcado con el predominio del marido sobre la esposa, del padre sobre la madre y los hijos sobre las hijas. Esta idea de dominio y liderazgo por parte de los hombres ha implantado, simultáneamente, un orden simbólico mediante los mitos y la religión, que reproducen esa superioridad como única estructura posible en la que los varones tienen preeminencia en uno o varios aspectos, tales como el derecho al sufragio, la regulación de los delitos contra la libertad sexual o sobre la salud sexual y reproductiva, la violencia de género, los regímenes de custodia legal de los hijos, la doble moral según el género, los mecanismos de invisibilización, la determinación de las líneas de descendencia, los derechos de primogenitura, la autonomía personal en las relaciones sociales, la participación en el espacio público – político o religioso – o la atribución de estatus a las distintas ocupaciones de hombres y mujeres determinadas por la división sexual del trabajo.

Los estudios feministas han echado luz sobre el impacto de esta combinación de doctrinas religiosas, supersticiones y profecías autocumplidas, códigos y leyes y las creencias del hombre común, en el tema que nos ocupa: la violencia interpersonal, en particular la violencia doméstica, y el abuso. La psicóloga clínica Michele Bograd – citada por Dutton – sostiene que todas las investigadoras feministas, clínicas y activistas, se plantean la misma pregunta ¿ por qué los hombres golpean a sus esposas? Y distingue a las feministas de otros que se preguntan ¿ qué psicopatología conduce a la violencia? Bograd dice que las feministas buscan comprender porqué los hombres en general usan la fuerza física contra sus parejas y que función cumple esto en la sociedad en un contexto histórico determinado.

Desde este punto de vista, la violencia contra las mujeres es considerada una forma sistemática de dominación y control social de las mujeres por parte de los hombres. Todos los hombres podrían emplear potencialmente la violencia como medio de subordinar a las mujeres. De este modo, la existencia del patriarcado y las institucioneds patriarcales es el factor principal para el maltrato a las mujeres. El maltrato a la mujer es asi una forma de violencia “normal” que no es cometida por hombres desequilibrados o mentalmente enfermos, diferentes de los demás hombres, sino por hombres que creen que el comportamiento patriarcal es su derecho, que el matrimonio les da un control irrestricto sobre su pareja y que la violencia es una forma aceptable de establecer este control.

Los británicos Russell y Rebecca Emerson Dobash 16 han señalado que los hombres que ejercen la violencia contra sus esposas viven según prescripciones culturales adoptadas en la sociedad occidental – agresividad, varones dominantes y mujeres subordinadas – y emplean la fuerza física como una forma de reforzar esa dominación. Desde la perspectiva feminista la dominación a la que son sometidas las mujeres es vista como un mandato cultural y la violencia es un instrumento para cumplir con ese mandato.

El punto de vista sociológico del feminismo ha representado un aporte importante para contextualizar la violencia doméstica y las fuerzas que subyacen en la misma. Sin embargo, al hacer hincapié predominante en la estructura social, no contribuye a una visión más precisa de los factores individuales que intervienen en este flagelo. En otras palabras, el énfasis intenso y excluyente sobre los factores socioculturales relega a un segundo plano las causas psicológicas de la violencia machista.

En verdad la solución debe apuntar al cambio social y a la superación del patriarcado pero es injusto y eróneo suponer que los estudios sobre la psicopatología de los abusadores sirven como exoneración de los violentos o como sofisma de distracción para no considerar pautas psicológicas y de conducta que serían las normales de “la mayoría de los hombres”. Sucede que el menosprecio o la ignorancia de la psicología a menudo lleva a considerar que la psicopatología puede ser utilizada para excusar a los perpetradores individuales y al mismo tiempo para exonerarlos y para ocultar el hecho de que la psicología es indispensable, junto con las otras disciplinas científicas, para contribuir al cambio de la sociedad que genera las conductas violentas.

El resultado del análisis feminista de la violencia doméstica ha sido el reconocimiento del complejo y poderoso papel de los factores sociales en la creación del contexto en el que tiene lugar dicha violencia. Precisamente – como vimos antes – ese era el contexto que la psiquiatría clásica, el determinismo biológico y la sociobiología, habían escamoteado de sus explicaciones. Los análisis feministas dilucidaron el contexto del abuso y descubrieron que el poder, la dominación y los privilegios masculinos habían sido convenientemente ignorados por los psiquiatras varones.

En el último cuarto del siglo XX la información proveniente de cientos de investigaciones empezó a revelar un panorama más complejo en el caso de la violencia interpersonal, en particular en la violencia doméstica, en el que ya no podía considerarse al patriarcado y a la socialización masculina como causas únicas. Para empezar quedaba claro que la mayoría de los hombres que crecieron y se socializaron bajo los mismos patrones del papel masculino, mostraban grandes variaciones en cuanto a su actitud hacia las mujeres. Miles de entrevistas, encuestas y cuestionarios personalizados llevados a cabo en Canadá y en los EUA mostraron que un alto porcentaje de los maridos (89%) eran considerados como no-violentos por sus parejas. En tanto que un porcentaje menor (alrededor del 4%) desarrollaban conductas violentas (insultos, golpes, etc.)

Otras investigaciones demostraron que, asi como había gran variabilidad en el abuso físico por los varones, también había mucha diversidad en los arreglos de poder en el seno de las familias. Los psicólogos Diane Coleman y Murray Straus 17 evaluaron “el poder marital” considerando cual de los cónyuges tiene “la última palabra” en las decisiones importantes a nivel familiar. De este modo establecieron una tipología de parejas : de poder masculino, de poder femenino, de poder dividido e igualitarias. Hace unos años, en los EUA, más de la mitad de las parejas eran de “poder dividido” (ambos cónyuges se repartían las decisiones importantes), casi un 30% eran igualitarias (todas las decisiones se adoptaban de común acuerdo) y casi un 10% eran de dominio masculino y un 7,5% de dominio femenino. Estos guarismos parecen indicar que existe variedad en el empoderamiento y que el dominio masculino es mucho más escaso que como lo presenta el feminismo clásico.

A esta altura, la academia se planteaba interrogantes como ¿ porqué algunos hombres se vuelven dominantes y abusivos mientras otros no lo hacen? O ¿ si ambos tipos de hombres se habían criado bajo las mismas influencias y en la misma sociedad porqué sus actos eran tan diversos ? Al feminismo le resulta casi imposible proponer respuestas a esos interrogantes porque han apuntado exclusivamente a las diferencias de género – es decir a las diferencias en la socialización que establecen diferencias entre hombres y mujeres – y no a los factores psicológicos que podrían contribuir a explicar porqué algunos hombres son abusivos y violentos mientras que la mayoría no lo son.

Primer paso: romper el muro del silencio
En los años siguientes aparecieron nuevos descubrimientos que mostraban la complejidad encerrada en los orígenes de la violencia doméstica. En el año 2002, la canadiense Janice L. Ristock produjo No More Secrets: Violence in Lesbian Relationships ( No más secretos: la violencia en las relaciones lesbianas) 18. En esa obra se controvertían ciertos mitos que compartieron, durante bastante tiempo, la sociobiología y el feminismo clásico, como “la violencia es un rasgo biológico de los varones”, “cuando las mujeres pelean ninguna resulta seriamente lastimada” o “en las parejas lesbianas no hay abuso” . Los hallazgos de Janice Ristock, de Claire Renzetti y de Gwat-Yong Lie, entre otras, demostraron que de hecho las relaciones lesbianas muchas veces se tornan violentas.

Cientos de entrevistas con lesbianas que habían sufrido abusos en sus relaciones empezaron a arrojar luz sobre un fenómeno al que no se le había prestado atención. Según estas investigaciones en una de cada cuatro relaciones de pareja homosexuales se registraban episodios de violencia doméstica pero estos hechos se mantenían ocultos por varias razones. Al darle la palabra a las víctimas, las autoras consiguieron ayudar a las mujeres a enfrentar la violencia, a romper el muro del silencio, a compartir sus secretos y a señalar las distintas formas de abuso que sufrían.

El hecho de que estas obras suelen estar basadas en testimonios las hace metodológicamente complejas y muchas veces resistidas pero indispensables. Los testimonios siempre están apuntados a algo o a alguien y se requieren testigos preparados para aceptar la obligación de leer, ver, escuchar y responder a una experiencia incorporada y singular que no es reconocida como propia. Esto es aproximadamente lo que sostiene Roger Simon en el prólogo de “No más secretos” y no hay que apelar a Ruanda o a los Balcanes para reclamar la responsabilidad de los testigos. Para los uruguayos esto resulta imperioso desde que se conocen los testimonios de las mujeres que sufrieron violaciones y aberrantes abusos en los cuarteles de la dictadura cívico-militar durante los años de terrorismo de Estado (1973-1985).

Por la importancia del asunto me permitiré algunos párrafos más sobre esto. La necesidad de romper el silencio y derrotar el secretismo ha sido un caballito de batalla de quienes luchan contra todas las formas de abuso, contra los crímenes de lesa humanidad y desde luego de los movimientos feministas en su lucha para terminar con la violencia de género. En este preciso momento, el énfasis se hace en los casos de abuso sexual infantil ante las valientes declaraciones de mujeres y niñas que rompen el silencio y dan testimonio de sus experiencias personales y de los sufrimientos que soportaron a manos de padres, abuelos, tíos y/o hermanos que se habían mantenido en secreto.

El secreto es parte de la violencia porque los perpetradores pretenden que las víctimas continúen con sus vidas en forma “normal” sin hacer público el infierno, que tuvo lugar en la intimidad hogareña o detrás de las puertas de los cuarteles y las cárceles, por miedo al estigma que pesa sobre las víctimas y a las represalias de quienes amparan a los victimarios. El secreto y el soberbio menosprecio de los seres humanos es la esencia del comportamiento de los generales que ocultan el conocimiento de los crímenes o se “demoran” en comunicarlos para devolverlos a un olvido cómplice.

En el caso específico de la violencia en parejas lesbianas el secreto se apoya, además, en la homofobia y el heterosexismo que se considera un contexto opresivo capaz de acarrear riesgos a quien revela secretos. El ocultamiento de la violencia en parejas lesbianas también puede tener razones “estratégicas” para los movimientos feministas que temen debilitar sus argumentos en la lucha para erradicar el abuso si no lo presentan como el resultado de una violencia global exclusivamente masculina.

Exponer secretos nunca es fácil, siempre es doloroso, pero se sabe que el costo de mantenerlos ocultos es todavía mayor e incluso transgeneracional (asunto fundamental sobre el que no me extenderé ahora). En materia de violencia doméstica y abuso infantil los perpetradores no son únicamente los parientes varones. Todo tipo de violencia, sexual, psicológica, política, laboral, deportiva, emocional, física, pública o privada, se desarrolla también entre mujeres.

Abordar el tema de la violencia en forma concreta no solamente requiere prestar atención a las realidades materiales de la misma sino a los términos y las formas con que nos referimos a ella, asi como a los límites que ponemos al tratamiento y al conocimiento que todos y cada uno tenemos de la violencia. Uno de los problemas que se nos plantean en este abordaje es el hecho que las ciencias sociales y de la salud han intentado crear una explicación única y monolítica que explique todas las formas de violencia. Eso lo hemos visto antes en el caso de la vieja psiquiatría, de la sociobiología, de la psicología conductista, de la sociología funcionalista, del feminismo.

Romper el muro del silencio, escuchar a las víctimas, es el primer paso imprescindible y a este no se le puede anteponer o superponer ningún esquema explicativo universal y rígido, especialmente en el caso de la violencia doméstica. Explicaciones unívocas acerca de motivos de la violencia como “poder y control” o “efectos del patriarcado” o “abuso mutuo” erran y confunden si se aplican indiscriminadamente.

La fórmula para una explicación perfecta no existe. Es preciso un análisis sensible y detenido. Si bien no hay excusa para el abuso y la violencia, existen muchas formas de relaciones abusivas. Debemos ser capaces de comprender esas diferencias para desarrollar un tratamiento preventivo y reparador. No es idéntica la situación de quien ha sufrido abuso toda su vida que quien ha ocupado alternativamente el papel de perpetrador/a y el de víctima. No es lo mismo quien vive las secuelas de una agresión violenta que quien emplea la violencia contra una pareja abusiva 19.

De este modo ha aparecido como necesario separar los efectos de la dominación masculina de los efectos de la intimidad y la convivencia en la gestación de la violencia doméstica. Una de las conclusiones es que existen experiencias emocionales, que forman parte de la intimidad de las personas y que tienen que ver con la generación del abuso. La socióloga estadounidense Claire M. Renzetti 20, en un estudio sobre parejas lesbianas, concluyó que los celos y la dependencia juegan un papel en el surgimiento de la violencia. Esos factores también fueron importantes en el surgimiento de la violencia de los hombres hacia las mujeres en parejas heterosexuales, de mujeres hacia sus esposos o novios, y de varones homosexuales contra sus parejas.

Cualquiera sea el perfil del abuso incluye celos y dependencia y presentará algunas diferencias entre hombres y mujeres. Sin embargo, la violencia de pareja se manifiesta en forma muy similar, tanto por los hombres como por las mujeres. Una de las teorías psicológicas que ha contribuido a una mejor comprensión de la violencia doméstica es la llamada teoría del aprendizaje social promovida por Albert Bandura y tratando de la misma comenzaremos el próximo y tercer artículo de esta serie.
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Por Lic. Fernando Britos V.

La ONDA digital Nº 935 (Síganos en Twitter y facebook

 

1Dutton, Donald G. (2007) The Abusive Personality. Violence and Control in Intimate Relationships. The Guilford Press, Nueva York.
2Savater, Fernando ( 2005) Los siete pecados capitales. Sudamericana, Buenos Aires.
3 En un ensayo de 1982 Gould escribió:

Nuestra incapacidad para percibir un bien universal no registra ninguna falta de percepción o ingenio, sino que demuestra simplemente que la naturaleza no contiene mensajes morales estructurados en términos humanos. La moralidad es un tema para filósofos, teólogos, estudiantes de humanidades y, de hecho, para todas las personas que piensan. Las respuestas no se pueden leer de forma pasiva de la naturaleza; éstas, ni surgen, ni pueden surgir de los datos de la ciencia. El estado fáctico del mundo no nos puede enseñar cómo, con nuestros poderes para [distinguir] el bien y el mal, debemos alterarlo o preservarlo de la manera más ética.

4Chorover, Stephan L. (1986) Del génesis al genocidio. La sociobiología en cuestión. Orbis, Madrid. Chorover fue Profesor Emérito del Massachussetts Institute of Tehcnology donde investigó y enseñó durante medio siglo.

5 Schore ha investigado en neurociencia afectiva, neuropsiquiatría, psicología del desarrollo, teoría del apego, pediatría, salud mental infantil, psicoanálisis y psicoterapia. Es autor, entre otras, Affect Regulation and the Origin of the Self (Regulación de los afectos y origenes del yo) y de Affect Dysregulation and Disorders of the Self y Affect Regulation and the Repair of the Self. Schore ha trabajado sobre desarrollo cerebral mediante el uso de neuroimagenología para estudiar los efectos del apego y sobre el trastorno limítrofe de personalidad. Es psicoterapeuta.

6 Al terminar la Segunda Guerra Mundial, era imperioso abordar la situación de los huérfanos y los niños sin hogar. Las Naciones Unidas encargó un trabajo sobre el tema al psiquiatra y psicoanalista británico John Bowlby (1907 – 1990) quien lo tituló como el problema de “la privación materna”. A partir de este se desarrolló la teoría del apego.

7La sociobiología es un enfoque que se vincula con el determinismo biológico, del mismo modo que la sociología de finales del siglo XIX se vinculaba con el llamado darwinismo social, la eugenesia y la pureza racial y el mal uso de la tests psicológicos. La mayoría de las críticas contra la sociobiología son exclusivamente científicas. La sociobiología se ha usado para justificar posiciones políticas de derecha, incluyendo la conservadora Heritage Foundatiom (afin a los Lacalle en Uruguay) contra los afroamericanos en los EUA y el Frente Nacional neonazi británico. El antropólogo Marvin Harris ha criticado a la sociobiología por ignorar la cultura y su adaptabilidad de y por enfatizar en exceso los genes, como si fueran el único factor heredado. Muchos conocimientos útiles para la supervivencia de sociedades ancestrales se transmitían a través de la cultura sin mediación de los genes.

8El destacado psiquiatra Van der Kolk, nacido en Holanda, trabaja en los Estados Unidos especialmente sobre trauma psíquico y estrés post traumático.

9José Manuel Rodríguez Delgado, nacido en España, fue médico en las filas republicanas y después de pasar largo tiempo en un campo de concentración (desde 1939) debió volver a hacer toda la carrera para recibir, por segunda vez, el título de doctor en medicina. En 1946 se fue a los Estados Unidos y se dedicó a su especialidad, la neurofisiología y especialmente a la estimulación eléctrica del cerebro (en los EUA se le llamaba José Delgado). En 1974, durante la disgregación del tardofranquismo, volvió a España.

10Ver por ejemplo: el Minnesota Longitudinal Study of Parents and Children (MLSPC) lanzado por el Instituto de Desarrollo Infantil de la Universidad de Minnesota en 1975. Se trató del primer estudio longitudinal de como se desarrolla el apego padres-niños, como cambia con el tiempo y como la calidad del apego en la infancia influye sobre el desarrollo a largo plazo. Esta investigación ha permitido concebir intervenciones preventivas para padres y niños en circunstancias de alto riesgo. https://psychology.wikia.org/wiki/Minnesota_Longitudinal_Sudy_of_Parents_and_Children

11 Albert Bandura (n. 1925) es un psicólogo estadounidense de origen canadiense, Profesor Emérito de la Universidad de Stanford. Con sus 94 años recién cumplidos, Bandura sigue haciendo importantes contribuciones a la educación y la psicología social en diversos ámbitos, incluyendo la teoría cognitiva, la psicología de la personalidad y la terapia, entre otros. Se le considera la figura clave en la transición teórica entre el conductismo y la psicología cognitiva y como veremos más adelante en esta serie de artículos es el promotor de la teoría social del aprendizaje.

12Hace poco más de una década, el Instituto Nacional de Salud Mental de los Estados Unidos, señalaba que a la edad de 22 años los hombres que cometían suicidio eran cuatro veces más que las mujeres. Esa proporción se iba haciendo más pronunciada de modo que a los 85 años, los varones suicidas eran diez veces más que las mujeres suicidas. Asimismo, los varones aparecían como once veces más propensos a cometer suicidio en el caso de una separación o ruptura de la pareja.

13La lapidación consiste en que los asistentes lancen piedras contra una persona hasta matarla. Como una persona puede soportar golpes fuertes sin perder el conocimiento, la lapidación puede producir una muerte muy lenta. Esto provoca un mayor sufrimiento. Naturalmente no estasba destinada exclusivamente a las mujeres. En la Torá/Pentateuco se estblecen los siguientes crímenes a castigar mediante lapidación: por tocar el monte Sinaí mientras Dios entregaba los Diez Mandamientos; un buey que cornea a un hombre debe ser lapidado; por violar el día de reposo; por entregar a un hijo al dios Moloch; por evocar espíritus o practicar la adivinación; por blasfemar contra Dios; por idolatrar a otros dioses o incitar a otras/os a hacerlo; por no obedecer a los propios padres; por casarse sin ser virgen y pretendiendo serlo; por tener relaciones sexuales un hombre y una mujer casada con otro hombre (ambos deben ser lapidados).

14Graciano consideraba que Adán había sido engañado por Eva y no a la inversa lo que daba pie al sometimiento perpetuo de las mujeres. Consejas similares se encuentran en la Torá, en el Corán y en otros textos religiosos.

15 El Malleus Maleficarum, comúnmente conocido como “el martillo de las brujas” es el más famoso de los tratados sobre brujería. Fue escrito en latín por un cura renegado que había sido inquisidor (Kramer) y publicado por vez primera en la ciudad alemana de Speyer. Promovía la exterminación de las brujas y desarrollaba una prolija teoría legal y teológica llena de odio. El Malleus (martillo en latín) equiparaba la brujería con la herejía, recomendaba procedimientos como la tortura para obtener confesiones y la pena de muerte, en la hoguera, como único medio eficaz para erradicarla. Hasta 1487 la brujería era considerada un asunto de menor importancia pero al ser equiparada con la herejía se volvió un delito capital y esto trajo aparejadas las persecusiones y brutalidades masivas de los siglos XVI y XVII que costaron la vida a cientos de miles de mujeres, en Europa y también en América.

16 Estos distinguidos investigadores de la Universidad de Manchester son coautores de ocho libros y más de cien artículos sobre violencia doméstica, violencia de género y homicidios. Su primer obra data de 1979, Violence Against Wives, estableció a nivel mundial el ámbito de la contextualización histórica y social de la violencia doméstica. Han trabajado en Gran Bretaña, Canadá, los EUA y Australia. Sus investigaciones se concentran en estudios específicos de la violencia contra las mujeres, el abuso sexual infantil; la evaluación de la justicia criminal apoyándose en los programas de tratamiento para hombres violentos; en el físicoculturismo, los esteroides y la violencia y las respuestas de hombres y mujeres a la violencia televisiva. Sus obras no han sido traducidas al español y esta es una deuda importante en la divulgación de sus investigaciones.

17Straus, Murray (1990) Physical Violence in American Families. Routledge, Nueva York. Este libro se basa en dos investigaciones que hicieron un seguimiento de más de 8.000 familias estadounidenses. Los trabajos mostraron que la familia puede ser el lugar central del amor y el apoyo pero también aquel en que se perpetra la violencia, especialmente la violencia física. Como en el Uruguay hoy, se sabe que las mujeres y los niños corren un riesgo considerablemente mayor de ser atacados en el hogar que en las calles de cualquier localidad. Contiene mucha información sobre las diferencias y similitudes de género en cuanto a la violencia y los efectos de los papeles de género y la desigualdad.

18Esta obra editada en Nueva York y Londres por Routledge, hace casi dos décadas, no ha sido traducida al español y no parece haber investigaciones que la emulen en nuestro idioma. De lo poco que hay en español recomiendo un vistazo a https://www.unirioja.es/genero/archivos/pdf/art_generos_goico.pdf en que se accede a un trabajo de la española María Ángeles Goicoechea Gaona del año 2016.

19Por las dudas hay que señalar que Janice L. Ristock asegura que escribe como lesbiana y como feminista y que al demostrar que las mujeres son violentas no intenta opacar el enorme problema de la violencia masculina contra las mujeres y que no pretende destruir su sexualidad al aludir a la violencia lesbiana sino que reclama el espacio identitario para reconocer las realidades del abuso en las relaciones interpersonales. Las investigaciones mostraron que el 42 % de las mujeres habían sido abusadas por sus parejas masculinas y un 57% lo habían sido por parejas femeninas.

20Claire M. Renzetti es profesora de sociología de la Universidad de Kentucky y ahora mismo sus investigaciones apuntan, entre otras, a: 1) relaciones entre religiosidad, autoregulación religiosa y violencia de pareja, perpetración y victimización, incluyendo el análisis del efecto de diversas variables moderadoras y mediadoras (como el alcohol, el sexismo, la oriemtación al dominio social y el autoritarismo derechista) en esas relaciones; 2) evaluación de los programas terapéuticos de horticultura en un refugio para mujeres maltratadas; 3) evaluación del entrenamiento policial en la identificación y respuesta al tráfico sexual.

 

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