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CINE | “Los dos papas”: Congelados en el tiempo

El inconmensurable poder de la teocracia que gobierna autoritariamente las conciencias de los fieles en una institución milenaria pero aun conservadora a rajatabla, es el reflexivo disparador temático de “Los dos papas”, el film del talentoso realizador brasileño Fernando Meirelles.

En esta película, el autor de recordados títulos como “El jardinero fiel” (2005),  “Ciudad de Dios” (2002) y  “Ceguera” (2008)- inspirada en la novela “Ensayo sobre la ceguera” del Premio Nobel de Literatura portugués José Saramago- se aventura a incursionar en un ámbito cerrado a cal y canto como lo es, sin dudas, la Iglesia Católica.

En tal sentido, recrea la peripecia de dos pontífices –el alemán Benedicto XVI o Joseph Ratzinger y el argentino Francisco o Jorge Bergoglio- quienes, desde diferentes posiciones de poder- interactuaron en el mismo período histórico.

Con una minuciosa prolijidad en los detalles y en materia de ambientación, en pleno Vaticano, el relato describe el largo proceso de votación de los cardenales destinado a elegir a quien ocupará la más alta jerarquía eclesiástica.

En el decurso de la narración, el cineasta brasileño explora los entretelones primero de la designación de Benedicto XVI y ulteriormente de Francisco, en un discurrir destinado a desnudar las ocultas negociaciones y las no menos encarnizadas e intestinas luchas de poder que rodean estos conciliábulos.

Paralelamente, una cámara aérea gira hacia la amplia explanada de la Plaza San Pedro, donde una expectante y fanatizada multitud aguarda el humo blanco de la chimenea que anuncie el soberano dictamen de los popes de la Iglesia.

En estos iniciales pasajes de la narración y por más que se conocen muy bien ambos desenlaces, Meirelles maneja con sabiduría el suspenso,  como si se tratara de una suerte de thriller.

En tal sentido, el realizador mixtura la historia con la ficción, para conformar una escenografía que plantea algunas de las más grotescas controversias y contradicciones del poder religioso como, por ejemplo, los sonados escándalos de abuso sexual y los repugnantes casos de pedofilia perpetrados por sacerdotes.

De todos modos, la película está concebida mediante un acento bastante más intimista, que privilegia –además de recrear la vida pública de los pontífices- su ámbito privado.

En tal sentido, la obra transforma en protagonista casi excluyente de este largometraje a Francisco (Jonathan Pryce y Juan Minujín  en su juventud), reconstruyendo las diversas contingencias de su vida adulta.

Al respecto, el film no omite evocar la relación amorosa del religioso con una mujer antes de entregarse a su fe y optar por el sacerdocio, así como también su trabajo pastoral en directo contacto con la población más vulnerable de la sociedad argentina.

Por supuesto, no existe ningún cuestionamiento explicito a las inmutables reglas de esta religión referida al ya caduco celibato, que confronta a las personas al desafío y la disyuntiva de optar entre el matrimonio con una mujer o con su fe.

Aunque obviamente el propósito de esta película no era ciertamente poner este tema en debate, la propia peripecia de Jorge Bergoglio- luego devenido en Francisco- pudo haber ameritado alguna reflexión sobre el particular.

Sin embargo, en lo que sí enfatiza el guión de esta propuesta es en el perfil eminentemente político del prelado y futuro papa, cuando ensaya una minuciosa retrospectiva sobre los acontecimientos históricos que conmovieron a la Argentina, entre mediados de la década del setenta y comienzos de la del ochenta del siglo pasado. En esas circunstancias, hay secuencias documentales que exhuman algunos hitos tan dolorosos como lacerantes.

No en vano, según elocuentes testimonios, el religioso tuvo una actuación bastante relevante durante la dictadura genocida inaugurada en 1976, por la criminal junta militar integrada por Jorge Rafael Videla (ejército), Emilio Eduardo Massera (Armada) y Orlando Ramón Agosti (Fuerza Aérea).

Empero, las mayores controversias se originaron por su ambigua relación con el propio Massera, que parece estar rodeada de algunos oscuros entretelones.

Al respecto, no faltan ni faltarán acusaciones directas sobre una eventual colaboración del sacerdote con las fuerzas represivas y hasta la entrega de opositores a la maquinaria trituradora del gobierno autoritario que asoló al vecino país.

La narración no emite concluyentes juicios de valor con respecto a la performance del cura argentino en esos tiempos oscuros de violencia. Tampoco incursiona en el pasado nazi del propio Ratzinger (Anthony Hopkins).

En cambio, si reconstruye o construye largos coloquios entre estos dos personajes de la iglesia contemporánea, muchos de ellos seguramente en clave de ficción, en los cuales ambos confrontan hasta con dureza sus ideas, con el único límite del dogma de fe.

No falta tampoco una escena en la que ambos observan por televisión la final de la Copa del Mundo de Brasil 2014, en la cual la selección alemana derrotó a su homóloga argentina.

Más allá de eventuales logros en materia de ambientación, fotografía, música y por supuesto de actuación, “Los dos papas” es una mirada bastante indulgente sobre personalidades que, por uno y otro motivo, marcaron a fuego la historia de la Iglesia Católica Apostólica Romana del presente.

De todos modos, esta película tiene la virtud de poner sobre el tapete algunos temas bastante controversiales que impactan contemporáneamente a la interna eclesiástica y que convocan a reflexionar  -tal vez sin la frontalidad ni la profundidad requeridas- acerca del dogmatismo cerril y exacerbado, la intolerancia y el autoritarismo de una institución congelada en el tiempo.

 

Por Hugo Acevedo
(Analista)
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