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Anidar y hacer nido

De Italo Calvino, de nacionalidad italiano aunque nacido en Santiago de las Vegas, un suburbio de La Habana, Cuba, en 1923, de madre botánica y profesora y de padre ingeniero agrónomo y botánico tropical que también enseñaba agricultura y floricultura y que «había sido en su juventud un anarquista, un seguidor de Kropotkin y luego un reformista socialista», alguna vez hemos comentado acerca de su novela “El barón rampante”. Esa novela, en la que abandona el neorrealismo italiano, se dice que es fruto de la decepción ideológica del autor que, tras la Invasión de Hungría por la URSS (1956), había abandonado el Partido Comunista Italiano y se había apartado del compromiso político.

En realidad, “El barón rampante” es un canto a la libertad y sobre todo a la libertad individual, y la determinación firme de ser quien realmente uno quiere ser. Siguiendo el consejo de Vittorini (otro escritor neorrealista que dirigiera la revista literaria Menabo entre 1959 y 1966 junto a Calvino), abandonó la literatura realístico-social y picaresca, que tenía muchos puntos de contacto con Cesare Pavese, para dedicarse a una especie de narración fantástica y poética, plagada de elementos maravillosos, como en “El barón rampante”.

En el prefacio de “El sendero de los nidos de araña” (publicada con la ayuda de Cesare Pavese), con su particular concepto (nidos de araña), “más que obra mía —dice el autor— la leo como un libro nacido anónimamente del clima general de una época, de una tensión moral, de un gusto literario que era aquel en el que, terminada la segunda guerra mundial, se reconocía nuestra generación”. Y de alguna manera esta obra resume esa generación, porque, como afirma Calvino: “habíamos vivido la guerra y los más jóvenes —que habíamos tenido tiempo de participar en la resistencia— no nos sentíamos aplastados, vencidos, “quemados” por ella, sino vencedores, impulsados por la carga propulsora de la batalla apenas concluida, depositarios exclusivos de un patrimonio hereditario”. Es por ello que “al principio, la renacida libertad de hablar fue para la gente furia de contar” y “nos movíamos en un multicolor universo de historia”. Fue natural que quien escribía se encontrara “tratando la misma materia que el narrador oral anónimo”, lo que se contaba en la calle, en ciertas circunstancias, tenía ahora una salida literaria, narrativa.

En realidad, “El barón rampante” es un canto a la libertad y sobre todo a la libertad individual, y la determinación firme de ser quien realmente uno quiere ser.

Así, en el prólogo en la edición correspondiente a junio de 1964 que aquí se publica antecediendo a la novela (y que más que prólogo es una especie de tanteo prologal que va ensayando por aproximación), dice que “durante la guerra partisana las historias se transformaban apenas vividas y se transfiguraban en historias contadas por las noches en torno al fuego, iban adquiriendo un estilo, un lenguaje, un humor como de bravata, una búsqueda de efectos angustiosos o truculentos. Algunos de mis cuentos, algunas páginas de esta novela tienen en su origen esa tradición oral nacida en los hechos, en el lenguaje”. Lo que se buscaba era “expresarnos a nosotros mismos, expresar el sabor áspero de la vida que habíamos conocido poco antes, tantas cosas que creíamos saber o ser, y que tal vez sabíamos y éramos realmente en aquel momento”. Pero además, se trataba de dar flujo a “personajes, rumores políticos, expresiones jergales, palabrotas, lirismos, armas y abrazos (que) no eran sino colores de la paleta, notas del pentagrama; sabíamos demasiado bien que lo que contaba era la música y no el libreto, jamás se vieron formalistas más empecinados que los englobadores que éramos, jamás líricos tan efusivos por como los objetivistas que pasábamos por ser”. Lo que podríamos llamar una búsqueda tenaz de “objetivismo total”, o el realismo, en su variante italiana de la pos guerra.

 Neorrealismo
El sendero de los nidos de araña” relata la experiencia del propio Calvino en la resistencia, dentro de los partisanos. Pero su relato se hace convincente cuando nos cuenta la historia de la guerra desde afuera hacia adentro, y con la visión de un niño. “En realidad los elementos extraliterarios eran en ese caso tan macizos e indiscutibles que parecían un dato natural; todo el problema nos parecía de poética: cómo transformar en obra literaria ese mundo que era para nosotros el mundo”. Es decir, que entonces el neorrealismo “fue un conjunto de voces, en gran parte periféricas, un descubrimiento múltiple de las diversas Italias, también —o especialmente— de las Italias hasta entonces más inéditas para la literatura”. Allí tendrán cabida dialectos y jergas “capaces de hacer fermentar la masa de la lengua literaria”. “La caracterización local quería dar sabor de verdad a una representación en la que debía reconocerse todo el vasto mundo (como los escritores norteamericanos de los 30, como si fueran discípulos directos e indirectos). En todo caso, dice Calvino, “nuestro realismo debía ser lo más distante posible del naturalismo”.

Es claro que hay una escritura desigual, un repertorio documental casi folclórico, como elementos integrantes de la novela, así como el modo de representar a la persona humana: “rasgos exasperados y grotescos, muecas torcidas, oscuros dramas visceral-colectivos”. O, por ejemplo, nos confesará (siempre en el prólogo, que sirve para enmarcar todo lo que estaba alrededor de la novela), “para satisfacer la necesidad del injerto ideológico, recurrí al expediente de concentrar las reflexiones teóricas en un capítulo que se separa del tono de los otros, el IX, el de las reflexiones del comisario Kim”. “En la época en que lo escribí —dice Italo Calvino—, crear una “literatura de la Resistencia” se presentaba como un imperativo: a dos meses apenas de la Liberación, en los escaparates de las librerías estaba ya “Uomini e no” de Vittorini, con nuestra primordial dialéctica de muerte y felicidad en su interior; los gap (grupos de acción partisana) de Milán habían tenido en seguida su novela, toda ella hecha de rápidos saltos en el mapa concéntrico de la ciudad; nosotros, que habíamos sido guerrilleros de montaña, hubiéramos querido tener nuestra novela, con nuestro ritmo diferente, con nuestras idas y venidas diferentes…”. Y ese será el imperativo de esta novela, intentando reflejar el momento histórico de una comunidad determinada en una situación bien concreta.

Nos aclara, además, que “justamente para no dejarme intimidar por el tema, decidí abordarlo no de frente sino en escorzo […] Inventé una historia que se mantuviera al margen de la guerra partisana, de sus heroísmos y sus sacrificios, pero que al mismo tiempo transmitiera su color, su áspero sabor, su ritmo…”. Porque “quería combatir al mismo tiempo en dos frentes, lanzar un desafío a los detractores de la Resistencia y al mismo tiempo a los sacerdotes de una Resistencia hagiográfica y edulcorada”.

Vemos entonces que hay cierta “dirección política” de la actividad literaria, y una búsqueda del héroe positivo, “que diera imágenes normativas y pedagógicas de conducta social, de milicia revolucionaria”, es decir una literatura con función “celebratoria y didascálica” (que  tiene relación con la enseñanza o es propio para instruir), como señala Italo Calvino.

“En realidad (asomándonos a la cocina del escritor), el libro iba saliendo como por casualidad, me había puesto a escribir sin tener en la mente una trama precisa, había partido de ese personaje de pilluelo, es decir de un elemento de observación directa de la realidad, un modo de moverse, de hablar, de relacionarse con las personas mayores y, para darle un apoyo novelesco, inventé…” todo lo demás.

[El método] “…a este esquema, a este diseño (narrativo) que se iba formando casi solo, yo trasvasaba mi experiencia […], una multitud de voces y rostros […], un río de discusiones y lecturas”, que se entretejían con la experiencia. Otros elementos metodológicos: “…en  la juventud, cada libro nuevo que se lee es como un nuevo ojo que se abre y modifica la vista de los otros ojos o libros-ojos que teníamos antes…”. “Al escribir, mi necesidad estilística era mantenerme por debajo de los hechos […] trataba de escribir como hubiera escrito un hipotético yo autodidacta”. Todos ellos son elementos para la escritura de la novela.

La primera referencia sobre la literatura de guerra revolucionaria, la que tenían más a mano, era “¿Por quién doblan las campanas?, de Hemingway, pero también “Caballería roja”, de Babel (Calvino dice que este es “uno de los libros ejemplares del realismo de nuestro siglo”), nacido de la relación entre el intelectual y la violencia revolucionaria, e incluso “La derrota” de Fadéiev. Por su parte, “La casa en la colina”, de Pavese, “Una cuestión privada”, de Beppe, o “Un día de fuego”, de Fenoglio, son tres obras italianas sobre el mismo tema de los partisanos. Y ya que estamos es hora de definir qué significó para Calvino la guerra partisana: “Yo había sido, antes de juntarme con los partisanos, un joven burgués que siempre había vivido en familia; mi tranquilo antifascismo era ante todo oposición al culto de la fuerza guerrera, una cuestión de estilo”.

Luego nos dará las consideraciones sobre lo sucedido después de la publicación de esa novela: “El primer libro ya te define […] y esa definición tendrás que arrastrarla toda la vida tratando de darle una confirmación o de ahondarla, o de corregirla o de desmentirla, pero sin poder prescindir de ella nunca más”. Porque todo lo que se lleva en la memoria —o mejor dicho en la experiencia del escritor—, “apenas has dado forma a una obra literaria, se seca, se destruye”.

Los senderos de la novela
Habíamos anotado al principio sobre la singularidad del título de la obra. Sabemos que las arañas no anidan colectivamente, sin embargo viven en cuevas cuya entrada tiene una forma de tapa para entrar y salir. Pudiera ser que una sola araña tenga un nido, pero ¿puede ser posible un lugar donde muchas arañas tengan allí su nido? Es decir, un sendero que sea exclusivamente de nidos de araña.

Si aceptamos que la novela está escrita al modo realista, debemos creer que sí, que existen los nidos de araña… al menos para alguien. Este alguien es el personaje central de la novela, el niño Pin, habitante del Carrugio Lungo. El carrugio es una zona que tiene callejuelas en gradas de los barrios pobres, sobre todo en las ciudades litorales del golfo de Génova, que es una especie de bajo portuario, con burdeles. Ya Gaspare Invrea (que escribió bajo el seudónimo de Remigio Zena, y así es más conocido), ambienta en los carrugi de Génova su novela más célebre, “La boca del lupo” (de 1892), por lo que esto no es nada nuevo en la narrativa italiana.

Su escritura, como ya dijimos, es una escritura objetiva, aunque tiene tintes costumbristas, con un lenguaje común, vulgar. Nos pinta al personaje con detalles que va colocando en diversos párrafos de la narración.

Más elementos para la descripción, pero sobre acciones hechas y particularidades: Pin nunca estuvo en la cárcel pero “la vez que quisieron llevarlo al reformatorio, se escapó”; “pero en el calabozo de la comisaría sí ha estado un poco, y sabe lo que quiere decir”. “Pin tiene una voz ronca de niño viejo; dice cada frase en voz baja, serio, y de pronto estalla en una carcajada en i que parece un silbido, y las pecas rojas y negras se le apretujan alrededor de los ojos como un vuelo de avispas”. Además, “conoce todo lo que pasa en el carrugio”, en todas partes mete sus narices.

Pin, que es un niño pícaro, y deseoso de hacer bromas a los demás, trabaja como ayudante en el taller de Pedroflaco, zapatero. Este hombre “se pasa la mitad del año en la cárcel porque ha nacido desgraciado y cuando hay un robo en los alrededores acaban siempre por encerrarlo a él”. De este modo, la injusticia, la injusticia social, está desde el primer momento en la novela, y la enmarca. Y cuando vuelve de la cárcel, Pedroflaco “se sienta delante de su banco, coge un zapato, le da una vuelta, le da otra, vuelve a arrojarlo al montón; después se toma la cara peluda entre las manos huesudas y maldice”. Es de resaltar la secuencia donde Pedroflaco le pega al niño, una práctica común, y luego se va a la taberna: “ese día nadie vuelve a verlo”. “En la taberna están siempre los mismos, todo el día, desde hace años, acodados en las mesas, los mentones sobre los puños, mirando las moscas en el hule y la sombra violeta en el fondo de los vasos”. Además, “todos han estado en la cárcel: el que nunca ha estado en la cárcel no es un hombre”. Allí lo único que habrá, siempre mirado desde el punto de vista del niño, es un gusto acre, tanto el humo, el vino o las mujeres tienen ese gusto picante, rancio.

Pin canta bien, serio, sacando pecho, con su voz de niño ronco. “Pin se encuentra solo, deambulando por las callejuelas, y todos le gritan insultos y lo rechazan”. Así, “los chicos no lo quieren a Pin: es amigo de los grandes, Pin, sabe decir a los grandes cosas que los hacen reír y enfadarse, no como ellos que no entienden nada cuando los grandes hablan”, y sabe, sobre todo, “el lugar donde hacen nido las arañas”. Por supuesto que “los chicos lo dejan de lado, y algunas veces le pegan; porque Pin tiene unos bracitos flacos y es el más débil de todos”, y “a veces van a ver a Pin para pedirle que les explique las cosas que suceden entre las mujeres y los hombres; pero Pin empieza a burlarse de ellos gritando por el callejón y las madres llaman a sus hijos”. Nos quedará la sensación de que esa reacción es un modo “para disipar la niebla de la soledad que se le condensa en el pecho”.

 Felicidad olvidada
Aquí es cuando entra en escena el marinero alemán, y nos lo ubicará en el cuarto de su hermana que se prostituye. Este “esperaba día tras día noticias de su mujer, de sus niños. Tenía un temperamento afectivo el alemán, un temperamento de meridional trasplantado en un hombre del mar del Norte. Había llenado su casa de hijos y ahora, alejado por la guerra, trataba de desahogar su carga de calor humano encariñándose con prostitutas de los países ocupados”. Y entrará en escena la propuesta realizada en la taberna de que Pin robe la pistola del alemán. Además Pin “se siente solo y perdido en esa historia de sangre y cuerpos desnudos que es la vida de los hombres”. Y por supuesto que desde su mirada infantil, desde el diminuto trastero que hace de cuarto suyo, no encontrará sentido a la actividad de su hermana.

“En el cuarto de su hermana, cuando se mira así, es como si siempre hubiera niebla: una franja vertical llena de cosas, alrededor la asombra que se espesa y todo parece cambiar de dimensiones si uno acerca el ojo a la rendija o lo aleja. Es como mirar a través de una media de mujer y hasta el olor es el mismo; el olor de su hermana que empieza del otro lado de la puerta de madera y emana tal vez de esas ropas ajadas y de la cama estirada sin ventilarse nunca”. Ya ni siquiera hay tragedia, es algo aceptado como común, y el papel del marinero es casi como el de un padre, aunque éste siempre se mantiene a cierta distancia de él. De niño, “de vez en cuando volvía el barco del padre, Pin recuerda solo los brazos grandes y desnudos que lo alzaban en el aire, fuertes brazos marcados por venas negras. Pero desde la muerte de la madre fue apareciendo cada vez menos hasta que nadie volvió a verlo; se decía que tenía otra familia en una ciudad del otro lado del mar”.

Por el lugar donde vive, “más que un cuarto, Pin tiene un trastero, una caseta de perro separada por un tabique”, expresa la miseria, la pobreza en la que está envuelto. “Pin se ha pasado horas y horas desde pequeño aguzando los ojos como puntas de alfiler; todo lo que sucede allí dentro él lo sabe, pero la explicación del porqué se le escapa”, es eso justamente lo que el autor nos ofrecerá aquí, la explicación desde la forma literaria, entre otras cosas, sino ¿para qué haber escrito? ¿De qué entonces la memoria, para qué tanto atisbar a través de las rendijas?

Un primer intento de explicación podría ser “…las sombras del trastero se transforman en sueños extraños de cuerpos que se persiguen, se pegan y se abrazan desnudos, hasta que ocurre algo grande y caliente y desconocido que lo domina y Pin lo acaricia y lo guarda en su calor, y esto es la explicación de todo, un remoto llamado de felicidad olvidada”. Y una constatación que no parece tan infantil sobre el marinero alemán: “siempre se ríe cuando está desnudo porque en el fondo tiene un alma púdica, de muchacha”.

El elemento extraordinario, que quiebra la sucesión lógica de la vida en el carrugio para Pin,  es el arma del alemán, y al hurtarla Pin se siente poderoso, y fantasea. Su peso y la posibilidad de usarla lo hace sentir dotado de una fuerza terrible. Pero lejos de dar el arma al grupo de gente de la taberna que quiere formar un gap, “Pin sigue los senderos que bordean el torrente, lugares escarpados que nadie cultiva. Hay caminos que sólo él conoce y que los otros chicos se morirían por conocer: un lugar donde hacen sus nidos las arañas y sólo Pin lo sabe, el único en toda la quebrada, tal vez en toda la región: ningún chico ha sabido jamás que las arañas hacen nido”. Las cuevas de las arañas “es un atajo pedregoso que baja al torrente entre dos paredes de tierra y hierbas. Allí, en medio de la hierba, las arañas hacen cuevas, túneles tapizados de un cemento de hierbas secas; pero lo maravilloso es que las cuevas tienen una puertecita, también de ese amasijo de hierbas, una puertecita redonda que se puede abrir y cerrar”. Como todos los niños, o si no todos, bastantes, “Pin es malo con los animales: son seres monstruosos e incomprensibles, como los hombres…”.

Y claro la fascinación por disparar el arma, por ver qué se siente, se realiza, casi de modo inconsciente: “de pronto el disparo sale tan de improviso que Pin ni siquiera tiene conciencia de haber apretado: en su mano la pistola da un salto atrás, humeante y toda sucia de tierra. El túnel de la cueva se ha desmoronado, sobre ella baja la tierra en un minúsculo alud y alrededor la  hierba está chamuscada. Pin se sobrecoge de miedo y después de alegría: todo ha sido tan bonito y el olor de la pólvora es tan bueno”. Más sin embargo el silencio posterior le da miedo, y por eso esconde el arma bajo la tierra, allí donde hacen nido las arañas, y se queda con la correa del cinturón, de la que pendía la cartuchera con la pistola, y eso será su perdición. Porque “en el carrugio están justamente unas patrullas alemanas y fascistas armadas, y gente que ha sido arrestada”, y una vez descubierta la correa “a la luz del farol tuerto, en lo alto del carrugio, Pin ve al marinero alemán, con su gorda cara enfurecida, que lo señala con el dedo”.

 La guerra es culpa de las mujeres
Hasta aquí es la presentación del conflicto. Es claro, sabiendo lo que sabemos de los métodos de interrogatorio de los nazis y de los fascistas, lo que sucederá. Por lo que hemos leído al principio, en el prólogo, sabemos que nuestro héroe podrá salir de esa situación y que a raíz de eso se integrará a la resistencia, a los partisanos. Nos quedará ver cómo se dará ese paso, y las consecuencias de sus actos. En ese tránsito, el niño dejará de serlo, sino del todo, como adolescente.

Sus captores “son dos razas especiales: tan rojizos, carnosos e imberbes son los alemanes, como negros, huesudos, de caras azuladas y bigotes de rata los fascistas”. Su comportamiento no dejará dudas: “…ser delator era un acto tan irreparable como robar la pistola”, aunque de signo contrario. Llora “un llanto enorme, exagerado, total, como el llanto de los recién nacidos, mezclado con gritos e insultos y pataleos que se oyen en todo el local del comando alemán. No traicionará…”, pero no por hacerse el héroe, sino por hacer valer su niñez, escudarse en su poca edad. Obvio es que querrán integrarlo a sus huestes: “en el fondo también a Pin le gustaría estar en la brigada negra, dar vueltas adornado con calaveras y cargadores de metralleta, asustar a las gentes y estar entre los viejos como uno de ellos, unido a ellos por esa barrera de odio que los separa de los otros hombres”, pero también hay en ese deseo un ansia de vengarse del oficial alemán y del suboficial fascista que le hicieron bromas pesadas, “para resarcirse con carcajadas de todos los llantos y los gritos”. También podemos ver aquí la nula conciencia, la ingenuidad (política) del niño.

Y como no hay marcha atrás, en la cárcel se hará amigo de Lobo Rojo, estereotipo del mítico guerrillero: “usaba un gorro a la rusa y hablaba siempre de Lenin…”, “un día voló por los aires el puente del ferrocarril”, “tiene dieciséis años, y que antes trabajaba en la Todt como mecánico”, y “tenía también la manía de la dinamita y de las bombas de relojería y parece que había entrado en la Todt para aprender a fabricar minas”.

El diálogo con Lobo Rojo expresa los temores y los prejuicios de izquierda: “-Es un preso común. Olvídate de él. En los presos comunes no se puede confiar. -¿Por qué? ¡Yo lo conozco! –Son un proletariado sin conciencia de clase —dice Lobo Rojo—. Pero ese hombre es Pedroflaco, el zapatero, su patrón. Y las ideas de este patrón tan especial: “…yo también de joven me hubiera metido con los políticos. Porque con los delitos comunes no se arregla nada y el que roba poco termina preso, y el que roba mucho tiene villas y casas lujosas. Por delitos políticos uno también va a la cárcel, igual que por delitos comunes, cualquiera que haga algo va a la cárcel, pero por lo menos queda la esperanza de que un día el mundo sea mejor, sin cárceles”.

Se escapará de la cárcel gracias a Lobo Rojo y luego escuchará el croar de las ranas cuando quede otra vez solo, y en este caso ese croar significa la soledad pero también la seguridad de que no anda nadie cerca. Si hay total silencio, entonces puede pasar algo peligroso. La acción se traslada de la ciudad y la cárcel, a la montaña y a la naturaleza. Y allí hay otro tipo de orden, configurado bajo coordenadas distintas.

La tierra fuliginosa
Al encontrarse a otro partisano, que revista bajo el destacamento del Trucha, así como Lobo Rojo pertenece al destacamento del Rubio, e ir al campamento guerrillero, Pin comenzará una segunda etapa. El deseo, permanente, de ser siempre niño, como el Oscar Matzerath de “El tambor de hojalata”, de Günter Grass, por ejemplo (lo que en la literatura psicológica se llama el síndrome de Peter Pan a personas que son inmaduras o infantiles), con esa necesidad de no madurar, puesto que la madurez es aceptar que el mundo no es como habíamos creído y que la gente tampoco es como habíamos pensado (o querido). Lo que se traduce que, en muchos casos, la gente es mucho peor de lo imaginado. Nuestros sueños infantiles, ingenuos, excluyen la maldad del mundo (aunque esté ahí), y perpetuar ese estado de felicidad permanente es un ideal a seguir, aunque claro, la situación real de la infancia no sea la óptima.

Llegarán a la explanada de una carbonería, después de andar casi toda la noche por “olivares, después por terrenos yermos, después por oscuros bosques de pino” (que son elementos que configuran ese nuevo terreno por donde se moverá la novela). Ese hombre, Primo, “es más joven de lo que parecía y hasta de proporciones más normales; tiene los bigotes rojizos y los ojos azules, y un aire de mascarón con su gran boca desdentada y su nariz chata” (y su misoginia, con razón o sin ella, se expresa en que “termina diciendo que las únicas que están bien son las mujeres y que él ha andado por todos los países y ha comprendido que son la peor raza que existe”, pero es claro que esto se debe a su propia experiencia personal). Este rechazo es total, a diferencia de Lobo Rojo, que no se interesa por las mujeres, Primo “parece conocerlas bien, pero es como si tuviera con ellas cuentas personales que arreglar”. Un poco más adelante dirá que Primo “parece que tuvo una historia por una amante suya, este invierno, en la que murieron tres de los nuestros. Todos saben que él no tuvo nada que ver, pero él no consigue olvidar”. Además, saben que su mujer lo traicionaba cuando él estaba lejos, e incluso que tuvo hijos no se sabe de quién.

Luego hay “tres camiones llenos (de soldados) que vienen subiendo por la carretera —dice el Zurdo, el cocinero del campamento—. Los avistaron esta mañana y todo el batallón les ha salido al encuentro”. ¿Y para qué vienen?: “para liquidarnos. Pero nosotros le salimos al encuentro y los liquidamos a ellos. Así es la vida”. Y sí, esa es la lógica de la guerra, mostradas de manera aséptica, como si ésta se desarrollara sin sentimientos. Hay, a esta altura, en torno al campamento guerrillero, guiños constantes a las diferencias entre ellos mismos, con epítetos salidos de la literatura marxista y anarquista: trostkista, oportunista, cochina menchevique, todos en plan de insultos políticos, denigrantes, y que buscan explicar las disonancias ideológicas y políticas.

La naturaleza, en este escenario, siempre está presente: “Bajo los árboles del bosque, la tierra está cubierta de hirsutos erizos de castaña y de pantanos secos llenos de hojas duras. Al atardecer, láminas de niebla se infiltran entre los troncos de los castaños cuyas cortezas enmohecen las barbas rojizas de los musgos y los dibujos celestes de los líquenes”. También hemos de decir que hay una música presente en el relato, ora el tableteo o los disparos de armas de fuego, o los ruidos que emanan de la naturaleza, como  “el canto de un coro bajo que crece y se ahonda en el bosque”.

Y los que diferencia a estos hombres de otros, como los de la taberna, por ejemplo, es que tienen enemigos: “En todos los seres humanos hay para Pin algo asqueroso, como de gusanos, y algo bueno y cálido que suscita la amistad. En cambio éstos no saben pensar en otra cosa, como enamorados, y cuando dicen ciertas palabras tiemblan sus barbas y los ojos brillan y los dedos acarician el gatillo de los fusiles”, como si estuvieran realizando una misión importantísima. Y “a Pin no le piden que les cante canciones de amor, o cancioncillas cómicas: quieren sus cantos llenos de sangre y de tempestades, o las canciones de prisión y delitos que sólo él sabe, o canciones muy obscenas que hay que gritarlas con odio. Naturalmente, Pin admira más a estos hombres que a todos los demás: saben historias de camiones llenos de gente despedazada e historias de espías que mueren desnudos en fosos cavados en la tierra”. Por cierto, el mundo del delito se mezcla a ese otro mundo, violento pero que busca justicia, aunque sea una justicia básica por la que empuñan las armas, pero no en beneficio propio, sino en beneficio general.

El destacamento del Trucha, “sirve más para mantener aislados a unos hombres que podrían perder a los otros”, es decir, allí van a recalar todos los que, de una u otra manera, no son del todo confiables para las acciones armadas que se han de desarrollar, pero, como todas las cosas que tienen dos caras, se trata también de mostrar de qué manera se va dando una cierta cohesión en torno a algunas ideas sencillas, más allá que el jefe del destacamento, el Trucha, parece irse desdibujando como líder.

Y un momento central, que nos habla del impulso desenfrenado de la muerte, de dar muerte, un thanatos, es cuando dice “en esos momentos (cuando se imagina en una batalla, disparando) se excita: piensa en los fascistas cuando lo azotaban, piensa en las caras azuladas e imberbes de la oficina de interrogatorios, ta-tatatá, ya están todos muertos, y muerden la alfombra tendida debajo del escritorio del oficial alemán con sus encías sanguinolentas. Ahora el ansia de matar está también en él, áspera y ruda, de matar incluso al plantón escondido en el gallinero, aunque sea un tonto, justamente porque es un tonto, de matar también al centinela triste de la cárcel, justamente porque es triste y tiene la cara llena de tajos hechos con la navaja de afeitar. Hay en él un ansia remota como el ansia de amor, un sabor desagradable y excitante como el humo y el vino, un ansia que no se sabe bien por qué la tienen todos los hombres y que debe de contener, cuando se la satisface, placeres secretos y misteriosos” (pág. 120). En ese sentido debemos agregar que Thanatos no se guía por el principio de placer, como Eros, sino por el principio del Nirvana: se busca la disolución, el reducir y eliminar la excitación no para encontrar placer en la solución de conflictos que permiten la supervivencia y la resolución de conflictos sino para hallarlo en la disolución y la vuelta a la nada. A la infancia de Pin.

El autor nos presentará al destacamento, mostrándonos los hombres que están allí, casi como de casualidad, como si fueran la escoria de la revolución, seres que no tienen la disciplina necesaria para la guerra ni motivaciones firmes para la misma. Como ejemplo tenemos a los cuatro cuñados, Duque, Marqués, Conde y Barón: “Los cuatro cuñados suelen bajar juntos hacia los campos de claveles donde viven las cuatro hermanas con quienes están casados. Allí tienen misteriosos duelos con las brigadas negras, emboscadas y venganzas, como si hicieran una guerra por cuenta propia, movidos por antiguas rivalidades de familia”. O Zena el Largo, apodado Gorra de Madera, eterno soñador, que “se pasa días enteros sin salir de la barraca, tendido en el heno pisoteado, leyendo un gran libro titulado Superpolicíaco, al fulgor de una lamparita de aceite. Es capaz de llevarse el libro al mismísimo combate y de seguir leyéndolo apoyado en la recámara de la ametralladora, mientras espera que lleguen los alemanes”. Porque Zena el Largo “es el hombre más perezoso que jamás haya entrado en las bandas: tiene espaldas de estibador, pero en las marchas siempre encuentra una excusa para no llevar carga”. O bien el Carabinero, que “es más ignorante que el Duque y más perezoso que Zena el Largo; cuando su padre, que era campesino, vio que no había manera de hacerlo coger una azada, le dijo: “¡Enrólate con los carabineros!”, y él se enroló y le dieron el uniforme negro con la bandolera blanca y prestó servicio en las ciudades y en el campo sin entender jamás lo que le mandaban hacer”.

Y este párrafo nos da una definición sobre los sueños, el impacto de la vida diaria en ellos: “Los sueños de los resistentes son raros y cortos, sueños nacidos de las noches de hambre, ligados a la historia de la comida siempre escasa y que hay que compartir entre muchos: sueños de trozos de pan mordidos y luego guardados en un cajón. Los perros vagabundos han de tener sueños parecidos, de huesos roídos y escondidos bajo tierra. Sólo cuando el estómago está lleno, el fuego encendido, y no se ha andado demasiado durante el día, puede uno permitirse el lujo de soñar con una mujer desnuda y despertarse por la mañana ligero y espumoso, con una alegría como de ancla levada”.

Y “Pin se mueve entre esos hombres como entre los de la taberna, pero es un mundo más colorido y más salvaje”.

“Todos tenemos una herida secreta y combatimos para redimirla”
En la guerra, el destacamento pasa a ser algo abierto, donde la vida de cada uno está expuesta hasta en sus más mínimos detalles y principalmente expuesta a los errores, en las cosas negativas que cada uno, en su vida anterior, ha tenido.

Pero el destacamento del Trucha es indisciplinado, ya lo hemos dicho, y no hay una autoridad lo suficientemente fuerte, con verdadero don de mando. Se compone de: “rateros, carabineros, milicianos, tipos del mercado negro, vagabundos. Gente que se acomoda a las plagas de la sociedad y se adapta a todas las deformaciones, que no tiene nada que defender y nada que cambiar”. La mujer del Zurdo, Giglia, que ha venido al campamento, atrae las miradas lascivas de los hombres (y sobre todo del Trucha), y puede ser pieza de discordia. Por lo pronto, de alguna manera es la causa del incendio de la barraca y la huida precipitada. “El destacamento, con armas y bagajes, avanza en fila india por los prados”, y “parece que (el Trucha) dirigiera la retirada después de un combate desafortunado”.

Cuando Pin va a los alrededores para hacer alguna tarea (buscar leña, agua, etc.), “canta y mira el cielo y el mundo limpio de la mañana y las mariposas montañesas de colores desconocidos que planean sobre los prados”, y cuando vuelve al campamento “Pin vuelve a ser el chico pecoso del Carrugio Lungo, y arma griterías que duran horas y que reúnen alrededor de la cocina a los hombres dispersos entre los rododendros” (azaleas). Sin embargo, “…basta un brusco y fugitivo recuerdo para que Pin sienta de nuevo el contagio del velludo y ambiguo matadero del género humano: y ahí está con sus ojos penetrantes y sus pecas concentradas espiando los acoplamientos de los grillos, o traspasando con agujas de pino las verrugas del dorso de los sapos pequeños, o meando en los hormigueros para ver cómo la tierra porosa se desmorona y agrieta y huyen centenares de hormigas rojas y negras. Entonces Pin vuelve a sentirse atraído por el mundo de los hombres, de los hombres incomprensibles de mirada opaca y boca húmeda de ira”. Y aquí vemos la ambivalencia de los sentimientos de Pin, a medio camino entre la niñez y la juventud, la adolescencia.

Pero claro, en ese destacamento la inacción les hace mal, porque “es malo cuando el desaliento se mete en la médula de los huesos como la humedad de la tierra, y no se confía más en los comandantes, o uno se ve ya cercado por los alemanes con sus lanzallamas en las cuestas cubiertas de rododendros y parece que el propio destino fuera huir de un valle a otro para ir muriendo uno por uno, y que la guerra no fuese a terminar nunca”. “Los hombres están tumbados entre los rododendros, con sus flacas caras comidas por la barba, el pelo caído sobre los pómulos; llevan indumentarias dispares, cuyos colores tienden a un gris mugriento y uniforme: chaquetas de bombero, de miliciano, de alemán con los galones arrancados. Son gentes que han llegado allí por diversos caminos, muchos desertores de las fuerzas fascistas o hechos prisioneros y absueltos, muchos todavía adolescentes, movidos por un impulso incontenible, un ansia confusa de luchar contra algo”. Para Pin “los compañeros del destacamento son una raza ambigua y distante, como los amigos de la taberna, con esa furia asesina en los ojos y esa bestialidad con que se acoplan entre los rododendros”.

Y para esos hombres no hay nada, entre ellos, que los incentive a la lucha: “los discursos del Zurdo (alimentando siempre al halconcillo suyo con vísceras que guarda en un saquito, llamado Babeuf en honor a Francois Babeuf, el primer revolucionario comunista) siempre le aburren (a Zena el Largo, por lo menos): no entiende lo que dice el Zurdo, él no sabe de burguesía y de comunismo, un mundo donde todos tienen que trabajar no le atrae, prefiere un mundo donde cada uno se arregle por su cuenta trabajando lo menos posible”. La consigna-idea principal del Zurdo es acerca de la libre iniciativa y reza así: “que cada uno sea libre de enriquecerse con el propio trabajo” (extremo que, de no analizarse en detalle, podría pasar casi por una consigna buena. ¿Quién no quisiera enriquecerse o aunque más no sea no tener problemas económicos en base al trabajo? ¿O acaso no es eso lo que propone el capitalismo? ¿Y cuál es la realidad? La realidad es que el 1% más rico tiene casi lo mismo que el 50% de los pobres. Por lo que tenemos entonces que esa consigna es falsa por más bienintencionada que sea).

Las discusiones y las afirmaciones ideológicas se expresan, incluso de modo simple, a cada rato: “El comunismo es que entres en una casa donde estén tomando la sopa y te den sopa, aunque seas estañador, y si comen pan dulce, en Navidad, te den pan dulce. Eso es el comunismo”. “Al anochecer llega el comandante Ferriera y el comisario Kim […] Ferriera es un obrero nacido en la montaña, siempre frío y límpido […]; la guerra partisana para él es algo exacto, perfecto como una máquina, es la aspiración revolucionaria madurada en el trabajo, llevada al escenario de sus montañas que conoce palmo a palmo, donde puede desplegar audacia y astucia. Kim, en cambio, es estudiante: tiene un deseo enorme de lógica, de seguridad en cuanto a las causas y los efectos, y sin embargo su mente se llena a cada instante de interrogantes no resueltos. Hay en él un enorme interés por el género humano…”.

El destacamento no es un ejército, dice Kim, “aquí no puedes hablar de deber, no puedes hablar de ideales: patria, libertad, comunismo. No quieren oír hablar de ideales, ideales los puede tener cualquiera, también los del otro lado los tienen…”, una verdad que a veces se nos escapa. “Mira —sigue diciendo el comisario Kim—, están los campesinos, los  habitantes de estas montañas, para ellos ya es más fácil. Los alemanes queman los pueblos, se llevan las vacas. La de ellos es la primera guerra humana, la defensa de la patria, los campesinos tienen una patria. Por eso los vemos con nosotros,  jóvenes y viejos, con sus fusiles de mala muerte y sus cazadoras de fustán, pueblos enteros que toman las armas […] Los obreros tienen una historia de salarios, de huelgas, de trabajo y lucha codo a codo. Forman una clase los obreros. Saben que hay algo mejor en la vid y que se debe luchar por alcanzarlo. Ellos también tienen una patria, una patria que han de conquistar y combatir para conquistarla […]; hay algunos intelectuales y estudiantes, pero pocos, aquí y allá, con ideas en la cabeza, vagas y a menudo equivocadas. Tienen una patria hecha de palabras… Pero verán en la pelea que las palabras ya no tienen ningún significado…”. Y en esa lucha, también irán apareciendo los traidores, como el Piel, el único que parece saber dónde ha escondido el arma Pin.

Reflexionando, Pin llegará a la conclusión que las pistolas, “cuando se habla así de ellas, estudiando su mecanismo, ya no son instrumentos de muerte sino juguetes extraños y encantados”.

Cerrando el círculo de la vida y la muerte
La muerte del halconcillo, realizada por su dueño a pedido de todos, que temían que fuera un pájaro de mal agüero, es el síntoma de que entramos en la etapa final de la novela, donde las cosas se terminarán de decantar. Como símbolo es un elemento de ruptura. Porque esto sucede un poco antes de ponerse en movimiento, como nos advierte el autor: “por encima de sus cabezas, como entre las nubes, oyen moverse la columna enemiga. Grandes ruedas que giran en las carreteras polvorientas, con los faros apagados, pasos de soldados ya cansados que preguntan a los cabos: ¿falta mucho? Los hombres del Trucha hablan en voz baja como si la columna estuviera pasando detrás de la pared de la barraca”.

De la observación del niño: “En los prados que trepan en gradas por la montaña, están enterrados todos los muertos, los ojos llenos de tierra, los muertos enemigos y los muertos compañeros…”, y esa es la única verdad de la guerra: unos ponen los muertos y otros se llevan los dividendos.

El Trucha delega el mando en Primo, alegando que se siente enfermo, pero en realidad siente que ya está condenado por su indisciplina, y el castigo será terminante: “tengo ganas de hacer alguna vez lo que me parece” (y eso incluye a la mujer del Zurdo, Giglia).

La narración se detiene (temporalmente) en la escena de la barraca, donde ha quedado Pin junto al Trucha y Giglia (el deseo insoportable prendido a los dos), mientras la batalla aún no ha comenzado. Y para sacarlo del medio, el Trucha le envía a enterrar el halcón, porque su sola presencia le molesta: “Pin sólo ve montañas a su alrededor, valles enormes de los que no se distingue el fondo, vertientes altas y abruptas, negras de bosques, y montañas, hileras de montañas, una tras otra, hasta el infinito. Pin está solo en la tierra. Bajo la tierra, los muertos. Los otros hombres, más allá de los bosques y las cuestas, se restriegan en el suelo, machos con hembras, y se arrojan unos contra otros para matarse”. De a poco en la mente del niño se va abriendo paso la conciencia, una conciencia de cómo son las cosas­ no en su imaginación sino en la realidad.

Y en el mismo momento que entierra al halconcillo “estalla un trueno que llena el valle: disparos, ráfagas, golpes sordos agrandados por el eco: ¡la batalla!”. Y es el momento preciso en que todo coincide: “Allá, entre los matorrales, una manta, una manta arrollada a un cuerpo humano que se mueve. Un cuerpo no: dos cuerpos, dos pares de piernas entrelazadas se asoman, se agitan”. De este modo todo converge en el mismo punto: la batalla, sea de guerra o de sexos.

Mientras tanto, “tras infinitas horas de marcha llega la brigada al paso de la Medialuna. Sopla un frío viento nocturno que hiela el sudor en los huesos, pero los hombres están demasiado cansados para dormir y los comandantes dan orden de detenerse al amparo de un saliente de la roca, para hacer un breve alto. En la penumbra de la noche nublada el paso parece un prado cóncavo de contornos borrosos entre dos elevaciones de roca rodeadas de anillos de niebla. Del otro lado los valles y las llanuras libres, zonas nuevas no ocupadas todavía por el enemigo”. Y luego, sin detenerse en detalles, “la batalla ha sido sangrienta y ha terminado con una retirada, pero no ha sido una batalla perdida”, es un repliegue táctico y la retirada se hace en silencio y en orden. Y ahora, “el Trucha está con sus hombres, con su cara amarilla y la manta sobre los hombros que le hace parecer verdaderamente enfermo. Los observa uno por uno, callado, moviendo las aletas de la nariz. De vez en cuando es como si estuviera por dar una orden, pero se calla. Los hombres todavía no le han dirigido la palabra. Si diera una orden o si un compañero le hablara, todos se sublevarían contra él, se oirían palabras violentas. Pero no es el momento: lo han entendido todos, él y los demás, como por tácito acuerdo, y continúan, él sin dar órdenes ni hacer reproches, los otros comportándose como para no suscitarlos”.

Lobo Rojo, que se mueve como pez en el agua en todo ese medio, erizado de enemigos por todas partes, es el personaje del héroe (secundario en esta novela) sino fuera porque lo que hace es matar, ejecutar a los traidores (y recuperar armamento), es decir que su acción es la de justiciero más que de revolucionario, pero quizá en esos tiempos de guerra nada es tan absoluto ni, mucho menos, ideal.

La pistola que robara Pin sigue enterrada (supone y suponemos todos) en el lugar mágico. Pin cree que el traidor Piel, que ha dicho que conocía el lugar, pero que ahora ha sido muerto por Lobo Rojo, no ha encontrado su arma, y eso “lo tranquiliza mucho”.

Al volver a la ciudad, que ha sido bombardeada, encuentra que “el carrugio está desierto, todos han escapado o han caído prisioneros, o se han muerto, y su hermana, esa macaca, anda con capitanes”, y además, sin ninguna duda, “dentro de poco Pin se encontrará abandonado por todos en un mundo desconocido, sin saber adónde ir”. Pero mientras tanto, nuestro héroe hace chanzas, subidas de tono: “Pin ríe hasta las lágrimas, alegre y excitado: está en lo suyo, ahora, en medio de los grandes, gentes amigas y enemigas a la vez, gentes con los que puede bromear hasta desahogar el odio que les tiene. Se siente despiadado: los herirá sin misericordia” (al igual que hacen con él). Y después de desahogarse y explotar, a Pin no le queda sino irse, porque ha visto la miseria moral de los grandes: “Ha ocurrido algo irremediable: como cuando le robó la pistola al alemán, como cuando abandonó a los hombres de la taberna, como cuando escapó de la prisión. Ya no podrá volver con los hombres del destacamento, nunca más podrá combatir con ellos”.

Porque “es triste ser como él, un niño en el mundo de los grandes, siempre un niño, tratado por los grandes como algo divertido y fastidioso, y no poder hacer uso de esas cosas misteriosas y excitantes de ellos, armas y mujeres, no poder participar nunca de sus juegos”. Y por supuesto irá a su lugar mágico, ese donde hacen nido las arañas. Porque, en definitiva, lo que quiere Pin es ser partisano pero “por cuenta propia”, como Lobo Rojo o como Primo, que son los espejos en donde quisiera reflejarse. Mientras tanto, dos porta órdenes del comando de brigada se llevan al Trucha, desarmado, para que dé informes, y será la última vez que lo veremos.

Y así como la novela partió de la ciudad, volverá a ella. “El mar que ayer era un turbio fondo de nubes en las márgenes del cielo, forma una franja cada vez más oscura y ahora es un gran grito azul del otro lado de una balaustrada de colinas y de casas”. Pero antes irá a buscar su pistola, ya ha llegado al torrente, “es una noche con pocas ranas; renacuajos negros hacen vibrar el agua de las pozas. El sendero de los nidos de araña sube desde ese lugar, más allá del cañaveral. Es un lugar mágico, que sólo Pin conoce. Allí podrá operar extraños encantamientos, convertirse en un rey, en un dios”. Pero la tierra está removida, “se diría que ha pasado una mano arrancando los pastos, moviendo las piedras, destruyendo las cuevas, rompiendo el revoque de hojas masticadas…”. Entonces “Pin llora con la cabeza entre las manos. Ya nadie le devolverá su pistola”. Además, ya no tendrá más su lugar mágico, y eso será la mayor pérdida, ya no tendrá nada suyo.

Sin embargo, dando una vuelta de tuerca a la historia, en el Carrugio Lungo su hermana, la Negra, tiene en su poder la pistola, puesto que Piel, el traidor (aunque no es el único traidor) ha estado con ella y se la ha dejado como si fuera un objeto de familia. Y Pin escapará de allí, se encontrará con Primo, que se dedica a andar merodeando por toda la novela, y surge en los momentos álgidos para ir a su encuentro.

El final es una fuga hacia el después, hacia el mañana, y, entretanto Pin, ¡por fin!, ha encontrado un amigo. Para ello ha debido transitar por la senda de la niñez y de los nidos de araña.

(El sendero de los nidos de araña, de Italo Calvino, RBA Editores, 1994, España, 220 páginas)

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Por Sergio Schvarz
Escritor, poeta, y ensayos breves.


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