La ONDA digital en Instagram la Onda digital tv Analisis Politico
Volver al Inicio de la ONDA digital

La violencia y los trastornos de personalidad ciclos y significados (I)

Antecedentes de la investigación en violencia doméstica
Hace décadas que la violencia interpersonal, especialmente la violencia doméstica, viene siendo rigurosamente estudiada. Divulgar los avances de la psicología en esta materia es un imperativo ineludible tomando en cuenta la creciente tasa de crímenes y episodios sangrientos. ¿Cuáles son los trastornos que subyacen en la violencia doméstica? ¿cómo se gesta? ¿cómo se desarrolla? ¿cómo puede prevenirse?

Donald G. Dutton (n.1943), fue profesor de psicología de la Universidad de la Columbia Británica, en Canadá, y produjo varias de las obras más importantes en la materia. Ahora seguiremos una de ellas, esclarecedora y vigente a pesar de los años transcurridos y de la peripecia del autor [i]. Se trata de The Abusive Personality. Violence and Control in Intimate Relationships (2007) (La personalidad abusiva. Violencia y control en las relaciones íntimas).

Lic. Fernando Britos V.

Dutton entrevistó a miles de personas involucradas en episodios agudos de violencia doméstica y en el caso de las mujeres maltratadas por su pareja dispuso de cientos de protocolos en los que las víctimas se referían a los agresores como si tuvieran una doble personalidad. “A veces se comporta en forma muy distinta”. “Sus amigos nunca ven su otra cara, piensan que es pacífico y buena persona”. “Nunca se en que forma llegará a casa por la noche” son algunas de las respuestas de las mujeres cuando se les pidió una descripción de sus parejas. Se repetía la descripción de hombres volubles, irritables, celosos, alrternativamente ansiosos o violentos. Una de estas mujeres le dijo a Dutton que su experiencia marital “era como vivir en una montaña rusa emocional”.

En 1979, la psicóloga estadounidense Lenore Walker (n.1942)[ii] publicó una obra pionera: The Battered Woman (La mujer golpeada) una investigación basada en entrevistas a 120 mujeres de Denver que arrojó una combinación conmovedora de vívidas descripciones y análisis riguroso de los datos suministrados por las víctimas. El “síndrome de la mujer golpeada” es una constelación de  reacciones comunes que se registran en quienes han sido sometidas a abuso en sus relaciones íntimas en forma crónica [iii]. A partir de los trabajos de Walker se evidenció otro fenómeno: el desarrollo cíclico de la tensión y los episodios violentos que tipificaban la conducta de los golpeadores. Este ciclo fue descrito como “el ciclo del maltrato” cuyas tres fases se describieron como: 1ª) fase de desarrollo y crecimiento de la tensión; 2ª) explosión y episodio de maltrato agudo y 3ª) vuelta de la calma y trato amoroso.

En la primera fase se produce una escalada de las diferentes formas de abuso : desde actitudes posesivas, maltrato verbal y afectación de la visión de la realidad por la mujer hasta la brutalidad física por parte del hombre. En esta instancia la actitud típica de la mujer es el llamado “modo de supervivencia”, postura de alerta, hipervigilante y recelosa. En un intento desesperado por evitar lo inevitable, la mujer reprime su propia rabia y puede proyectarla sobre otros de modo que llega a no percibir la ira. La tensión crece hasta que se desencadena la agresión. En algunos casos la mujer, sintiendo que el desenlace es inevitable, desafía al agresor como forma de provocar el estallido “para que suceda de una vez por todas”.

El psicólogo social Phillip Zimbardo sostuvo que solamente el agresor puede detener la violencia una vez que se ha iniciado porque esta responde a factores internos del perpetrador y no a lo que haga o deje de hacer la víctima [iv]. El proceso se retroalimenta. Durante la fase de maltrato, el perpetrador sigue golpeando y pateando hasta que se cansa. La liberación de la energía produce un descenso de la tensión y los perpetradores se vuelven adictos a este tipo de “alivio”.

En algunos casos se produce en la psiquis del agresor una ruptura de las barreras individualizadas y en la excitación violenta pierden la capacidad de imaginar el miedo o el dolor de la víctima y los terribles efectos del abuso. Muchas veces esta pérdida cde capacidad empática es cíclicamente intermitente. En el caso de los psicópatas esta capacidad humana se ha perdido, generalmente en forma irremediable. Estos son los torturadores, por ejemplo.

La transición a la violencia, en la escena doméstica, resulta de una combinación de factores situacionales (por ejemplo la especie de anonimato que da el hecho de que la violencia se desarrolla sin testigos, dentro de la casa o cuando la pareja esta apartada de vecinos o familiares) y factores psicológicos (como la incapacidad del agresor para controlarse, calmarse o reducir la excitación).

La tercera fase del ciclo trae aparejada una especie de reconciliación, con frecuentes promesas de no reincidencia, inclusive con trato considerado y especialmente amoroso qunque no auténticamente reparador. El perpetrador trata de atraer a su pareja de vuelta a la relación. Es la fase de las promesas de regenaración de todo tipo, de los regalos y la seducción. Frecuentemente el agresor arrepentido busca la ayuda de familiares o amigos comunes para reconstruir el vínculo. También trabaja sobre los sentimientos de culpa de la víctima: “solo ella puede salvarlo o ayudarlo a ser mejor” y aún puede amenazar con el suicidio si su pareja lo abandona.

La tierra arrasada: femicidio-suicidio, homicidio-suicidio
Otro psicólogo social, citado por Dutton, es Roy Baumeister quien se ha referido a la “visión de túnel”, un tipo de consciencia alterada que frecuentemente se presenta inmediatamente antes de que una persona cometa suicidio[v]. Se trata de un tipo de pensamiento que se concentra en actos puntuales y concretos con pérdida de apreciación del contexto y desde luego del futuro. Dutton considera que esta visión de túnel se presenta en los terribles casos de femicidio-suicido u homicidio-suicidio.

Esos desenlaces catastróficos están invariablemente precedidos por un largo proceso, a veces de años o muchos meses, de turbulentas relaciones íntimas (aunque no públicas) y una historia de abusos, separaciones y reconciliaciones. Los perpetradores de femicidio y posterior suicidio generalmente presentan una historia de alcohol, drogas y muy frecuentemente antecedentes de profunda depresión.

Las características clínicas fundamentales en la personalidad de estos perpetradores son los celos morbosos y un tipo de cavilación obsesiva que se ha dado en llamar “paranoia conyugal”. La depresión se profundiza con la aparición de lo que aparentemente es una separacion definitiva y esta percepción se concentra a través de la visión de túnel y desencadena el asesinato-suicidio.

La depresión y la ansiedad se alimentan con las cavilaciones obsesivas sobre un problema que se proyecta sobre la pareja. En ese marco la destrucción de la otra persona aparece como una “solución”. Es un oscuro espiral con temas reiterados: “no puede abandonarme”, “si no es mía no será de nadie”, etc.  Algunas veces esta actitud de “tierra arrasada” abarca a los hijos de la pareja y provoca la destrucción de lo que más se amó.

Dutton vincula la crisis catastrófica del femicidio-suicidio con una teoría propuesta por el psiquiatra Frederic Wertham (1895 – 1981) quien en 1937 la propuso como una explicación para la motivación de los asesinos seriales o para los crímenes aparentemente irracionales. Se trata de la teoría de la crisis catatímica.

Wertham señalaba cinco etapas en este proceso: 1ª) el desarrollo de un desorden de personalidad en el futuro criminal; 2ª) el surgimiento de un plan para cometer el crimen; 3ª) la tensión emocional interna provoca el acto criminal; 4ª) sobreviene una calma superficial durante la que la necesidad de cometer el crimen desaparece y la actividad normal es reanudada y 5ª)  la mente asimila el proceso de pensamiento que causó la comisión del crimen y se previene la reiteración.  

La crisis catatímica[vi] significa que el perpetrador ha quedado atrapado entre la etapa 2ª y la 4ª y no solo no supera el ciclo sino que su actividad criminal puede incrementarse. Se trata de un proceso de pensamiento delirante en que el paciente resulta abocado a un acto violento sin motivos racionales y donde dicho acto tiene un significado simbólico en el que la víctima no cuenta como persona sino como parte de una imagen abrumadora, prejuiciosa e invasiva.

La perturbación del perpetrador de femicidio-suicidio generalmente pasa desapercibida para los amigos, vecinos e incluso familiares. Se trata por lo común de personas sin antecedentes penales y quienes le tratan más de cerca casi nunca perciben la tensión creciente que precede a las explosiones en la relación de pareja, así como la depresión y las cavilaciones obsesivas. La diferencia notoria entre la conducta pública y privada de los perpetradores hace que la crisis catastrófica no sea anticipada por quienes tratan a la pareja.

Como la violencia doméstica es esencialmente privada (de puertas para adentro y sin testigos)  el resto de las personas no nota signos del desenlace. “Nunca los oímos discutir”; “era un hombre tranquilo, un tanto reservado pero pacífico”; “se llevaban bien, andaban siempre juntos”, etc. Esa separación entre actitudes públicas y privadas es la que conduce a la noción que todo abuso es planeado y deliberado. El perpetrador, esa persona reservada, aparece como capaz de controlarse.

Sin embargo, a veces hay filtraciones de la tensión privada o del abuso hacia el ámbito público. Esto puede suceder en sesiones de terapia grupal o individual y ahí es cuando se necesita una intervención preventiva eficaz.

Llegados a este punto es preciso señalar que sacar la violencia doméstica del ámbito reservado del hogar sin violar la intimidad y la dignidad de las personas es muy difícil. Frecuentemente nos preguntamos ¿porqué las personas que sufren abuso, especialmente las mujeres, son reticentes a la hora de denunciar lo que sufren? La respuesta no es sencilla pero, sin desviarnos del curso que venimos siguiendo, me permitiré adelantar algunas explicaciones respecto a este fenómeno, a este sufrimiento callado, a esta reserva siempre dolorosa y muchas veces mortífera.

Las personas sometidas a violencia doméstica sufren psíquica, física, emocionalmente y también son atacadas y dañadas en su identidad lo que dificulta y aún anula su capacidad de reacción. Es clave entender que el deterioro de la identidad no es un sufrimiento individual. La imagen y valoración de uno mismo es parte del ser social de la persona, su deterioro acarrea, en mayor o menor medida, un estigma. La exposición del estigma es tan dolorosa que es capaz de anular la capacidad de reacción o de dificultar la intervención de quienes quieren ayudar a la víctima.

La reflexión, la acción preventiva y los esfuerzos de rehabilitación deben apoyarse en los valiosos aportes de Erving Goffman [vii].

La importancia de comprender a los perpetradores
Enfrentar y prevenir la violencia doméstica requiere investigar los tipos de trastornos de personalidad capaces de hacer de una persona la perpetradora y a veces la víctima de violencia doméstica.

A principios de este año falleció John G. Gunderson (1942-2019), el  psiquiatra de Harvard que produjo el influyente título Borderline Personality Disorder (1984) (El desorden de personalidad borderline) que echa luz sobre el interrogante del subtítulo.

Bajo otras denominaciones (personalidad ciclotímica, por ejemplo) esta afección viene siendo diagnosticada desde el siglo XIX. Se trata de una enfermedad denominada trastorno límite de la personalidad (abreviado como TLP) o borderline (porque se la consideraba como una patología fronteriza o limítrofe entre dos taxones clásicos: la neurosis y la psicosis). En adelante utilizaré indistintamente los términos TLP o borderline.

Esta afección ha sido definida sucintamente en los manuales como “un trastorno de la personalidad que se caracteriza primariamente por inestabilidad emocional, pensamiento extremadamente polarizado y dicotómico, impulsividad y relaciones interpersonales caóticas”.

El perfil global del trastorno suele incluir una inestabilidad acusada y generalizada del estado de ánimo, de la autoimagen y de la conducta, así como del sentido de identidad, que puede llevar a periodos de disociación. Parece que es, con ventaja, el más común de los trastornos de la personalidad [viii]. Sin embargo, su gravitación real en la vida cotidiana y el papel que juega en los episodios de violencia doméstica y en el maltrato y en los crímenes que tienen lugar en eł marco de relaciones de pareja

El interés actual por esta patología se desarrolló a partir de la década de 1970, en medio de grandes controversias entre las distintas escuelas de la psicología y la psiquiatría. En la década de 1980 alcanzó el estatus oficial como “trastorno de personalidad” cuando fue incluida en los manuales de enfermedades psiquiátricas y se acordaron los criterios diagnósticos para definirlo. Estos criterios diagnósticos eran (y siguen siendo) el resultado de compromisos entre los diferentes modelos y de conceptos empírico-descriptivos. Aunque dichos compromisos representaron un avance, sin embargo y sobre todo en nuestro medio, explican el “sub diagnóstico” del trastorno y la falta de claridad en la divulgación de sus características, su incidencia y su tratamiento.

También se dice que probablemente sea uno de los trastornos mentales que ha suscitado mucha literatura científica y algo de divulgación pero, en los hechos, poco de lo que se ha escrito se apoya en investigaciones sistemáticas. Esto permite comprender la dificultad para relacionar el trastorno con fenómenos como la violencia doméstica aunque cada vez está más claro que existe un fuerte vínculo entre ellos.

También influye el hecho de que el TLP no es un fácil estereotipo sino una patología lábil que admite gradaciones y variantes que dificultan el diagnóstico y el tratamiento y que, al mismo tiempo, pueden acarrear su estigmatización por parte de los medios de comunicación y de los improvisados “psicólogos criminalistas” capaces de hacer del trastorno la explicación de todos los crímenes.

A continuación referiré algunas de las principales características del TLP en el bien entendido que son francamente notorias en sus formas extremas:

  • Aversión: los estudios sugieren que los individuos con TLP tienden a experimentar frecuentes y severos estados de tensión aversiva (rechazo o repugnancia respecto a algo o a alguien), en episodios de larga duración y a menudo desencadenados por una actitud percibida como rechazo o bien por fallos en la percepción, es decir por lo que creen percibir. Las redes sociales suelen incluir un muestrario de conductas aversivas, insultos y calumnias (por cierto cuando no son trolls sino navegantes comunes y corrientes que descargan su patología en las redes) que muchas veces han de responder a psicópatas, sociópatas y muchas veces a quienes padecen TLP.
  • Labilidad: los individuos que padecen TLP suelen presentar gran labilidad emocional, es decir frecuentes cambios entre la ira y la ansiedad o la depresión y la ansiedad. También una significativa sensibilidad temperamental a los estímulos emocionales [ix].
  • Los estados emocionales negativos que están particularmente asociados con el TLP han sido agrupados en tres categorías: a) sentimientos de destructividad o autodestructividad, b) sentimientos de fragmentación o ausencia de identidad y c) sentimientos de victimización. Estos estados emocionales, independientemente de su categorización, suelen conducir a que un porcentaje muy importante de quienes padecen TLP se suiciden o adopten otras conductas autodestructivas si no son tratados adecuadamente.
  • Extrema sensibilidad hacia la forma en que son tratados por los demás. El tratamiento que reciben o que creen recibir produce reacciones enérgicas, especialmente cuando se sienten blanco de críticas o comentarios hirientes u ofensivos.
  • Cambios en sus sentimientos hacia los demás (que pueden ser muy rápidos), de positivo a negativo. Generalmente esta mutación se produce tras una decepción o la percepción de que van a perder a alguien. También aparecen signos de rechazo o de invalidación ; tienden a ser inseguros, evitativos, ambivalentes o a mostrar pautas de preocupación y temor en sus relaciones. La autoimagen también suele cambiar rápidamente de extremadamente positiva a extremadamente negativa (de omnipotente a desvalorizada).
  • Conductas impulsivas: la labilidad anímica del borderline puede conducirle al consumo de alcohol, a las toxicomanías, al sexo no seguro, a la ludopatía y a conductas imprudentes en general.
  • Victimización: los borderline tienden a ver el mundo como maligno y peligroso. Al mismo tiempo suelen considerarse impotentes, vulnerables, no dignos de aceptación e inseguros en su identidad.
  • Manipulación: los afectados de TLP son descritos a menudo, incluso por algunos profesionales de la salud mental como deliberadamente manipuladores o personas difíciles, pero al analizarlos en profundidad se percibe que se trata de conductas defensivas ante su sensación de impotencia, ante el dolor interno y la turbación o bien como resultado de sus propias limitaciones en materia de competencias y habilidades sociales.
  • Familia: existe un número por ahora escaso de investigaciones sobre la comprensión del trastorno por parte de los miembros de una familia así como sobre las emociones negativas experimentadas o expresadas por ellos sobre alguien con TLP.
  • Relaciones de pareja: el TLP ha sido relacionado con niveles exacerbados de estrés crónico y conflicto en sus relaciones, insatisfacción con sus parejas, abusos y embarazos no deseados y como veremos, parece estar detrás de la mayoría de los casos de abuso, violencia doméstica y las formas extremas de femicidio-suicidio, homicidio-suicidio.

Gunderson estableció tres fases en los mecanismos de defensa de la personalidad TLP: 1ª) un “estancamiento disfórico”, en que las necesidades íntimas no se alcanzan y el requisito, la motivación, la percepción y las habilidades para alcanzarlas parecen no existir; 2ª) La relación se percibe como pérdida potencial. La estructura de defensa se expresa como rabia, devaluación del otro y furia abierta; 3ª) la tercera fase tiene lugar cuando la relación se ha perdido. El TLP se involucra en actividades para mantener a raya la experiencia subjetiva y omnipresente de la soledad (por ejemplo el abuso de sustancias y la promiscuidad que ya vimos como ‘conductas impulsivas’).

Las fases de Gunderson se articulan muy bien con las tres fases del “ciclo de la violencia” expuesto por Lenore Walker. Dutton hizo un aporte significativo al inclinarse por un criterio que tiende a eliminar las clasificaciones rígidas y arbitrarias de la enfermedad mental y a examinar los rasgos a lo largo de un continuo. El TLP no es una categoría fija o taxon sino un conjunto de rasgos esencialmente variables.

No se trata de establecer una relación unívoca y directamente proporcional entre el desorden TLP o borderline con los perpetradores de abuso y agresores en los casos de violencia doméstica. Sin embargo, aunque también hay otras patologías en los perpetradores, no es aventurado sostener que la mayoría de ellos son borderline no diagnosticados o mal diagnosticados. En estos casos – como vimos – la labilidad es la característica esencial del trastorno borderline

Los psiquiatras se han interesado más por los pacientes que presentan la versión extrema del TLP y en especial en las mujeres borderline que constituyen la mayoría de los casos que atienden. De hecho las investigaciones demuestran que este desorden suele desarrollarse en los inicios de la adultez y que la incidencia en mujeres es cuatro veces superior a la que se registra en varones.

Sin embargo esos guarismos podrían ocultar el hecho que las mujeres afectadas suelen buscar ayuda profesional con más facilidad, mientras que los hombres suelen negarse a hacerlo (y por lo tanto a aparecer subrepresentados en la casuística). De acuerdo con Dutton, la mayoría de los varones imputados o formalizados por violencia doméstica y abuso presenten efectivamente un TLP y no debemos dudar de que ese fenómeno ha de registrarse en nuestro país en la actualidad.

Otra característica común a los borderline y los perpetradores de violencia doméstica es que ambos tienen dificultades para mantener un sentido de si mismos, una identidad estable. Su autoestima es altamente dependiente del medio social que los rodea. Su identidad inestable hace que dependan mucho de los demás para sentirse protegidos y reafirmados. Los borderline son muy vulnerables ante las situaciones que plantean una separación o abandono por parte de los apoyos externos que, en el caso de una relación de pareja, es lo que puede percibirse como una amenaza de separación o ruptura, real o presunta.

Los borderline sufren intensamente la ansiedad de la separación o la angustia del abandono y el temor de una pérdida potencial se transforma en una crónica anticipación de los hechos: lo que sucede como pesadilla recurrente aunque realmente no haya sucedido.

En los adultos esta angustia de pérdida y separación tiene que ver con los avatares del apego y los vínculos tempranos pero lo que interesa destacar ahora es que, entre los borderline varones esta forma de dependencia se transforma paradójicamente en acciones de control sobre la pareja para asegurar su sumisión constante. El miedo al abandono asume la forma de control permanente y total que fácilmente se torna despótico y violento.

El psicólogo Theodore Millon (1928 – 2014) especializado en trastornos de personalidad, sostuvo que los afectados por el TLP, tienden a presentar una autoestima endeble y les resulta difícil creer que aquellos de los que dependen puedan tener un buen concepto sobre su persona. Por ende tienen un gran temor al desprecio o al abandono.

Con una base tan inestable para su autoestima y careciendo de los medios para una existencia autónoma de esta, se mantienen siempre al borde del abismo de la separación, el abandono o la inevitable deserción. Hay acontecimientos que pueden aumentar esos temores y precipitar esfuerzos extremos de restitución, por ejemplo para recuperar la pareja a través de la idealización, el autosacrificio y actos autodestructivos para llamar la atención o, por el contrario, mediante una violenta autoafirmación iracunda e impulsiva.

Ciertos hallazgos de las investigaciones empíricas muestran que quienes padecen TLP pueden no ser detectados, especialmente los varones, a causa de un factor que antes no había sido considerado: los borderline pueden desarrollar una sobreidentificación con su trabajo o su papel social que sirve para estabilizar artificialmente su personalidad. Estos casos explican los informes acerca de personas borderline que se ponen de manifiesto durante sus vacaciones o cuando se encuentran apartados de los factores de contención que implica su trabajo.

En el proceso de formación de la personalidad que comienza en la primera infancia, los borderline suelen haber sido sometidos al ridículo, al aislamiento, al abandono, lo cual ha de haber acarreado muy tempranamente una sensación de desconfianza y rabia hacia los demás. Por esas razones los borderline no pueden evitar la ambiguedad ansiosa. Tomando en cuenta su pasado, perciben que no pueden confiar enteramente en otras personas asi como sienten que tampoco serán capaces de conseguir todo el afecto y la seguridad que necesitan.

Su relación de dependencia se refuerza permanentemente.  Es el círculo perverso de dependencia/sumisión. La ansiedad que les provoca el riesgo de separación aumenta su sumisión precisamente como forma de evitar el abandono. De este modo aumenta también la dependencia y con ella crece siempre renovado el temor a la pérdida. Este proceso va acompañado de una intensa ira y resentimiento dirigidos contra aquellos de quienes depende, no solamente porque la situación averguenza y expone debilidades sino porque, en su imaginario, esa otra u otras personas se le aparecen como culpables de haberle forzado a ceder y someterse. 

Los borderline viven una dicotomía permanente y angustiante entre permanecer solitarios y mantener una relación cualquiera, particularmente una relación de pareja. En este marco, si no fuera suficiente la dicotomía señalada, se agrega el hecho de que los síntomas se exacerban cuando se establece una relación sexual [x].  Por eso es tan frecuente que quien traba una relación de pareja con un/una borderline caiga en cuenta demasiado tarde de las características que signarán dicha relación.

En un próximo artículo abordaremos la gestación de las personalidades abusivas y la contextualización del significado de la violencia [xi].

 _

Por Lic. Fernando Britos V.

La ONDA digital Nº 934 (Síganos en Twitter y facebook

[i]    Los acontecimientos que precipitaron su retiro no lo silenciaron y serán tratados en un próximo artículo de esta serie.

[ii]Lenore Edna Walker, acuñó términos como “el ciclo del abuso” y describió el “síndrome de la mujer golpeada”, fundó el Instituto de Violencia Doméstica para investigar y prevenir y ha recibido numerosas distinciones por el trabajo de toda su vida.

[iii]Existe una traducción al español bajo el título ‘El síndrome de la mujer maltratada’ (2012) Ed. Desclee de Brouwer, Bilbao. Además numerosas reseñas son asequibles por Internet.

[iv]Zimbardo a calificado este proceso como de “violencia desindividualizada”.

[v]Baumeister analizó cientos de notas y testimonios dejados por suicidas y entrevistó a decenas que sobrevivieron a sus intentos de autoeliminación.

[vi]Wertham,F.  (1966) A sign for Cain: an exploration on human violence. Macmillan, Nueva York.

[vii] Erving Goffman (1922 – 1982) fue un sociólogo y psicólogo social canadiense cuyas obras, tardíamente traducidas al español, son impresindibles para la comprensión de los fenómenos de la violencia interpersonal y el abuso. Entre ellas : Internados. Ensayos sobre la situación social de los enfermos mentales, Amorrortu, Buenos Aires, 1994 (originalmente publicada en 1961) y Estigma. La identidad deteriorada, Amorrortu, Buenos Aires, 2003. (originalmente publicada en 1963).

[viii] El término borderline para referirse al trastorno está ampliamente extendido, incluso en español. Fue usado por primera vez en 1884 y posteriormente por el psicolanalista Adolph Stern, en 1938, para caracterizar afecciones psiquiátricas que superaban la neurosis pero que no alcanzaban la psicosis.  El concepto formal de trastorno límite de la personalidad es relativamente nuevo en el campo de la psicopatología. Apareció por primera vez en el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM) publicado por la Asociación Estadounidense de Psiquiatría, en 1980. Estudios europeos señalan que aproximadamente la cuarta parte de la población carcelaria , masculina y femenina, en Europa, padece TLP.

[ix]Desde la antiguedad, por ejemplo desde Homero a Hipócrates, se ha reconocido que en una persona pueden subisistir y manifestarse alternadamente estados de ánimo divergentes: impulsividad, melancolía, ira, apatía, etc. Desde el siglo XVII y especialmente en los escritos del psiquiatra alemán Emil Kraepelin ( 1856 – 1926) se alude a los estados maníaco-depresivos o la ciclotimia.

[x]Mary Zanarini (n.1946) es la psicóloga del Departamento de Pisquiatría del Hospital MacLean. En 2018 publicó In the Fullness of Time; Recovery from Borderline Disorder, en la que presenta los datos de 16 años de investigación en Desarrollo de Adultos. Derribó el mito de que el TLP es incurable y estableció la agenda para las futuras investigaciones de los tratamientos para el desorden. Muy recomendables los recientes videos (en inglés) de Zanarini, asequibles en https://borderlinethefilm.com/project/zanarini/  . 

[xi]Entonces nos apoyaremos en las obras de John Bowlby (1907 – 1990) – psicólogo, psiquiatra y psicoanalista notable por sus trabajos en desarrollo infantil y su obra fundacional en teoría del apego –  y en las de Allan N. Schore  (n.1943), psicólogo e investigador destacado en neuropsicología, teoría del trauma, teoría del apego, salud mental infantil, psicoanálisis y psicoterapia.

 

La ONDA digital Nº 934 (Síganos en Twitter y facebook

Print Friendly, PDF & Email

...





LA ONDA Digital Revista Semanal Gratuita    |    De los editores: Las notas que llevan firma reflejan la opinion de sus autores    |    © Copyright Revista LA ONDA digital