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“Un día lluvioso en Nueva York”: La frivolidad burguesa

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La extrema frivolidad de una fauna humana errática y contradictoria que habita en una sociedad con fuertes inequidades sociales, es la principal materia temática de “Un día lluvioso en Nueva York”, el nuevo film del longevo y ya legendario cineasta neoyorkino Woody Allen.

Este es el último largometraje del icónico director cinematográfico, quien, en medio siglo de prolífica carrera artística como actor, director y guionista, ha logrado atesorar una producción que se desmarca del cine de industria, por su originalidad y su casi siempre superlativo vuelo reflexivo.

En su extensa trayectoria, Woody Allen se ha mofado despiadadamente de una sociedad cuyos valores cuestiona, mediante un discurso irreverente, agudo e incisivo.

Mixturando la comedia de humor negro con el drama, Allen retrata en clave crítica a la condición humana, con sus miserias, sus grandezas, sus manías, sus fobias y sus patologías colectivas.

 

Sin dudas, la genialidad de su paleta artística lo ha transformado en un testigo interpelante de la realidad, que suele rescatar y en algunos casos fustigar las facetas más controversiales de las clases sociales privilegiadas.

En ese contexto, su extensa producción ha conocido grandes cimas y esplendores pero también películas que no colman las expectativas, en tanto su público objetivo suele ser exigente y de paladar fino.

Devenido en autor de culto para más de una generación de incondicionales admiradores, a sus ochenta y tres años de edad Woody Allen sigue prolongado en el tiempo una filmografía que nunca conoció pausas, acorde a su compulsiva necesidad de seguir creando.

Si bien en la última década su trabajo ha sufrido altibajos, su indudable sabiduría cinematográfica transforma a cada film de su autoría en una ineludible y por cierto insoslayable referencia.

Este es el caso de “Un día de lluvia en Nueva York”, que si bien está lejos de sus mejores obras, igualmente concita interés y una natural expectativa.

Como en varios films precedentes, el paisaje urbano vuelve a ser la denominada Gran Manzana (Nueva York), que es la ciudad natal del famoso realizador y para él constituye toda una pasión.

No en vano, este vasto espacio cosmopolita cobija en su seno la diversidad étnica y cultural y, por supuesto, reproduce las grandes asimetrías sociales de un país enfermo de soberbia, delirios de grandeza y violencia.

Empero, como es habitual, en su cine el icónico creador transforma a Nueva York es una auténtica caja de resonancia, que retrata todas las contradicciones del homo sapiens.

En efecto, también en esta película están condensadas todas las obsesiones, las disfuncionalidades, las grandezas y las miserias de seres a menudo escindidos de la realidad, que le rinden una recurrente pleitesía a la cultura de las apariencias.

Al respecto, más allá de su mero formato, “Un día lluvioso en Nueva York” es bastante más que una mera comedia de trazo nostálgico con ineludible referencias y guiños cinéfilos. Es, ante todo, una reflexión –irónica y reflexiva-sobre las conductas y compulsiones humanas.

Aunque la trama cinematográfica contiene numerosos personajes, la historia gira en torno a la peripecia de los jóvenes Gatsby Welles (Timothée Chalamet) -una suerte de parásito engreído y jugador empedernido- y su novia Ashleigh Enright (Elle Fanning), una estudiante de periodismo que trabaja para un periódico universitario, hija de un poderoso banquero.

Por supuesto y como es habitual en el cine de Allen, ambos tienen en común su condición de burgueses malcriados y bastante cultos, que se creen el ombligo del mundo, como es habitual en esa clase social dominante.

En ese contexto, el motivo del viaje de la pareja a Nueva York, que también tiene propósitos turísticos, es la misión que le ha encomendado la publicación a la joven: entrevistar nada menos que al famoso director de cine Roland Pollard (Liev Schreiber), quien, en muchos aspectos, es una suerte de alter ego del propio Woody Allen.

 

Obviamente, el célebre director está padeciendo un grave bloqueo creativo que lo tiene angustiado y en tensión permanente, lo cual le produce una razonable crisis de autoestima.

Esa contingencia genera encuentros y desencuentros, en el transcurso de dos días lloviosos y caóticos, acorde con el canon de una comedia de enredos típicamente yanqui, con la habitual pátina intelectual del emblemático director.

El relato está superlativamente enriquecido por la irrupción de personajes secundarios, como el conflictivo guionista Ted Davidoff (Jude Law), un enamoradizo galán latino cuyo nombre artístico es Francisco Vega (Diego Luna), la madre del protagonista, quien mantiene su pasado en secreto aun para su hijo, un ex compañero de colegio del joven Gatsby y hasta una joven mujer que lo codicia.

Esa variopinta galería de especímenes humanos –que constituye el sustrato de la historia- es bien representativa de una burguesía engreída, soberbia y frívola al extremo, que sigue cultivando el apócrifo mito del sueño americano.

Aunque dista años luz de la cima creativa de un director que es sin dudas una auténtica leyenda, “Un día lluvioso en Nueva York” es igualmente una comedia liviana pero bastante disfrutable, con sutiles toques de fino humor e ironía.

Asimismo y más allá de un libreto siempre ágil, chispeante e inteligente, el envase cinematográfico de esta película es de alta factura, tanto en lo que atañe a la fotografía como a la música, acorde con la reconocida sabiduría de un autor de culto que sigue cautivando a las audiencias del planeta.

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Por Hugo Acevedo
(Analista)
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