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La ruptura de la convivencia de pareja con visibles síntomas de hastío, aburrimiento o de mero agotamiento de los afectos es el potente y bien cotidiano disparador temático de “El verdadero amor”, la desafiante propuesta de la debutante cineasta francesa Claire Burger.

El film remite a una temática bien contemporánea, que coincide con la crisis de la pareja como fenómeno recurrente, casi siempre con graves secuelas en el seno del cuadro familiar.

No en vano, en la mayoría de los casos de los matrimonios separados –ya sea por violencia o por meros problemas vinculares- afloran permanentemente los reproches y las acusaciones.

En tal sentido, por más que la ruptura no se consume por situaciones traumáticas como sucede habitualmente, los problemas hacia la interna de las familias parecen ser habituales.

Por cierto, esta problemática es frecuente en las sociedades periféricas o sub-desarrolladas pero también en las desarrolladas, ya que las crisis afectivas son intrínsecas a la naturaleza misma de la condición humana.

En esta película, la directora y guionista Claire Burger desestima toda eventual visión de género, para incursionar en los problemas de una familia tipo con mayoría femenina, integrada por una pareja, una hija joven y otra adolescente.

El relato sumerge desde la primera secuencia al espectador en el meollo del asunto, cuando la madre Armelle (Cécile Remy-Boutang) apura la preparación de su partida y abandona el hogar, pese a que su marido Mario (Bouli Lanners) le demanda que se tome un  tiempo de reflexión antes de consumar la separación.

En este momento crucial, no existen reproches de ninguna índole y menos aun agresividad. Inicialmente, todo parece indicar que se trata de una situación transitoria y sin ruptura.

Planteada de este modo, la problemática emergente parece ser la de tantas parejas que aspiran a tomarse su tiempo antes de adoptar una decisión, sin reparar en la opinión de sus hijos.

Aquí no parece haber un núcleo detonante ni ninguna contingencia, como puede ser una agresión física o verbal o una tercera persona que interfiera entre el hombre y la mujer.

Lo cierto es que, contrariamente a lo que es usual, la que deja el hogar es la mujer. Por ende, será el hombre quien deberá hacerse cargo de Frida, (Justine Lacroix), de 17 años de edad, y de Niki, (Sarah Henochsberg), de apenas 14 años de edad.

Mientras que la hija mayor conserva el equilibrio emocional ante una situación tan compleja, es la chica menor la que parece responsabilizar al padre por lo sucedido.

No obstante, en lo sucesivo todos deberán convivir cotidianamente con la ausencia de la madre, por más que esta se comunique con sus hijas pero no con el hombre, lo cual permite inferir que existe un soterrado motivo para no hacerlo.

En esa coyuntura, el hogar se transforma en una suerte de dramático vacío, porque la no presencia de la mujer provoca una fuerte conmoción emocional en todos los integrantes de la familia.

Una circunstancia no menos es que el hombre, para mitigar su dolor, se integra al proyecto Atlas, un grupo teatral de terapia colectiva donde cada miembro expresa sin sentimientos, baila y canta, para fortalecer la unidad. En estas instancias, que revelan el carácter variopinto de la sociedad francesa, todos vuelcan sus alegrías y por supuesto también sus angustias cotidianas.

Lo paradójico es que la madre ausente es la técnica iluminadora, por lo cual no puede desvincularse totalmente del hombre, quien la extraña y le ruega que regrese, ante la absoluta indiferencia de ella. En efecto, entre ambos parece haber un abismo, sin un motivo explícito aparente.

Empero, este cuadro de radical desintegración horada la interna familiar, ya que la hija más grande no es capaz de consolidar una pareja y la menor buscar el amor y hasta el sexo en una amiga.

En estos casos, aflora el oculto autoritarismo del padre, quien disiente con el noviazgo de la joven Frida aunque luego aplaca sus impulsos y resiste inicialmente las inclinaciones lésbicas de la pequeña Niki.

La presión que padece el hombre es aún mayor, ya que trabaja como funcionario estatal en una oficina de inmigración, donde son habituales las tensiones, los conflictos de desarraigo y hasta las situaciones de violencia por las trabas burocráticas, entre otros factores.

Pese a que su directora es una mujer y que bien podría haber tomar partido por los personajes de su género, “El verdadero amor” es un retrato realmente muy honesto en torno a las crisis familiares.

En este caso, la génesis del conflicto parece ser claramente el aburrimiento y el desgaste de la pareja, factores potencialmente detonantes de muchas de las separaciones.

Por supuesto, aunque la película carece de violencia explicita, sí hay una violencia subyacente que se palpa permanentemente en el ambiente y alguna que otra situación realmente dramática.

Obviamente, la debutante Claire Burger también aporta una mirada crítica en torno a la sociedad francesa del presente, a través de la experiencia de terapia colectiva, que, en muchos casos, revela las graves grietas de un modelo de convivencia que naturalmente dista de ser el ideal.

Aunque se trata de un film de lenguajes morosos y de ritmo narrativo casi siempre sosegado, “El verdadero amor” es un drama bien cotidiano y perfectamente extrapolable a realidades humanas, sociales y culturales de otros lares. Este caso, no existen culpas ni redenciones.

En el contexto de un reparto actoral bien competente y compenetrado con el compromiso de esta creación cinematográfica, sobresalen nítidamente las actuaciones protagónicas de las jóvenes Justine Lacroix y Sarah Henochsberg.

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Por Hugo Acevedo
(Analista)
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